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8 min
Un Piano en el fondo del Hospital
Reflexiones |
08.06.15
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Sinopsis

Al igual que un corazón, hay un ritmo en cada hospital.

Un café antes de pasar al siguiente. Se lo bebió rápido, casi sin querer, así que decidió sacar otro y pasear para estirar las piernas, por mantener el ritual profesional.
En los pasillos del hospital había un ambiente atravesado, húmedo en emociones reflejadas en sus baldosas, decoradas por la luz con líneas rotas y diagonales. En su cabeza sobrevenían las voces de los enfermeros que iban pasando por su lado. Respiraciones pesadas, toses y el sonido electrónico de un corazón cansado, ambientado por unas notas de piano melancólico que su mente añadía. Sus turnos eran largos, y la mente se había acostumbrado a decorar con esos ambientes que bien no sabía si amenizaban. Dio un sorbo a la salud de los que estuviesen en las últimas.

Regresó a la habitación previa a su zona de trabajo. Allí descubrió a un hombre sentado. Parecía a la espera de la enfermera que lo hubiera dejado allí como a un perro amaestrado. Al paciente se le notó ausente, con una pequeñas ojeras sin importancia y el pelo blanco alborotado con clase. Le dio cierta envidia por mucho que el peine fuese un enemigo.
Caminó y se detuvo junto a la mesa llena de papeles. La enfermera de esa sección dejaba el trabajo a medias, aunque cumplía. Era de piel morena y guapa, y eso animaba a curarse. Sonrió por la pequeña broma. El gesto despertó al paciente a la espera, que alzó el rostro y sonrió por igual. Lo miró sin borrar la expresión. Los ojos del hombre tenían un destello peculiar:

–¿Ha descansado usted?

El paciente afirmó con un gesto suave de cabeza. Pareció esperar por otra pregunta. Él prefirió seguir con su café, correspondiendo al hombre con un silencio amable. En eso el paciente se animó a responder:

–Ahora que me he quedado sin trabajo, procuraré hacerlo.

Le costó asimilar. La voz del paciente –palabra que en ese momento resultaba redundante– sonó suave, sin entonar una intención. Si por dentro sufría, no lo demostraba.

–Si ha perdido el trabajo por culpa de estar de baja, puede denunciar –era un hecho sabido, por lo que sintió que había lanzado una obviedad ofensiva.

–Es más complicado que eso –dijo el hombre y regresó su mirada a la nada de la mesa.

Él correspondió la dirección y se hipnotizó por los papeles de su compañera. Le pareció ver una fecha de hacía un mes.

–¿Suele haber mucho trabajo?

–El suficiente.

Llegó antes la respuesta que el análisis. Fue apurando el café y se giró para observar de nuevo al paciente, tan tranquilo como la pared a su espalda:

–No sé si eso es bueno –concluyó el paciente con mismo tono.

–Es bueno –afirmó–, porque significa que más gente tiene la oportunidad de salvarse.

–¿Qué salva más? ¿Un hospital, o un buen gobierno?

Ambos sonrieron con complicidad.

–¿Cómo se llama? –preguntó.

–No importa –el paciente sonó como si realmente fuese así–. Pero me cae bien. Dereck. Así tienen la manía de llamarme –afirmó ofendido.

–Un nombre nunca significa algo malo, todo lo contrario.

–Pero todo nombre es impuesto, una etiqueta que no se elige. Me parece injusto. Incluso definitorio.

–Ya. Eso sucede cuando el nombre es peculiar. Dereck es bastante normalito.

–¿Tú crees?

No supo qué decir, así que se limitó a afirmar e interpretar que el paciente quería que lo animasen. Lo normal en los enfermos.

–Entonces es una pena –concluyó el paciente.

La respuesta sonó como una sentencia. No supo si el paciente se odiaba o estaba lleno de arrepentimiento. Se preguntó por la ubicación de la maldita enfermera.

–La señorita Liz es guapa, ¿eh? –le dijo.

–¿Quién?

–La... la enfermera –dijo y señaló a la mesa con la mano del vaso. El índice sobresalió.

–Ajá. No importa.

Dio el último sorbo mientras giraba para darle la espalda. Sus ojos hicieron un movimiento similar.

–¿Crees que influye morir en según qué lugar?

Lo ignoró por un momento. Había escuchado preguntas similares de otros pacientes o de incluso algún que otro doctor con demasiados años ejerciendo. Quiso no responder, pero se dio la vuelta:

–Este es uno de los hospitales con menos índice de muertes...

–Lo dice a menudo, ¿verdad?

–Bueno, puede no ser verdad, pero le puede ayudar –quedó observándole. El paciente pareció entre molesto y decepcionado–. Creo que influyen más las circunstancias –sopló–. No es lo mismo morir de forma traumática que de forma apacible en la cama de casa.

–Parece que sabe lo que dice.

–Supongo que sí. Los años enseñan.

–Te enseñan respuestas a preguntas que nadie ha formulado.

Amplió su sonrisa enseñando parte de los dientes. El paciente pareció satisfecho.

–No le digo que no –respondió–, y, sí, la filosofía mejora la vida, pero no la salva.

–¿Por qué no? Usar filosofía con alguien que se va a suicidar no puede ser una mala idea.

–Según qué filosofía, claro –aclaró con tono irónico–. Salvar vidas es un hecho, en principio, físico. Después es muy emocional. A veces determinante.

–¿Y mental?

–Eso por descontado.

–Comprendo –dijo el paciente de un modo absoluto. Parecía como si hubiese llegado a una conclusión sobre una sentencia para un condenado y hubiera escogido considerarlo culpable–. Se asume tanto, que se escapa.

–Para eso estamos, para que nadie se escape antes de hora.

El paciente se levantó del asiento para acercarse. Ambas caras quedaron cercanas. Los pitidos de un corazón conectado se intuyeron.

–A usted no se le puede culpar. Hace bien su trabajo –surgió un nuevo aire de sentencia–. Tendré que buscar por otra sala.

Quiso responder y pedir que se alejara de él, pero comenzó a sonar el teléfono y lo miró como si un petardo hubiese explotado. Quedó analizando si responder para decir que la enfermera no estaba allí en ese momento, aunque fuese problema de ella. Regresó la mirada pero el paciente ya no estaba.
Rebuscó con la mirada y lo apreció alejándose por el pasillo durante el segundo que tardaba la doble puerta en tambalear antes de cerrarse deteniendo su movimiento. La cabeza del extraño hombre era ahora un blanco círculo diminuto en uno de los cristales circulares de la puerta. Creyó ver un punto de pelo negro destacando en la nuca.

De nuevo en su puesto, terminó de lavarse las manos y se enguantó. Giró y repasó la mesa de acero vacía. Le habían dicho que ya estaba allí, y eso le mosqueó porque no estaba para perder el tiempo. Recordó entonces la imagen del paciente alejándose, con una calma como si el tiempo no existiese. Borró la imagen, se centró y buscó por el teléfono. Marcó la extensión y esperó a que se pusiera el enfermero encargado:

–Dime.

–¿Dónde está?

–¿Quién?

–No me toques las... El cadáver que toque.

–Eu...

–Eu... –imitó impaciente.

–No entiendo la broma. ¿Es algo entre Mike y tú?

–Ya vale, ya, ¿eh?. A ver, ¿qué te pasa?

–¿No está ahí contigo? Toca un señor de pelo blanco.

No dijo nada.

–Déjate de bromas que no he dormido mucho –clamó el enfermero–. Lo llevamos hace más de una hora. Para una vez que te lo llevamos antes –alargó–. No hay manera de ponerse de acuerdo contigo, joder.

–Perdona, necesito otro café –pareció como si se lo dijese a sí mismo.

–Lo que tu veas.

No continuó. Eso supuso regresar a un silencio repentino.

No se atrevió a girar y mirar la mesa. La mente se le disparó y el corazón electrónico fue acelerando para producir un pitido continuo. Tragó saliva. Creyó que lo observaban.
Giró sin pensar.
La mesa de acero seguía vacía. Expulsó aire hasta quemar sus pulmones y al oído del interlocutor.

–Si no te importa... –inició el enfermero.

–De alguna forma, todos tenemos prisa.

–Según para quien...

–¿Me puedes describir el cuerpo?

A pesar de la extraña pregunta, el enfermero hizo caso y lo describió. Concluyó con una frase más antes de colgar.

Se dejó atrapar por el silencio de la sala. Hasta ese momento no se había parado a mirar con detalle la mesa de acero a su frente. El forense caminó con cuidado sin saber por qué. El piano estaba desbocado, produciendo la mismísima melodía que define al caos. Llegó a la altura de la mesa y analizó su superficie reflectante que devolvía una segunda luz. Sacó unas pinzas del bolsillo y las acercó a unos restos entre manchas rojas, casi negras. Elevó el trozo de órgano. Masa gris.
Dejó caer las pinzas produciendo un sonido de metal contra metal y elevó la vista a la luz de la sala, cegándose como si observara un largo túnel iluminado que al terminar revela oscuridad.

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