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11 min
Un poco antes del terror
Reales |
20.10.21
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Sinopsis

un viaje con final incierto

Un poco antes del terror

 

 

Tomé el ómnibus con destino a Bariloche; sería un largo viaje, teniendo en cuenta de que son unos mil seiscientos kilómetros. Mi estado de ánimo era un poco sombrío.  El año había comenzado con sucesos tumultuosos, el clima social era incierto; en estos  últimos días de enero de 1976 el país transitaba momentos de convulsión. Los rumores de golpe de estado eran permanentes y presagiaban duros momentos futuros. 

A pesar de todo, mi decisión de visitar a mis amigos, fue más fuerte que  los resquemores que me imponían cierta intuición de complicaciones venideras

Allá me esperaban ellos, aunque mi destino final era Esquel, una ciudad hermosa, más al sur, en la provincia de Chubut, en la que había hecho el servicio militar.

El viaje comenzó lentamente, salir de la ciudad de Buenos Aires no es sencillo, las calles son angostas y el tránsito intenso y anárquico, pero una vez en la ruta todo se hace más fluido; aunque la duración seria unas veinte horas.

Dormir se me hacía esquivo tal vez por ansiedad, deseo de llegar; no sé algo indefinido, me impedía el sueño.

La provincia de Buenos Aires es enorme y antes de pasar a la provincia de la Pampa, nos topamos con un control del ejército. A pesar de estar en democracia, las fuerzas armadas operaban internamente  en el  país, como si fueran una fuerza de ocupación extranjera. Nos hicieron bajar a todos y debimos entregar los documentos. Luego de revisarlos los militares hicieron subir a todos los pasajeros, pero a mí me retuvieron, le dijeron al chofer que continuara con el viaje; el oficial a cargo me acusó de ser desertor, cosa que no era cierta, lo que lo indujo al error, fue que mi documento era nuevo, porque al original lo había extraviado. En este DNI nuevo no figuraban mis antecedentes militares. Yo había hecho el servicio dos años antes. El oficial a cargo estaba a punto de llevarme a un regimiento militar, pero por algo que no me puedo explicar, repentinamente se arrepintió,  ordenó a todos los soldados  que subieran a sus vehículos  y me abandonaron en medio de la ruta. Antes de irse me dejó una amenaza. —Si volvés a pasar por acá te detengo. —

 Dicho esto partieron, me abandonaron allí  a mi suerte.

 A pesar que no tenía idea lo que debía  hacer y que empezaba a oscurecer  y que en la ruta la oscuridad es muy profunda; me sentí aliviado.

Estaba en medio del desierto, en un lugar desconocido y mi bolso con la ropa se alejaba en el ómnibus.

Me imaginé como un punto insignificante en medio un mundo inconmensurable.

 Solo, abandonado, incapaz de resolver que acción debería realizar.

Parado como un huérfano en medió de la ruta, miré en dirección al micro que se alejaba empequeñeciéndose. En ese momento vi que las luces rojas de freno se encendían. ¡Se había detenido! Con desesperación comencé a correr, las luces de freno seguían encendidas, recorrí la distancia con una mezcla de esperanza y angustia, rogando que me esperara, con la ilusión de llegar a él y continuar el viaje. Mientras corría, veía que el ómnibus crecía en tamaño, eso me daba fuerzas para continuar, era la confirmación de que el chofer había decidido esperarme y que parecería que no iba a cambiar de idea.

Llegué hasta la puerta del vehículo, extenuado, pero sintiendo a la vez algo que seguramente se parecía a la felicidad.

Subí sumamente avergonzado, pidiendo disculpas y dando las gracias al chofer, pero me recibieron muy bien, hacían bromas, alguno dijo

—…pero vos sos el Che Guevara! —

Esa afirmación no me hizo nada de gracia, me ubiqué en mi asiento y me mantuve silencio.

Durante el resto del viaje, me costó dormir, el temor de otro control acechaba  en mi pensamiento. Había tenido suerte, pero no poseía  un salvoconducto, el oficial  me había liberado por decisión propia. Esa actitud me generaba interrogantes sin respuestas.

Por fin a pesar de mis temores, llegamos a Bariloche sin otros incidentes.

Bajé del ómnibus y sin perder tiempo me dirigí a la dirección del hotel en el que mi amigo trabajaba. Nos dimos un abrazo a modo de saludo afectuoso. Charlamos bastante y le referí el suceso de la ruta, me dijo que la cosa estaba bastante complicada, aun allí en esa pequeña ciudad, existía u recrudecimiento de controles y actitudes autoritarias, todo indicaba que un final abrupto estaba cerca. Más tarde visitamos a Tito y a Guillermo, que vivían un tanto alejado del centro.

A pesar de los malos presagios, apartamos esos sentimientos angustiantes y nos dispusimos a disfrutar del reencuentro.

 Yo no conocía la ciudad y mientras mi amigo cumplía sus turnos en el hotel la recorrí a pie en solitario, a la vez busqué un lugar económico para alojarme, encontré una pequeña habitación que estaba en alquiler en los suburbios. Allí saliendo de la ciudad ascendiendo por las laderas de  los cerros, el paisaje se va transformando, las casas son más humildes, las calles de tierra; la ciudad turística pierde su mística y glamour. Y el visitante con ojo crítico siente cierta decepción, cuando comprueba que la realidad en más compleja de lo que se puede ver en los folletos de promoción. Las desigualdades allí, son como en cualquier otro lugar y si bien es cierto que hay mucha belleza, esta es limitada a algunos espacios. —“claro”— pienso —“sería muy ridículo que promocionaran lo feo o los problemas edilicios o sanitarios, o de carencia de centros de salud…”—

 A  veces tengo tendencia a burlarme de mí mismo; posiblemente por la costumbre de andar solo discurriendo conmigo mismo. Lo bueno de hablarse a sí mismo es que uno puede rebatirse, sin sentirse señalado ni cuestionado, es más fácil perdonarse  la propia estupidez.

El acontecimiento  con la patrulla militar me generaba el resquemor de seguir mi viaje hasta Esquel, por ruta. Ir por ferrocarril, me obligaba hacer un transbordo en Ing. Jacobassi, lo descarté por engorroso, en cambio la opción de ir por avión era más sencilla; además suponía que los de la compañía de la aerolíneas, no se fijarían que faltaba en el documento el sello de antecedentes militares. Así fue, me dieron el pasaje sin problemas.

Llegamos al aeropuerto de  Esquel en un viaje bastante corto. Me dispuse buscar un taxi para acercarme al centro de la ciudad. No me quedaba demasiado dinero, por lo que acepté compartir el viaje, con un hombre un poco mayor y un joven. Como yo conocía la ciudad, me preguntaron por un alojamiento barato y también se ofrecieron a compartir la habitación, estuve a punto de negarme, pero  significaba un ahorro importante. Recordaba  un hotel, barato pero limpio y confiable nos dirigimos hacia allí, eran unas pocas cuadras casi al borde de la ciudad. Aquí también como en Bariloche cuando se traspasan los límites urbanos, las laderas muestran la realidad de los habitantes menos beneficiados. Pedimos una habitación para tres, el inconveniente era que constaba de una cama matrimonial y otra de una plaza. Yo no estaba dispuesto a dormir en la misma cama con un desconocido; pero no hubo problema ellos eligieron la matrimonial. Mi desconfianza habitual además de la dificultad de relacionarme con desconocidos, me mantuvo alerta toda la noche que pasó en total tranquilidad. Los tipos me inquietaron un poco, pero finalmente a la mañana cuando desayunamos, me sentí avergonzado por mi mal pensar. Luego se despidieron y siguieron con su viaje. Me alegró quedarme solo. Recorrí con entusiasmo los lugares que ya conocía, pero que siempre se recuerdan con cierta nostalgia. Me ilusioné con encontrar en forma casual a algún antiguo compañero del servicio, sabía que algunos vivían en la ciudad.  

Llegue hasta el frente de la casa de uno de los ex soldados; llamé, me atendió un señor de cierta edad, que me dijo que Gustavo (ese era el nombre de mi amigo), estaba de visita en Buenos Aires. No me reconoció, yo había estado allí antes y lo recordaba, pero no dije nada. Lo saludé y seguí camino.

Solo habían pasado dos años pero todo me impresionaba en forma muy distinta.

Caminé por la avenida Ameghino que tenía un boulevard y llega hasta el regimiento, la avenida luego hace una curva y se convierte en la ruta 259, en realidad la misma avenida es la ruta que viene desde más allá de Trevelin  y el río Futaleufú, el parque nacional Los Alerces… lugares muy bellos que me habían impresionado.

Llegué a la puerta del regimiento y me presenté en la guardia expliqué el porqué de mi visita y me hicieron pasar. Iba caminando por la calle interna que muchas veces había recorrido anteriormente; ilusionado con solucionar el problema de mi documento.

Pero esa idea fue vana. Un oficial me contestó que allí no podrían regularizar nada y me despacho en forma inmediata.

Volví al hotel, pedí un cambio de habitación y pague por otra noche.  Al día siguiente, fui  a la estación del tren de la vieja y querida “trochita”. Imprevistamente descubrí que no tenía el dinero para comprar el pasaje, tampoco podía pagar por alojamiento. Un tanto desesperanzado me senté en un montículo de tierra que se alzaba junto a las vías.

Luego de unos veinte minutos, volví al hotel  le comente lo sucedido al encargado y pedí que me permitieran trabajar allí, podía lavar la vajilla, o hacer algún trabajo temporario, hasta juntar el dinero para el pasaje. También solicité si podría pernoctar en alguna habitación de servicio en desuso,  cuyo pago sería descontado del monto que me pagarían. El conserje luego de pensarlo un rato, termino accediendo y comencé a trabajar de inmediato.

Me encargué de  los baños, de los pisos de los pasillos, lavé platos y copas, regué las plantas del jardín, las tareas eran múltiples. No me negué a nada ansioso por reunir el dinero.  

Perdí la noción del tiempo, hasta que una mañana el conserje me preguntó cuánto tiempo más pensaba quedarme   —ya van dos meses y medio—  dejando entrever que debía irme.

Recién en ese momento entendí que ya no podría seguir allí. Fui a la estación y compré el pasaje; el tren tenía dos frecuencias por semana, el próximo saldría el sábado, faltaban cuatro días.

Lo comuniqué al conserje que se quedó conforme.

El sábado el pequeño tren comenzó a moverse lentamente, luego de anunciar con algunos pitidos del silbato, que comenzaba su recorrido por la estepa patagónica. Incluido el transbordo en Jacobassi, donde se pasa a un tren de trocha grande; el viaje puede durar cuarenta y ocho horas  y a veces más.

El viaje fue tranquilo, llegamos a constitución en la mañana del 25 de marzo de 1976, ajenos a todo lo que estaba aconteciendo; sin embargo en forma inmediata nos pusieron al día, la estación estaba llena de soldados armados, que controlaban a cada pasajero. El miedo me invadió, al recordar la anomalía de mi DNI., sin embargo repentinamente los soldados comenzaron a perseguir a una pareja, desatendiendo a los demás. La pareja intentó huir, los soldados dispararon, los jóvenes cayeron ensangrentados. El terror se apoderó de todos nosotros, recién en ese momento, supimos que durante la noche del 24 de marzo, el gobierno constitucional había sido destituido y que lo que habíamos presenciado era un preanuncio de lo que vendría.

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