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4 min
Un sueño de Raquel
Reales |
09.03.07
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Sinopsis


Despierto de un sueño extraño. En él recorría senderos de un laberinto, ahogada por el calor de una noche ardiente; en él buscaba sin saber qué, aquello que tanto he necesitado; en él tenía garras, y tenía alas, y en él era quizás yo, o quizás no.
Despierto sedienta, como si hubiera estado tragando arena. La camiseta pegada por el sudor a mi espalda. Me cuesta levantarme de la cama. Los pies en el suelo, y al instante, ese fugaz frío helado que me despeja y me hace sentir la sed como algo latiente en mi garganta. Hay luna, hay una tenue luz. Camino sin hacer ruido, disfrutando el frío en mis pies. Me hago mayor, me quito la camiseta y cruzo el pasillo, camino a la cocina.
Todo el mundo duerme, menos yo. Nadie conoce mi rostro bajo el sueño e iluminado por la luna. Nadie sabe nada de mí, ni de todos mis sueños.
Avanzo a tientas, guiándome por las paredes, soy una gata que ve en la oscuridad de la casa, mi hogar, al que conozco desde niña, los muebles, las puertas. Despacio, despacio. Disfruto del frío en los pies, del frescor en el pecho, de la sensual sensación que produce el sudor de mi espalda al contacto con el aire que voy invadiendo al avanzar.

Al volver de la cocina, encuentro una de las puertas abiertas, una puerta donde nunca ha habido una. Me desoriento con facilidad. Con entrar, sabré si me he metido en el baño. La luna llega antes que yo, hay unas cortinas que jamás he tenido. Soy una niña que descubre lugares que tiene cerca. Hay una cama en esa habitación, y una mecedora cerca del balcón. Mi casa no tiene balcones. Avanzo. Quiero jugar más. Quiero saber, y no quiero que acabe lo bueno. Procuro no hacer ruido, procuro no despertarme si es que estoy soñando. La luna más grande que nunca, las cortinas bailando despacio, la suavidad me roza los tobillos y me estremezco. Decido enamorarme de algo irreal. La mecedora parece esperarme. Me desnudo para volver a nacer, y me siento allí, bajo la luna, a las caricias de su luz. Yo también soy una estrella, estoy ante el gran foco del mundo. Mi piel reluce blanca de luz de noche. Empiezo a balancearme en la mecedora. Su crujido es un dulce te quiero que me dicen susurrantes mis mejores momentos. Cierro los ojos. Mis manos hacen realidad mi fantasía. Y suspiro. Te necesito ahora y nada más. Decido ir más allá. Necesito que estés ahí para el gran final. Ahogo un frágil gemido y me recreo en la espera, contaría ovejas si pudiera verlas. Me distraigo y me centro en la cama. Estás ahí. Siempre has estado y no sé cómo hacerte mío.
Me enfado un poco, ¿no ibas a decirme nada? Me levanto, estoy desnuda; lo sabes. Sé que lo sabes. Te preguntas si lo tenía planificado, si me muevo sólo por impulsos, si te estoy usando. Me acerco y me adentro en tu cama.


Nos miramos y nos reconocemos. He soñado con tu sombra. Hace tanta calor, tanto deseo palpitando en mi pecho, que me desespera perderte entre la sábana. Te arrancaría hasta la piel y haría el amor con tu alma, si pudiera. No rehuyas, porque no te me vas a escapar. Aún quiero más de lo que imaginas. Me acerco a tu cara, ¿eres así, verdad? Tus manos exploran mis muslos. No te voy a frenar. Haré lo que me apetezca pero no te voy a cortar las alas.
Mi lengua juguetea con tu oreja. Te imagino deseando un susurro, lo retengo en mí, te lo daré luego si logras hacerme perder el sentido. Busco tu nariz, busco tus labios, necesito tu lengua. Atrapártela en mí. Tus manos se vuelven brazos y bajas más, y me aprietas, tus dedos en mis nalgas, mis senos rozan tu cuerpo, ya son independientes de
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