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3 min
Un vagabundo
Reflexiones |
26.02.06
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Sinopsis

      María era una mujer como otra cualquiera. Con dos hijos, marido y en paro, pues se debía a su casa. Con 37 años que tenía estaba licenciada en Filosofía y Letras pero su título era solo eso, un título sin experiencia profesional. Ella entraba como todas las mañanas en el supermercado de su barrio para comprar los víveres y luego cocinarlos con una mano que solo ella tenía para los potajes que en su casa se seguían comiendo a pesar del calor de la estación. A María le daba mucha pena el vagabundo que se ponía todos los días en la puerta del supermercado que, encima de todo, era ciego.
A veces, ella le traía el fondo de la olla de potaje que hacía para su familia o le compraba fiambre y pan.
-¿Como estás hoy, Juan? -le preguntó María cuando pasó por su lado.
-No tan guapa como tú, niña -le contestó Juan con ese "niña" tan caracterísco de él.
-¡Pero si no me has visto nunca! -dijo María riéndose.
-Los ciegos tenemos miles de formas de saberlo, ¡por ejemplo, por tu voz o el olor de tu perfume!
      Juan tenía un cartelito delante suyo que rezaba "NO TENGO PARA COMER" y un pequeño cuenco para que la gente echase sus donativos pero estaba casi vacío.
-Espera, Juan, que te doy algo.
-Gracias niña, algunos días como gracias a tí, porque la gente no es muy caritativa. A estas alturas están hartos de ver desgracias y catástrofes y no les impresiona mi estado.
-Oh Juan, no seas así, que me pongo muy triste. Bueno, sigo comprando que no me va a dar tiempo a hacer la comida.
      Al filo de la medianoche, María fue a bajar la basura y llevaba con ella un trozo de cartón con un mensaje escrito. Se acercó a la puerta del supermercado y lo puso delante de Juan, que dormía profundamente. Cojió el cartel antiguo y lo tiró al bidón azul.
María se agachó delante de Juan y le susurró muy débilmente:
-Duerme Juanito, que mañana te espera un día muy ajetreado.
      Al día siguiente, María se despertó como cada mañana, llevó a sus hijos al colegio y se acercó al supermercado a comprar. En cuanto dobló la esquina vió a Juan muy contento y dando las gracias a todas las personas que echaban monedas en su cuenco. Algunas personas volcaban su monedero sobre el cuenco y los agitaba varias veces hasta que caía la última moneda. El encargado de la sección de carnicería del supermercado apuraba su helado para limpiarlo y darle el cuenco a Juan, pues con uno no bastaba.
En su nuevo cartel rezaba: "ES PRIMAVERA, Y NO PUEDO VERLA"
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