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8 min
Un vaso de lata sucio - Zurrapa (1)
Suspense |
09.11.14
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Sinopsis

Pedro Zurrapa, parte 1

Un vaso de lata sucio

Zurrapa (1)

Hace unos días, mientras paseaba por un apartado lugar de un pequeño monte a las afueras de la ciudad, me encontré lo que pensé era un vagabundo que había construido, para refugiarse de la lluvia y el frío, una cabaña con palets, plásticos y cartones. Me confundió su indumentaria raída, su barba de un tiempo ya olvidado sin afeitar y una sonrisa desdentada que denotaba felicidad, posiblemente, pensé, fruto de algún tetrabrik de pésimo vino que hubiera tomado de más, pero no resultó ser un vagabundo, sino un ermitaño que se había apartado del mundo por su propia voluntad. 

Cuando lo vi, pensando que fuera un vagabundo, por cortesía, lo saludé, le dije “buenos días”, y él respondió “vaya usted con dios, buen señor”, me extrañó esa contestación inusual e impropia de estos tiempos, y sobre todo un tono de una voz afable exento de temores no menos inusual, no me pareció entonces que fuera un vagabundo, sino que imaginé, no sé porqué, sería un ermitaño que viviera apartado del gentío, el ruido y la ciudad, que un buen día decidiese dejar atrás su ajetreada vida y parar a meditar en ese apartado lugar. 

Sorprendido por la contestación, me detuve, y para entablar conversación le pregunté si se encontraba bien, respondió que de maravilla, y percibí la intención de que quería contarme su vida. Tuve la tentación de mirar el reloj para ver de cuanto tiempo disponía, pero no lo miré, me pareció que era allí donde me apetecía estar, y allí me quedé. 

Como intuyó mi predisposición a escuchar, me brindó una silla vieja de anea y me ofreció una taza de café, un relámpago fugaz pasó por mi imaginación pensando que traería una taza desconchada y sin lavar, pero aún así acepté. Me dijo que se llamaba Pedro, y que había sido, en tiempos, un bala perdida, pero que ahora había encontrado su lugar, alargó su mano para saludarme, se la estreché mientras le de dije que me llamaba José Manuel. Me senté en aquella silla deslucida mientras entró en su cochambrosa caseta de cartones y madera. Al cabo de unos minutos, tras la cortina que hacía de puerta surgió olor a café, mientras tanto unos gatos de pelajes diversos merodeaban alrededor. 

Se presentó con dos tazas metálicas, tal como imaginé, pero estaban inmaculadas, se dio cuenta que las miré y sonrió sobre su propia sonrisa perenne. ¿Lleva mucho por aquí?, le pregunté, dijo que había perdido la cuenta del tiempo, pero entre diez y doce años debían ser, lo que me sorprendió bastante, porque, a pesar de no haber pasado nunca por allí, tampoco había escuchado nunca decir que viviera un ermitaño. 

Di un sorbo a la taza de café y me dispuse a escuchar, creí que me contaría aquella consabida historia del ejecutivo hiperactivo que un buen día se cansó que le abrumara la responsabilidad y cambió su carrera de triunfos por una vida espiritual en soledad, para tras un tiempo, y después de haberse depurado, cambiar de vida radicalmente, pero que una vez enganchado a la soledad y a vivir consigo mismo, se quedó con la intención de agotar, arropado en los brazos de la absoluta soledad, el resto de sus días. 

Pero como era de suponer, me equivoqué, no había sido un ejecutivo agresivo, sino un dependiente de un humilde comercio, una mercería, me preguntó si sabía lo que era, por supuesto que sí, donde se venden botones, hilos, dedales y cremalleras, le respondí. 

Pues eso mismo, en una mercería pasaba sus días, entre cajas de botones, rollos de hilos de colores, cremalleras, agujas y corchetes. No era muy exitosa, pero no le faltaba una clientela fiel, y dado que con poco se conformaba se sentía feliz. 

Le dije que no me parecía que esa vida fuera la de un bala perdida, bueno, bueno, me contestó, esa era su apariencia durante el día, la de una persona tranquila, tímida y retraída, pero cuando cerraba la mercería y entraba la noche, su vida cambiaba por completo, se transfiguraba y se convertía en un ser despreciable, frecuentando casas de mala reputación, excediéndose en la bebida, y un mal humor que lo conducía a broncas y peleas en los garitos más infectos de la parte baja de la ciudad, ¿conoces esos sitios?, me preguntó, no acostumbro a frecuentar, le respondí, pero he pasado por la puerta en alguna ocasión, se sonrió con una mueca de complicidad pensando que sí había atravesado alguna vez esas puertas, sólo he oído hablar. 

Se hacía llamar Pedro Zurrapa, no era su verdadero apellido, pero decía que al oscurecer, ese apellido le sentaba muy bien, con ese nombre era conocido en los ambientes más insalubres, cuando se enfadaba en las timbas, en los corrillos de madrugada de aquellos de los que por nada quieren volver a sus casas, cuando se cabreaba daba un puñetazo en la mesa y gritaba, ¡mi nombre es Pedro Zurrapa!, ¡y al que no le guste mi cara, mi conducta o mi proceder, que lo diga!. 

No le veía yo un tipo demasiado fuerte para ser tan bravucón, pero también es verdad que el valor da fuerza y el miedo la quita, él se sentía valiente y dispuesto a lo que sea, así, que él supiera, nunca nadie le dijo que no le gustara su cara ni su comportamiento, todos callaban y esperaban a que se le pasara el cabreo. 

Las borracheras y las peleas eran a diario, las mujeres de mala vida sólo cuando le quedaba algo en el bolsillo, cosa que no era muy frecuente, pero él no hacía ascos a ningún producto de pésima calidad siempre y cuando lo llegara a satisfacer, lo que en ocasiones, a últimas horas de la madrugada, no le costaba más de un tetrabrik de vino blanco. 

Cuando ya estaba asqueado volvía a su casa, dormía unas cuantas horas, con la luz del día se volvía a transformar en un ser apacible, una ducha, un afeitado, unos rociados de colonia y desodorante y se iba a abrir la mercería, donde atendía con suma cortesía a las señoras, damas o señoritas que acudían a comprar hilos, ovillos de lana, botones de los que traían una muestra y mil cosas más de las que estaban inundados cientos de cajones. 

Un buen día, de esos radiantes que el color del cielo es diferente, el amor se mostró ante él, era una mañana recién abierta la mercería, ella entró resplandeciente tras una hermosa sonrisa, cuando el amor se empeña en entrar en un corazón no hay nada que lo pueda detener, eso fue lo que le pasó, sintió como se le inundó de un dulce elixir al que algunos llaman amor. 

Sin embargo, su semblante se mantuvo cordial, pero distante, no creyó ser merecedor de un ángel, aunque en su lado amable albergó la esperanza de cambiar, de dejar aquella vida nocturna de depravación, y emprendió una lucha en su propio corazón, entre el ángel que entró aquella mañana y el demonio que lo arrastraba a los infiernos durante la noche. 

Estuvo todo el día cultivando el propósito de quedarse esa noche en casa, estaba firmemente convencido, dispuesto a lo que fuera por cambiar de vida, pero llegó el atardecer y su voluntad empezó a flaquear y llegada la noche salió como un lobo hambriento de depravación, y eso mismo hizo todas las noches. Por las mañanas le reconcomía el remordimiento, se despreciaba por su debilidad, por no saberse controlar, se juraba a sí mismo que esa noche cambiaría, pero nunca cambiaba, por la noche se transformaba en Pedro Zurrapa. 

Una noche, tuvo una pelea y un navajazo lo dejó a las puertas de la muerte, estuvo un tiempo en el hospital y cuando salió, cerró la mercería, echó la llave de su casa y se fue solo al campo, allí se construyó una cabaña con maderas, cartones y plásticos, y desde entonces, allí estaba. 

Chema1523

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Estoy sentado, temprano, junto a la ventana tras la que veo el cielo, las nubes, un semáforo que parpadea y gente desmotivada que camina hacia sabe dios dónde, unos árboles, unos edificios, unos coches, unas pancartas, unas farolas que se apagan, y una luz que se abre camino entre la oscuridad que se marcha.

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