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21 min
Una estrella para Laura
Drama |
17.07.15
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Sinopsis

(...)


I

"—¿Sabías que puedes ponerle un nombre a una estrella? 

—¿Un nombre?

—Sí, el que tu quieras. Elige una.

—¿Cuál?

Ella le miró como si esperase que saliese de sus labios la historia más maravillosa del mundo. Por un instante, Pedro creyó que la joven le iba a besar en los labios, y, cuando el momento pasó de largo, él siguió hablando para apaciguar a su anhelante corazón.

—Venga. Elige una. ¿No sabes cuál? Lo haré yo. A ver. Mira el firmamento. ¿Ves aquella brillante de color rojo rubí? Su nombre es Laura. Está a millones de años luz de la Tierra, pero basta que cierres los ojos para emprender un placentero viaje entre las dunas de su superficie. Ciérralos. ¿Ya? Bienvenida a tu estrella. Te invito a que paseemos juntos por sus hermosos jardines escondidos tras las dunas. ¿No oyes a lo lejos el dulce canto de un ave? Es un pajarillo de colorido plumaje que, desde las ramas de un árbol del paraíso, entona su canción para llamar a su amada. Ella, desdeñosa, emprende presurosa el vuelo hacia lugares lejanos y deja al pobre enamorado con el corazón destrozado. No sabe que una florecilla de apenas tres pétalos suspira por él".

—¡Papá! 

La voz de Claudia ahuyentó sus recuerdos que emprendieron el vuelo hacia el pasado.

—¿Cómo me ves?

La joven adolescente giró sobre sí misma haciendo danzar el vuelo de su falda de raso color guinda. A Pedro le pareció ver a la madre en la sonrisa de su hija. Hubo de tragar saliva. Aún le dolía su ausencia.

—Eres la más bella estrella del firmamento —le dijo.

—¡Papá!, te lo pregunto en serio. Esta fiesta es muy importante para mí. ¿Cómo estoy?

—Estás preciosa, hija mía. Vas a hacer añicos un montón de corazones.

Claudia, mimosa, se acercó a Pedro para darle un beso de despedida. Se puso de puntillas, pues era de estatura menuda y apenas alcanzaba a la rasposa mejilla de su padre. Él posó sus labios en su frente y no pudo evitar hacerle una última recomendación.

—Prométeme que no vendrás muy tarde.

—Sólo si tú me prometes que no me esperarás despierto.

Claudia salió del salón dejando tras de sí un suave aroma a azahar. Pedro se asomó a la ventana para verla partir en el coche de la madre de una de sus amigas que había ido a recogerla. El absurdo temor a no verla más le pellizcó el corazón. No podría soportar una nueva pérdida. Encendió el único cigarrillo que se permitía cada día, abandonándose a los recuerdos mientras el reloj de pared caminaba perezosamente por la noche.

II

Diecisiete años antes, Pedro era un sabio que lo ignoraba todo de la vida. Se había cansado de oír las quejas de sus padres sobre cómo malgastaba los años aprendiendo idiomas que llevaban siglos y siglos muertos mientras dejaba escapar el tren que le llevaba al futuro. Tenía un doctorado en lenguas semitas y estaba traduciendo una larga epopeya del sánscrito que habían encontrado unos arqueólogos en el muro de un palacio situado a catorce kilómetros de Amritsar, en el norte de la India. A sus treinta y tres años, se ganaba la vida recorriendo la ciudad en una moto mientras llevaba de un lugar a otro mensajes y paquetes. Subido en su cabalgadura, ensayaba combinaciones de palabras hasta dar con la frase más certera, la más hermosa: aquella que se acercase más a las joyas que escondía el antiguo idioma. 

Desde que terminase los estudios, había sido repartidor de pizzas y de propaganda, camarero y hasta hombre anuncio; trabajos que apenas le habían dado para vivir pero que le habían dejado tiempo para seguir estudiando y deleitarse con palabras que venían de mundos desaparecidos hacía miles de años. En ningún trabajo permanecía más allá de unos meses. Siempre daba algún traspiés que lo llevaba a la calle: unas veces era porque llegaba tarde a trabajar después de una noche en vela leyendo poesías en arameo, en otras ocasiones, la razón era una escapada en medio de la jornada laboral para asistir a una conferencia, en otras... Hubo muchas veces que perdió su empleo; mas Pedro pasaba de un trabajo a otro sin parecer percatarse de ello. Sólo en este último parecía haber encontrado un modo de hacer sus escapadas entre paquete y paquete, entre reparto y reparto, sin que su jefe se diese cuenta y ya hacía más de dos años que sorteaba los coches subido en la moto mientras su mente volaba muy lejos.

A Laura, la conoció una mañana en la que tenía que entregar un paquete cerca del Museo Arqueológico. Pasaban las once de una gélida mañana de enero y, pese a llevar unos guantes de gruesa lana, el frío le había dejado rígidos los dedos. Entró en el bar del museo en busca del calor de un café antes de pasarse a visitar una de sus exposiciones. El local estaba medio en penumbra y casi vacío. Sólo vio en un rincón a una joven que leía un libro mientras disfrutaba de un capuchino. Tal vez los muchos días que llevaba sin hablar sino con los rostros fugaces a los que hacía entrega de los paquetes le llevaran a acercarse a la joven. Se sentó a su lado y le preguntó por el libro que estaba leyendo. Mal comienzo, si no hubiese sido porque aquel día, Laura, como dijo llamarse ella, también debía de tener ganas de conversación. 

Bastaron unos pocos minutos para que hablasen y hablasen como si de viejos amigos se tratasen, en tanto que él dibujaba una y otra vez su perfil en servilletas de papel. No recuerda bien si fue en aquel primer encuentro o en los muchos que tendrían después cuando Laura le habló de su trabajo como decoradora en un estudio de arquitectura a pocos pasos del Museo. Compartía un pequeño despacho con un aparejador viejo de espíritu que no se molestaba en disimular la mala opinión que le causaba que el arquitecto la hubiese contratado. Para él no había profesión más inútil que la de decoradora y no dejaba pasar la ocasión de hacérselo saber a quien quisiera escucharlo, aunque ésta fuese la misma Laura. Por no oír sus absurdos argumentos, la joven salía del despacho como una exhalación a las once de cada mañana y se tomaba con calma un capuchino en el bar del Museo Arqueológico mientras leía un trocito de alguna novela antes de regresar al trabajo.

Aquella mañana Laura se demoró más de dos horas en volver a escuchar las peroratas del aparejador y Pedro se oyó más tarde inventando excusas sobre el tráfico para justificar ante su jefe la tardanza en entregar un paquete y el olvido de otro. Debían de estar protegidos por Afrodita, pues ni en el estudio de arquitectura ni en la oficina de mensajería parecieron darse cuenta del negligente proceder de la una y del otro; o tal vez fuese el entusiasmo de los jóvenes por el inesperado encuentro lo que les cegó los ojos a todo lo que no fueran ellos mismos.

Al día siguiente, Pedro se las ingenió para que su ir y volver por las calles de la ciudad le llevase a los aledaños del museo y a las once en punto, ni un minuto más ni un minuto menos, se sentaba junto a Laura en la mesa del rincón del bar. Como temía presentarse ante ella con las manos vacías y lo ignoraba todo sobre las cosas que le gustaban a las jóvenes, había pasado parte de la noche buscando entre sus libros un poema con el que obsequiarla hasta dar con una coplilla, apenas cuatro estrofas que hablaban de la belleza de unos ojos verdes como los de Laura. La joven, que no estaba acostumbrada a tales presentes, le miró con asombro, como si se preguntase por el extraño lugar de donde venía aquel chico que cabalgaba en una moto. Más adelante, cuando llevaran viéndose ya meses, le diría que, de no ser porque en él parecía revestido de misterio lo que en otros hubiera sido una copia vulgar de una película romántica, jamás hubiese tenido la oportunidad de cruzar con ella más de tres palabras.

Laura se convirtió para Pedro en la razón por la que respiraba. Se despertaba con su nombre en los labios y, mientras se afeitaba, buscaba en su imaginación mil modos de sorprenderla. La llevó a visitar los más bellos jardines, a recorrer castillos embrujados a los que sólo les faltaba que llegase Laura para tener su princesa e hizo con ella el amor bajo un cielo estrellado. La joven, poco dada a romanticismos, enrojecía, sin embargo, de placer cada vez que caía bajo su influjo. Y una mañana de primavera, sin saber muy bien cómo había llegado hasta allí, se vio dando el “sí quiero” ante un altar guarnecido de jazmines.

Pedro tardó en darse cuenta de que sus arranques de entusiasmo se iban volviendo menos bienvenidos. ¿Cuántas veces tuvo Laura que recriminarle por presentarse en su trabajo en mitad de la mañana con un ramo de flores?, ¿cuántas veces la vio enfadada por un nuevo cambio de empleo?, ¿es que nunca iba a sentar la cabeza?, le preguntaba con más y más insistencia. Un hombre culto, con un doctorado, no podía pasarse la vida perdiendo el tiempo en empleos insignificantes. ¿Qué ocurriría si tenían un hijo? Al principio, con sólo una palabra, un beso, una caricia, lograba desvanecer el enfado de Laura; pero, con el paso de los meses, permanecía enfurruñada cada más y más tiempo.

A los dos años de su boda, nació la pequeña Claudia: una bolita sonrosada con un rizo rubio casi blanco en la frente. Jamás había imaginado Pedro que alguien tan diminuto pudiera hacerlo tan dichoso. Cuando la oía hacer gorgoritos en su cuna, haciendo caso omiso de las protestas de su madre, la tomaba en sus brazos y la alzaba a lo alto una y otra vez hasta lograr que se deshiciera en ruidosas carcajadas. Por las noches, cuando Laura le daba el último biberón, le cantaba canciones bajito, casi en susurros, hasta que los párpados del bebé se iban cerrando, escondiendo sus pupilas de color esmeralda. Y a lo largo de la noche se levantaba varias veces a espiar su sueño.

Apenas tenía dos meses cuando la pequeña Claudia enfermó. Le costaba tanto respirar que su piel nacarada se teñía de azul. La niña perdió el apetito y lloraba cuando su madre intentaba darle de comer. En una primera visita el pediatra tranquilizó a la angustiada Laura. Según dijo, no se trataba más que de un fuerte enfriamiento tan común en los gélidos días de febrero. Pero, cuando una mañana, la niña se despertó con las uñas de las manos de color morado y los ojitos inflamados, los padres comprendieron que se trataba de algo más que un simple constipado.

Empezó entonces una peregrinación por la consulta de distintos especialistas hasta dar con el mal que aquejaba a Claudia. Tendrían que pasar años hasta que Pedro comprendiese que su Bolita de Algodón, como llamaba a su hija, padecía una cardiopatía; que su corazón marchaba a un ritmo más lento y se fatigaba más que los de los otros niños. Terriblemente asustado, inventaba mil excusas para huir del espanto que le causaba el sufrimiento de su niña: no quería ver cuando se enfrentaba a una bata blanca del hospital y dejaba sola a Laura ante los médicos. Era tal su cobardía que se negaba a aprender palabras como válvula, ventrículo o cirugía, que tan familiares se convirtieron para la madre.

Pedro se daba cuenta de su mal actuar y buscaba la manera de compensar a la niña de su aparente abandono. Los muchos días en los que la madre y la hija acudían al hospital esperaba su regreso con globos de colores o, cuando la pequeña fue algo mayor, con muñecos de trapo. Durante cinco años, vio a Claudia entrar corriendo en la casa buscando, entre risas, a su padre, expectante por descubrir la sorpresa que le tenía reservada; y al encontrarlo, le cubría de miles de besos. Para la niña, su madre representaba la severidad: era la que le prohibía hacer esto o lo otro; mientras que su padre era la risa, el juego, la magia.

Pese al inmenso amor que sentía por su esposa, era incapaz de pararse a escucharla cuando llegaba del hospital cansada, abatida, asustada. Si ella intentaba contarle lo que guardaba en su corazón, Pedro le cerraba los labios con un beso. Según decía, no quería sino hacer desaparecer sus pesares con su amor, mas Laura lo acusaba de no arroparla con su consuelo, de dejarla sola con todo mientras le robaba el cariño de la niña con arrumacos. Pero él quería creer que bastaba con sus caricias y su ternura para borrar toda la desdicha de su esposa y se negaba a ver la fatiga que dibujaba medias lunas oscuras bajo sus ojos.

Tanto era el amor que sentía por Laura y por Claudia, que le parecía que nada ni nadie podía romper su armónica felicidad. Por ello, le cogió desprevenido lo ocurrido unos días antes de que la pequeña cumpliera seis años.

Era una tarde de domingo. El sol de octubre tentaba a la gente a dejar la comodidad de sus hogares mientras el viento susurraba entre las hojas que revestían los árboles y formaba remolinos con las que escapaban de sus ramas. Pedro, sabiendo lo feliz que podía hacer a la pequeña Claudia, construyó para ella una cometa con los colores del arco iris para hacerla volar en una explanada situada a unos kilómetros de la ciudad. Preparó una cesta de mimbre con las golosinas, dulces y bombones más exquisitos para acompañar la merienda. Y, cuando lo tuvo todo listo, desplegó todos sus encantos para convencer a su esposa y a su hija de que pasaran la tarde con él bailando la cometa. Pese al entusiasmo mostrado por su hija, Laura no quiso ir con ellos. Se excusó con vagos pretextos: que si le dolía la cabeza, que si estaba fatigada, que si esto, que si lo otro. Hizo caso omiso de las carantoñas de Claudia; no quiso dejarse convencer por Pedro, que derrochaba tentadoras palabras. Y, a pesar de la decepción que ambos mostraron, los vio partir mientras un velo de extraña tristeza cubría sus bellos ojos.

Una ola de intranquilidad pasó por encima de Pedro. Algo debía barruntar su corazón, pues pese a lo dichosa que se mostraba Claudia, se sentía invadido por un sentimiento de zozobra que le impedía disfrutar de la tarde. Mientras la pequeña iba soltando el hilo de la cometa, sus pensamientos volaban más y más alto en busca de la fuente de la aflicción de Laura. ¿De dónde le venía el aire de melancolía? Pasó la tarde contando los largos minutos que lo separaban del regreso a casa. Y al llegar a su hogar, como si temiese la caída de Laura en el más grande infortunio, traspasó la puerta llamándola en alta voz, casi gritando su nombre.

La buscó por cada una de las habitaciones, por cada rincón del jardín. Mas no había rastro de ella. Claudia, asustada, corría tras su padre sin atreverse a pronunciar ni una palabra. Y, al fin, en la mesa de la cocina, encontraron una nota en la que decía que se le habían agotado sus fuerzas, que no podía cargar ella sola con el peso de la responsabilidad de la familia, que se sentía abandonada por quienes más quería y, por ello, se iba para no volver.

Durante meses Pedro se sumió en la mayor de las aflicciones. Cada día, después de dejar a Claudia en la puerta del colegio, recorría las calles de la ciudad en su moto buscando a Laura a través de un largo viaje a ninguna parte. Detrás de cada esquina le parecía verla, con su elegante caminar, que parecía no tocar el suelo sino con la punta de los pies; mas, al acercarse, la imagen de su amada se deshacía cual azucarillo en el agua. Caída la tarde, volvía a casa con el alma abatida y la derrota asomando a sus ojos. Como un ciego, andaba a tientas por la vida sin ver ni oír más que a su apesadumbrado corazón y, por primera vez en los últimos seis años, su hija se volvió para él en invisible. A él no llegaban sus palabras ni se percataba apenas de su presencia. No es que la descuidase, ni olvidase llevarla a las revisiones periódicas del cardiólogo. Al contrario, se hizo cargo de todas las tareas que hasta entonces había asumido Laura, con su mismo celo, con su mismo tesón; mas atendía a sus cuidados como un autómata, como si su mente estuviera en otro lugar muy lejos de allí. Después se preguntaría una y otra vez cómo había podido salir la pequeña adelante en aquellos meses en los que su alma vagaba entre las tinieblas.

Y fue precisamente Claudia quien lo sacó del estado en el que se encontraba, tan parecido a una muerte en vida. Y, si un domingo perdió la ilusión por vivir, otro domingo la recuperó.

Como cada día desde la desaparición de Laura, aquel domingo comió con su hija en silencio, estando allí, en la mesa, y no estando. Claudia hacía muchos meses que había abandonado todo intento de entablar una conversación con su padre. Pese a ser tan pequeña, parecía darse cuenta del sufrimiento de Pedro y apenas hacía ruido, como si temiese perturbarlo. Pero ella también debía de llevar una pesada carga sobre sí aunque se esforzase tanto en esconderla. El silencio de Pedro de ese día debió de ser aún más elocuente que los de otras comidas pues hizo rebosar la tristeza que guardaba en el corazón. Escapó de su pecho un sollozo que, si bien tímido, logró hacer desaparecer el estupor en el que su padre estaba sumido.

De pronto, como si Pedro tomara consciencia de dónde se encontraba, paseó la mirada en torno a sí y, justo en ese momento, sus ojos tropezaron con los de Claudia en el momento en el que una lágrima desobediente se deslizaba por la mejilla de la niña. Bastó esa gota salada para que toda el alma de Pedro se sacudiese de las telarañas que le impedían ver. Con un nudo en la garganta, se acercó a su hija y la cogió en sus brazos como hacía cuando no era más que un bebé y, como hacía entonces, la acunó mientras le susurraba al oído canciones sin palabras que ahuyentasen la pena. Pasó la tarde escuchando a Claudia como no había sabido hacer con Laura. Intentó contestar a las mil y una preguntas que le hacía sobre la desaparición de su madre, incluso aquellas que no tenían respuesta para él. Y cuando el crepúsculo anunciaba la llegada de la noche, ya había conseguido que una sonrisa asomase a los labios de la pequeña. 

A partir de aquel día, la actitud de Pedro cambió. No fue cosa de un instante, ni de semanas o meses; ni siquiera fue cosa de un año. Pero lo cierto es que poco a poco se fue dando cuenta que había derrochado su vida en quimeras sin asumir las responsabilidades que le iba exigiendo el devenir de la vida. A su memoria volvieron las quejas de Laura por su ir y venir de un trabajo a otro, más y más precario; por no querer ver cuando la dejaba sola con los médicos de Claudia sin que pareciese importarle que toda la carga de la familia recayese sobre ella. Parecía como si, hasta la desaparición de su esposa, hubiese querido alimentar a su familia únicamente con la poesía que descubría en sus libros milenarios. 

Por su hija, puso orden a su vida. Envió su currículum a todas las instituciones en la que podía demostrar sus conocimientos en lenguas muertas y se presentó a cuantas oposiciones se convocaban para expertos en latín, griego o arameo. Pasaron meses antes de que pudiese encontrar un trabajo acorde a su cualificación: en estos tiempos de las altas tecnologías, su formación humanística se había quedado anticuada. Pero tuvo suerte y, finalmente consiguió un puesto de profesor de latín en un colegio no muy alejado de su casa.

Lo que más le costó fue abandonar la búsqueda enloquecida de Laura. Aunque no renunció del todo a ella y a veces imaginaba cómo le abriría los brazos a su regreso, con el paso de los años logró aceptar su marcha. 

Ocho años después de la partida de Laura no quedaba del Pedro que ella conociera más que su devoción por su hija y por la poesía milenaria de lejanos países. Todavía era capaz de sorprender a Claudia con un viaje inesperado a Venecia, con la entrada a un espectáculo fabuloso, con historias maravillosas o el regalo de una estrella como la que bautizó para su madre; pero se había vuelto un hombre serio de edad madura. Era un profesor respetado, aunque aún sabía encandilar a sus alumnos con fantásticas historias de mundos desaparecidos.  

Y aquella pérdida le dejó también el temor a que alguna desgracia pudiera separarla de su pequeña. Así que fue un padre cariñoso que no le negaba nada a su niña, mas protector, a veces, en exceso. El delicado corazón de Claudia era una constante fuente de desvelo de Pedro, pese a que con los años se fue fortaleciendo su salud y ya no eran precisos tantos cuidados.

III

El ruido de la llave de casa acalló sus recuerdos. Faltaban aún unos minutos para la medianoche y Claudia ya estaba de vuelta. Pedro dejó escapar un suspiro de alivio. Oyó los pasos de sus pies descalzos: sigilosos para no despertar a su padre. Debió de ver la luz que se colaba por debajo de la puerta de despacho porque la joven giró el pomo y entró de puntillas.
           
—¡Papá! ¿Qué haces levantado tan tarde? Me prometiste que no me esperarías.

Claudia le cubrió el rostro de besos. Se sentó en la alfombra y, con su voz cristalina, le contó cómo había transcurrido la fiesta.

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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