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9 min
Una extraña enfermedad
Varios |
31.12.16
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Sinopsis

Nuevo relato, espero que les guste

 

 

Una extraña enfermedad

 

 

Acá me encuentro. Escribiendo. Existiendo a duras penas, dudando si saltar de la ventana del octavo piso es la mejor opción. Reflejando en esta nimia nota un tormento que pocas personas se pueden imaginar. Voces me hablan. Algunas gritan sin parar, otras me incentivan a hacer cosas que nunca se me hubiese ocurrido hacer. Y no me dejan tranquilo nunca, ni siquiera en sueños. Las voces recorren mi cabeza, llegando hasta el rincón más oculto, se apoderan de mí. Y dan vueltas, muchas vueltas, sin tomar el más mínimo descanso. Tecleo las teclas de esta maldita máquina de escribir con fuerza, iracundo y trastornado, temblando. Lo pienso, pienso en mi desdicha, en el sufrimiento que tengo, que me hace pensar que un segundo dura tanto como la eternidad; y sé que es ahí donde está el verdadero infierno. Escucho música, la vecina de abajo sube el volumen, estoy seguro que solo lo hace para molestarme, ya la conozco; debí hacerle caso a aquella voz que me ordenaba matarla. Tengo hambre, pero no como; aún así todavía no logro morir de inanición, ya no tengo salida. Estoy atrapado. Solo. Confundido. Como nunca lo estuve antes, y como nunca lo estaré. Ya quisiera que alguien me comprendiera, pero no hay caso. Y la maldita sube más el volumen, pretende volverme loco. Me voy a tomar un vaso de agua. El agua está horrible, caliente; no tengo hielo, tengo que hacer hielo ¿para qué?, mejor no. Los autos abajo avanzan yendo hacia alguna parte, estoy seguro que ni siquiera ellos saben. Hay millones, siguen pasando y pasando sin parar. También hay peatones, de acá se ven como hormigas, deberían saber que no son más que insectos, al menos yo sé eso. Pero yo no quiero saber nada. Y sin embargo sé todo. Todo lo maldito de este mundo, de esta maldita cabeza que me atormenta como si no hubiera un mañana. Pero sí hay mañana, siempre hay un mañana, para mi desgracia. Estoy enfermo. Enfermo. Ojalá padeciera cáncer, o algún mal de alguna zona del cuerpo que no sea la cabeza. ¿Por qué la cabeza? Quiero saltar. Lo quiero. Pero no lo hago, sigo sentado escribiendo incoherencias. Esperando que un milagro me arregle los engranajes, y que la vecina baje el volumen. Pero sigo igual, la inercia me hace mover hacia un lugar que no quiero. Sigo adelante, la marea me lleva, y mis brazadas no hacen nada. El tiempo se transforma, comprendo que la muerte no existe; no existe para mí, que es lo único que deseo. Descubrí algo. Un descubrimiento se me presentó. Pero me avergüenzo admitiendo que en realidad a quien se le ocurrió es a una de mis tantas voces. Ya sé por qué no salto. Si saltara todo se detendría. El movimiento, el universo, el tiempo. Y quedaría suspendido en el aire, para siempre. No me vengan con la gravedad, eso no existe para mí. Yo distorsiono la realidad, pero todos lo hacemos. Solo que yo la hago peor de lo que es. O a lo mejor no.

Me tomé un descanso, sigo alborotado, pero al menos la vecina bajó el volumen. Respiro, pero con mucha dificultad. Estoy agitado, mi corazón bombea a una velocidad que alarmaría a cualquier médico. Y tiemblo. Escucho el teléfono. ¿Quién será? ¿Qué querrá? ¿Por qué llama a esta hora? Suena y no para. A lo mejor es mi cabeza. Sí, es mi cabeza, estoy seguro. El timbre no para, cada vez es más agudo. Y se dilata, taladrándome el oído por dentro. Ahora quiero que suba la música. Pero no lo hace. Sabe lo que pienso, a lo mejor ella llamó, o es una de mis voces. Sigue y no para, aprendo a tolerarlo, pero sigue sonando, y probablemente nunca lo deje de hacer.

Una paloma se posa en el marco de mi ventana. Sus plumas son feas. Horribles, como todo en su ser, como todo en mi ser. Me pregunto por qué no tengo la suerte de Poe, quien fue visitado por un Cuervo, y no por una fea paloma. La paloma me empezó a mirar. Sus ojos se salen para afuera, son todos negros, y me reflejan como espejos. Ladea la cabeza, como comprendiéndome. Pero yo no la comprendo. Una paloma comprende más que yo. Ella por lo menos vuela, no es consciente de nada. Y no oye voces imaginarias, ni timbres en la nuca.

Al fin la paloma se fue. Pero el timbre sigue, hostigándome e impidiéndome pensar con claridad. Ahora extraño a la paloma, por lo menos parecía buena, más de lo que es mi enferma cabeza. La inconsistencia del tiempo me sigue abrumando, el decoro de la realidad improvisa en mí y yo la manipulo. Mi cabeza transforma todo. Soy mi peor enemigo. Siento un desprecio tan alto hacia todo. Deambulo en un limbo discordante. Da vueltas, en todas direcciones, me mareo. Ni siquiera siento la náusea de Sartre, ni el subsuelo de Dostoievski, aquellas sensaciones y lugares me son familiares; pero lo mío es peor. Nadie me comprende. Estoy enfermo. Solo. Aburrido. Confundido. Y sin ni siquiera ganas de extinguir el fuego de la vida. El bosque me aprieta, me da fruta podrida, los lobos me aúllan, y la luna me encandila, impidiéndome dormir; que es lo único que quiero. Las palabras me encierran, me impiden reflejar el sufrimiento que padezco. Deliro con una cordura que me abruma, y me enceguece. Avanzo en una niebla gris. Y solo veo eso, el gris. Que no dice nada, y a la vez lo dice todo. El sol se esconde detrás de la luna, con una frecuencia antinatural. Y sigo buscando el río que dijeron que siga, pero que ya sé que no existe.

Disculpen mis divagaciones, no lo puedo evitar. Así es todo el tiempo, aunque a veces lo reprima. Padezco, padezco todo el tiempo, sin interrupción mediante. Voy a saltar. No, mejor no; ya sé lo que pasaría. Mejor me voy. Sí, voy a ir a la calle. Hace semanas que no salgo, un paseo me vendría bien. A lo mejor recupero la cordura al volver.

Las habitaciones son laberintos. Laberintos sin salida. Sin salida, nunca hay salida.

Fui a un café. Todos los clientes me miraban, reconociendo en mí a un loco. El mozo me preguntó que quería. Dudé un poco, pero hice mi pedido con la mayor cordura que pude conseguir. Me trajo el café. Di un sorbo. No tenía gusto. Y estaba caliente. Me quemó la lengua, pero no me importó, nada me importaba. Un jazz sonaba de fondo. Experimenté una sensación anómala. Supongo que la gente común lo llamará tranquilidad. Mi ritmo cardíaco se estabilizó. Escuché un saxo que se movía con una soltura y limpieza encantadora. Hacía que el tiempo se detuviera, pero esto ya no era una impresión perturbadora.

De repente, cuando estaba a punto de llegar al clímax, el incesante timbre volvió a sonar. Fui consciente de mi destino, era un esquizofrénico; yo no podía disfrutar, solo tenía que sufrir. Las voces resurgieron y se acordaron de vivir para lo único que servían: desestabilizar mi existencia, vaya si lo hacían bien. Me asusté, empecé a gritar y salí corriendo tan rápido como pude. Las alucinaciones eran tanto visuales como sonoras. La gente me miraba, me increpaba con la mirada. Y no solo la gente. Los altos edificios también lo hacían. Se inclinaban, casi llegándome a aplastar.

Llegué a mi apartamento y me puse a escribir esto, para mantenerme ocupado, y tratar de alejar a las voces. Pero no puedo. Lo intento, con todas mis fuerzas, y fracaso. Estoy destinado a esto.

Me paro, doy vueltas en círculos, no llego a nada. Nunca llego a nada. Y probablemente nunca llegaré. Me quedaré atrapado en el presente. Me siento nostálgico. Recuerdo. Mi vida antes tenía un sentido, pero algo me hizo olvidarlo. Recuerdo momentos en que disfruté, y lo hago desde una perspectiva muy lejana. Me encuentro en otra dimensión. Una dimensión extraña, de la cual no hay retorno. Me encuentro en el otro extremo de este maldito péndulo, que se olvida de su mecánica básica.

Recuerdo. Recuerdo años atrás, con la misma lejanía con que recuerdo los pocos segundos que me dejaron atrás. Recuerdo todo. Incluso lo que no viví. Llegué al lugar que tanto temía. Lo irreversible de la situación me hace ver lo que antes era incapaz de observar. Padezco. Estoy solo. Estoy en otra dimensión. Penetro en penumbras de seres extraños, más extraños que yo. Llegué al final. Del cual nunca voy a poder salir. A punto de tocar lo que no se pude tocar. Recordando incongruencias del pasado, que a lo mejor se podían solucionar.

Las gotas de lluvia caen, junto conmigo. Pero yo ya no pertenezco a este mundo. En el mundo que vivo ahora ya no hay gravedad. La ventana ya quedó atrás, y los ocho pisos no se recorrerán jamás. Caí en la trampa que sabía que no tenía que caer. Lo sabía, y no pude vitarlo. Mi cabeza se encuentra en silencio. Las voces ya no se escuchan, ya cumplieron su objetivo. Pero no tengo paz. Ya no existe la paz. 

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