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6 min
Una Harley abandonada
Reales |
25.11.14
  • 4
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Sinopsis

La historia de una Harley abandonada

Una Harley abandonada

Hacía tiempo que me había dado cuenta de una Harley abandonada en una calle de una zona calificada de equipamiento, en la que se encuentra una compañía de seguros de automóvil, un club de tenis del que de vez en cuando se escapa por encima de las vallas una pelota golpeada con demasiada fuerza y poco tino, un hotel de 5 estrellas, una hípica de la que se escuchan el relinchar los caballos, y una estación de servicio para que reposten los automóviles sedientos de combustible que llegan a la ciudad.

En uno de los lados de la calle hay dibujados en el suelo unos rectángulos blancos para que aparquen los coches ordenadamente, y unos más pequeños para que hagan lo mismo las motos. En horas de oficina, casi todos están ocupados, pero a primera hora de la mañana apenas hay algún coche cuyo propietario madrugador le gusta comenzar temprano, y a última hora de la tarde, el de algún empleado que se afana en dejar acabado su trabajo, o que inútilmente intenta hacer méritos para ver si es recompensado con un simplemente halago de su jefe, que por cierto, acostumbra a salir mucho más temprano. Que gran error es buscar la adulación.

Un domingo pasé temprano, había quedado para ir a hacer una pequeña excursión como excusa para comer a la brasa en algún sitio apartado. Tuve que detener el coche en el semáforo y aproveché para mirar la Harley con más detenimiento, los días de trabajo voy pensando en algún asunto o perplejo por las noticias de la radio, y a pesar de ser consciente de la Harley, no presto más atención que una mirarla rápida para comprobar si sigue allí.

Me di cuenta que bajo la rueda trasera salía del asfalto una planta con cuatro hojas verdes. Durante el escaso minuto que duró la luz roja encendida, imaginé que en poco tiempo brotarían nuevos tallos dejando la Harley cubierta por un entramado de hojas a los que se unirían una colonia de insectos, una pareja de orugas reptando por las piezas niqueladas y quien sabe si un enjambre de abejas construiría un panal en el radiador.

El semáforo cambió de color y continué, durante todo el camino fui preguntándome qué circunstancias habrían llevado a alguien a abandonar una preciosa Harley precisamente allí, en un sitio tan frío y carente de alma.

Casualmente, días después disfruté de unas cortas vacaciones, aproveché uno de ellos para interesarme por la Harley, me acerqué a media mañana, a eso de las once aparqué el coche en el único rectángulo que quedada libre. En la puerta de la compañía de seguros había un grupo de oficinistas que habían salido a fumar un pitillo y a despejarse de una jornada agotadora.

Me acerqué y pregunté si sabían algo de la Harley que estaba allí abandonada, dijeron que pertenecía a un empleado que hacía tiempo que estaba recluido en la oficina, les pregunté si podría hablar con él, les dije que esperaría a que saliera y se echaron a reír, "no saldrá", dijeron, me explicaron que cuando decían que estaba recluido, querían decir que estaba recluido literalmente, que no salía de allí por propia voluntad, y que se había apañado un camastro en un trastero que estaba en desuso y que allí pasaba las noches y los días festivos, sin apartarse del trabajo.

Al parecer era un tipo que empezó con una adicción al trabajo y una fobia a los espacios abiertos.  A los jefes no les pareció mal que tuviera tanta dedicación al trabajo, pero para evitarse posibles demandas le hicieron firmar un documento conforme su reclusión era voluntaria y que ellos nada tanían que ver.

Pensé que me tomaban el pelo, pero cosas más raras se han visto, pregunté si podía entrar a verlo y me dijeron que preguntara en recepción por Agustín, así lo hice. Después de un breve recorrido llegué a su mesa. Cuando pronuncié su nombre, apenas levantó la vista de la pantalla, le pregunté si la Harley que había aparcada en la puerta era suya, al escucharlo, levantó la cabeza, estaba demacrado, excesivamente delgado, sin afeitar desde haría unos días y  los ojos rojos de tanta concentración en el monitor, no le iría mal un aseado.

- ¿Le ocurre algo a la moto?, - dijo
- No, solamente que hace tiempo que la veo en el mismo sitio y pensé que estaría abandonada.
- No lo está, los domingos bajo a limpiarla y compruebo que todo esté bien
- Pero siempre está en el mismo sitio
- Es verdad, hace meses que no la muevo
- Me han dicho que prácticamente vives aquí, ¿es cierto?
- Sí, hace tiempo que no salgo, me he instalado aquí,  paso con algunos libros que me traen los compañeros, una pequeña televisión para enterarme qué ocurre en el mundo, y mi dedicación absoluta al trabajo, eso es todo lo que necesito.
- Y la Harley, no la usas, ha salido una planta con hojas verdes de una rueda, pronto estará invadida por la vegetación.
- Me dan miedo os espacios abiertos, soy incapaz de ir más allá de los tres metros de acera que separan la puerta del edificio de la moto.
- ¿Me la venderías?

Se quedó un buen rato sin pronunciar palabra, tras el que me dijo que sí, que me la vendía, que era una moto excelente y una pena que quedara allí siendo consumida por el sol e invadida por la vegetación.

Me quedé con la Harley, el único problema es que no tengo carnet para motos, así que ahora está en un garaje a la espera que consiga ese permiso y pueda usarla pronto. Mientras tanto me entretengo en limpiarla y desmontar aquellas piezas que la intemperie ha oxidado para que las vuelvan a niquelar y dejarla siendo la envidia de los moteros que recorren los domingos las carreteras.

 Chema

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Estoy sentado, temprano, junto a la ventana tras la que veo el cielo, las nubes, un semáforo que parpadea y gente desmotivada que camina hacia sabe dios dónde, unos árboles, unos edificios, unos coches, unas pancartas, unas farolas que se apagan, y una luz que se abre camino entre la oscuridad que se marcha.

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