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21 min
UNA HISTORIA DE AMOR Y CHAT
Amor |
30.09.18
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Sinopsis

De pipiolos, Javier y Maribel dfueron más "novietes" que novios. Pasó el tiempo y cuando más o menos salían de la adolescencia, Maribel dejó "plantado" a Javier para hacerse novia de un compañero de Universidad, con el que acabó por casarse

~CAPÍTULO 1º

Tanto mis padres como los suyos llegaron casi juntos al edificio. Fue allá por Diciembre de 1950, poco antes de las Navidades de aquel 1950-51, y allí, el por entonces final de la calle Alcalde Sainz de Baranda, que hoy es de lo más céntrico y empingorotado de Madrid, estaba uno de los lugares donde la capital de España acababa. La vecindad de aquel edificio y en aquellos entonces, era la típica clase media-media española, de pequeños empleados, ya fueran del Estado o de la banca y pequeños comerciantes autónomos, es decir, con pequeña tienda familiar de toda laya y especialidad, desde la socorrida tienda por entonces denominada de ultramarinos, hoy de alimentación, al pequeño comercio de tejidos, ferretería o lo que fuera. Familias a las que el dinero si les llegaba no les alcanzaba y si les alcanzaba no les llegaba. Familias en las que las mujeres, esposas y madres, eran las regidoras del hogar. No salían de casa para procurar el diario sustento, que para eso ya estaba el hombre, esposo y padre, pero sabían estirar las 800 o mil pesetas que el cabeza de familia ganaba haciendo que tan magro ingreso alcanzara a cubrir todas y cada una de las necesidades familiares, desde la diaria comida hasta la ropa, zapatos y los pequeños esparcimientos que podían permitirse, como el cine semanal en aquellas salas de programa doble, dos películas, una tras otra, en sesión continua desde las tres-cuatro de la tarde hasta la una de la madrugada. Y, claro está, el colegio de los hijos, de monjas para las niñas, de curas-frailes para los niños, pues ojito con mezclar churras y “merinos”.

Así, ella, Isabel, Maribel en confianza, fue al colegio de los Sagrados Corazones en la casi adyacente calle de Narváez, en tanto a mí mis padres me matricularon en el ínclito Colegio Calasancio, de los escolapios, con entrada escolar, al menos entonces, por Hermanos Miralles y principal en Conde de Peñalver esquina a Hermanos Miralles.

Nos hicimos amigos tan pronto llegamos. Bueno, ella, su hermano, Julián,  uno de los mejores amigos que he tenido yo y cuantos chavales de nuestra edad, los nueve, diez y once años vivíamos en ese derredor. Ella andaba por lo nueve años, como casi todas las niñas del grupo que formamos, aunque alguna también anduviera por los diez; incluso una era más mayor, con once años ya, que pronto dejó de venir con nosotros, pues le llegó el sangrante aviso de que se empezara a “cuidar” de los “nenes” pues, a lo mejor, resultaba con uno en su barriguita. Y claro, como desde entonces ya se sintió “mayor”, le empezó a apetecer más familiarizarse con chicos “mayores” y no con mocosos como nosotros

Pero sucedió que también nosotros, chicos y chicas, empezamos a ser “mayores” y eso de jugar a las “chapas”, al “gua” (las canicas) y ya no digamos a “indios y vaqueros” también empezó a no “molarnos” tanto, con lo que los discos de Benny Goodman, con su famoso “Sing, Sing, Sing”, Lionel Hamton con sus interpretaciones de Rhythm Blues o el gran Glenn Miller con sus “In the Mood”, “Américan Patrol”, “Chatanooga Choo Choo”, Jarrita marrón”… También el Rock and Roll, con Bill Haley y sus Cometas, y su “Rock Around The Clock”… Y luego el gran Elvis

Con pocos meses para tener dieciséis añitos y a pocos de tener cumplidos los catorce ella, Maribel y yo nos hicimos novietes, con lo que conocí la infinita dicha de tomarla de la mano e, incluso, la embriaguez de besarla tiernamente en la mejilla, pues por aquellos entonces eso de ir chico y chica de la mano por plena calle, más bien que era algo inusitado y no digamos los castos besos de mejilla atornillados, que era ya el desiderátum del erotismo juvenil. Bailábamos más bien juntitos, pero, ¡ojo!, sin pasarse. En fin que, para los usos del momento, casi vivía en una nube

El tiempo siguió pasando y mis casi dieciséis años se convirtieron en los veinte y casi tres mese, en tanto los poco más de catorce de Maribel se trocaron en unos preciosos casi diecinueve, pues los tres en que superaba  los veinte a ella le faltaban para los diecinueve cundo, tras sacar el bachillerato, aprobábamos a un tiempo el “Preu”, pues yo lo saqué todo un tantico retrasado respecto a ella ya que repetí dos cursos de “cuchillerato”, uno en el grado elemental y el otro en el superior, en tanto que ella, bastante mejor estudiante que yo, no perdió ni un curso.

Así que en Octubre de 1960 accedimos los dos a la Complutense, única por entonces Universidad de Madrid, en Derecho ambos, la carrera más sofisticada que en aquella época las mujeres emprendían y que significó una gran conquista femenina al superar la barrera de las tradicionales carreras de Magisterio, Filosofía y Letras, y Enfermería, casi las únicas que, generalmente, con lo que las féminas que por entonces elegían Derecho podían considerarse casi pioneras; vamos, más-menos, las “progres de la época.

Ella y yo seguíamos siendo novios. Algo más que novietes, vamos, aunque tampoco tanto más, pues las libertades que ella me consentía no pasaban de darnos besitos en los labios, pero a boquitas cerradas, pues mis intentos de usar también otro elemento bucal encontraban tan férrea negativa que no hubo nunca manera de superarla.

También he de admitir que alguna vez, aunque más bien de uvas a peras, que no sé qué significará el refrán pero seguro que debe ser mucho tiempo, me permitió casi rozar sus “pectorales”, por encima de la ropa, claro está, pues de “tocar piel”, naranjitas de la China, que ella era muy decente para consentir semejantes “bacanales”. Y no creáis que lo de rozarla por encima de la ropa iba más allá de eso, rozarla, pues las veces que intenté “meter mano” en aquellas delicias del Jardín de las Hespérides por poco si me gano una “hostia”, pero de las que ni están ni estarán nunca consagradas.

Mas nuestro acceso a la Universidad significó la voladura del castillo de ilusiones que yo me hiciera respecto a una feliz vida futura junto al amor de mis amores, mi nada dulce Maribel, pues conmigo más parecía cardo borriquero que otra cosa. El asunto fue que, aunque por la “Uni” vagaba algún que otro mancebito algo barbilampiño de 18, 19 y hasta los 20 años de que yo me vanagloriaba, los que más dominaban eran esos “perros viejos” con 22, 23, y hasta 24-25 “tacos de almanaque”, verdaderos “cabestros” de colmillo retorcido en el arte de deslumbrar candorosas “novatas” de dieciocho, diecinueve o veinte gráciles primaveras, veranos, otoños o inviernos, pues a saber en qué estación del año nacerían.

Sí, “perros viejos” con una “labia”, un gracejo que para mí la/lo quisiera, pues lo cierto es que en esas “lides” me daban a mí algo más que “sopas con ondas”; luego el resultado de todo aquello, bastante previsible: Que no había todavía concluido Noviembre y con poco más de mes y medio de “Uni”, mi “Cardo Borriquero” se me plantó con aquello de que “Javier, esto no marcha. Lo siento hijo, pero es que no me motivas, no me llenas” ¿Con que no te lleno?... ¡Porque no te “dejas”, guapa, que si te dejaras!… ¡No veas lo llenita que estarías un día sí, otro también y el de en medio de propina! Pero nada, que no la motivaba, y así, claro, a ver cómo iba yo a “llenarla”

En fin que, sin la más mínima piedad a mi transido corazón, me largó a “freír espárragos” y en menos que canta un gallo se me empezó a mostrar la mar de amarteladita con un “chorbo” de colmillo bien retorcido que la engatusó cuando, al menos “oficialmente”, todavía era mi “novieta” bastante más que mi novia; un “menda” de unos veinticuatro añitos que cursaba tercero de Derecho. Y es que el “angelito” era uno de tantos de los que se decía “De oficio, repetidor”, pues al andoba sólo le había dado tiempo a medio aprobar los dos primeros cursos de la carrera en los cuatro años, más o menos, que llevaba en la Universidad, pues, como yo, accedió con veinte.

Lo malo, lo que más INRI para mí significaba era que, desde el primer día, con el chorbo aquel, se pegaba cada “morreo” que para conmigo bien que los hubiera querido. Desde luego, el que era “De oficio, Repetidor”, no cabía duda de que la “motivaba” bastante más que yo, vaya usted a saber por qué. Aunque, palabra, no sé bien por qué, pero se me hacía que el “nene” era bastante menos “panoli” que yo.

Y si esto hacía que se me llevaran los demonios cuando los veía juntitos y de la manita, figúrense lo que para fue un domingo que, hacia fines de Diciembre, poco antes del día veintidós en que, con el sorteo de la Lotería, se inician casi que oficialmente las Navidades, volviendo a casa poco más de las doce de la noche, hora avanzadísima para una época en que a las jovencitas se les podía caer el pelo si aparecían por casa después de que cerraran los portales a las diez y media de la noche, me la encuentro en un punto oscuro de dos calles antes de la nuestra metida en el coche del “maromo”, un “seiscientos” claro, en el asiento de atrás con las tetas al aire y una manita del tipo tomando a modo las medidas de dichas tetas y la otra desaparecida en combate bajo la falda de Maribel… ¡Pues vaya con la recatada, con la decente!... Claro, no cabía duda de que yo había sido un algo más que “panoli” al no saberla “motivar” hasta tales extremos de “lujuriosa bacanal”…

Como será fácil imaginar aquello ya fue la gota que colmó el vaso, por lo que desde entonces me declaré en permanente huelga universitaria, no apareciendo por la Universitaria ni por error en la inconclusa semana lectiva que quedaba hasta las vacaciones de Navidad.

Las Navidades llegaron y se empezaron a pasar día a día. Y mi cabeza cavilando a más presión que una olla “Laster”, primeras a presión que en España se conocieron como aquel que dice. El problema era que no quería volver por la Complutense ni atado, pero a ver cómo convencía a mis padres, a mi padre en particular, de que me cambiaran de Distrito Universitario, de que me permitieran marchar a otra ciudad a estudiar, pues ya digo, por entonces en Madrid no había más Universidad que la Complutense. Y ciudades con Universidad no había tantas, Barcelona, Valencia, Sevilla, Salamanca, Santiago de Compostela, Zaragoza y, casu, casi, pare usted de contar.

Pero ocurrió algo que vino a allanarme bastante el camino. Un vecino de casa, de ese grupo que desde pequeños fuéramos amigos y que junto con Maribel y yo entrara también en la Complutense, era de padres gallegos, de un pueblecito de Orense. Pues bien, el padre había estudiado en la Universidad de Santiago de Compostela, como el abuelo de mi amigo, el bisabuelo y a saber cuántos ancestros familiares más. Pues bien, mi amigo partiría hacia Santiago tan pronto pasaran las Navidades para reemprender curso allí, pues su padre así lo había decidido por aquello de continuar con la tradición familiar, tan ligada a la compostelana Universidad.

Y yo me agarré a ese “clavo ardiendo”, aduciendo que quería marchar con mi amigo. Incluso incidí en que allí la enseñanza sería superior a la impartida en la “Complu”, por estar menos masificada. La empresa acometida no era nada fácil, pues la primera reacción de papá fue una tajante negativa a las extravagancias del irresponsable de su “niño”, que haber cuándo puñetas iba a ser de una vez adulto. Y es que, por entonces y ante un papá que se preciara de serlo, que tuvieras ya veinte años servía de poco, pues como te pusieras terne ante la paterna autoridad podías terminar con la carita del revés del primer “sopapo” que la susodicha autoridad podría arrearte.

Pero con lo que mi padre no contaba era con el poder persuasivo de su querida esposa, es decir mi madre. Las madres, las de entonces, tienen un sexto sentido para detectar los problemas de sus “rorros” que me río yo del de los detectores de metales para detectar los ídem, con lo que la pobre estaba al cabo de la calle de cuanto me acontecía con mi más que adorada Maribel; y, como en aquellas “santas” era más que corriente, cuando el marido decía, más bien a la brava, aunque sin pasarse, “Estas son mis narices” pues “Díjolo Blas y punto redondo”. Pero luego, a la noche y en la intimidad del tálamo conyugal, quiero ver tus “narices” a ver si las mantienes tan ternes con tu cariñosísima “gatita” como ahora. Y… ¡Es que no fallaba!.... Esposa cariñosa=maridito que se pone a comer en la mano de su santa… En especial desde que camisón y pijama, bragas y calzoncillos marchan a hacer puñetas

En fin, que bastaron un par de días de “tratamiento especial” por parte de mi madre, para que mi padre acabara convencido de que yo tenía más razón que un santo en quererme ir a estudiar a Santiago de Compostela con mi amigo casi más gallego que madrileño, aunque el mancebo hubiera nacido no en Galicia, sino en la capital de las Españas

¿Conclusión a tan largo parlamento? Sencillo, que efectivamente marché a estudiar a Santiago y, prácticamente, ya no regresé a Madrid en bastante tiempo, hasta después de terminar la carrera, pues sucedió que a poco de estar yo allí de “patrona” mis padres encontraron más práctico alquilar un pisito allí, en Santiago, con vistas a una segunda vivienda donde, amén de vivir yo, ellos pasaran cada verano; al menos mi madre y mi hermana, pues mi padre sólo fue por allí cuando la empresa le daba vacaciones de verano.
Sí, acabé la carrera y me di de alta en el Colegio de Abogados de La Coruña, empleándome como pasante en un despacho de abogados coruñés. Aunque los emolumentos eran más que parcos, allí aguanté un par de años, pues de algo había que vivir, pero al final opté a un empleo que ofrecía un despacho de Selección de Personal de Madrid, para empresas industriales y comerciales que buscaban abogados y sicólogos con experiencia. Tuve suerte y figuré entre el personal que, por finales, resultó elegido, con lo que cancelé mi colaboración en el despacho de abogados coruñés y viajé a Madrid. Ya aquí, adquirí una vivienda en uno de esos barrios que por mediados-fines de los 60 se construían en Madrid, muy cerca de donde mis padres vivían, pero que me permitía independencia frente a ellos y, lo más importante para mí, lejanía respecto a Maribel, que a esas alturas era ya la señora del famoso “chorbo” y, francamente, en absoluto tenía ganas de cruzarme por la calle con ellos y sus “churumbeles”, pues, aunque  al parecer, vivían un tanto  lejos, por la zona Norte de Madrid, en Chamartín, viviendo los padres de ella en el mismo edificio que los míos, lo normal sería que, con alguna frecuencia, los visitaran, amenos ella con sus.

El tiempo siguió transcurriendo y los años pasaron. Falleció el general Franco y con él su régimen, sustituido por una Democracia que nació con visos de débil pero que el tiempo ha desautorizado tal apariencia. Y así, tras el gobierno de D. Adolfo Suarez y alguna Legislatura de su sucesor al frente del Gobierno, D. Felipe González Márquez llegaron los años 80-90, casi anticipando el actual siglo XXI, pero lo malo es que también anticiparon el actual despoblamiento de cabeza y más que anticipar lo que hicieron fue afirmar la blancura de un cabello que ya se reducía a un montón de canas que me abocaban, sin remedio, a los cincuenta “tacos”

Me seguía manteniendo soltero, pero no por nada y menos por Maribel, cuyo recuerdo ya no traía agua a mi molino, sino que, simplemente, no había tropezado con ninguna mujer que me impresionara lo suficiente para tirar por la borda una libertad que a puño me había labrado. “Ligues” haberlos, húbolos, y con derecho a bastante más que roce, algunos, los más, de los de “Si te vi no me acuerdo” una vez pasado el momento; otros, los menos, derivaron a convivencias de más o menos meses, pero de ahí p’alante, nada de nada.

Los cincuenta tacos llegaron, y los cincuenta y tantos también, y con ellos los primeros sistemas de “Chat” en España. Por casualidad entré en uno de esos primitivos chat españoles. Y aquello de “hablar” con alguien a distancia me fascinó. Yo, ni tan siquiera tenía ordenador en casa, no le veía utilidad pues muy casero no era prefiriendo andar siempre de acá para allá, como perro sin amo. Pero me compré un “ordenata” de esos de torre y sobremesa, con el que bastantes noches “entraba” a un chat, diría que el único que por entonces funcionaba en España, Olé.com creo recordar que se llamaba.

Así, una noche me tropecé con una usuaria, “Diciembre41”, y me aficioné a chatear con ella. Era simpática, ocurrente y conectamos muy bien. Me dijo que llevaba años divorciada; que desde entonces había surgido algún que otro “affaire”, pero de poca monta. Vamos, poco más o menos como a mí me había ido pasando, con la diferencia de que yo no había tenido necesidad de divorciarme. No había habido hijos en su matrimonio, cosa que ahora casi lamentaba pues, me decía, había ocasiones en que se sentía bastante sola. Una deferencia tuvo conmigo, no abrumarme describiendo con pelos y señales lo malo que su marido fue con ella, pues ya se sabe que los maridos, por norma establecida, son siempre los “malos” de las “películas” de divorciadas.

Poco a poco me fui embebiendo más y más en esas charlas a través de Internet. Cada día lo pasaba en el despacho, ajeno a todo cuanto no fuera el trabajo, al que me entregaba en cuerpo y alma hasta la hora que bien se terciaba, que lo mismo podían ser las ocho de la tarde, más bien pocas veces, como las nueve, las diez de la noche, las más veces. Pero cuando por fin dejaba trabajo y despacho atrás, me faltaba tiempo para llegar a casa y entrar a hablar con “Diciembre41”.

Me había enganchado a ello y ya salir por ahí, con los amigos, de golfería y tal, má bien que me apetecía menos que charlar con mi amiga cibernética. Lo curioso era que ella me repetía casi las mismas palabras, diciéndome que desde que chateábamos se sentía mucho menos sola pues, agárrate que viene curva, sentía que yo estaba con ella siempre que se encontraba sola en casa y que por mi culpa estaba perdiendo cantidad de horas de sueño, claro, las mismas que yo también perdía.

Así, llegó un día en que ambos decidimos que iba ya siendo hora de conocernos en persona. Con un “Ja, ja, ja” escrito me decía que lo mismo me desilusionaba al verla en persona, pues sus cincuenta añitos estaban ya bastante adelantados, casi a cinco de haberlos cumplido. Yo le respondí que, tal vez, la desilusionada sería ella, ya que era un “galán” que sobrepasaba los cincuenta en seis, con una cierta curvita de la “felicidad”, más poco pelo y muchas canas. Le pregunté si conocía un restaurante muy cercano a mi casa, “Casa Rafa”.

• ¿El de Narváez esquina a Ibiza? Sí le conozco. He estado allí bastantes veces pues vivía cerca de allí

En el chat pusimos Ja, ja, ja, bromeando sobre el hecho de haber sido vecinos sin enterarnos. Quedamos para comer allí el siguiente domingo. Llegado el día yo me emperifolle a modo y manera, con un traje azul marino, mi color preferido para vestir, camisa azulona fuerte con gemelos en los puños, dobles, desde luego, que de siempre he sido muy, muy, clásico en casi todo, corbata granate lisa prendida a la camisa por un sujeta corbatas dorado, que no de oro, con una piedra ónix natural de un tono parduzco muy oscuro. Un par de zapatos, en negro, algo más que lustrosos, completaban el atuendo. Me miré, coqueto, al espejo y me otorgue un, por lo menos, notable si se salvaba la incipiente calvicie refrendada por unas entradas que se adentraban más que peligrosamente en mi otrora indomable cabellera y la “curva de la felicidad” que adornaba mi ya un tanto oronda barriguita, borrando hasta el recuerdo de la en tiempos estilizada figura de casi adolescente casi adulto más alto que bajo pues mi estatura, más que próxima al 1,70, para aquellos años 60-70 estaba pero que muy bien.

Llegué al restaurante con la consabida premura de diez minutos, mínimos, de respeto. Pedí mesa para dos y me acomodé en una que ocupaba un rinconcito del local por lo que quedaba bastante discreta, un tanto alejada del central bullicio. Allí podríamos charlar a gusto, sin que los ruidos del vecindario de mesas nos importunaran demasiado.

Llevaría sentado allí unos quince-veinte minutos cuando por la puerta vi entrar a una mujer más bien alta, más de 1,65 de talla, pelo en más que media melena pues le caía hasta por debajo de los hombros y con esos rizos que las actrices hollivudenses habían puesto tan de moda. Vestido en gris pastel de seda que le llegaba hasta dos-tres dedos por encima de las rodillas y que se ceñía en forma maravillosa a unas formas femeninas casi rotundas, de vistosos senos y caderas apreciables. Escote generoso que bajaba en pronunciada V hasta el final del esternón o caja torácica, con lo que dejaba al descubierto el nacimiento de sus senos… Y algo más que ese nacimiento… Y su rostro…

Un rostro que cuando fijé bien en él la mirada hizo que el corazón me diera un vuelco en el pecho, el aire emigrara al instante de mis pulmones y el estómago se subiera a mi garganta; que las piernas me temblequearan. Que casi me derrumbara al suelo de la impresión pues Diciembre41, la mujer con la que me citara a través del chat era quien menos yo podía esperar que fuera. Maldije la suerte que acababa de jugarme tan atroz jugarreta, porque Diciembre41 era ella, la mujer que, sin quererlo ya, llevaba clavada, grabada, casi a fuego, en el corazón, en el alma: Ella, Maribel. La novia que me dejó, la mujer que a un advenedizo, porque eso fue siempre aquel Miguel Ángel, aunque luego llegara a ser su marido, entregó en un mes mucho más de lo que a mí me consintiera en cuatro o ni sé ya cuántos años de novios. La mujer que, claramente, me dijo que “No la motivaba”…

~FIN  DEL  CAPÍTULO

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  • Treinta años después, de pura casualidad, Javi y Maribel se reencuentran y... Pues eso, que "se casaron, fueron felices, comieron perdices y etc., etc., etc. Y nada más, amigas, amigos. Un saludo a todas, a todos y hasta la próxima historia...

    De pipiolos, Javier y Maribel dfueron más "novietes" que novios. Pasó el tiempo y cuando más o menos salían de la adolescencia, Maribel dejó "plantado" a Javier para hacerse novia de un compañero de Universidad, con el que acabó por casarse

    Nines, por Angelines, fue mi imposible amor de juventud...¿en verdad tan imposible?

    Adaptación de la película del mismo título, de Jaime de Armiñán, en 1971/72, y que causó alto impacto en el público y mucha extrañeza de que la Censura la dejara pasar "sana y salva", dado el tema, la transexualidad de mujer a hombre

    Y a mis treinta y cinco, puede decirse que me casé con ella... Y Colorín, colorado, esta historia ha terminado

    A mis diecinueve años, me enamoré de mi prima Merche, de casi veinticinco

    De cómo la que en mi adolescencia, haciendo bachillerato, fue mi profesora de Latín y Griego, acabó siendo mi esposa y mujer

    Pues que a mi buena amiga Mariola, lesbiana de pro ella, se le emperejiló, un buen día, ser madre pero por el ancestral sistema de la casera fabricación de bebés, pasando de "niños-probeta" y otras zarandajas por el estilo...

    Isabel, diez-once años más joven que yo, era mi médico de cabecera... Pero yo fui a enamorarme perdidamente de ella...

    Y esta historia llega aquí a su final. Gracias a todas/todos que me habéis leído, llegando hasta aquí... Que os haya gustado, es lo que desearía, y si os acordáis de puntuarme y comentarme algo, pues ya sabéis, mis queridas amigas, mis apreciados amigos

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Me gusta leer relatos románticos, de AMOR, no simplemente sexuales. En el amor el sexo está implícito, como soporte perpetuador del amor entre la pareja, pero el amor es mucho más que sexo, pues ante todo es cariño mutuo, asistencia y apoyo mutuo; comprensión del uno hacia el otro... Verdadero compañerismo en suma. Y, la verdad es que si me gusta leerlos, todavía más me gusta escribirlos. En fin, que espero poder publicar algo algún día.

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