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6 min
UNA HISTORIA VERDADERA
Reales |
30.03.12
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Sinopsis

Los pájaros tienen sentimientos o eso parece

 

La historia que paso a relatarles ocurrió un tarde de primavera, cuando los rayos de sol casi se ocultaban  y el silencio únicamente se veía alterado por la brisa del viento y el cantar de los pájaros. Estaba en mi centro de trabajo como todos los fines de semana y la última persona se disponía a salir. Una doble puerta de cristal batiente  fue empujada por el trabajador para salir del inmueble. Nada de extraordinario tuvo eso, tampoco lo debería de ser que dejase las puertas abiertas, pero sí, ese día no debería haberlas dejado así  o quizás sí.

Desde el gran ventanal de la entrada principal observé como el empleado tras bajar las escaleras del recinto exterior del edificio salió  por una puerta que definitivamente le dio acceso a la calle.

Como todos los días,   había unos pájaros de tonos negros y blancos que siempre estaban allí, en la pradera que hay en el exterior, sobrevolando el edificio y posándose en las barandillas y las farolas. No se quienes eran, ni que hacían allí, como tampoco me había dado por repara en ello. Era un objeto más, una de tantas cosas cotidianas de una jornada.

Pero ese día ocurrió algo extraordinario. Por desgracia uno de estos pájaros se adentró en el inmueble ya que estaban las puertas de cristal abiertas. Sobrevoló  el interior, golpeándose bruscamente contra la pared frontal. Rápidamente abrí las otras 2 puertas gemelas para que `pudiera salir y recuperar la libertad. Cuando fui en su ayuda, se levanto como si nada hubiese ocurrido y recuperó su vuelo, cogió una enorme velocidad y desgraciadamente se estrelló contra el cristal de la parte superior de la entrada que también era transparente y confundió al pájaro en su rápido vuelo. El golpe fue brutal y cayó desplomado. Allí en el suelo intentaba mover las alas, por lo que lo cogí con delicadeza miedo y asco  y le saqué al exterior, encima de la pradera, con la esperanza de que se recuperase del golpe. Pretendí creer que se había desvanecido, aunque si no era así, tampoco me importaba mucho. No dejaba de ser un pájaro,  y bastante feo  por cierto.

Volví a mi puesto de trabajo, en el interior del edificio. Me aseguré de cerrar bien las puertas para que no volviera a introducirse ningún pajarraco más. Eché un último vistazo al exterior, a ese bonito atardecer, a esos últimos rayos de sol entre las boscosas y ennegrecidas nubes que presagiaban tormenta y volví a mi puesto de trabajo, al módulo de control del edificio.

Un trueno me sobresaltó, miré al ventanal y un rayo dibujó una perfecta línea en el horizonte acompañada de un súbito fogonazo de luz. Las primeras gotas de lluvia sonaban , millones de gotas cayendo desde los cielos para acabar rebotando en el hierático suelo. Pude oír cómo se acercaban, hasta chocar contra el cristal y resbalar por él, una y otra van cayendo suavemente ante mis ojos. Otro trueno aún más fuerte, unos segundos más,  un rayo aún más cercano. Me pareció un espectáculo fascinante, una sinfonía maravillosa de luz y sonido que de vez en cuando nos brinda la naturaleza.  

Cuando de pronto…

Escuché un sonido nuevo, algo que nada tenía que ver con un fenómeno de la naturaleza. Oía  un pájaro piar, de una forma continua y con una fuerza descomunal, a continuación más y más sonidos similares,  todos a una. Resultaban incluso molestos, ocultaban el propio sonido de la  tormenta. Me acerqué al ventanal rápidamente y descubrí, que allí en la pradera,  donde había dejado aquél pajarraco mal herido y del que ya no tenía ni recuerdo, había poco menos que en un cortejo fúnebre. Al menos contabilicé 20 pájaros que rodeaban a la desgraciada ave fallecida, con un  canto de desconsuelo, tristeza y rabia, de una intensidad que yo nunca había escuchado . La  manera en la que intentaban levantarle, acariciarle con el pico, daba la sensación de  que querían reanimarlo, o quién sabe,  si darle su último adiós.

Yo desde la ventana observé ese maravilloso y a la vez conmovedor espectáculo. Noté como mis ojos dejaban caer un líquido acuoso fruto de la emoción , y asistí impávido a 15 minutos de angustia y tristeza de esos pájaros que no pararon de “llorar” desesperadamente por la muerte de su compañero.

 Algunos de ellos iban y volvían con un poco de césped que depositaban a su alrededor como en señal de respeto. Yo no daba crédito a lo que estaba viendo me parecía tan extraordinario, maravilloso y emocionante que lo único que pude hacer es llorar por un pajarraco que no me importaba, pero que descubrí que sí que había a quien le importase. Que los sentimientos no son exclusivos de los humanos y que los animales también lloran, sienten, padecen y tienen miedo a la muerte.

Después de un interminable cuarto de hora, un a uno fueron abandonando a su compañero fallecido. Hasta que quedó uno que daba la sensación que quería hacer un último intento por reanimarlo. Con el pico le acariciaba para que reemprendiese el vuelo, pero no era posible. Aún así permaneció allí a su lado, aguantando la tormenta y piando sin parar hasta que con unos pasitos se fue alejando y voló con la pena de haber perdido a un compañero querido .

Yo salí del edificio sin importarme la tormenta y recogí al pobre pájaro. Sentí un escalofrío en mi cuerpo. Hice un pequeño agujero en el suelo le metí en una bolsa y le enterré como merecía.

Desde ese día esos pájaros que vuelan a mi alrededor han dejado de ser cotidianos, los miro y los admiro. Ese otrora pajarraco negro y blanco que me repugnaba sé que es una maravillosa Urraca. Un pájaro del que me he informado y que la gente duda que tenga sentimientos. Yo lo vi con mis propios ojos y sé que no sufrí una alucinación. Estas urracas sienten, padecen y sufren, tanto como nosotros, pero a diferencia de los humanos, nunca te abandonan.

 

Oscar, 31 de marzo de 2012

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