cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

11 min
Una llama que, como cualquier otra cosa, se apaga
Reales |
23.04.16
  • 5
  • 0
  • 1092
Sinopsis

Mireia. Toda una vida.

Tan sólo era un bebé, realmente un bello bebé con el tamaño de un bebé, con todos los deditos y todos los apéndices que debería tener, vamos un bebé completo, cuando sus padres la presentaron a su primer casting. 

Ni cortos ni perezosos, sin importarles lo más mínimo su opinión, la opinión de un bebé que todavía no opina, puede que tenga o no opinión, pero no opina y eso es lo que cuenta; anotaron su nombre en la hoja de inscripción, un nombre elegido en contra de la madre de la madre, no es que me repita, o sea de la abuela del bebé por parte de madre. Mireia se llamaba, asemejaba moderno, no conocían a nadie con ese nombre, me arriesgo a afirmar que no había nadie con ese nombre censado anteriormente en el pueblo. Y por supuesto que les llamaron. Tenían el bebé más hermoso del momento. Corto cabello rubio y grandes ojos claros, entre azulados y verdosos, un tono cristalino quizás aún por definir. 

Además de su belleza, indiscutible para ninguno, era una criatura ejemplar, muchos padres hubiesen querido tener un bebé con tan buen comportamiento, en comparación con los suyos quizás solo lloraban, o gritaban, o tiraban cosas, o llamaban a mamá para estar siempre en el centro de la atención ajena. Mireia apenas lloraba o gemía, aunque demasiado pequeña, dejaba por su paso paz, tranquilidad, armonía.

Habría un episodio de dudas sobre la procedencia del gen masculino durante el embarazo, a modo particular pues jamás saldría fuera de la casa de esta ventajosa familia, no más lejos que a la casa de la mejor amiga de la madre, compañeras desde el colegio, a la que no podría ocultar una sospecha así por parte del hombre que, un buen día, decidió tomar su mano.

Pasado este bache emocional y sacando en conclusión el equívoco o quizás el perdón, cualquiera de ambas por parte paternal, a medida que el tiempo se consumía, se gastaba, pasaba por la máquina de matar el tiempo ya caducado, la pareja acumulaba grandes sumas de dinero para su pequeña, aunque dicho de manera correcta el dinero era ganado por la pequeña. No escatimaban en gastos que tuvieran que ver con la educación o el bienestar de la ‘grande’ de la familia, he aquí la paradoja de quien poseía la capacidad de ser la más pequeña y la más grande, como quien contradice a la naturaleza siendo la más joven y la más responsable o el pilar fundamental o quien regresa con el dinero a casa como si del hombre de la familia se tratase en tiempos previos a la liberación de la mujer. Cada año se presentaba mejor que el anterior, el pelo largo y repleto de rizos imposibles, sus ojos todavía poseían la mezcla de azul verdoso cristalino, sus piernas eran cada vez más largas, aunque manteniendo las anatómicas proporciones del cuerpo humano, no pensemos en un ser con piernas de dos metros y un diminuto torso con un guisante como cabeza; y sus pequeños dientes decoraban la sonrisa perfecta, rebosante de felicidad de una niña que comenzaba la escuela primaria.

Aquella no había sido una gran época. Aun hoy en día la recuerda con muy poco tiempo libre, rodeada de artilugios y tecnologías propias de los estudios fotográficos en lugar de estar jugando en el colegio con los demás niños normales, aunque quizás no tan perfectos como ella; niños normales, qué errada expresión, niños comunes, demasiado simple para cualquier niño; en los ratos muertos entre toma y toma los profesores particulares tomaban posesión de sus profesiones ante los pequeños especiales, por llamarlos de alguna manera que los distinga del resto de niños mal-llamados comunes, incluso también de los conocidos como especiales, cuyo adjetivo en este caso suele referirse a la capacidad mental pudiendo no ajustarse a los baremos oficiales que se marcan a cierta edad. No se pueden recordar amigos cuando, sencillamente, no se tuvieron. ¿Podrían considerarse amigos los otros niños de cara triste y sonrisa alegre con los que contados días coincidía en los rodajes? Compartían la extraña sensación de cansancio, carentes de energía para jugar, sin contextos de los que hablar. Pero definitivamente esos días sí eran recordados, y eran los mejores.

Los años pasaron, Mireia creció, cómo era lógico y deseadamente esperado, y poco a poco fue aprendiendo a sacar provecho de su virtud. Comenzó a sacar la energía de dónde no existía, relacionarse con los más próximos a su edad, aunque a sus padres no les pareciera del todo correcto, pero... ¿qué más podían decir? Mireia había sido siempre una niña ejemplar y lo seguiría siendo, salvo que ahora, además, había decidido tener una infancia para recordar. Algo que poder contarle a sus hijos o a sus nietos, a su futuro marido, si es que el destino sólo
había preparado para ella uno único y solitario que, dada la angélica belleza de nuestra protagonista, sería una idea que se descarta por su fracaso; en definitiva, un pasado. 
                        -------------------------------------------------------------------------
Se consagró dueña de su carrera y ama de su dinero. Muy pronto se transformaría en la administradora number one de su negocio, categorizado así ya que el movimiento de dinero fruto de su trabajo era un torbellino que recorría empresas, familias, hogares, incluidas las inversiones, y para ello debería prepararse. Curiosamente a medida que crecía y a medida que se relacionaba más y más la gente de su particular universo procuraba advertir, enderezar, incitar y un sinfín de propósitos de los cuales sólo unos pocos era capaz de asimilar. Probablemente haya habido más de muchos incontables casos de carreras frustradas, deudas, tragedias, americanas sesiones de psicoanálisis, familias arruinadas, infancias robadas. El de Mireia no era de esos, sin perder jamás el norte ni dejarse apoderar por la más que temible autodestrucción, no podía situarse ni en todos ni en ninguno de los grupos. No por ahora.

Cualquier conocedor de la historia de Mireia se la hubiera imaginado, ya de mayor, adulta, habiendo pasado años, habiendo pasado por distintas campañas tras las infantiles, escolares, veraniegas, de navidad, de adelgazamiento, rizos perfectos, luminosidad en el rostro, a otro tipo de publicaciones orientadas a la reducción de colesterol, cremas anti-arrugas, tintes para cabellos canosos; cualquiera se la hubiera imaginado en su tercera boda, asistiendo con sus propios hijos compartidos con sus anteriores maridos, todos guapos tanto los hijos como los progenitores, bellos y perfectos como ella, salvo por el hecho de que el amor, como cualquier otra cosa, incluso la vida, se apaga. Cualquiera la hubiera imaginado como la soltera de oro tras un cuarto fracaso matrimonial, aunque siempre les quedarían sus preciosos retoños para recordar los maravillosos momentos de cada uno de los enlaces en los que realmente estuvo, realmente creyó estar, totalmente enamorada. Vestidos a medida, viajes en primera clase, champagne, caviar, suites de lujo, fiestas desbordantes de glamour, maquilladores y peluqueros profesionales, vacaciones pagadas, escuelas privadas, universidades de prestigio, celebraciones de cumpleaños por lo más alto en los que ni aviones ni cohetes estarían invitados.

Esto fue lo que jamás ocurrió. C'est la vie, que dirían nuestros vecinos o nosotros mismos para dejar que las palabras recorran el tiempo a su debida velocidad dejándonos un sinsabor de inquietante impotencia. Mireia se casó, eso sí, se casó creyendo como nadie creería, que era para siempre. Dos hijos eran suficientes para un primer matrimonio, a los que ella pretendería dar otra infancia, esa que desconocía, la que le habían contado, la que le pertenecía a otros debería volver esta vez a su familia, después de haberse ido durante añorados años que nunca existieron. El matrimonio no duró más de seis, entre idas y venidas, entre desfiles y guarderías, cada uno por su lado y vídeos de bautizos y festejos familiares para el recuerdo. Al menos sí había un recuerdo. 

Como buena y mejor madre se creía, que la suya obviamente, con quién se iba a comparar si no, sus pequeños, que no tenían nada que envidiar a su joven mamá en donde ella no tenía memoria, saldrían a la calle, harían lo mismo que sus compañeros de clase y disfrutarían también, cómo no, de los domingos con su padre y alguna de sus numerosas conquistas. Sin cabida a la duda, firme en sus decisiones, Mireia, ya sola, rechazó contratos de las más prestigiosas compañías alegando lejanía, incompatibilidad con su vida familiar y otras cuantas causas que a ciertos mandatos de altos despachos acristalados con respaldos de cuero y fotografías familiares sobre las relucientes estanterías, no les humanizaría ni con toda la piel del mundo. El dinero no llegó a ser un problema, los ahorros eran más que suficientes, y el trabajo de su ya ex marido, que vendía y revendía los mismos proyectos a un sitio y a otro, habían conseguido una gran montaña de billetes de los más grandes fabricados, no grandes de tamaño sino de valor, aunque por consiguiente también de tamaño. Los pequeños tendrían asegurada su carrera universitaria y su vida de estudiantes hasta los veintitantos, no debían tomárselo con prisa pues el disfrutar de la vida era el propio disfrutar del momento y luego vendría el resto.
                  -------------------------------------------------------------------------
¿Y ahora qué? Tras cortas e intensas relaciones amorosas, padres postizos, carteles promocionales, algunos, aunque pocos, desfiles, el goce de ver a sus niños crecer era la mayor alegría cada nublado, lluvioso o soleado amanecer. Pero ese día llegó, y el pequeño Martin, ya no tan pequeño, se despidió de su madre, y también de sus sanas lágrimas, para adentrarse en las salas de estudio, bibliotecas, cafés para llevar, chicas sonrientes con carpetas forradas, reuniones, fiestas, excursiones. Lejos de casa sí había vivido Mireia, en esto su hijo no le iba a ganar, pero ella estaba satisfecha y orgullosa de un pequeño que conseguiría algo a lo que ella nunca pudo siquiera optar. Probablemente se encontraría con su hermano, la distancia de ambas universidades no era más que un par de horas en autobús de línea, hasta este detalle había estado prendado en la mente de nuestra madre, quizás egoísmo, quizás tranquilidad, pero sí, ella sabía que se tendrían el uno al otro y el otro al primero cuando abordaran ciertos temas que, con toda seguridad, con su madre no discutirían. 

¿Y ahora qué? Volvería a preguntarse Mireia una vez más durante la mañana de la despedida que la dejaría nuevamente sola, como cuando empezó, cuando se independizó y comenzó a vivir. Ella sólo sabía posar, desfilar, fijar su mirada en el objetivo de una cámara profesional, asistir a eventos, o eso creía ella, ser esposa, ser madre. Volver a trabajar fuera, viajar, firmar grandes contratos nuevamente, hablar con sus representantes, el retorno de la gran diva estaba aquí. Quizás no tan diva, quizás su esplendor se había desenfocado, diluido, apaciguado. 

Puede que algún escritor hubiera pensado ya, años atrás, en escribir las memorias, las que lo eran y las que no, de Mireia, una carrera de éxito y una vida de… de fracasos sentimentales, psicología pasional y grandes fortunas invertidas en nada ya apetecible. Pero ninguna predicción fue ajustable alguna vez, ella misma apagó su luz y encendió sus velas, conocedora de lo complicado que sería mantenerlas con una llama que un día, como cualquier otra cosa, incluso la vida, se apaga.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • La paciencia la vendo. La envuelvo en gasas y después la regalo. Porque quiero deshacerme de ella. Porque no me trae nada inesperado y lo que espero, con paciencia, ya no lo quiero.

    Me encontraba perdida. Sabía dónde estaba pero no qué hacía. O qué debía hacer, ni por qué debería hacer algo. ¿Era esto la vida? Debía buscarlo. Me adentré en aquel barrio de casas y parcelas, de familias y cuidadores, de bicicletas y rastrillos.

    ¿Cómo es despertarse a su lado? Cuéntame cómo es por las mañanas. Dime si te besa o si cita sus primeros versos. Dime si puede contener sus ganas de hacer el amor. Dime si te mira o si continúa soñando. Dime si es conmigo con quien sueña.

    No me pidas que te haga el desayuno. No me pidas que aparezca cuando no estoy. No me pidas que firme lo que yo no he escrito. No me pidas soñar. No te esperaré cual perra obediente, ni te escucharé cuando me ignoras. No me pidas sinceridad.

    Tan pronto un día desvistió la necesidad de justificación que en general se le exigía en gran parte de los ámbitos en los que se relacionaba, por no decir en todos y cada uno.

    Miro a mi alrededor y los veo a todos. Como si mi situación fuese privilegiada.

    Esta noche no te voy a retener. Esta noche no vamos a cenar, no pondré velas, ni siquiera música. Esta noche te desearé como a otras.

    La mitad de una tarde y a lo sumo media noche.

    No sabía como hacerlo pero lo hizo. Parecía imposible pero lo consiguió. Un presente que ni el futuro hubiera imaginado.

    Miro a mi alrededor y los veo a todos. Como si mi situación fuese privilegiada. Como si mi cuerpo no estuviese allí sentado. Conversaban en pareja, en grupos de tres y alguno se dedica a sí mismo. Nos habíamos conocido hace años cuando aún estudiábamos, unos más y otros menos, no todos, pues asistía también quien llegó de la mano, por supuesto bien recibido y felizmente acogido.

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta