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57 min
Una luz en el balneario
Amor |
24.01.15
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Sinopsis

A raíz de la llegada de un mendigo una noche de tormenta al balneario, todo se sucede como si hubiera estado escrito de antemano. Historia de una familia y de un amor muy poco convencional.

 

La noche en la que Ella llegó, la vela que había en el pasillo, ante el altar familiar, se había apagado. Pocas veces ocurría esto, porque todos nosotros procurabamos mantenerla encendida como si se tratase de una capillita de esas que las gentes piadosas se pasan de casa en casa cada veinticuatro horas.

Aquella noche, una ráfaga de viento húmedo, procedente de la galería, debía haberla apagado; lo recuerdo bien porque, al faltarme su débil guía, me había golpeado en el brazo con el picaporte de la puerta de la habitación de mi hermana. La puerta de la habitación de Anny se abría en un pequeño rellano de la curva escalera que subía desde el corredor a lo que constituía nuestra residencia privada. Anny estaba en su cuarto y, al oír el golpe en la puerta, acudió a ver qué pasaba; el rayo de luz que salió de la habitación de mi hermana me pilló subiendo a tientas el segundo tramo de escaleras a la altura del gabinete, que como siempre permanecía inalterablemente cerrado.

—¿Por qué no enciendes la luz?

—No suele hacer falta, pero se ha debido apagar la lamparita —dije en un tono que sonaba a disculpa, pues la presencia de mi hermana mayor me imponía siempre.

—¡Vaya! —y Anny echó mano al bolso de la bata buscando el encendedor.

Al encender de nuevo el pábilo, fuimos apareciendo uno tras otro los miembros de la familia: David y yo vestiditos de marinero y cogidos de la mano, el abuelo de pie con la mano izquierda apoyada en el respaldo de una silla y la derecha en el bolsillo del chaleco, mostrando la cadena del reloj, la abuela y la tía Margarita, la propia Anny, papá y mamá. Todos allí distribuidos en círculo sobre la consola y el espejo del fondo multiplicándonos, haciéndonos más y más fértiles, alrededor del mosaico central que representaba una Virgen desconocida; y el gran velón, que por deseo de mi madre se mantenía siempre encendido.

—Ha debido ser una corriente de aire —comentó Anny.

Pero en el pasillo no solía haber corrientes y entonces fue cuando nos dimos cuenta de que un viento húmedo y helado nos llegaba del fondo del pasillo. Anny encendió la luz y fue a cerrar la galería, rodeó la mesa del comedor y se asomó al ventanal central que estaba totalmente abierto, el agua de la lluvia había empapado las baldosas y las aspidistras, el ambiente helado indicaba que la galería llevaba mucho tiempo abierta. Anny se asomó, oteando la oscuridad, lógicamente no vio nada, cerró el ventanal, cerró también la puerta que comunicaba la galería y el comedor y puso su mano encima del radiador para comprobar que llegaba el calor.

—Esperemos que esto se caliente hasta la hora de la cena —dijo.

Apenas faltaba una hora para ello. En el Balneario se cenaba pronto, luego, las veladas se prolongaban y a veces era muy tarde cuando todavía llegaban rumores desde el salón. La ventana de mi habitación daba sobre un tejadillo que vertía aguas sobre el patio central; desde él, desde mi cuarto, no podía ver lo que pasaba en el gran salón, pero, después de la cena, me llegaban con frecuencia sus voces, música y ruidos, y con ese arrullo me dormía la mayor parte de las noches. Dejé los libros sobre el viejo buró y abrí el libro de Ciencias Naturales para estudiarme la lección del día siguiente, David no había llegado todavía, siempre se entretenía con sus amigos, así que no le esperaba casi nunca, aunque el Balneario quedaba en el extremo del pueblo a mí no me importaba caminar sola, casi lo prefería porque aquel corto tramo me servía para llevar a acabo mis fantasías, para ensimismarme, para disfrutar de lo que bullía dentro de mí. David era demasiado extrovertido, hablaba demasiado alto y pisaba demasiado fuerte.

—¡Hay un mendigo en el hall! —gritó en aquel momento mi hermano, entrando como una tromba en mi habitación.

—Ha llegado un mendigo no se sabe de dónde —repitió David.

—Los mendigos nunca se sabe de dónde llegan —repliqué.

—Pues éste es especial.

No era viejo, ni llevaba barba descuidada, ni tan siquiera parecía estar sucio, pero era indudablemente un mendigo. El pelo rubio, largo, cortado desigual, con los mechones mojados sobre la frente, los ojos azules, los labios gruesos, resecos por la vida a la intemperie, un chaquetón tres cuartos, proveniente sin lugar a dudas del ropero de alguna parroquia le servía de abrigo, pantalones anchos, botas de media caña atadas con cordones y mitones para protegerse del frío. Estaba sentado en el banco del hall, esperando a que el dueño dispusiera, no había querido pasar a la cocina, ni a las dependencias del servicio, permanecía impasible, desafiante, esperando, sencillamente, al dueño. A su lado, un saco como los que llevan los marineros, desinflado, parecía ser todo su equipaje.

Antes de acercarme a él comprobé en el reloj de la pared del distribuidor que era la hora del masaje de mamá. Mamá recibía todas las tardes, antes de la cena, su sesión de masaje y era papá quien se lo daba con aquellas manos grandes y expertas que levantaban frases de agradecimiento en la mayoría de los pacientes del Balneario... Ambos tardarían todavía algunos minutos en aparecer... Me iba acercando a él lentamente, sin correr, porque una señorita no debe correr, por eso David se me adelantó, porque los chicos, ya se sabe, siempre van corriendo y a trompellones a todas partes.

—Hola, yo soy David, el hijo de los dueños.

—Y tú, ¿cómo te llamas? —fue la respuesta del mendigo dirigiéndose a mí.

—Alicia, me llamo Alicia, y soy treinta minutos mayor que David —me apresuré a destacar, resaltando que aunque mi hermano se me hubiera adelantado en el pasillo yo era la mayor, y por tanto podía manejar la situación mejor que él.

Pero a ninguno de los dos se nos ocurrió preguntar: ¿Y tú?, ¿cómo te llamas tú?

David se sentó en el banco a su lado, yo permanecí de pie, quizás esperábamos que el mendigo nos hablara y nos contara por qué estaba allí y por qué necesariamente tenía que hablar con papá. Llegaban con frecuencia mendigos al Balneario, pero eran más discretos, llamaban por la puerta de atrás, nunca por la principal, la cocinera les daba un plato de sopa y si ya era de noche, Pedro les proporcionaba un camastro y unas mantas en el lugar más abrigado de la caseta del jardín, a la mañana siguiente, salían de nuevo a la carretera llevando en el estómago un café y debajo del brazo un trozo de pan y algo de queso para el camino.

—Para la cena falta aún un cuarto de hora, pero la cocinera nos la da a nosotros si queremos en la cocina —dijo David.

—Está bien, vayamos a la cocina —dijo el mendigo.

Cogió su saco y siguió a David, Pedro, que desde la puerta no nos quitaba ojo, pareció respirar... Algún residente madrugador ya había pasado por el hall camino del comedor y no tardarían en hacerlo los demás, y todos se preguntarían qué hacía aquel adefesio en el elegante recibidor del Balneario... Pedro no había podido evitarlo, usar una fuerza desproporcionada —el mendigo no parecía muy fuerte aunque nunca se sabe— hubiese resultado igualmente discordante y desproporcionado, pero en cualquier caso los señores le habrían proporcionado además una amonestación por relajarse en sus deberes, los niños parecían haber resuelto el problema, al menos momentáneamente.

A la cocinera no pareció gustarle la idea de sentar al mendigo a su mesa, pero intuyó que nada podría hacer ante la firmeza que presentaba aquel mendigo peculiar y el apoyo que parecíamos darle tanto David como yo. Puso los platos en un extremo de la mesa, mi hermano y yo ocupamos nuestros lugares habituales, él se sentó a nuestro lado; la cocinera se disponía a servir la sopa en nuestros platos cuando mi padre apareció en la puerta, alguien le había avisado de la presencia del mendigo, mamá había subido a vestirse para la cena.

Antes de que nadie dijese nada, David aclaró:

—No te preocupes, papá, ya cena con nosotros.

El mendigo levantó sus ojos azules del plato y nos sonrió, luego clavó su mirada en mi padre.

—Me gustaría pasar aquí la noche —suplicó.

Mi padre pareció sorprenderse, pero enseguida recuperó el dominio de la situación.

La cocinera se apresuró a decir:

—Le diré a Pedro que prepare el camastro.

—No —dijo mi padre—, está libre la habitación de la doncella, prepárala, la noche está muy fría. Buen provecho a todos... Ya pueden ir sirviendo la cena, es ya la hora.

—Gracias por su hospitalidad, señor —dijo el mendigo y se volcó en su tarea de vaciar el plato con más agradecimiento que quizás hambre.

Entonces me di cuenta de que no se había quitado ni el abrigo, ni los mitones.

 

Anny se enfadó con nosotros por haberla dejado sola para la cena. Mis padres solían hacer sus comidas en el comedor de los huéspedes, daban así a la estancia en el Balneario un toque a la vez de familiaridad y solemnidad. Mi madre nos recordaba a menudo que mi abuelo siempre decía que el Balneario no era un hotel, sino un lugar para el descanso y la recuperación, los huéspedes debían sentirse como en su casa, pero que a la vez era un sitio elegante, un lugar para hacer amistades. A los chicos nos solían subir las comidas al comedor de casa, mis padres opinaban que éramos demasiado ruidosos y en cuanto a nuestra hermana mayor, a pesar de haber cumplido los dieciocho, prefería acompañarnos. A ella no le gustaban los huéspedes, pero tampoco comer en la cocina con el personal, algo que David y yo, que encontrábamos el comedor familiar grande, frío y destartalado, solíamos hacer a menudo... Pero como a Anny tampoco le gustaba comer sola, aquella noche se enfadó con nosotros... Yo traté de apaciguarla aunque no traté de convencerla de lo interesante que podía resultar un mendigo en casa, y me ofrecí a acompañarla mientras cenaba. Anny aceptó.

¿De qué pueden hablar dos hermanas tan distintas entre las que hay además una diferencia tan grande de edad? No me acuerdo de lo que hablamos, o de si tan siquiera hablamos, Anny puso la radio como solía, y escuchamos la música que salía de la caja sonora. A Anny le encantaban los ritmos modernos, había comenzado además una colección de discos de jazz, que ponía en un pick-up que papá le había regalado en su último cumpleaños. Cuando estaba en casa, Anny salía poco de su habitación. La suya, que antes había sido de tía Margot, era amplia y cómoda, la mejor de la casa, Anny había heredado, junto al espíritu de la tía, muchas de sus cosas materiales: la cama, el armario de luna, los muebles del saloncito, el escritorio, los jarrones y los objetos decorativos... Allí se pasaba las horas, leyendo, estudiando o escuchando sus discos preferidos... Anny estudiaba mucho, quería llegar a ser un buen médico y el ambiente del Balneario, tan tranquilo, tan aislado era el apropiado para hacerlo... Por ello volvía a casa siempre que podía y no le importaba madrugar al día siguiente para coger el tren, o volver a casa, de noche, bajo la lluvia y el frío, con tal de disponer de un par de horas en su cuarto para ordenar sus apuntes y repasar sus libros. No le gustaba quedarse en la ciudad, el cuarto que había alquilado a una prima lejana de papá era incómodo y rancio. Estaba muy cerca de la facultad y tía Anabel le preparaba pastelillos excelentes para la cena, pero Anny prefería coger de nuevo el tren y volver al Balneario, siempre que la actividad de la semana se lo permitía. Aquella noche había vuelto a casa, el resto de la semana debería, sin embargo, quedarse en la ciudad. Mamá se nos unió en el comedor un rato después, a mamá también le gustaba pasar las veladas en la intimidad, oyendo música en la radio o leyendo algo. Participaba poco, sobre todo desde que apareciera su enfermedad, en las reuniones colectivas en el salón del Balneario; papá, al contrario, siempre encontraba alguna actividad en él: algún contertulio con el que departir, algún periódico que hojear o simplemente el estar allí, ejerciendo de patrón, dispuesto a escuchar a sus huéspedes o a preguntarles directmaente sobre su estancia en el establecimiento. Nunca supimos si esa actividad nocturna le agradaba o simplemente era una más de las tareas que debía realizar a lo largo del día.

Yo aproveché la llegada de mamá al comedor familiar para ir a mi cuarto a hacer los deberes. Al pasar por la habitación de David entré, pero mi hermano no estaba, le había dejado en la cocina oyendo al mendigo que tanto le había llamado la atención y allí debía continuar. Más tarde me lo confirmó, era un mendigo extraño, no solo no parecía un mendigo sino que además no se comportaba como los otros. Había insistido una vez más en agradecer a papá su hospitalidad y David había ido a buscarle al gran salón... y en un discreto rincón del corredor los había dejado charlando.

Al día siguiente ni David ni yo nos acordamos del mendigo camino del colegio, probablemente se había marchado temprano y nunca más volveríamos a saber de él.

Sin embargo, por la tarde en la cocina, pude oír como la cocinera, demasiado molesta por el incidente, comentaba con Pedro el extraño comportamiento del caminante.

—De desagradecidos está el mundo lleno, ni tan siquiera se ha despedido, y eso que el señor le ha tratado tan deferentemente alojándole en la habitación del servicio en vez de en el cobertizo. Se ha ido sin decir ni mu, esta mañana me he encontrado el cuarto vacío y parte de su ropa sobre la silla. Al principio pensé que se había levantado temprano y que estaría estirando las piernas, pero pasaba la mañana y al final me he dado cuenta de que simplemente se había ido y nos ha dejado el viejo gabán como recuerdo, la gorra y las botas. ¿A dónde ha podido ir sin sus ropas de abrigo? Quizás llevaba repuesto en el saco, o ¡qué sé yo! He dado parte al señor, pero no le ha dado importancia: “Bueno, ya sabes como son estas gentes, todos tienen alguna extravagancia, guarda las ropas por si acaso donde no te estorben y arregla el cuarto...” Y luego como acordándose de algo ha añadido: “Anoche me dijo que hoy partiría temprano”.

 

Habían pasado dos días y nadie se acordaba ya del mendigo hasta que el sábado por la mañana los vi, a mi padre y a él-ella, en la fuente de la galería.

Aquella fuente era el más antiguo surtidor del Balneario, alrededor del cual habían surgido los demás. Estaba en funcionamiento, pero casi nadie lo usaba, quizás por su situación, en un lugar tan público, por el que nadie pasaba, pero accesible para todos. El abuelo, al construir el cuerpo principal del Balneario, había querido preservarlo, convirtiéndolo en el centro del edificio; sin embargo, la costumbre había desvíado el centro de la actividad hacia los nuevos baños. Solo algún nostálgico tomaba las aguas en él.

Era una pileta semicircular a ras del suelo, con tres escalones para bajar, el caño, en forma de sirena, arrojaba su chorro de agua caliente durante el día, al atardecer el grifo se cerraba, y muy temprano, a la mañana siguiente, un empleado limpiaba la pileta y soltaba el agua que se remansaba hasta alcanzar una altura de aproximadamente un metro. Por detrás del caño principal se elevaba una concha que servía de protección a la piscina, y ese era su único punto abrigado, el resto quedaba totalmente desprotegido en medio del corredor. Detrás justo de la concha arrancaba la escalera que daba a nuestra vivienda.

Yo la vi saliendo de la piscina, papá la esperaba con uno de los albornoces del Balneario en la mano. Era una mujer joven, de cuerpo espléndido, no parecía que aquel cuerpo sufriese ninguna dolencia grave, a lo mejor había ido únicamente a una cura de reposo o algo similar... Podría ser una artista que pasaba un periodo de relajación antes de enfrentarse a una temporada completa en los escenarios o ante las cámaras, algunas lo hacían... Era rubia y llevaba el pelo corto, quizás un poco descuidado, aunque quizás era que simplemente estaba lejos de su peluquero, el cuerpo, como ya dije, era insuperable y papá la abrigó con esa mezcla de solicitud y cariño con que atendía a sus clientes... La mujer se volvió para ajustarse el albornoz y calzarse unas chinelas y entonces la vi. ¡Era el mendigo! Sí, bueno, la mujer tenía la misma cara, la misma expresión que el mendigo que había pasado por casa hacía dos noches. Me detuve por la sorpresa sin terminar de bajar la escalera, tanto mi padre como ella se percataron de mi presencia, quedarme allí como un pasmarote hubiese estado fuera de lugar, además de dar la impresión de ser una persona maleducada.

—Buenos días señora, buenos días papá —dije, terminando de bajar las escaleras. Me acerqué a mi padre para darle un beso en la mejilla, la señora me sonrió:

—Buenos días, pequeña.

Papá aceptó el beso y me dio una caricia de propina. Seguí mi camino, ellos se quedaron atrás hablando seguramente de la bondad de las aguas del Balneario. Todo era normal aquella mañana en el establecimiento.

A nadie dije mi descubrimiento, a nadie, ni tan siquiera a David, pero hice mis averiguaciones. Nadie sabía cuándo había llegado, debía llevar unos dos días en el Balneario, se alojaba en una habitación de las más modestas del ala norte. Fuera de la piscina, donde había optado por usar la ropa que facilitaba el propio establecimiento, usaba un traje marrón, blusa blanca, se cubría la cabeza con un sombrerito, las manos con guantes y los pies con unos zapatos también marrones de medio tacón. Solía acudir a las comidas sola, se acomodaba en un lugar discreto y escuchaba música un rato durante las veladas antes de retirarse a su habitación. Hablaba con mi padre de vez en cuando e intercambiaba algún saludo deferente con mi madre. Era una señorita con pinta de institutriz, tan educada como una institutriz, pero algo más cariñosa. ¿Qué la habría llevado al Balneario? A pesar de ocupar una de las habitaciones más modestas, la pensión era cara, y ella no parecía sufrir ningún achaque artrítico, o de reúma, o de ninguna otra dolencia... Si había algunos datos transparentes, los expedientes de los pacientes eran guardados escrupulosamente, ni tan siquiera mi padre, únicamente el médico tenía acceso a ellos. ¿Qué habría traído a aquella mujer a allí?, y sobre todo ¿por qué se había presentado vestida de mendigo?

Ninguna de esas incógnitas se resolvió en los días posteriores.

Habían pasado más de dos semanas cuando mis padres decidieron que la señorita nos diese clase de música y de alemán a David y a mí. ¿Sería esa la forma de pagar su estancia o sería algo más?

El saloncito que estaba a continuación de la habitación de Anny y que como otras muchas cosas en nuestra casa había sido pensado, decorado y habitado por tía Margot y casi olvidado desde su muerte, volvió a abrirse todos los días. Allí estaba el viejo piano lacado en blanco por el que durante tantos años habían pasado los dedos de la tía. Desde que ella muriera, hacía más de diez años, nadie lo había vuelto a tocar; el piano, el metrónomo y las partituras formaban parte de la decoración de aquella sala, nadie se había atrevido a retirarlas o a cambiarlas de lugar, como si tía Margot fuese a volver cualquier día, como si no estuviese enterrada en el cementerio del pueblo junto a los abuelos, sino en un largo viaje a tierras lejanas del que cualquier día regresaría. Por otro lado, aquel salón resultaba un poco solemne para la vida cotidiana así que nadie lo usaba: los sillones clásicos, los cuadros ingleses, los veladores de caoba y los pesados cortinajes le resultaban a mi madre demasiado serios y tanto ella como Anny preferían refugiarse en sus respectivas habitaciones o escuchar la radio en el comedor donde se hacía la vida familiar alrededor de la mesa.

Llamaron a un afinador para que pusiera a punto el piano y mamá mandó descorrer las cortinas de terciopelo para que únicamente los visillos tamizasen la luz del sol. Tía Margot no había vuelto, pero a David y a mí, que no habíamos llegado a conocerla, nos pareció que, de nuevo, habitaba la casa, o por lo menos si no ella, sí un espíritu familiar, un diablillo escapado de las fotografías del pasillo...

Por otro lado, a la señorita parecía encantarle aquella habitación, se acercaba a la pequeña librería donde se guardaban los viejos libros, los miraba e incluso acariciaba sus lomos, luego ojeaba las partituras, escogía una y se sentaba al piano.

La señorita tocaba como los ángeles, aunque a David y a mí nos pareciese un latazo aquella nueva actividad que nos había sido impuesta... Luego, la clase de música comenzaba.

Anny trajo de la ciudad un par de libros de alemán y las clases de este idioma empezaron a impartirse después de las de piano. La señorita era enormemente amable, incluso cariñosa con David y conmigo, pero tanto mi hermano como yo no podíamos evitar el aburrirnos soberanamente.

—¿Es usted alemana, señorita? —preguntó David al segundo día de clase.

—¡Oh no!, pero estudié en Suiza —casi se justificó ella.

La verdad es que a pesar de su pelo rubio no tenía la complexión ni los rasgos de una centroeuropea, tampoco se le notaba ningún acento ni ninguna otra característica que nos hubiese llevado a pensar que la señorita era extranjera.

Poco a poco iba transcurriendo el curso, nuestros progresos en música y alemán casi no se notaban, pero a David y a mí nos iba gustando cada vez más la hora que pasábamos con ella. Había veces que mamá se nos unía, era una sombra discreta en un rincón de la sala, una sombra que apenas hablaba, solo sonreía, quizás entonces David y yo comenzamos a darnos cuenta de que máma estaba seriamente enferma. Anny se nos unía a veces para la lección de alemán, pero a ella no le gustaba la señorita, decía encontrarla poco natural y demasiado estirada.

El curso tocaba a su fin, David y yo contábamos los días que nos quedaban para las vacaciones, Anny solo regresaba a casa los fines de semana, los exámenes no le dejaban tiempo para andar en trenes, el estado de mamá se había agravado y muchos días no se levantaba de la cama, tampoco frecuentaba el salón de los huéspedes, ni el comedor, se quedaba en la galería de casa, oyendo música mientras tomaba el sol. Papá, con la inactividad de mamá, debía multiplicarse en sus quehaceres, y apenas le veíamos fuera del gimnasio, del despacho, de la piscina... Seguíamos con las clases de piano y alemán porque la señorita continuaba en el Balneario.

—Mi mamá se va a morir —le dijo un día David de pronto, cual era su costumbre.

La señorita no pareció sorprenderse demasiado, quizás porque estaba al tanto de la enfermedad de mi madre.

—¿Por qué me dices eso ahora? ¿Hay malas noticias acaso?

—¡Oh no! No le haga caso a mi hermano. Mamá no se morirá nunca —dije yo resueltamente.

Entonces ella me acarició el pelo y me dijo:

—Mi niña, todos nos moriremos tarde o temprano. Mi madre murió hace tanto tiempo que ya no la recuerdo, pero la muerte no debe asustarnos y no debemos vivir obsesionados por ella, cuando llega, llega.

Otro día David dijo:

—Ahora que se acaba el curso te marcharás ¿verdad?

—Sí —contestó simplemente—, pero volveré.

—¿Cuando?, ¿para el próximo otoño?

Pero esta vez la señorita no contestó a sus preguntas.

Dos días más tarde, efectivamente, se marchó. David y yo nos quedamos un poco tristes pensando que se había ido sin despedirse de nosotros, pero luego nos dimos cuenta de que se había despedido a su modo: las últimas clases, tanto de música como de alemán, las había dedicado a las despedidas: “No es más que un hasta luego...”, había canturreado. “Auf viedersehen, señorita, auf viedersehen, hasta la la vista”.

A mediados del verano ocurrió lo inevitable, murió mamá y fue enterrada en el panteón junto a sus padres y a tía Margot.

Anny comenzó a ayudar a papá hasta el comienzo del curso y asumió sobre sí la obligación de mantener encendida la vela del pasillo ante los retratos familiares.

 

II

 

A principios de curso David y yo fuimos internados en un colegio para hacer el bachillerato. Estaba ya casi decidido antes de que mamá muriese, pero su partida fue el hecho definitivo. El instituto más próximo estaba lejos para ir y venir todos los días y además papá se había quedado demasiado atareado como para poder ocuparse de nosotros.

Aquellos cuatro años fueron aburridos y tristes. Añorábamos la llegada de las vacaciones para poder volver a casa y gozar de libertad. Anny, que seguía con sus estudios de medicina, iba a vernos con frecuencia, papá siempre que podía, pero ni uno ni otro nos contaban ninguna historia de las que a David o a mí nos gustaba oír. De la señorita no habíamos vuelto a saber nada.

Aunque papá insistió en que siguiésemos estudiando música pronto lo abandonamos, lo mismo puede decirse del alemán, ni lo uno ni lo otro entraban en los planes del colegio y buscar profesores fuera habría resultado un engorro para el propio colegio, por lo que mi padre no insistió, se conformó con las clases de canto; a David le compró una bandurria y le apuntó en la rondalla, mi hermano cogió apego a la púa y siguió en rondallas y tunas durante toda su época de estudiante.

Decía que ni papá ni Anny nos contaban las cosas que a nosotros nos interesaban sobre el Balneario, quién entraba y quién salía, qué anécdotas habían ocurrido durante el trimestre, por ello, cuando volvíamos a casa, mi hermano y yo nos volcábamos en la cocina, preguntábamos al jardinero, a los masajistas, a todo el personal... Nos asomábamos a hurtadillas al salón y al comedor y preguntábamos a los camareros directamente.

Ella, la marquesa, llegó durante unas vacaciones. David y yo nos alegramos de estar allí, ninguno de los criados y mucho menos papá o Anny nos hubieran facilitado todos los detalles que David y yo fuimos capaces de descubrir con sólo observar.

Llegó una mañana temprano en un gran coche gris conducido por un chófer uniformado. Traía varias maletas y un baúl enorme, el botones llevó el equipaje a la suite que se le había asignado, mientras ella firmaba los formularios en recepción y despedía a su criado. Era una mujer alta, esbelta, que llevaba un traje de seda, medias finas con costura y zapatos de tacón, todo haciendo juego. Cubría su pelo, entre rubio y pelirrojo, con una pamela que prolongándose en velito por la parte de adelante le cubría la frente y los ojos, las manos aparecían cubiertas con unos finos guantes de encaje, manos hábiles, sin duda, que buscaban en el elegante bolso que colgaba del brazo izquierdo algo de sumo interés.

La marquesa ya había estado otra vez en el Balneario y su llegada había sido previamente anunciada, papá acudió al hall a recibirla saludándola con una leve inclinación pero ella rompió todas las formalidades:

—Federico querido —dijo tendiéndole ambas manos—, encantada de estar otra vez en tu casa.

¿Qué dolencia sufría la marquesa? No lo sabíamos y ella parecía bromear y eludir la respuesta siempre que alguna señora de edad se interesaba por ella en el saloncito: “Lo mío es cosa de corazón, pero este lugar es el ideal para cuidarlo, querida”.

La marquesa se pasaba la vida en los lugares públicos: en el salón, en el comedor, en la rosaleda... siempre vestida elegantemente con un modelo diferente, sombrero y guantes; David y yo comenzábamos a explicarnos lo del voluminoso equipaje.

Hablaba y reía con todo el mundo pero sin ningún disimulo prefería la compañía de papá a la de los demás huéspedes.

Al segundo o tercer día la vimos al bajar la escalera de casa, estaba allí bañándose en la pileta de la galería, papá estaba sentado en un poyete del borde hablando amigablemente con ella; la marquesa estaba sentada o arrodillada cerca del chorro, alargaba continuamente las manos hacía él y se remojaba la cara, la frente, la nuca...sus brazos eran redondeados y sus manos finas y largas como corresponde a una marquesa, el pelo ni corto ni largo, lo llevaba recogido en una malla... David y yo íbamos a montar en bici, a darnos un largo paseo hasta la hora de comer.

—No volváis tarde, que vuestra hermana se enfada —dijo papá.

Y la marquesa se volvió hacia nosotros, entonces no pude reprimir una exclamación a la vez que me llevaba la mano a la boca: ¡Era el mendigo!, ¡era la institutriz!

—¿Te pasa algo, hija?

—No, nada, papá. Adiós, señora, buenos días —dije empujando a David por el pasillo.

Mi hermano no entendía las prisas y me siguió de mala gana.

—Te dan unos repentes que no hay quien te entienda —protestaba David.

Ya en el campo estuve tentada de preguntarle: “Pero ¿no la has reconocido?”.

Pero por alguna razón no lo hice y lo poco que conversamos durante el paseo fue acerca de cosas triviales.

No hablé con nadie de mi descubrimiento. Después de nuestro casual encuentro, siempre que nos cruzábamos con ella, nos dirigía palabras cariñosas, era una mujer muy extrovertida y simpática, tan distinta a la institutriz y al mendigo que llegué a pensar que estaba equivocada en lo de que eran la misma persona, además era yo la única que parecía haberse dado cuenta de ello, lo que no tenía mucho sentido.

David y yo volvimos de nuevo al colegio. Ni Anny en sus visitas, ni papá nos comentaron nada aquel trimestre acerca de la marquesa.

Durante la Navidad el Balneario se cerraba a los huéspedes, sin embargo bullía por dentro la actividad. La mayor parte del personal tomaba sus vacaciones anuales, pero otros nuevos llegaban a reparar el tejado, a dar una mano de pintura, a repasar la fontanería... La gobernanta revisaba la ropa, las cortinas, los albornoces, el maitre hacía una lista de reposiciones en la vajilla y cristalería, todo se preparaba para la reapertura...

Con la primavera el Balneario alcanzaría su cenit, las reservas se hacían de un año para otro y una legión de personas mayores volvían a poblarlo, se reabrían los salones y las piscinas y papá revisaba los discos de la discoteca tratando de adivinar cuáles serían los nuevos gustos y si debía incluirlos entre las facilidades dadas a los huéspedes.

Desde la muerte de mamá las navidades eran un poco más tristes, se notaba su ausencia en el comedor, sin embargo, poco a poco nos íbamos acostumbrando. Anny se había comprado un libro de cocina y con la ayuda de papá trataba de preparar algo suculento para las fechas importantes, el resto de los días, la cocinera seguía preparando para nosotros las tres comidas; casi siempre comíamos en el comedor de nuestra casa, papá calentaba los platos en el infernillo de alcohol que había para tal uso encima del aparador, la misma hornilla servía también para prepararse un té o un café e incluso el desayuno; nuestra casa no tenía cocina y los platos subían y bajaban de la cocina del Balneario por un montaplatos que había en el propio comedor.

No sabíamos que papá la hubiese invitado. Anny, sin embargo, no pareció extrañarse. Llegó la marquesa en un taxi, no en su coche, venía ligera de equipaje, tan sólo un par de maletas, y no traía sombrerera... En realidad, vista así, como una persona corriente, no parecía ella.

Fue el propio papá quien abrió la puerta, David y yo, que habíamos visto llegar el taxi desde un lateral donde tratábamos de aprovechar el sol de aquel día, habíamos corrido hacia la puerta principal para ver de quién se trataba:

—¿Por qué no has avisado, querida? —dijo papá mientras la besaba en ambas mejillas.

David y yo la mirábamos estupefectos.

—¿No me vais a dar un beso?

Yo me adelanté, sin embargo, David se quedó un poco rezagado, con sus catorce años cumplidos le daba vergüenza besar a las mujeres, “como una chica”, y rehuía el hacerlo. Para no parecer demasiado maleducado le tendió la mano.

—¿Cómo está usted señora?

La marquesa se alojó en una de las habitaciones de la planta baja donde se había instalado una estufa eléctrica... La calefacción, además de estar en revisión, no funcionaba durante las vacaciones... Nosotros, en casa, teníamos un circuito independiente alimentado por las propias fuentes termales, se notaba un ambiente templado, pero en las noches frías debíamos ponernos ropas de abrigo y cobijarnos bajo los edredones. Era el día de Nochebuena y la marquesa había venido a pasar las fiestas con nosotros.

Por la tarde no dudó en meterse en la cocina con Anny y con papá. David y yo permanecíamos un poco apartados, nuestro cometido era poner la mesa.

La marquesa confesó que lo suyo no era la cocina, que nunca guisaba y que no sabía cómo hacerse un huevo pasado por agua, pero que nunca era tarde para aprender y que estaba encantada de ayudar a Anny a hacer la lombarda y el pescado...

—Pero mujer, llámame Berta.

—Lo siento —se disculpó Anny—, voy a tardar en acostumbrarme.

La noticia de que papá y la marquesa eran novios nos dejó a David y a mí sorprendidos. En realidad nadie nos lo dijo, pero antes de que acabase aquella noche supimos que entre papá y la marquesa había un relación especial. El tratamiento de ella hacia él era espontáneo y cariñoso; papá, sin embargo, procuraba no dejar al descubierto sus sentimientos, quizás porque estábamos nosotros allí, o quizás porque a Anny, como a ojos vistas estaba, no le gustaba Berta.

Subimos la comida en el montaplatos, David y yo habíamos extendido ya sobre la mesa el mantel de las solemnidaes, el mejor del ajuar de mamá, la vajilla, cubertería y cristalería de las fiestas... Habíamos improvisado también un centro con unas piñas pintadas de purpurina, bolas de colores y ramas de pino.

Anny, antes de entrar al comedor, pasó por su habitación, papá tuvo que llamarla:

—Anny, sube, vamos a cenar.

Salió Anny de su cuarto muy seria, pero su cara no denotaba ninguna emoción especial, pero me dio la impresión de que había estado llorando, aunque más de rabia que de tristeza...

—¿Qué hacías Anny? Se va a enfriar todo.

—Nada, pensé que tardaríamos en cenar.

Al pasar por el altarcito verificó concienzudamente que cada foto estaba en su sitio y por supuesto repasó el estado de la vela.

—-Está casi entera —dije yo.

—Sí, pero no quiero que se apague, precisamente en estos días.

La cena fue diferente aquella noche. La radio estaba puesta, pero nadie la escuchaba; a David y a mí nos divertía la conversación, libre de prejuicios, de la marquesa, papá también parecía divertirse, Anny parecía estar definitivamente en otro mundo.

Al término de la cena comimos turrón y bebimos champán... La marquesa, sin dejar la copa de la mano, salió al pasillo resuelta, bajó los tres scalones que conducían al saloncito y abrió la puerta sin dudar lo más mínimo:

—Vamos, entrad, cantaremos villancicos.

Todos, incluso Anny, la habíamos seguido como atraídos por un imán. Levantó la tapa del piano, dejó la copa encima de él, y sus dedos corrieron por el teclado haciendo sonar las distintas escalas.

—¡Menos mal! Pensé que podía estar desafinado —exclamó y empezó a tocar canciones tradicionales.

—Vamos, niños, no pensaréis que voy a cantar yo sola ¿verdad?

David y yo abrimos la boca para entonar Noche de pazJingle bells y El tamborilero, papá nos acompañaba dando palmas y diciendo aquello del porompompó pon pon... Anny no parcía tan seria pero no abría la boca.

—Anny, ¿tú no cantas?

—Lo siento —se disculpó—, la música no es lo mío, lo hago fatal.

—No hay que hacer todo perfecto en la vida —replicó la marquesa—. Hoy es Nochebuena y no vamos a ganar ningún concurso.

—Aun así, prefiero escuchar, de verdad.

La marquesa continuó con nosotros el resto de las vacaciones, ayudaba a papá a ordenar los papeles en su oficina, sugería algunos cambios en la decoración e incluso se atrevió a proponer un nuevo color para los albornoces... También daba paseos en bici, tocaba el piano y oía la radio... Ah y todos los días hacía funcionar la fuente del pasillo y se sumergía como una diosa en el agua caliente, papá la esperaba con el albornoz sentado a un lado.

Un día, antes de volver al colegio, me atreví a preguntar a Anny:

—¿Crees tú que papá se casará con la marquesa?

—No lo sé. ¡Cómo voy a saberlo! —contestó Anny bruscamente.

Evidentemente la idea no le gustaba.

—¿Por qué no te cae bien? —pregunté—, es muy simpática.

—Demasiado... No es mujer para papá. Ella tiene otro mundo, otra educación... A papá le gusta esto, trabajar aquí en el Balneario, cuidar de los pacientes, dar masajes, bueno... No veo a la marquesa regentando un balneario a pesar de sus esfuerzos... No creo que se llegase a acostumbrar a esta vida.

—A ti te gusta esto ¿verdad Anny?

—¡Claro que me gusta! Yo soy como mamá, tía Margot o el abuelo. Cuando termine medicina eligiré una especialidad que pueda ejercer aquí, me haré cargo de todo, invitaré a buenos especialistas si es preciso, organizaré simpósiums y me rodearé de buena gente. Revitalizaré todo esto.

—¡Pero si estamos llenos, Anny!

—Sí, pero yo le daré un aire nuevo. Un balneario ya no es un sitio donde uno viene a pasar una temporada porque se aburre o hay buen ambiente, un balneario es un centro de salud donde la gente viene a recuperarse, a curarse...

—¿Vas a convertir esto en un hospital?

—¡No, por Dios! Voy a recuperar el Balneario para los fines que lo pensó el abuelo: para cuidar el cuerpo, y si quieres también un poco para cuidar el alma, pero no para que sea un sitio de moda, ni un lugar de veraneo.

 

III

 

Papá y la marquesa se casaron al verano siguiente. Fue una ceremonia sencilla en la iglesia del pueblo, acudieron pocos invitados. No hubo banquete. Inmediatamente después de la ceremonia salieron para un viaje a tierras lejanas, llegarían hasta Extremo Oriente. Anny se quedaba al frente del Balneario.

—No te preocupes, papá, yo atenderé esto.

Quizás el poderse quedar a cargo del Balneario era la única satisfación que le brindaba la boda de mi padre a mi hermana.

Para David y para mí la boda de papá fue una suerte porque ya no tuvimos que ir internos... Berta se había enterado de un colegio, no demasiado lejos, donde podíamos seguir con nuestros estudios, su chófer nos llevaría cada mañana y nos iría a buscar por la tarde. La perspectiva era buena, Anny seguía viajando a la ciudad en tren y volviendo, siempre que podía, por la tarde a casa.

Berta tenía poco de ama de casa —en realidad mi madre tampoco lo había sido nunca— tras su boda seguía frecuentando los lugares públicos más que la intimidad de nuestro hogar, sin embargo, pasaba sus buenos ratos con nosotros e incluso se empeñó en darnos algunas lecciones de música... Yo nunca me atrevía a preguntarle: ¿Por qué viniste aquel año vestida de mendigo?, ¿por qué te pasaste casi un año con nosotros antes de la muerte de mamá?, ¿y por qué desapareciste sin dejar rastro de repente?

Para adivinar cuáles eran las respuestas tendría que esperar aún un tiempo.

Pero Anny tenía indudablemente razón en algo: A Berta no le gustaba vivir en el Balneario, lo que cuando era uno de sus huéspedes parecía encantarle; enseguida se notó que era demasiado estrecho para ella. Berta tenía casa en la ciudad y le gustaba la vida más mundana, el asistir a conciertos, a fiestas, alternar con gente de su misma edad y cultura... ¿Cómo había podido, entonces, haber aguantado un año con nosotros desempeñando el papel de una sencilla institutriz? No había nanda en común entre aquellas dos mujeres, y sin embargo yo estaba segura de que eran la misma. Al llegar el otoño del segundo año y cuando la actividad era ya casi nula Berta propuso a papá pasar una temporada en la ciudad. Papá se dejó convencer, dejó instrucciones precisas al administrador, al médico, a la cocinera, a los masajistas... y a Anny, y partió con Berta en el coche gris hacia la ciudad... A partir de aquel día un taxi venía a recogernos a David y a mí para llevarnos al colegio, por la tarde el mismo taxi nos devolvía a casa... Anny, inexplicablemente, regresaba todos los días y podíamos cenar con ella e incluso disfrutar de su compañía por las noches... David y yo nos sentíamos demasiado solos y demasiado atemorizados en aquella parte de la casona...

Papá regresó pronto, apenas diez días duró su ausencia, y todos suspiramos, pero vemía solo, Berta se había quedado en la ciudad a solucionar algunos asuntos y volvería más tarde... Pero papá venía cambiado, a la legua se veía, y no sólo lo notó Anny por ser la mayor, sino que David y yo, que ya no éramos tan niños, también lo notamos.

Empezaron a llegar cartas y visitas al Balneario, papá estaba buscando un director para el establecimiento. ¿Le habría convencido Berta de que abandonase aquello y se instalase en la ciudad?. Pero ¿y nosotros?, ¿qué iba a ser de nosotros?

Papá no nos había dicho nada, quizás porque no estaba convencido del todo, o quizás porque no estaba más que tanteando la situación; sin embargo, la solución se la dio la propia Anny:

Mi hermana se presentó a la plaza de director... Quizás fue la conversación más larga que mantuvieron padre e hija a lo largo de su vida. Sobre lo que hablaron nadie lo supo, pero aquella noche papá subió a cenar con nosotros y ellos dos estuvieron hasta muy tarde de sobremesa... David y yo nos fuimos a la cama sabedores del nuevo rumbo de la familia. A partir del verano Anny se haría cargo por completo del Balneario y se quedaría en él completamente sola para dirigirlo... Papá y Berta se instalarían en la ciudad, Berta necesitaba vigilar sus negocios y alguien que la ayudase, David y yo iríamos con ellos, pronto empezaríamos nuestros estudios universitarios y no podíamos pasarnos la vida yendo y viniendo como había hecho Anny. A Anny, además, le buscarían un ayudante de toda confianza, alguien que le permitiese ausentarse a conferencias o cursillos, una mano derecha que le permitiese ampliar sus conocimientos y terminar o completar sus estudios...

Volvíamos a vivir en la ciudad, aunque esta vez no internos en un colegio sino en casa de Berta, una casa señorial y céntrica desde donde podríamos desplazarnos a cualquier lugar con absoluta libertad... Sonaba todo bien, sin embargo, tanto a David como a mí nos disgustaba el tener que dejar atrás a Anny. Anny hablaba poco, era retraída y marimandona en exceso, pero desde que había muerto nuestra madre había sido nuestro refugio siempre que lo habíamos necesitado, Anny era como esa luz que seguía alumbrando la consola de los retratos familiares y que nos servía de guía para encontrar nuestras habitaciones sin necesidad de encender la luz del pasillo...

Al día siguiente, Ella, la institutriz, la marquesa, Berta, nuestra madrastra, volvió al Balneario... Era todas y no era ninguna, era una nueva mujer la que se bajó del coche frente a la puerta principal, la que ordenó subir su maleta al dormitorio, la que se sentó en el comedor de los huéspedes junto a mi padre, la que nos acompañó durante buena parte de la tarde. Trataba de ser sencilla y trataba de ser familiar con todo el mundo, incluso con el personal de servicio, con la cocinera, con los camareros, con el jardinero y sobre todo la vi con un gran interés por acercarse a Anny.

—¿Por qué no vas por casa? Allí puedes disponer de una habitación a tu antojo, y no es por presumir, pero con toda seguridad, más confortable que la que tienes alquilada en casa de Anabel... No te queda tampoco lejos el hospital, ni la facultad y puedes invitar a tus amigos.

—Berta, déjalo, eres muy amable, pero en realidad apenas tengo amigos y la habitación en casa de la prima... bueno, no es gran cosa pero ya estoy acostumbrada, además ella está tan sola. Ya lo hemos hablado otras veces Berta, no es que desprecie tu ofrecimiento, entiéndeme, es que bueno, ya me he acostumbrado al otro sitio y me cuesta mucho, muchísimo, cambiar mis costumbres, soy una maniática, ya sabes.

A Anny nunca le había caído del todo bien Berta, ella era consciente, Berta lo sabía, todos lo sabíamos, pero era imposible cambiar los sentimientos de las personas, además Anny mostraba siempre un comportamiento correcto con ella por lo que no se podía hablar de animosidad, simplemente no era alguien a quien quisiese, era todo... Pero yo no me quedaba tranquila, y a pesar de que por la edad David y yo cada vez estábamos más apartados, conseguí contagiar a mi hermano aquella inquietud... No hablamos sobre ello, pero a los dos nos hubiera gustado otra actitud en Anny respecto a nuestra madrastra. Al fin y al cabo, Berta no había hecho nada en contra nuestra, todo habían sido cosas positivas desde que ella llegó, cosas materiales, de acuerdo, pero por algo se empieza y cada uno da lo que tiene... Y lo que no podíamos negarle a la mujer de mi padre era su voluntad de agradar, de ser cariñosa, aunque muchas veces sus esfuerzos se abortasen en el último momento, nadie sabía por qué. Berta quería ser un miembro de la familia y quizás el respeto y el recuerdo que todos guardábamos a mi madre eran un escollo en nuestra relación. Ella ni quería ni podía suplantar la figura de la muerta, quizás solo aspiraba a ser la tía o la madrina que viene de fuera cargada de caramelos rellenos de cariño, pero algo le faltaba para conseguirlo.

El resto del curso se pasó volando para David y para mí.

Anny y papá trabajaron duramente para que mi hermana pudiese hacerse cargo de todo después del verano... En mayo llegó el nuevo subdirector, un hombre joven muy puesto en las nuevas técnicas turísticas y hoteleras, había pasado una temporada en Suiza y estaba dispuesto a ser la mano derecha de Anny en los aspectos organizativos, así ella podría dedicarse más a los aspectos médicos. Como mi hermana me había dicho iba a convertir el Balneario en un centro de descanso y reposo donde no iba a ser menester padecer ninguna enfermedad ni inventársela porque el centro estuviese de moda... Anny estaba convencida de que la mayoría de los clientes tradicionales, los agüistas de toda la vida, no sufrían de nada, los achaques eran un simple pretexto para poder disfrutar de unas vacaciones, el Balneario funcionaría como lugar de reposo... Pero a la vez, y ahí estaba el reto, Anny quería volcarse en el área terapeútica, revitalizar los aspectos curativos de las aguas unidos a otro tipo de actividades médicas, al Balneario iría la gente a curarse enfermedades muy concretas.

Ambas formas de vida, la lúdica y la curativa compartirían los jardines, los salones, las piscinas y los corredores, nadie sería un extraño y la confidencialidad y la privacidad seguirían garantizándose, todos tendrían claro a qué habían ido al Balneario y nadie tendría necesidad de mentir en un sentido o en otro... Quizás Anny soñaba despierta, pero se la veía con ilusión y estaba dispuesta a trabajar duro para que el Balneario, después de la muerte de mamá y del desánimo de papá, volviese a tener vida propia. Los difuntos de la familia: el abuelo, tía Margot, mamá y aquellos que velaban por nosotros desde el altar del pasillo sonreirían y estarían de acuerdo con ella.

David y yo afrontamos con ilusión la vuelta a la ciudad. Desde luego, no era lo mismo vivir en un internado con doce y trece años que hacerlo en una lujosa casa en el centro y tener dieciséis añitos para vivirlos con toda la intensidad que pudiésemos. Berta nos había preparado dos habitaciones contiguas, decoradas con muebles demasiado clásicos, pero ni a David ni a mí nos importaba, en casa también la mayoría de los muebles eran heredados de los abuelos, y además Berta había dispuesto para nosotros un cuarto de estar con un tocadiscos: “Podréis recibir a los amigos aquí”, había dicho Berta, David y yo se lo agradecimos con la mirada.

Fue un año feliz. Del Balneario nos llegaban noticias puntuales de Anny, además la visitábamos con frecuencia y nuestra hermana siempre nos lo agradecía... Cuando terminó el curso ni David ni yo dudamos un momento, volvimos a casa a pasar las vacaciones. Anny, desde el primer momento, no nos consintió que estuviésemos ociosos, y nos mandaba pequeños trabajos.

—No podéis estar todo el día zanganeando por ahí.

Pero ni a David ni a mí nos importó ayudar al administrativo a elaborar las facturas, atender en recepción o llevar albornoces al borde las piscinas. Desde pequeños nos había gustado meter las narices en los asuntos del Balneario y en el fondo envidiábamos a Anny la oportunidad que tenía de hacer y deshacer a su antojo, de ser dueña y señora de aquello que había constituido nuestro mundo desde el día de nuestro nacimiento.

A mediados de verano vinieron también papá y Berta, habían suspendido un viaje al extranjero que pensaban realizar porque ella no se encontraba bien. Supimos entonces que la familia iba a aumentar. Berta necesitaba reposo y todos, incluso Anny, sí Anny también, nos volcamos en atenderla...

Pasaron los meses y David y yo habíamos comenzado las clases en la universidad, Berta y papá también volvieron a la ciudad. Avanzado el otoño supimos que Berta traía mellizos, ¡otros mellizos en la familia!, Berta y papá parecían contentos.

Por Navidad Anny pretextó cosas que hacer en el Balneario y nos comunicó que no pasaría aquellas fiestas con nosotros. David y yo nos miramos y luego miramos a papá: nosotros nos iríamos con ella, no queríamos dejarla sola.

Encontramos la casona apagada, triste y fría. Solo nuestra vivienda y el despacho de Anny parecían contar con un poco de calor; el jardinero era el único empleado que no se había tomado vacaciones, su mujer venía todas las mañanas a dar un repaso y a preparar la comida y dejar la cena para por la noche... Anny nos recibió con los brazos abiertos, y yo me pregunté qué habría sido de nuestra hermana aquella Navidad, si David y yo no hubiéramos acudido...

En realidad, Anny no tenía nada que hacer salvo ordenar viejos apuntes, todo había sido una excusa para no ir a casa de Berta... Yo entonces decidí enterarme de una vez de cuál era la causa de todo aquel comportamiento. David también parecía preocupado, pero por un acuerdo más tácito que hablado, decidió que yo fuera la encargada de hablar con Anny, a fin de cuentas hablar entre mujeres de otra mujer no tenía que resultar difícil.

Pero David estaba equivocado, con Anny era dificilísimo trabar conversación cuando ella no quería y mucho me costó, en realidad todas las vacaciones, enterarme un poco y adivinar el resto de lo que había pasado entre ellas.

—¿Y dices que papá y Berta se conocían desde hacía años?

—Sí, al parecer Berta vino aquí por primera vez hace años, siendo una jovencita. Acompañaba a una tía suya, su pariente más próximo, a tomar las aguas... Acababa de regresar de Suiza, de un colegio caro de esos donde antes se envíaban a estudiar a las niñas bien. A Berta le gustaba bañarse en las piscinas y lucía unos trajes de baño más propios de una playa que de un balneario, solía, además, pasearse por los pasillos sin albornoz, algo que no permitían las normas ni de las buenas maneras ni del centro, por lo que papá se vio obligado a llamarle la atención, pero su tía trataba de disculparla y los otros huéspedes la encontraban una jovencita encantadora y no daban importancia a sus travesuras...

Por otro lado, en aquel tiempo, el hombre más joven del Balneario era papá, los demás eran todos viejos de garrotilla y Berta buscaba la compañía de papá y la de mamá porque eran jóvenes y distintos. Una noche organizaron un baile, vino gente de fuera del Balneario, pero Berta ya había elegido pareja, parece ser que se dirigió a mamá con todo el descaro posible durante la comida y pidió:

—¿Me dejarás a tu marido esta noche, verdad Ana? Tú ya le disfrutas todo el año y yo estoy aquí tan sola.

Todas las señoras rieron la ocurrencia, a mamá también le hizo gracia y papá quiso ser galante con sus más distinguidos huéspedes. Anny dice que aquella noche Berta parecía un hada porque llevaba un vestido de tul, guantes y los hombros al descubierto... Y el hada salió a la rosaleda con su caballero y se besaron al claro del luna... Tú y yo estaríamos durmiendo con toda seguridad, mamá estaría atendiendo a los otros huéspedes, vigilando que no faltase el cup, ni los emparedados y Anny, que entonces tenía diez años o así, brujuleaba por los rincones y vio la escena... Huyó hecha un mar de llanto a refugiarse en su cuarto y su almohada... Debió pasarse llorando mucho tiempo hasta que el cansancio la venció y se quedó dormida, mamá la encontró helada, la apretó contra sí y le dio calor dejándola completamente arropada, pero a la mañana siguiente Anny no fue al colegio, se quedó con anginas en la cama; ni mamá ni nadie supieron nunca que Anny se había escapado y había corrido por los rincones en pijama; ante el temor de una regañina, no dijo nada a nadie de lo que había visto.

Berta y su tía se fueron a los pocos días —ante los ojos de Anny, al menos, no hubo ni más besos ni más encuentros— y todo volvió a ser como antes.

Al cabo de los años, durante los cuales Anny no sabe si papá y Berta continuaron viéndose, parece ser que tuvieron de nuevo un encuentro, programado o fortuito, Anny ha oído a Berta referirse a él en conversaciones con papá... Bueno, el caso es que Berta le hizo ver a papá que ya no era una chiquilla antojadiza, que era una mujer, que dirigía sus propios negocios desvinculada del entorno familiar, que era independiente, que sabía lo que quería y que tomaba sus propias decisiones... Papá le contó a Berta que estaba triste, que pronto se quedaría solo pues mamá padecía un cáncer incurable... Berta decidió venir al Balneario a “echarle una mano”, a conocernos mejor a nosotros, y a hacerse amiga nuestra por lo que pudiera pasar... Papá le replicó que estaba loca y no se creyó que lo haría... Y vino Berta y fue nuestra institutriz casi un año... Anny la reconoció al poco de llegar, estableció un círculo de espionaje en torno a ellos y decidió mantenerse al acecho. Un día, ya al final, su cerco dio resultado: Berta y papá, que procuraban mantener las formas, debieron de ser sorprendidos en un momento de debilidad por Anny; Berta, que siempre fue muy ingenua, decidió contarle sus sentimientos a Anny: que sabedora de la enfermedad de mamá su intención era ayudarnos en lo posible, porque ¡claro que quería a papá!, le quería desde que llegó por primera vez al Balneario acompañando a su tía, y que si estaba viviendo con nosotros viviendo aquel curso era para demostrar a papá y para demostrarse a sí misma que era capaz de vivir de otra forma si ello fuera menester.

—No eres más que una aristócrata extravagante dispuesta a satisfacer tus caprichos sin importarle nada ni nadie —le dijo Anny, y Berta se quedó desconsolada.

Anny prometió guardar silencio bajo la promesa de que Berta se iría. Berta no quiso prometer nada, papá, entre dolido y avergonzado, pidió a Anny que por el bien de mamá fuese comprensiva, que a fin de cuentas no había pasado nada irremediable. Anny accedió y guardó silencio, pero algo debió pasar, Anny no sabe qué, porque mamá se enteró de quién era Berta, papá, desolado, se autoacusó de imprudencia y poco menos que echó a Berta del Balneario, no quería preocupar a mamá en sus ya últimos días. Por eso desapareció nuestra institutriz sin despedirse, desde que Anny la descubriera sabía que debía marcharse y quizás se fue con la amargura de haber fracasado en su intento de acercarse a todos nosotros.

El porqué Berta decidió volver, años más tarde, desprovista de disfraces, es algo que Anny no sabe. Tampoco está segura de que papá y ella continuasen con su relación después de la muerte de mamá, quizás papá se sintió demasiado culpable y decidió apartarse de ella, pero fuere como fuere lo cierto es que el reencuentro se había producido y Anny comprendió enseguida que indudablemente se querían y que esta vez no iba a poder hacer nada al respecto, a pesar de que el recuerdo de mamá la seguía aguijoneando. Tomó entonces la decisión de mantenerse al margen, de centrarse en sus estudios y en el Balneario pues estaba segura de que Berta terminaría por llevarse a papá de allí, el Balneario no era para Berta, todos parecían tenerlo claro. En cuanto a nosotros, Anny esperaba que el tiempo actuase en favor de todos:

—Dentro de poco seréis mayores de edad —me ha dicho—, podréis elegir vuestro camino y espero que seáis sensatos y sepáis hacerlo. Siempre me tendréis aquí, y ésta será vuestra casa, será nuestra casa, la que fundó el abuelo y levantaron mamá y tía Margot. Ni Berta ni papá pertenecen realmente a ella... Es nuestra casa, y nosotros solos somos capaces de entenderla.

—¿Crees tú que Anny es justa con Berta? Bueno, es que yo pienso que Berta nunca será nuestra madre, pero creo que ella tampoco lo pretende... Para mí que se conformaría con ser para nosotros alguien de la familia, algo así como una especie de tía, pero nada más... ¿Y tú crees que papá y ella fueron realmente amantes en vida de nuestra madre?

—No lo sé, David. Solo ellos lo saben y si lo fueron no creo que nos lo vayan a decir, y en cuanto a lo que Anny o los demás pudieron ver ¿qué es lo que vieron realmente?: una muchachita romántica, enamorada de un hombre maduro y atrapada en sus propios deseos y caprichos, o una taimada capaz de arremeter contra todo...

—A mí Berta no me parece mala y creo que hace esfuerzos por ser buena, para resultarnos agradable y no siempre lo consigue.... En cuanto a papá es todavía joven y recuerdo que a mamá la trataba con cariño y con amor, quizás tampoco se encontró a gusto aquí en el Balneario, quizás siempre estuvo un poco de prestado, como ahora en casa de Berta... A ella no le gusta esto, ¿cómo iba a gustarle si el nombre de mamá y del abuelo y de la propia Anny están por todos los lados? Ella tiene su casa y sus negocios y no le apetece renunciar a ellos...

—¿Y nosotros?

—Yo creo qque tiene razón Anny. A nosotros nos gusta demasiado esto y a fin de cuentas es nuestra casa... Cuando termine los estudios yo también vendré aquí a trabajar, estoy segura de que Anny estará encantada... Pero también quiero mucho a papá y no quiero dar de lado a Berta... y en cuanto a los niños, serán nuestros hermanos a la par y a la postre... ¿A quién se parecerán?

Los mellizos de Berta nacieron a primeros de febrero, fueron niño y niña, como David y yo, eran unos niños guapísimos y papá pareció rejuvenecer con ellos, los paseaba orgulloso, les daba los biberones, les hacía carantoñas... Berta, que se había quedado delicada, comenzó a recuperarse y a ocuparse de sus negocios. Seguíamos viviendo en la ciudad, en casa de Berta; Anny venía a vernos de vez en cuando. Un día papá le dijo:

—Anny, si necesitas ayuda no tienes más que llamarme.

—No te preocupes, papá, cuando vayáis a pasar las vacaciones, si es que vais, te dejaré que me eches una mano.

—¡Claro que sí! —se apresuró a decir Berta— claro que iremos allí a pasar las vacaciones, al menos parte del verano, ¿dónde podríamos ir mejor con dos criaturas tan pequeñas? Además, así tu padre podrá ayudarte y encontrarse con los antiguos amigos.

 

Papá preparó con cuidado la foto aprovechando una de las visitas de Anny... Como en las fotos antiguas se sentaron muy tiesos en unas sillas, papá y Berta, cada uno con uno de los mellizos, Anny, David y yo nos situamos detrás con las manos apoyadas en los respaldos, todos muy tiesos, muy solemnes, pero en el último momento, justo antes de que el disparador automático nos inmortalizara, uno de los mellizos emitió unos extraños sonidos que nos hicieron reír...

Y la foto perdió todo su hieratismo, en vez de mirar al objetivo, todos, inlcuso el otro pequeñín, dirigímos nuestras miradas a Berta y a su retoño, la foto perdió solemnidad pero ganó muchísimo. Cuando volví al Balneario no pude por menos que poner mi copia en un marquito y colocarla en la consola del pasillo, donde Anny seguía manteniendo la vela encendida... Y mientras lo hacía recordé aquella noche fría y lluviosa en que se habían abierto las ventanas de la galería y una ráfaga de viento había apagado la vela, aquella misma noche en que un extraño mendigo, que tenía la misma cara que Berta, había dormido en un cuarto de servicio al lado de la cocina...

Anny sonrió al ver la foto.

—Inevitablemente la familia ha aumentado y ¿quién sabe cuál será el encargado de mantener la vela encendida de aquí a unos años?, ¿verdad, Anny?

Mi hermana, sin dejar de sonreír, siguió su camino.

(Noviembre 1993)

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  • A raíz de la llegada de un mendigo una noche de tormenta al balneario, todo se sucede como si hubiera estado escrito de antemano. Historia de una familia y de un amor muy poco convencional.

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Invento personajes y trazo historias alrededor de ellos. Me gusta escribir y escribo.

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