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3 min
Yo conocí un alien
Amor |
23.08.15
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Sinopsis

Los encuentros cambian a las personas. Sobre el tiempo, y el amor.

Una mañana de junio yo conocí un alien.

Paseaba por la ciudad, me perdía en las calles, entraba en negocios con ricos aromas, visitaba librerías de usados…

Los relojes coincidían en las diez cuando, movilizado por una ligera música, entré a un café. Me senté cerca de la ventana. Así es mi costumbre. Gusto de ver a los demás, y la vereda ofrecía un nutrido paisaje de personas. Además que el río se mostraba cautivante, con sus corrientes de agua embravecidas por una lluvia reciente. Esa mañana ganaron mi recuerdo cuatro personajes.

La primera fue una mujer joven, alta, de pelo y ojos negros. Sobre todo alta. Llevaba las piernas descubiertas, en medio del invierno ella lucía un vestido de primavera. La vi solo un instante, pero ocupó un buen espacio de tiempo en mi mente.

Luego vi a un anciano abrigado con un suéter de lana y pantalón de corderoy, sentí que ya lo había visto en otra ocasión. Recogía piedras chatas del suelo, miraba al río, y las guardaba en los bolsillos del saco.

Por la misma vereda vi a un niño, vestido para ir a la nieve, y acompañado de un perro color ceniza. Ambos descubrían el mundo. Eran felices.

Antes de dar el último mordisco a la medialuna me descubrí pensando en qué es el arte. Respondí con calma, y otras dudas, en mi libreta roja, intentado evitar caminos ya recorridos. Desconocía cómo había llegado a esa pregunta, ¿era la tapa de uno de los libros que vi más temprano? Estaba acompañado de una sensación espontanea, similar a cuando uno aparece en un sueño y lo siente real. De cualquier modo no importa. Una de mis reflexiones dice lo siguiente, Si el arte no puede ayudar, entonces seguro que no es arte.

Terminé el café, dejé la taza en el plato de cerámica y luego dirigí los ojos hacía la vereda. Al frente mío encontré, parado e inmóvil, a un ser largo, de rostro ovalado, con pequeñísimos orificios que bien podían ser la nariz o los ojos, a quien he llamado alien, en clara ausencia de mejor nombre.

Recuerdo que no estábamos ni cerca ni lejos. Su piel era suave y de un verde pálido (coherente color según especialistas). Su presencia era liviana, no alteraba en nada el lugar, y tampoco causaba en mí una reacción evidente. Supongo que sencillamente quería visitar, como yo, aquel café condimentado por el aroma del grano fresco y la música.

Un detalle se escapa a mi comprensión, todo estaba en orden y no había percepción de extrañeza alguna, a excepción del reloj de la pared. Fue el alien, quien sin decir, ni emitir sonido alguno, me sugirió que viera las agujas del reloj. Se movían con una lentitud tal que parecían estar frenadas. Entonces sí, con un tono casi imperceptible y suave dijo: el amor es la medida del tiempo.

J. E. Díaz

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  • Bastante natural, como dice Isabel. Metes un elemento que de tan extraño debería impactar sí o sí, y sin embargo ahí está, fluyendo con sinergia. Bien hecho. Y, bueno, el tiempo es relativo, e imagino que son las emociones lo que lo inventan.
  • Los encuentros cambian a las personas. Sobre el tiempo, y el amor.

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