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10 min
Una niña pequeña en un mundo de monstruos
Ciencia Ficción |
12.08.15
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Sinopsis

Y al final los verdaderos monstruos son los humanos.

Habían pasado dos días. Jamie se escondía en las ruinas de lo que anteriormente había sido una cafetería. Contemplaba con tristeza cómo los edificios se desplomaban y caían al suelo reduciéndose a toneladas de escombros. Habían cortado todo el tránsito de la ciudad y nadie podía ni entrar ni salir. Una valla eléctrica que la rodeaba impedía que nadie se escapara. Había millones de militares haciendo guardia en cielo, mar y tierra, y pronto no quedaría ni un ser vivo allí. Del cielo llovían bombas, y no quedaba nadie en la ciudad, que ahora parecía el paisaje de un videojuego de zombies. Una extraña y mortal epidemia se había extendido allí, y habían matado a todos sus habitantes y a todos los animales, incluso a los que no la padecían, por seguridad. Estaba muy asustada, y sabía que la encontrarían, tarde o temprano. 

La pequeña se encontraba en un rincón, con la cabeza entre las rodillas y llorando desesperadamente. Hoy cumplía siete años, y era la única superviviente de la ciudad. Sus trenzas pelirrojas se habían deshecho, y su falda rosa estaba sucia. En sus ojos se reflejaba el dolor, y el cansancio. Apoyó su mejilla en el suelo y se encogió; intentaba dormir un poco, escapar de la realidad. Rezar para que la dieran por muerta, o que la mataran de una forma rápida. 

De pronto, oyó unas pisadas. Se levantó de golpe y las escuchó atentamente. Eran demasiado ligeras y pequeñas para ser de una persona, seguramente serían de algún perro o gato.

Jamie se ocultó debajo de la ventana y luego se asomó dejando ver sólo sus enormes ojos marrones. Miro hacia el exterior y, ante su asombro vió cómo un enorme tigre de Bengala se acercaba hacia su escondite. Habría salido del zoo, obviamente. La niña abrió los ojos como platos y ciega por el pánico corrió hacia el interior para ocultarse. 

Pero, ¿cómo demonios había sobrevivido ese tigre a esta masacre?, se preguntó.

Después de todo la matarían tarde o temprano. Por increíble que pareciera, prefería que la devorara un tigre a que la fusilaran viva por algo que ni siquiera padecía. No era justo. Quizás los verdaderos monstruos eran los humanos.

Pegó su espalda con todas sus fuerzas a la pared, y tomó aire. Sentía cómo el animal se acercaba hacia donde ella estaba. Sentía sus pasos, y pensaba que el corazón se le iba a salir del pecho. Súbitamente, este descubrió a Jamie, mirándole fijamente a sus ojos oscuros de felino. La niña apreció que el tigre era dos veces más grande que ella. Estaba en los huesos, y caminaba de una forma débil y torpe, parecía que llevaba muchos días sin comer. Sus ojos se reflejaron en los de ella, y se quedaron mirándose fijamente el uno al otro, en silencio. Ninguno se movió. Y a pesar de que el tigre tenía un desayuno contundente en frente de sus narices, este no se inmutó. Giró la cabeza, echó las orejas para detrás y se marchó. 

Jamie estaba más que asombrada. No sabía si era porque había estado a centímetros de un tigre de Bengala o porque no se la había comido. Por la ventana, vio como devoraba a una rata del tamaño de un gato. 

¿Qué estaba pasando?, ¿a caso la extraña dolencia que había aniquilado a toda su ciudad afectaba al sentido común?

-¿Por qué no me ha devorado?, maldita sea.-Pensó Jamie.-¿Qué demonios le pasa a ese tigre?

No podía evitar sentirse un poco enfadada. Entonces, en un acto de rebeldía e insensatez siguió al tigre durante toda la mañana. Trató varias veces de acercarse, pero parecía que cuanto más avanzaba ella, más lejos estaba de él. Seguidamente, cuando el tigre entró a un viejo departamento, Jamie se acercó sigilosa y entró dentro. No le veía por ninguna parte. 

Entonces le entró el pánico.

-¿Maldita sea, por qué tuve que ser tan imprudente?- Se preguntaba.-Tengo que salir de aquí como sea. 

Y cuando estaba a unos metros de la puerta, el tigre la sorprendió, y la acorraló en la pared. Se acercó sigiloso, hasta que pudo sentir su respiración en la cara. Sus ojos se volvieron a reflejar en los de Jamie, ahora se podía ver en ellos el pánico y el miedo que sentía. La curiosidad mató al gato, pero en este caso el gato la mataba a ella; a la curiosidad, y a Jamie. 

Y aunque sentía dos terremotos en sus piernas, y había asumido que moriría en las fauces de un felino, Jamie se acercó a el despiadado animal y le habló:

-Bueno, creo que estos serán mis últimos momentos de vida, me considero idiota por haber estado siguiendo a un tigre de Bengala porque no se decantara por mi carne, y aunque soy consciente de que no me vas a entender ni una palabra, me gustaría hablar por última vez, aunque sea con un monstruoso felino. Me llamo Jamie, y hoy es mi cumpleaños. Cumplo siete años de vida y no sé por qué tengo que estar sola, aquí, en esta estúpida ciudad derruída. Cumplo siete años de vida y he visto cosas que ni siquiera un adulto debería ver. Mi familia ha muerto, mis amigos han muerto. Los han fusilado. Cumplo siete años y parece que el mundo está en mi contra. Y...Dios, mírame, aún llevo falda con jersey y me creo una princesa. Aún me quedan demasiadas cosas que aprender, demasiadas cosas que vivir.

Jamie hizo una breve pausa. Sus lágrimas comenzaron a caer por sus sonrosadas mejillas, y comenzó a sollozar mientras seguía mirando fijamente al tigre, que seguía sin moverse. 

Entonces prosiguió.

-Estoy tan perdida. ¡Mírame!. Soy una niña pequeña en este mundo de monstruos. Y nadie me protege. Nadie me protege porque creía que era fuerte, iba por ahí diciendo "tranquilos, yo puedo, yo lo haré", iba por ahí creyéndome un maldito huracán indestructible. Creía que iba a salvar a la gente de todo esto, pero no, no pude. Soy débil. Ahora lo sé, porque voy a morir, y creía que podría evitarlo. Pero, soy pequeña, y probablemente nunca vea una lluvia de estrellas, y nunca monte a caballo, y me quedarán miles cosas por hacer y...-Suspiró-Lo más triste es que nunca tendré la oportunidad de llevarlas a cabo. 

Jamie cayó al suelo, bien por el agotamiento, o por el dolor que había soportado.Y sólo después de unos segundos elevó vagamente la cabeza para comprobar si el tigre se había ido. Pero no, seguía ahí, sin apartar la vista de la pequeña. Esta se encogió y volvió,a esconder su cabeza entre las rodillas y a llorar mientras sentía que todo su mundo, todos los recuerdos se le caían encima.

El tigre se tumbó a su lado y soltó un débil gruñido. Jamie se secó las lágrimas y vio que su supuesto depredador se había acostado a su lado, y le miraba con unos ojos...por así decirlo; diferentes. Entonces la niña levantó su mano y, lentamente intentaba acariciarle la cabeza. De pronto, el tigre soltó un bufido y ella apartó su mano. El animal volvió a recostarse y la pequeña volvió a acercar su mano a este.

Su piel tocó el reluciente pelaje del tigre, y se sintió mejor que nunca. Pasaron la tarde allí, sin decir ni una palabra ni un gruñido más. Hasta que llegó la noche. Jamie se había quedado dormida, y el tigre también. De repente, el tigre abrió los ojos en medio de la noche y vio un inmenso cielo, en el que llovían estrellas, e iluminaban el firmamento. Este se inclinó ante Jamie y le dio dos lametazos en la cara. 

Ella se despertó, y vió aquellas luces que se reflejaban en los enormes ojos del animal. Entonces miró hacia arriba, y presenció la súbita lluvia de estrellas que inundaba la noche. Su rostro se iluminó de felicidad.  

El animal se incorporó lentamente y la niña corrió hacia fuera. 

-¡Tigre!, ¡mira!, ¡esa lluvia de estrellas es para mí, tigre!, ¡el mundo no está en mi contra!-Gritaba con una inmensa sonrisa en su rostro.

Y comenzó a bailar bajo aquellas luces que le sonreían en el firmamento.

La niña, se sentó en el suelo y comenzó a llorar de felicidad, mirando al cielo. No sabían lo feliz que le había hecho ver aquella lluvia de perseidas esa noche. Jamie fue hacia dentro  y se acostó al lado del tigre, apoyó su espalda en el animal y le abrazó. 

Y allí pasó la noche, contemplando las estrellas, abrazada a un feroz tigre de Bengala, que no resultó ser tan feroz. Y a pesar de haberlo perdido todo, esa fue la mejor noche de su vida. Después, al alba, el cielo se tiñó de innumerables colores naranjas y azulados, y nunca hubo amanecer más bello que ese. 

Unas horas después, escuchó camiones aproximarse, y armas cargándose. Se ocultó detrás de una pared con el tigre, que también estaba aturdido. Y de pronto, se vieron sorprendidos por cientos de hombres vestidos con trajes NBQ, cargados con fusiles y metralletas.

-Sabemos que está ahí, por favor, salga con las manos en alto.-Gritaba uno de ellos.  

Entonces Jamie se subió en el lomo de tigre y dijo: 

-Ahora ya podremos dirigirnos a nuestro futuro con la cabeza bien alta, tigre. Ahora sabemos que el mundo no está en nuestro contra. 

-No haga nada por escapar, le tenemos rodeado.-Volvió a gritar el hombre.

El animal caminó lentamente, saliendo de detrás de aquellas ruinas, y viendo cómo poco a poco iba causando asombro ante los hombres. Algunos incluso bajaron las armas al contemplar la imagen. Y así fue, Jamie y su tigre se dirigían con la cabeza bien alta hacia aquellos hombres con trajes amarillos y armas, los verdaderos monstruos que vería el mundo. 

Y en un momento, ante el asombro de los demás individuos, Jamie abrazó al tigre y, con lágrimas en los ojos se volvió a incorporar. 

-Vamos, ¿a qué esperáis?-Gritó la pequeña mientras lloraba violentamente.-¿Habéis exterminado a toda una ciudad y no podéis con una niña y con un débil tigre?

Jamie comenzó a sollozar, agachando la cabeza y aferrándose a su amigo, y el tigre le rugió al cielo en busca de alguna respuesta.

Entonces los monstruos de amarillo apuntaron hacia ellos y, aunque no todos fueron capaces de disparar, cientos de balas atravesaron los cuerpos de Jamie y el tigre, y ambos cayeron al suelo, desplomándose. Una preciosa niña de siete años atravesada por millones de balas, en el suelo, muerta, asesinada antes por su propia especie que por un feroz tigre de Bengala que también yacía en el suelo con ella. Y al final, todos acabaron así. Como aquellas tiendas derrumbadas que alguna vez fueron cafeterías. 

Y esa noche, volvieron a llover estrellas en el cielo, mientras la luna rugía a su vez.

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