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5 min
Una nueva Navidad
Fantasía |
15.05.15
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Sinopsis

Todos alguna vez hemos echado de menos a alguien especial...

Cuentan las historias que un alma de gato escapó de su cuerpo una noche de diciembre, cuando la nieve caía lentamente sobre los tejados de aquel pueblecito tan acogedor.
No fue sino cumplir un sueño, el sueño de aquellos que anhelan la libertad, volar, y de aquellos que extrañan esas nocheviejas en familia, con aquellos que ahora les cuidan desde el cielo. Su cuerpo dormía plácidamente en la cama, conectado a su alma tal vez, por un mágico amor a la vida. Él miraba por la ventana, a través del cálido y a la vez gélido cristal circular que medio cubierto por la nieve se empañaba despacio. Suspiró. Y mil susurros se escaparon de su hocico cortando el viento de fuera. Volvió a suspirar. Miraba, realmente sin saber qué mirar, como esperando un milagro. El cielo oscuro tras las nubes que cerraban los ojos a las estrellas, dejaba ver un poco de esperanza en aquel gatito que maullaba a su soledad.
Poco a poco, sintió cómo se empequeñecía. Cómo sus patitas temblaban de ganas por salir de aquel lugar. Cerró los ojos, esos ojos que brillaban transparentes a la luz de la oscura chimenea, que llevaba años sin encenderse. Sintió como su cuerpo se acurrucaba bajo la manta hecha jirones de su amo. Recordaba cuando él estaba allí. Cuando se tumbaba en sus rodillas y ronroneaba frente al calor del hogar. Pero ya sólo era un vago recuerdo que le recorría el pensamiento de vez en cuando. Había pasado tanto tiempo... pero aún sentía el balanceo de la mecedora de madera. Y el crujir de las tablas del suelo. Y al recorrer ese recuerdo por su memoria, afloró, de lo más hondo de su mente, una imagen. Un momento que creía haber olvidado para siempre. Sintió su juventud por un instante, esa fuerza de los tiempos mejores, y quizá por eso, se dio cuenta de que no quería seguir allí, frente a aquella redonda ventana. Y saltó. Salto con toda la fuerza que le quedaba a su desaliñado espíritu felino y salió a la calle libre, como hacía años que no se sentía.
Bajo sus patitas transparentes pudo ver el mundo. Pudo sentir el calor de los hogares llenos de personas que se reencontraban tras un año separados. Pudo sentir los abrazos de las familias, el calor de las chimeneas recorrer su alma, la sonrisa de la nieve que silenciaba todo allí fuera. Pero el lo oía, y recordaba que en su casa nunca fueron muchos. Pero se amaban verdaderamente. Y eso le consolaba en aquellas frías noches de soledad.
El suelo cada vez era más pequeño, o eso sentía él al alejarse hacia más allá de las anchas nubes cargadas de nieve. Y se adentró en la espesura negra hasta que dejó de verlo todo, ni la luz de las farolas, ni el humo de las chimeneas, ni los abrazos, ni las familias. Sólo podía ver nubes por todas partes. Pero él siguió subiendo, con la esperanza de llegar quizá a un pequeño lugar donde contemplar el cielo nocturno, que tanto le fascinaba.
A cada paso que daba entre las nubes sentía que su cuerpo se alejaba más y más de él, o tal vez fuera al revés. Ni siquiera eso frenó su desespero, su anhelo de sentirse vivo por una noche. Y llegó. Llegó a una pequeña sala donde la chimenea crepitaba y no fuego iluminaba la habitación, sino estrellas, centelleantes en la hoguera más mágica que sus ojos recordaban haber visto. 
Absorto en su ensimismamiento, una mirada alcanzó su corazón. Lo podía sentir, esa sensación, ese calor no ya de la chimenea, ese calor especial que radiaban sus ojos. Hacía tanto tiempo... que había dejado de sentirla... y la echaba tanto de menos que al verle no pudo evitar romper a llorar por dentro, como si todo un cúmulo de recuerdos arrinconados y guardados en un cajón de su corazón estallasen sin poder evitarlo. Pero no pudo moverse. No se movió. Se quedó quieto, observando despacio a aquella mujer que le acompañaba... que con una sonrisa empapó sus ojos de lágrimas al recordar con tanta fuerza aquel rostro. 
No pudo evitar sentir tristeza... por cada día que había pasado sólo, deseando que en algún lugar del universo ellos estuvieran bien, estuvieran juntos. No pudo evitar recordar cada noche que miraba por la ventana esperando que una estrella le guiñase un ojo, para saber que no estaba solo... como tampoco pudo evitar sentir alegría, al volver a estar los tres juntos, frente a la chimenea, celebrando de nuevo la Navidad.

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    -Y dime cariño, ¿cuál es finalmente el color de los espejos? Él miraba por la ventana del cuarto, frente a la que se levantaba un gran muro, un muro invisible, que solo él podía sentir. -¿Lo sabes tú?

    Porque todos algunas vez hemos pensado eso de... "no creo que pueda pasarme a mí".

    A veces un día cualquiera es algo más que cualquier día.

    Él era el hombre que tenía la misión de cambiar el mundo. Pero nunca llegó a saber con certeza cómo hacerlo.

    La puerta se cerró. Ella sabía que sería para siempre, pero no quiso decir nada, porque sabía que tenía que marchar. Era solo cuestión de tiempo, no quería entretenerlo más, y así, haciéndose la dormida, comenzó su llanto, que duró eternamente.

    Y es que después de tanto tiempo, nunca olvidó aquella frase, aquellas seis palabras que cambiaron su vida para siempre.

    Dicen la mayoría de las leyendas que los héroes son grandiosos, que los héroes son fuertes y poderosos, nobles y atractivos. Pero esta no es una de esas leyendas, no es una historia heroica, no es una gran gesta ni nada parecido. Es una historia sencilla que nace en el recuerdo y muere en los recuerdos...

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