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5 min
Una ofensa al corazón
Reflexiones |
02.12.12
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Sinopsis

Cuando le contaron lo del abuelo, Martín supo que los golpes más fuertes no dejan moretones.

A veces la vida te pega, te golpea y te deja en el suelo. En eso estaba pensando Martín la noche en que el abuelo murió. No sabía bien que había ocurrido, pero le habían contado que no lo vería más. Él se enojó muchísimo con el abuelo, ¿Cómo se iba a ir así sin saludarlo? Se acordó del último beso que le dio y pensó que capaz se lo dio con un poquito más de fuerza que de costumbre y que él lo ignoró. Capaz le quería contar algo, pero él no había entendido lo que le había dicho. ¡Que mal que se había portado Martín! Le tendría que haber dado otro beso igual y despedirse para siempre, pero no. Había ido corriendo a saludar a la abuela cuando ella se iba a quedar por mucho más tiempo. Y hoy la abuela lloraba ¿A ella le había contado? ¿O había sido sólo un secreto entre nieto y abuelo que él había guardado muy bien sin saberlo? ¡Qué desastre! Capaz si lo hubiera contado, lo hubieran solucionado a tiempo. Capaz si le hubiera dicho a la abuela no hubiera pasado lo que pasó. Pero él no lo hizo y ahora sólo le quedaba llorar porque no iba a ver más a su abuelo. Habían dicho algo así como una ofensa al corazón. No sabía bien que significaba, pero estaba seguro que le habían pegado fuerte al pobre corazón del abuelo. Se acordaba la tarde en que por primera vez escuchó esa palabra. Estaba sentado en el patio jugando con su camión preferido y vino mamá corriendo a decirle que le había dado esa cosa al abuelo. Él se preocupó mucho, y se preguntó quien sería capaz de pegarle tan fuerte al corazón de un abuelito tan bueno como aquel. Se acordaba de haber estado sentado en un banco, en un pasillo, donde la gente estaba muy triste y donde salió un hombre vestido de blanco a decir que podían pasar a ver al abuelo. El abuelo estaba acostado, pero no se veía en ningún lado algún moretón en el pecho, ni en ninguna parte del cuerpo. Eso le sorprendió a Martín, pero después se enteró que había formas más terribles de golpear a alguien. Y fue entonces cuando conoció el golpe que la vida le iba a dar.

Fue esa mañana cuando mamá lo despertó llorando y le contó lo del abuelito. No entendió bien por qué, él sólo se guardó las palabras y las dejó colgando en un hilito de su mente a ver si secas eran más suaves. Se dio cuenta más tarde, cuando sólo podía ver gente llorar y sus propias lágrimas caer que aquellas palabras eran las palabras que no se podían secar solas. Palabras húmedas y llenas de algo que la vida no le debería haber presentado jamás a un niño de seis años como se las presentó a Martín. “Se ha ido”. Tres palabras que se balanceaban dentro de su mente en una tormenta que no parecía tener fin.

Esa tarde, le dijeron que se tenía que quedar en la casa de los tíos y que mamá y papá tenían que ir a despedirse por última vez del abuelo, porque que no querían que viera al abuelo así, él ya se había despedido de él a su manera, en su cariño y en una vida que se haría siempre eterna dentro de él. Entonces lo supo. ¡Mamá y papá sabían que el abuelo le había contado! De esa pequeña forma  se lo querían hacer saber. Y volvió a humedecer sus palabras en lo más hondo de su mente.

La noche llegó y mamá y papá aún no habían vuelto. El vestido negro de mamá le había llamado la atención, ella odiaba el negro. El saco negro de papá le quedaba bastante lindo, pero también le llamó la atención. La tía Jazmín le dijo que se podía quedar a dormir en su cama si quería, el tío Roberto había ido a despedirse del abuelo también.

Y era aquel momento, cuando Martín yacía acostado en la cama de la tía que pensaba en todas estas cosas. Se levantó por un momento y dijo lentamente:

- Tía, hoy a mí me pasó lo mismo que al abuelo. Me dieron una ofensa en el corazón. No me dejaron moretón y a él tampoco, pero me pegaron y muy fuerte, ¿Qué tipo de curita se usa para sanar un corazón ofendido?

La tía lo miró con sorpresa y lo estrechó contra ella.

-         Amor, Martín. Amor.

Martín cerró los ojos y soñó con un nuevo beso del abuelo. Él le dio otro beso más grande y le susurró al oído en un abrazo muy húmedo:

-         Te voy a extrañar.

-         Yo también.

Y por fin, se despidió como él quería. Al otro día el sol brillo en su mente, y las palabras se secaron y fueron guardadas con mucho cuidado en un cajón de su gran ropero. Pero ahora junto a ellas, estaban dobladas dulcemente aquellas palabras de amor: Te voy a extrañar.

Y al cerrarlas las puertas puedo jurar que oía un lejano pero claro: yo también.

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