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14 min
Una oportunidad de oro.
Amor |
01.12.14
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Sinopsis

Nicolás, un brillante estudiante del último año de la secundaria, asiste a la exposición de fin de año. Allí espera poder confesarle sus sentimientos a una chica de su curso que ama en secreto desde los siete años. A sabiendas de que, de lo contrario, esa será la última oportunidad que tendrá de verla.

Nicolás salió de su casa temprano.  Aún podía sentir aquel sólido pedazo de tostada atorado sobre su avida garganta. Avanzaba a pasos agigantados, deseoso de llegar a su destino. Así que como todos los días, encendió su dispositivo digital y caminó al compás de su tan familiarizada música.

 

El cielo estaba despejado, ni una nube se atrevía si quiera a insinuar la aparición de alguno de esos diluvios repentinos que suelen entorpecer toda clase de acontecimientos. Los árboles estaban más verdes que nunca, y parecían danzar la más tranquila de las melodías siguiendo el ritmo del apacible viento, que casi siempre rugía con la fuerza de un numeroso batallón, pero que aquel día únicamente emitía una débil y relajante brisa. En fin, era uno de esos días que parecen pronosticarle a uno que la jornada va a estar llena de alegrías, risas,  emociones, y sobre todo, oportunidades. Y eso, aunque no lo comentara en lo más minimo, Nicolás lo sabía muy bien. Tan bien que ni siquiera necesitaba la confirmación del clima. Era un chico listo, sí, aunque igualmente tímido. Pero ya nada de eso importaba, porque finalmente la vida le había dado una oportunidad de oro. ‘'Tu última oportunidad es esta’’ Se repetía, energéticamente, durante el transcurso de su camino diario.

En aquella ocasión, posiblemente porque estaba sumergido en lo más profundo de sus pensamientos optimistas, el viaje se le hizo absurdamente ligero.  Al punto tal de que, cuando se quiso dar cuenta, ya se encontraba allí: De cara al instituto, tal como lo había previsto, las puertas estaban abiertas y los exteriores repletos de caras que le resultaban familiares. Claro ¿cómo no iba a resultarle familiar si prácticamente pasaba más tiempo en aquel establecimiento que en su propia casa?. A veces le parecía que era al revés, porqué él se sentía más cómodo ahí que en su propio hogar. Caminó pues con una convicción admirable, sin detenerse a saludar a ninguno de esos rostros vagamente familiares, los cuales algún otro día habría saludado.

 

Debido a la acumulación de gente, ni siquiera se podía respirar. El ambiente estaba pesado, aunque nadie parecía notarlo dado que avanzaban con energica decisión hacia algún lugar. Nicolás a veces tenía la impresión de que esa gente que siempre iba con prisa a alguna parte era precisamente la que menos apuro tenía y que, esclavos del sistema en el cual desgraciadamente les había tocado criarse, ya estaban acostumbrados a vivir rápido, sin darse cuenta de que su destino final no es otro que su propio funeral. Por eso él nunca iba con demasiada prisa hacia ningún lugar, siempre trataba de disfrutar de los pequeños momentos, por más insignificantes que fueran. Y por esa razón había llegado tarde aquella mañana, a la cual solamente le restaba una hora para el mediodia.

Ahí estaba él, de pie sobre la entrada, observando a la gente correr como cucarachas atolondradas en la misma dirección. Tal parecía que algo estaba por acontecer, así que,  sin más opciones, avanzó detrás de los demás. Las paredes, llenas de llamativos carteles gigantes de todos los colores y de todas las asignaturas. A la izquierda, podían apreciarse los de matemática: Ecuaciones de primer grado, lenguaje simbólico, cálculos combinados, el teorema de pitágoras –que no pertenecía a él, pero ridiculamente llevaba su nombre-. A la derecha, se encontraba todo lo relacionado con la historia: La primera guerra mundial, la segunda guerra mundial, la guerra fría, la guerra de vietnam, incluso las malvinas. Nicolás siempre había pensado de que la historia de la humanidad, incluso desde su primitivo origen, se resumía en absurdas guerras catastróficas. Tal era así que uno podría saltearse todos los demás acontecimientos y aún así no se estaría perdiendo de nada.

Cuando se unió al tumulto, pudo observar a uno de los profesores pronunciando algunas palabras que no escuchó pero que, seguramente, hacían referencia a la apertura del evento. ‘’Muestra de fin de año’’. ¡Qué mentira más grande!.

Al darse cuenta, sus alrededores estaban relativamente más vacíos en comparación con lo que lo estaban hacía unos instantes atrás. Así que aprovechó para avanzar entre la gente. Desesperado, desplazaba su mirada hacia todas las direcciones posibles en busca de aquella desgastada pero bendita mesa. Sin embargo, por más que esforzara inútilmente su visión, no servía de nada. ‘’¿Es que llegué muy temprano?’’, no, claro que no. La única posibilidad era que la mesa estuviera oculta, sólo debía seguir caminando. Seguramente era cuestión de tiempo.

Tal como lo sospechaba, después de unos instantes de perseverancia logró encontrarla. Sonrió complacido al comprobar que estaba en lo cierto, y entonces se atrevió a levantar la vista hacia ella: Sus ojos no tardaron en encontrarse, aunque él sabía que se estaban mirando por motivos diferentes. Ella, seguramente lo maldecía mientras lo miraba, producto de su odiosa costumbre por llegar tarde a todos lados. Mientras tanto, él la bendecía, tal como lo había hecho desde que tenía uso de razón.

Antes de que pudiese reaccionar, estaba ya frente a ella y sus dos compañeros. Los saludó timidamente, aceptó cada una de las represalias que tenían contra él, y se sentó al lado de Agustin, quien no tardó en comenzar a hablarle sobre alguna problemática mundial. Mas ese día, la mente de Nicolás estaba en otro lado. Había aceptado felizmente asistir al evento, aunque no lo había hecho por el entusiasmo que le provocaba transmitir su conocimiento a los demás, sino que lo hacía porque así podía estar más cerca de ella.

La había amado desde el segundo grado, cuando la vió aparecer en las puertas de su salón como una chica tímida que con nadie hablaba y a nadie conocía. Desde entonces cada esfuerzo que él ejercía para hacerse notar, los cuales por cierto eran en vano, le correspondían a ella. Poco le importaba que la señorita se enterara de su existencia o que sus compañeros lo invitaran a jugar a la pelota, su único interés era que ella supiera que existía. Su único anhelo era posar sus labios sobre los de ella. E incluso con el paso del tiempo aquella aspiración se mantuvo- aunque lógicamente luego fue evolucionando en algo más vulgar, algo típico que sucede cuando entramos en la adolescencia y perdemos nuestra inocencia inicial- y  si bien nunca le dijo nada, moría por decirle todo. Siempre había querido hacerlo, pero ni en la primaria, y mucho menos en la secundaria, fue capaz de iniciar si quiera la más imperceptible de las insinuaciones.

 De tal forma que había dejado pasar el tiempo, y ya ambos estaban en el último año, en la última semana de clases. Esa pequeña transición entre el fin de la vida escolar y el lamentable, o afortunado, inicio a la vida laboral. Muchas veces la había ayudado con su tarea, o le había pasado la respuesta de algún exámen, pero su relación no era muy sólida. En realidad, apenas había una relación: Esa relación minima que se puede tener entre compañeros que compartieron once años juntos y que jamás cruzaron palabras fuera de aquel establecimiento que compartían en común, Nicolás la había visto muchas veces fuera del colegio, pero jamás se había animado a hablarle.  Y hoy, pagaba factura por eso.

Se traba de su última oportunidad, debía armarse con el valor que no había tenido durante todos esos años para confesarle sus sentimientos. Pero pensándolo bien, ¿para qué hacerlo?. ¿Cuáles eran, de todas formas, las probabilidades de que ella sintiera lo mismo?. Posiblemente ningunas, de hecho seguramente sería rechazado con alguna mentira cortés. Y entonces jamás la volvería a ver. Y entonces su mundo, su retorcido mundo que había construido durante tantos años a partir de alguna inocente sonrisa, se vería derrumbado por unas cuantas palabras. Como una formidable casa de naipes que se construye durante años, y que sin embargo es derribada en un santiamén por el implacable viento del sur.

Volvió a la realidad cuando Agustín se le quedó mirando, por lo que advirtió que estaba esperando alguna clase de respuesta a su pregunta, la cual obviamente no había escuchado. Temiendo no acertar con las palabras adecuadas, pronunció:

-Sí, estoy completamente de acuerdo.

Agustín sonrió satisfecho y continuó hablando, quizás durante veinte minutos más.  Entonces, posiblemente cansado de no tener nadie con quien discutir, se levantó y se fue por ahí.

Nicolás aprovechó la situación y se pasó a su asiento, el cual casualmente estaba justo al lado de ella. Estaba sonriendo hablando con quien, él sabía, era su mejor amiga. Y entonces lo que esperaba sucedió, la amiga comentó que iba al baño y no tardó mucho más en retirarse. Fue entonces cuando ella se giró hacia él, dispuesta a iniciar alguna de esas conversaciones insignificantes que se tienen con uno de tus compañeros de curso. Y así transucurrió, durante aproximadamente cinco minutos. Entonces el atroz silencio gobernó, y después de que Nicolás añadiera una estúpidez, la charla duró aproximadamente diez minutos más. Hasta que se hizo insostenible y Agustín llegó al rescate.

Sorpresivamente, el patán se puso a dialogar con ella.  Hablaron sobre la música, las primeras veces, el alcohol, las drogas, y el cigarillo (que no necesariamente entra en esta última categoría, pese a la opinión de Nicolás). Llegado a un punto, la conversación tomó un camino muy peligroso, del cual no volvió. El malnacido la había invitado a salir.

Se sintió invadido por una furia asesina.

Observaba pues, incrédulo, el catastrófico escenario que se presentaba ante sus ojos. Escenario que nunca antes se había atrevido a considerar, y mucho menos a analizar por la sencilla razón de que alguien como ella nada podría tener con Agustín. Sin embargo, realmente la había invitado a salir. Y entonces un tumultoso pensamiento fue apareciéndose en su mente ¿Qué tan bien la conocía realmente?. Aunque sostenía estar enamorado, poco sabía de su verdadera personalidad. Enténdiendose por verdadera a aquel comportamiento que, además de imaginarlo como solía hacer en sus ratos libres, también hubiera podido verificar en la realidad con algún hecho veraz. Es decir, algo real, sólido, y no una simple suposición basada en conjeturas sin fundamentos. Si las cosas se pensaban de esa manera, solamente restaba una sola, y terrible, conclusión: No la conocía en lo más minimo. Y lo que era aún peor, en ese caso, quizás en la intimidad, su auténtica faceta, podía llegar a asemejarse más a Agustín que al propio Nicolás: Detrás de esa mirada angelical, de esa sonrisa llena de la bondad más pura, de esa luz que destacaba incluso cuando todas las demás luces danzaban en su máximo esplendor, de ese hermoso ser humano que había asegurado amar sin medida desde hacía años atrás, quizás se encontraba el más horroroso y superficial monstruo. ¡En ese caso alguien cómo ella tendría muchísimas cosas que hablar con alguien como Agustín, diablos, incluso parecerían creados en el mismo putréfacto molde!.

Empalideció, se aterró de solo imaginar esa remota posibilidad que lentamente comenzaba a esgrimirse como una verdad absoluta. Y volvió a la vida cuando escuchó como aquel grotesco pseudo adolescente era rechazado de la forma más moralmente correcta posible pues así era ella. Nicolás lamentó haberlo dudado. 

Gobernaba el típico silencio que caracterisa esa clase de acontecimientos cuando se transita por ese humillante epílogo, causa que obedeció a la violenta huida de Agustín. Nicolás suspiro aliviado, sintió que volvía a tener el control de la situación (Pese a que naturalmente, sabía que no lo tendría por mucho tiempo más). Cuando se quiso dar cuenta, ella lo estaba mirando, exijiendole algún comentario al respecto de la tragicomedia que recién se había paplitado. Sin embargo no atinó a decir ninguna palabra, por lo cual ella habló.

-Yo jamás saldría con alguien como Agustín.

¡Y lo sabía!. Claro que lo sabía, en aquella oportunidad dejó pasar aquel sutil comentario, sin advertir en lo más minimo su verdadero mensaje. Naturalmente, luego la amiga volvió y también Agustín, y la situación inicial volvió a repetirse: Allí estaban ellos cuatro, delante de una mesa, exhibiendo y explicándole a cualquier infeliz trivialidades sobre Karl Marx. (¡A quién le importa cuántos hijos tuvo ese maldito viejo!, pensaba con rabia Nicolás). Pero afortunadamente, en uno de esos repentinos momentos de lucidez que asaltan a uno cuando menos se lo espera, comenzó a analizar, destrozar y formular completamente las palabras que había escuchado hacía unos minutos atrás. Es decir, estaba claro que ella jamás saldría con alguien con Agustín ¿pero por qué se lo diría? ¿para qué? ¿qué esperaba conseguir con aquellas palabras?. No importaba como lo pensara, todos los caminos conducían al mismo callejón soñado:

¡Ella también lo quería!.

En cualquier caso, sólo había una forma de averiguarlo y esa era arriesgandolo todo con la confesión que en infinitas oportunidades había dado vida en los vastos dominios de su mente. Durante años, aquellos momentos ficticios habían tenido miles de finales, finales hipotéticos y de los más variados: Felices, tristes, agridulces, amargos, horrendos, atroces, sangrientos, implacables, abominables, repugnantes, desesperanzadores, etcétera. ¡Pero ninguno de ellos había pasado en realidad, se caracterizaban por ser meras invenciones!. Ninguno podía asemejarse a la inconcebible realidad. Fuera como fuere, el tiempo estaba contado y no podía seguir imaginando absurdamente finales que jamás se concretarían.

Tan contado estaba el tiempo, que cuando se quiso dar cuenta, estaba ya de cara en la calle. La jornada había terminado y todos marchaban, felices o miserables, hacia sus casas. Todos a excepción de Nicolás, que observaba con anciosa presición la bendita puerta de donde ella saldría.

Y salió.

Caminaba con su particular elegancia, en soledad y completamente astraída. Nicolás se preguntó que estaría pasando por su cabeza, alegrándose ingenuamente de pensar que tal vez, estaría pensando en él. Sin saber que diablos era lo que iba a decir, caminó detrás de ella durante un lapso eterno. Se sentía como uno de esos acosadores característicos de las películas de terror que se transmitían por televisión durante los especiales de Halloween, y absurdamente llegó a comprenderlos.

De pronto, se detuvo bruscamente y se volteó a mirarlo. Parecía sorprendida, aunque tenía la impresión de que sabía que la había estado siguiendo desde que la vió salir.

El cuerpo de Nicolás se estremeció y después sencillamente se paralizó. Allí estaba ella, mirándole. Y ahí estaba él, experimentando aquel explosivo fuego sobre su estomago, hecho un caos de ideas, sentimientos y explosiones por dentro, y sin embargo, incapaz de decirle alguna palabra que demostrara sus sentimientos, sus confidentes sentimientos.

Le dijo que esperaba verla al día siguiente en el colegio,  entonces ella le recordó que era el último día del año y le sonrió. Fue extraño, pero sintió que en aquella oportunidad, a diferencia de las otras ocasiones, esa sonrisa estaba pura y exclusivamente destinada a él. Acabado el breve intercambio de palabras, ambos se dieron media vuelta y marcharon por caminos opuestos.

¡Si supieras cuanto te amo! (Se atrevía a pensar, impotente, Nicolás).

En todo caso, había perdido una oportunidad de oro.

 

 

 

 

 

 

 

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