cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

12 min
UNA PERSONA ILUMINANDO EL MUNDO
Fantasía |
24.01.12
  • 4
  • 4
  • 5834
Sinopsis

El amor que nace de la comprensión se vuelve fantasía por los sentimientos indescriptibles que nacen, por eso es fantasia. Dedicado a Buckowski, que con mujeres y vino descanse. Y a Claudia Burk, un descubrimiento increible, como los sentimientos.

Caminaba anoche, abierta madrugada, en busca de algún sitio dónde quisieran servirme una copa, cuando después de adentrarme sin conocer en un barrio maloliente y perdido de la ciudad y al cruzar una esquina encharcada de orines, observe una especie de resplandor, cegador haz amarillento, que se alejaba lentamente por el otro lado de la acera. Quede quieto pensando que, si mi paseo se debía a la abstemia no podría estar borracho, y que sin escribir nada en el último mes mi atrofiada vista no estaría al menos emborronada; por lo tanto, aquella iluminada visión estaba más cerca de la realidad que del sueño alcoholizado o la pronta ceguera. Por un momento la curiosidad pudo con la sed, y cruzando la oscura calle trate de perseguir con la propia cautela que las amarillentas hojas de novela negra deberían haberme enseñado. Aquella mancha finita alumbraba su porción de recorrido a medida que avanzaba, o deslizaba pués, aparentemente pasos o vaivén no distinguía en la distancia. La prolongación de luz se apreciaba en el contorno, amaneciendo el suelo y las fachadas y la chapa de los coches en su proximidad. Era como si una pequeña parte del día se hubiese perdido al empezar la noche, vagabundeando sin consuelo ni destino en un mundo al que no pertenece, sólo con la esperanza de que el tiempo avanzase sin ningún impedimento. Perseguí durante calles y plazas desiertas a la cegadora, tal vez horas, y en ese lapso sólo pude llegar a dos conclusiones y a una teoría: que erraba sin rumbo ni descanso y, que no sabía que demonios era aquella cosa. Y no sé cuál de las dos me hartaban más. Al menos tenía una teoría en mente aunque kilómetros de pensamiento y deducción me habían costado. Decidí, dado mi temor y la cobardía que la sobriedad me otorgaba, que intentaría poner en practica mi descubrimiento para intentar vislumbrar el milagro de cerca y tal vez asombrarme con la respuesta de aquel estertor, o simplemente desfallecer de nuevo en un acto de mi vida y volver derrotado a dónde los perdedores se sienten superiores, en estado etílico pronunciado. Teoría: aquel derroche de energía deslizaba siempre hacia delante, sin detenerse ni titubear, sin pararse ni girarse hacia su estela por si la sospecha de alguna mirada curiosa o furtiva amenaza. Acabada la pesquisa de la persecución y observando todos los movimientos, llego cierto momento de satisfacción al comprobar que cada vez que llegaba a una esquina de la calle, tomaba primero la dirección de su derecha, continuaba su paseo sin interrupción y cuando divisaba ante su resplandor una nueva esquina o cruce, giraba hacía la izquierda. Recto, derecha, recto, izquierda, recto, derecha, recto y después, izquierda. Así sucesivamente, así continuamente, siempre. Cuando descubrí aquello, algo, no sabría describir el qué, recorrió mi cuerpo como si de corriente estuviera alimentado y pensé primero antes de dudar como costumbre y oxigeno de mi existencia, que tal vez esta vida, mi cruel y apática y opaca vida, llegaba a su fin de espera, siempre pensaba en la transición de la vida como aprendizaje para cierta prueba final. Y creí aquella muestra de luz como la educación que no quise, y el valor para afrontar aquella respuesta que me sería descubierta como la prueba definitiva. Y trague saliva al odiarme, pensar que la vida era algo más onírico que nacer asustado y morir solo, comer y cagar y follar y evitar que te den por culo... y recordé que no había bebido más que mi propia saliva durante horas. Decidí poner en práctica mis pensamientos y acabar de una vez por todas con el aburrimiento de la vida y la espera y la indecisión y la curiosidad. La madrugada alimentaba la grandeza de la soledad esplendorosa y aunque nadie la observaba, ella, la noche, irradiaba oscuridad con cierto odio, pues una pequeña mancha le recorría el vómito negro alumbrando su vigilia. Cuando aquel milagro blanco y amarillo y haces como cuchillas y chispas de fuego quieto y explosión de vida por que la luz es sentimiento, cuando hubo girado la esquina hacia la derecha, arranque los miedos y el humor de los pulmones y el corazón grito de horror y las piernas se endurecieron y pesaron como pilones de hormigón hasta que quede escondido y acurrucado en la supuesta esquina en la que dentro de un par de minutos, y según mis cálculos y las novelas roídas y mi destino indicaban que tropezaría y vislumbraría mi esquizofrenia o un nuevo error. Recorrí mentalmente su camino recto, izquierda, recto, derecha y final de trayecto. Y comienzo del mío. Tan envalentonado sentía el latir del corazón que no repare en el peligro y en la cobardía y la indecisión que rebosaba en aquel vaso que era mi existencia. Necesitaba unas copas para pensar en ello, pero ya era tarde. Las cuatro de la mañana y era tarde. Poco a poco la acera y las farolas y la chapa abollada de aquel coche comenzaron a recoger el testigo del amanecer que desliza sin mirar hacía atrás, por saber imposible de alguna mirada indiscreta. El retrovisor se fue iluminando más y más, hasta llegar el momento que parecía un foco en sí mismo. Apenas le separaban metros de la esquina y comenzaron mis dudas existenciales: no tenía decidido si quedar allí escondido o asaltar el milagro llameante. Tal vez con sofocar la duda de su procedencia y acallar las propias tuviera suficiente en aquel momento. O no. La luz ya se perdía descontroladamente por alrededor, rayos cítricos y relámpagos silenciosos, haces de energía afilados y corolas refulgentes de amor u odio, de esperanza y horror a partes iguales hasta...

-¡Un momento, espera!- le grité en silencio, apocado, acallada la voz por el nervio y las consecuencias, ojos cerrados a la evidencia y espíritu cegado por la cobardía, solo aspiraba a mirar mis zapatos sucios... Note en mi cara y el cuerpo como aquella potencia apuntaba directamente sobre mí, adentrando su energía por mi piel, alumbrando el alma y calentando un corazón triste pero sosegado. Se había detenido pero se mantenía en silencio. Quise mirar allí, o abalanzarme a su interior con un abrazo infinito y ser cobijado por aquel amor que desprendía, pero sin alcoholizarme era incapaz. Necesitaba una copa.

-¿Quién eres?- Me dijo una voz de mujer. Suave, aterciopelada, cándida. Por momentos, a cada exhalación suya sentía que de su aliento brotaba olor a frutas. (“Quién”, melosa sandía; “Eres”, tiernas fresas; Expiración, dulce almíbar) Un día escribiré que la voz de la luz es una sonata primaveral con sabor a macedonia.
-Soy nadie... no. No soy nadie- le respondí. Mi aliento apestaba a podredumbre e infección.
-¿Y qué quieres?- (Tiernas peras)
-Quiero mirarte, pero...
-¿Pero...? – (Jugosas mandarinas)
-Tengo una duda. No sé si debo o no; no sé si puedo o no hacerlo- Y a continuación de mi alumbrada estupidez sentí como unos finos y ardientes dedos levantaban mi barbilla y autoestima, deslumbrando y enrojeciendo el interior de los párpados que apretaba con fuerza por no querer ver, por no decir miedo. Quise sin fuerzas bajar la mirada ciega, derrumbar la faz y el temor y el pudor, pero aquellos dedos resistían con franqueza.
-Hazlo sin miedo. Todos lo hacen... – (piña, uva, melocotones...) Y levante los párpados y la luz se hizo. Primero cegadora, luego reveladora, después celestial. Tenía cara, si, y ojos y nariz y labios carnosos como la fruta de su aliento, y ahí radica el consuelo. Era una mujer, cierto, pero hermosa dónde nunca nadie habia osado a imaginar ni dibujar ni soñar. Facciones perfectas y curvas invisibles y pura deidad y belleza indescriptible. Era la cosa más fantástica que había visto nunca. Pensaba en la desigualdad y no en la discriminación, en la suerte y no en el gafe, en los ojos perfectos y en el cuello y en el tacto de sus dedos. Sin duda aquel venusto cuerpo, aquella bella osadía era atemporal a este mundo. La luz... la luz brotaba sin herida por las vestiduras, como si los estertores formaran parte del vestuario. Una vez acomodada la vista a la borrachera sensorial no pude más que esperar el paso del tiempo, agachando de nuevo la mirada, enrojecido de sofoco y vergüenza y odio por la fealdad. Y este espacio me permitió sentir como comenzó a sollozar primero, tierna, pequeñas gotas de luz caían de sus ojos como cometas surcan el espacio frío, lágrimas de dolor sin razón que herían mi cuerpo por culpable sin crimen.

-¿Porqué lloras, mujer hermosa?-
-Por que tengo que hacerlo. Por que todos lo hacéis-
-¿Qué he hecho? Sólo he mirado a la perfección. ¿Quién puede ser capaz de herir un don tan deslumbrante y hermoso?-
-Precisamente. La conciencia de esta belleza de la que hablas. De que sirve la perfección de la hermosura si nadie es capaz de verla como tal, para que quiero estos ojos si solo ven miradas que afligidas caen pesadas al suelo, para que quiero este don si nadie puede contemplarlo. Por eso camino de noche. Mi verdadera hermosura sólo ilumina el vacio que nadie quiere ver.

Quedé prendado, más incluso que aquella visión, el escuchar un sonido tierno y sentimental, quejoso por el mundo que no aprecia lo hermoso y que desperdicia los placeres de la vida con el bajar ruin de una mirada.

-No puedes- le dije, mirando fijamente un punto en concreto de sus ojos, evitando su interior – No debes privar al mundo del milagro. Es un crimen... – Pensaba en el amor perdido, en el amor que nunca llega.
-Crimen es mostrarle riqueza al pobre, al hambriento. Vanagloriarse de lo que el otro no posee-
-El mundo debería postrarse ante el milagro que ilumina la oscuridad y desprende aroma a frutas cuando respira- le dije, amarrándole las manos. Pensaba en la vida, en el futuro, en los hijos e hijas de dioses griegos, en la envidia, en el vino barato servido por una mano perfecta. Pensaba en los recibos de luz que debía al banco.
-Mí aliento - me dijo, soltando mis manos de las suyas – es fruto del chicle, no de tu desesperación-
-Y la luz que desprendes – le volví a decir mientras me arrodillaba en el suelo. Mi aliento apestaba, pero no a desesperación.
-Es sólo hermosura. Irradio belleza y ahí radica mi pesar. Duro resulta el caminar a plena luz del día cuando hasta lascivos e impertinentes me giran como si peste fuera. La oscuridad sólo confirma que mi carga es sobrehumana e innecesaria en este mundo-
-Me he enamorado de ti y de tu olor y de lo que irradias. Te quiero-
-Yo amo tu fealdad- Me respondió. Me pregunte si realmente era tan feo pero no obtuve respuesta, tal vez era hermosamente monstruoso y solo recordaba mi cara al levantarme con resaca.
-Lo sé – respondí – Estamos hechos el uno para el otro. Yo poseo lo que nunca podrás tener, y tú tienes lo que deseo poseer. Terminemos nuestra desgraciada vida juntos-.
-¡No...! No sabes lo que dices. Y no comprendes lo que quiero decir. Tu fealdad es la libertad que yo anhelo. Es mi pesar y no debo compartirlo. Sería injusto-
-Tú, bonita, no tienes ni idea de lo que significa injusto. Yo invente esa palabra-
-Lo siento, pero no puedo. No te conviene. La perfección es mi carga y debo llevarla sola-
-Yo puedo ayudarte... – Y le acaricie la cara en símbolo de protesta. Mis dedos duros y sucios por aquel suave envoltorio. Ella apartó de nuevo mis manos y se marcho lentamente, no andando, surcando el suelo, alumbrando con su belleza la oscura noche. Si, una mujer, una persona iluminando el mundo con la hermosura y perfección que nos había robado al resto de la humanidad. Pensé, mientras observaba como mis dedos perdían el fulgor que habían adquirido al rozarle la mejilla, que nadie creería que había visto a la mujer más hermosa de la tierra. Los pocos borrachos que creyesen mis palabras recordarían las fotografías y las ensoñaciones de actrices antiguas, eternamente hermosas que envejecieron como ellos, colgadas, olvidadas y en blanco y negro; los muchos infelices que se mofaran de mi desgracia pensarían, de vuelta a sus casas, en cualquiera que no fuese su mujer.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 47
  • 4.54
  • 154

ir descalzo, café y cigarro, el frio abrigado, la lluvia, la mirada, otro café con cigarrillo por favor, los gatos y en especial las gatas aunque renieguen de serlo, los folios nuevos,

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta