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12 min
VII Lucinda, un soplo de brisa agradable
Varios |
15.09.21
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Sinopsis

 

En ocasiones, el padre de Luigi se hacía acompañar de su hijo, cuando salía a trotar caminos con rumbo a algún lejano alberge de tolerancia. El más asiduo era regentado por un amigo o ex compañero de trabajo. Una casa de frente muy largo. Tenía al lado izquierdo una puerta  para recibir los carros de visitantes y los camiones para abastecer el negocio. Del lado derecho se corrían seis ventanas de madera grande y ancha, con postigos abiertos para ventilar la sudoración de los cuerpos que se revolcaban en cada habitación. Ese recorrido de ida y vuelta aquí a esa fachada desnuda de movimiento, era una distracción del joven Luigi. Cansaba hacer el papel de monje de su padre y sus amigos en el Bar.

El fin de semana anterior al encuentro con la humanidad de Lucinda, la llegada fue recibida por las cortesanas del lugar con alegría y entusiasmo:

—Llegaron los petroleros de la refinería   

Una vez allí, ocupaban los rústicos bancos de madera al pie de la barra donde servían las rondas. Al parecer había una especie de acuerdo porque las chicas no los acompañaban en la barra como se acostumbra. Se sentaban en unos muebles de madera en un pequeño salón separado del bar por una cortina de hilos coloreados por cuentas de plástico. En ocasiones, Luis se preguntaba ingenuamente el por qué a veces veía un hombre hablando con alguna de ellas y al voltear con discreción y regresar la mirada, habían desaparecido. Hasta que su viveza despertó. Sucedió, cuando le dieron para comprase un snowball o cepillado. Se encontraba con su vaso sorbiendo el hielo caramelizado cerca de la barra. Una de las chicas abrió la cortina, lo vio y se levantó su falda sin calzones abajo:

— ¿Ese lindo jovencito estará listo para una mermelada como ésta?

El padre inició un follón, ignorante de que co Nancy, Luigi había tenido su primera experiencia sexual en la Hacienda Paraíso Al retenerlo para calmar el disgusto, lo convencieron de darle oportunidad al joven de liarse con una mujer. Las lecciones  tomadas con una mujer experimentada, le permitieron  responder a las señales que trasmitía Lucinda, cuando preparando las rondas de cervezas en la cocina, percibía impulsos eléctricos provenientes de sus palabras y roces.


Lucinda una descendiente de la tribu wayuu, era esposa de Juan Cayupa, un obrero de la empresa petrolera, que cumplía trabajo en guardias diurnas y nocturnas. De unos veinticuatro años, Lucinda lucía un moreno azucarado. Era alta y de rasgos finos, herencia quien sabe de un clan dominante. Una noche, Luigi tradujo las señales que emanaban de sus ojos y pliegues que escondían la voluptuosidad de sus labios. Entonces, sucedió que como a la una de la madrugada y sin ser navidad, se subió a un trineo desenfrenado que en loca carrera lo descarriló por lo infinito de los cielos.

 

Casi todos los sábados, jugadores y fanáticos formaban partidas de dominó en la bodega de la familia Silva. Pero era en la casa de Cayupa, donde unos  pocos compañeros de trabajo se citaban, más por ensalivar con la mirada a Lucinda, que jugar al dominó. Entre las incidencias del juego, se oían las  chanzas, chistes y risas de “trancao”, “mataron esa cochina”, “mal jugador” “ahora viene el bonito”. Y con regularidad “Lucinda, otra ronda de cerveza”. El papá de Gilbert más comedido por su fidelidad hogareña, se limitada a reír con serenidad. Le decía a su hijo, que le acompañaba a esas tertulias —Vaya y ayude a la señora con las cervezas—  Hasta que sucedió lo que le dejaron al destino en sus manos. 

Esa noche de sábado decembrino, Lucinda estuvo muy pendiente. Formaba parte de sus sueños. Notó la curiosidad disimulada pero ansiosa de Luigi que la buscaba solicito con la mirada. Era indicio de un despertar a la candidez de la edad. Y sucedió. Luigi acomodaba las botellas vacías en la caja. Ella se asomó al porche y midió cada segundo, cada milímetro de las posibles reacciones de los contrincantes. Una jugada requiría gran atención y análisis de los jugadores. Rápidamente regresó a la cocina.  Enderezó la posición inclinada que en ese momento Luigi tenía hacia la gavera de cervezas en el piso. Fue cuando lo abrazó para estampar en su boca un beso  adulto. Ensalivaron los paladares con un sabor azucarado. Pronto Lucinda se retiró con el aroma del pecado aún licuado en la boca.

— ¿Te gustó?

Con la angustia y el sofoco del beso que le produjo la congelación del aire en la laringe, atinó a decir: 

 —Sí, mucho

Luigi moldeo tantas veces y con tal afán el torso y espalda de Lucinda, que por muchos años llevó en la exudación de su cuerpo el aroma a caña dulce de su piel.

 

***
Al hilar historias de Lucinda en sus cuitas a la sombra de ese mundo íntimo que idealizaron, Luigi la recuerda como una indómita originaria del alto occidente del país. En su niñez ya resaltaba en su rostro los rasgos de una princesa indígena.  Pero la estrechez económica, la obligada a colaborar en las duras tareas agropecuarias que sostenían a la familia. Entre tunas cardones y cujíes, pastoreaba unas veces y en otras andaba por los campos del circunvecino clan familiar en búsqueda de granos y tubérculos. Casi siempre en compañía del también niño Juan Cayupa, quien formaba parte de una prole cercana a su vivienda.

 
Contaba ella que tenía diez años cuando bajando por una colina, sintió un dolor abdominal. El dolor debajo el ombligo la forzó a hincarse de rodillas. El instinto hizo que llevara las manos al eje embrionario. A solas sintió dolores de parto.  Invocando a sus dioses empezó a pujar y pujar, mientras sentía que su vientre se abría. Sus manos se llenaron de sangre al tomar el niño que brotaba de su ser. Luego perdió el conocimiento, mientras se transportaba a una increíble introspección de felicidad que radicada en su inconsciente. Ésta le rebotó al subconsciente. Fue cuando se vio en sueños con indefinición de la edad, acunando en sus brazos a un bebe blanco criollo. A su lado con borrosa imagen, un joven amoroso de cabellos castaños, bordeaba sus hombros. Jamás olvidó esa imagen del joven. Era una premonición.

Ese trance pasajero, le dejó como tarea encontrar la clave del punto donde convergen sol y luna para templar mente y espíritu  haciendo realidad los sueños. La crisis fue acompañada por la aparición de una disentería amebiana. Esta se diseminó y contagió sus intestinos, además de otros órganos del cuerpo. Estuvo tendida en una hamaca, postrada, desfigurada, casi al borde de la muerte. Fue sometida a baños de luna durante los diez años de convalecencia, Más  otro año de trecientos sesenta soles, doce lunas y una lluvia, que empleó para volver a nacer y pensar en ir lejos donde darle sentido a su vida. Dentro de sus tribulaciones siempre recibió el apoyo de su tío materno. Era quien ejercía la autoridad del clan familiar. A Él contó las vivencias de su catarsis espiritual. Su tío hizo la promesa de ayudarla si  sobrevivía a su estado agónico. Así, por años llevo cuentas de los pasos de sol y luna. Los pasos convergían en una estela donde sus alucinaciones nocturnas confluían en una estrella que apuntaba hacia el oriente del país. 

Convino con su amigo Juan en ir hacia el oriente del país y casarse sin necesidad de  aportar dote.  Su tío le había dado lo suficiente para comprar una vivienda y sobrevivir ambos por algún tiempo. Disponían de una recomendación para proveerse de un trabajo. Solo que Juan debía cumplir con lo acordado de respetar su castidad. Ella debía encontrar al joven que los dioses le habían señalado como padre de aquel hijo encubierto. La ventura dirigió a Juan hacia una refinería petrolera donde fue contratado. Lucinda empezaría a forjarse una mejor educación escolar.

 

***

Un día cualquiera recién a ese sábado por la noche, venían por una calle a paso ligero, Luigi y tres amigos. Habían terminado una partida de beisbol y se dirigían a jugar parelita con las barajas de jugadores de beisbol de la MBL.  Los cromos se compraban acompañadas de un chicle de hacer bombas en el Comisariato de la empresa. De repente, mientras los demás seguían en su carrera, Luigi se detuvo impávido. Las barajas de cartón que traía en las manos, cayeron zigzagueantes al suelo. La mujer que gravitaba en sus últimos sueños, ahora la veía en la misma posición y situación regando las matas del jardín. 

Al mismo tiempo, a ella se le volteó la vasija de agua que tenía en sus manos. Quedó rígida con la mirada fija en el joven. Alto y pelo castaño abundante, era mismo que había ocasionado su trance de hacía catorce años. Ahora regresaba a sus fantasías alucinadas tal como lo estaba viendo. 

Despertando de ese mágico realismo  y al continuar sus rutinas, se siguieron con la mirada.

Luego sus figuras desaparecieron del campo visual. Al soñarse en sus sueños mutuamente y verse igual en la realidad, convinieron al juntarse que  compartían una telepatía onírica de sueños lúcidos. El destino los había reunido para algo muy especial en la vida. Algo de lo que ella estaba consciente por sus creencias.

 

***
Al mes del primer encuentro Lucinda estaba embarazada. Lo supo a los dos meses en una consulta al hospital de la empresa.

Un día, a los cuatro meses, extrañamente Juan salió a realizar unas diligencias fuera del  perímetro de la ciudad. En una cita meridiana de ese día en casa de Lucinda, por la primera vez Luigi se movía alrededor de la cama sin temor a tropezar en la oscuridad. Debió ser un acuerdo entre esposos, al querer  Lucinda que Luigi sintiera los movimientos fetales del  bebe a la luz del día. La conexión con el feto, reflejaron a su tacto  un revolotear de mariposas. Luego, una o dos veces por semanas, Él  le transmitía al embrión sus afectos en besos y caricias, a  través de los pliegues del vientre de Lucinda.   

—No te encariñes ni lo asocies a tu proyecto de vida. En cualquier momento debo desaparecer de tu vida porque así está escrito. 

 

No imaginaba Luigi que esas palabras simbolizaban el borde del precipicio que lo separaría por siempre de ese su primer amor consumado. Tenía solo la pizca de catorce años. Días después, Lucinda había desparecido. La casa estaba en proceso de entrega. Juan fue transferido a una oficina petrolera en otra región del país.

 

*** 
Dos años más tarde, cuando Luigi cursaba el segundo de secundaria en el Colegio Pío XII  se presentaron Juan y Lucinda. Ella llevaba cargado a un bebe de dos años. Se saludaron y Luigi expresándole la bendición, recorrió con su mano el cuerpo del niño. Juan discretamente se alejó  a cierta distancia permitiendo la justificación de Lucinda.

—Por favor no digas nada, tengo miedo de que tu voz que aún atormenta mis sentidos pueda quebrantar lo que entiendes es mejor para los dos — colocó su índice a mitad de sus labios en señal de silencio y continuó —Obedeciendo a mis Dioses y por voluntad propia, te quise mucho. Tu silente amor estará siempre conmigo. Aún después que mi  espíritu tome el camino de la eternidad. De nuestro hijo no te preocupes, el llevará y vivirá mis sueños. Juan le dará su apellido y quizás tenga hermanos. Será un buen padre. Tiene buenos sentimientos porque fue capaz de entender y aceptar mis premoniciones espirituales.

Se acercó le dio un beso en la mejilla. Luego para reconocer y bendecir, le tendió al niño. Al recibirlo de nuevo, dieron la vuelta y se alejaron. 

Con nostalgia de adolescente, Luigi no dejaba de mirarla al alejarse. Lucinda con su atractivo andar marcaba aquella definitiva despedida. De repente, Ella volteó para brindarle la sonrisa de un adiós postrero. Luigi resistió a revivir la desnudez de aquel cuerpo, que muchas veces recorrió para excitarlo y adueñarse de su preciado tesoro. Ese retrato quedaría por siempre colgado a la puerta de sus recuerdos.

                   

Y así como llegó Lucinda a la vida de Luigi, envuelta en un soplo de brisa agradable, así entrañablemente desapareció, girando en ese infinito lleno de soles y lunas.

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  • "Un soplo de brisa agradable" con nombre de mujer: Lucinda... Las primeras experiencias aunadas al amor, suelen desaparecer temprano ,de la misma forma en que llegan, pero dejando un recuerdo eterno.... Así es la vida, lo bueno, suele durar poco... Me encantó la historia Eleachege, gracias por compartir. Feliz día!!
  • Sobre la quietud del esperanzador mar, se oyen ahora los murmullos lentos del movimiento de las olas al acercarse a la playa y la memoria se deja abandonar para llegar hasta mí, llena de recuerdos de mi querido abuelo. De aquellos días inolvidables de niñez que junto a él aún llevo arraigados en mi corazón. Me llaman Luigi, nací sumergido en el fondo del mar, donde floreció y evolucionó la vida. Sobreviví gracias a su ecosistema de respiraderos hidrotermales. Un día floté y alguien, quizás un delfín, me tomó de pasajero y luego me lanzó a la vera de un malecón. Una familia me acunó en su seno y vistieron mi desnudez social.

    Han transcurrido diez años para cuando mi regreso al país. Luego de bajar del avión y recoger el equipaje, me dirijo a la ciudad para el reencuentro con familiares y amigos. En el taxi, dentro de periódicos y revistas ilustradas, escojo un diario y mis ojos por casualidad rodaron hacia un obituario que reza: “Hoy se cumple un año más del sensible fallecimiento de…” Leí repetidamente todo su contenido, mientras el corazón aceleraba los latidos al recordarme ese escrito, a un amor que me dejo huellas imborrables en la adolescencia de un ayer.

    Su rostro ha vivido en mí por años. Estaba casada. Vecina de un amigo de infancia. Una noche se me acercó. Me encontraba solo bajo un poste de alumbrado frente a mi casa. Llevaba en brazos una niña, quizás su hija. No recuerdo nada más porque a lo mejor no sucedió nada más. Yo tenía diez años. Estaba obsesionado por escribir acerca de Ella. Rompí muchos esbozos. Las últimas lecturas de Proust, Faulkner, Salter, García Márquez, Aline Pettersson, María Luisa Bombal, Filiberto Hernández y otros, me ayudaron en la narrativa.

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