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5 min
Vacaciones prolongadas
Reales |
13.08.15
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Sinopsis

¿Cuantas veces habéis silenciado a la conciencia para buscar la solución más fácil? La realidad siempre supera a la ficción.

El sonido de las olas del mar empuja las voces de los niños hasta el paseo marítimo, la brisa atrae la sal hasta la cara de los habitantes de la zona para que conozcan la vejez prematura de la bahía. El sol golpea con fuerza sobre la cabeza despoblada de un hombre que mira fijamente la playa, a sus pies un pequeño perro aprovecha la sombra de una palmera cercana.

No importa que el noticiario informe de la ola de calor o que recomiende que una botella de agua tenga que ser la fiel compañera de viajes del bañista, no importa que la gente pase a su lado sombrilla en mano para disfrutar del Mare Nostrum. Ni siquiera su fiel compañero parece estar pendiente de los niños que lo señalan con curiosidad o de los adolescentes que se ríen de su corte pelo tan peculiar: el horizonte es su única preocupación
 
Un hombre de alto tallaje descubre a esta figura, transporta sus más de cien kilos de forma sigilosa para darle un pequeño susto. El perro se percata de la presencia de esta persona y comienza a mover el rabo para expresar su sentimiento de felicidad, el hombre lo mira y le señala con el dedo que se mantenga en silencio. Poco a poco se acerca y aprieta los hombros de su amigo con fuerza.

Para sorpresa del gigantón, la respuesta a su pequeña travesura es un simple gesto con los hombros y el giro de su cabeza para ver quien importunaba su tranquilidad.
 
—    ¿Tomás? Pregunta mientras tapa el sol con su mano.

—    Soy yo Felipe. ¿Qué coño haces que ni siquiera te has asustado? Dice mientras acaricia al pequeño perro.

—    Pensando.

—    ¿Pensando? Pregunta el gigantón con el perro entre los brazos.

—    Más bien, creo que estoy disfrutando de mis últimos días entre los vivos.
 
Tomás deja el perro en el suelo con sumo cuidado y le acaricia tras las orejas para que se tranquilice. Una ternura que parece extraña a los desconocidos, ya que Tomás mide más de 1,90 de altura y sus más de 100 kilos de pesos están adornados con diferentes tatuajes.
 
—    ¿Qué te pasa tío?

—    Nada grave, no estoy enfermo si es lo que insinúas.

—    ¿No estarás pensando en suicidarte? — dice Tomás mientras se agacha para situarse a la altura de Felipe — te doy dos hostias que te espabilo de golpe.
 
—    Esa opción la dejé de lado hace unos meses, no me gustaría que mi pequeño Enzo muriera de tristeza. Creo que es algo que nunca me perdonaría.

—    ¿Entonces?

—    ¿Te acuerdas de lo que te comenté hace unos meses?
 
Tomás se sienta en el banco junto a su amigo, el pequeño Enzo salta sobre sus rodillas y se acurruca junto a su barriga en busca de caricias y más mimos. El grandullón posa su mano sobre su mentón y piensa detenidamente su próxima respuesta.
 
—    Lo último que me comentaste es que te habían echado de la fábrica después de aguantar más de seis meses sin cobrar. Creo recordar que me lo dijiste en el bar de Antonio durante el último partido de liga.

—    Exacto — dice Felipe mientras se levanta y estira las piernas — siempre me ha sorprendido tu memoria.

—    Me viene de familia, mi padre y mi abuelo siempre tuvieron una memoria excelente.

—    Pues un amigo me vio demasiado agobiado y me comentó un negocio para sacar un dinerillo y pagar la hipoteca.

—    No me jodas…

—    Si te jodo.
 
Felipe apoya sus manos en el muro que separa el paseo de la playa, suspira profundamente, se gira y enseña una carta a su amigo. Tomás lee detenidamente el contenido de la carta y se la devuelve. Antes de que le diera tiempo a decir nada, Felipe le agarra por los hombros.
 
—    No me digas nadas.

—    Pero…

—    Toda la culpa es mía. Interrumpe Felipe a su amigo.

—    ¿La cárcel es muy chunga tío?

—    Lo sé, pero no sabía qué hacer.

—    Siempre hay una solución para todo tío ¿Cómo se te ocurrió hacer eso?
 
—    Estaba desesperado, no encontraba trabajo y las facturas se amontonaba peligrosamente.
 
Enzo comienza a ladrar de forma desesperada, los dos protagonistas giran la cabeza y ven a una anciana que se acerca apoyada en su bastón. Felipe golpea con su codo a Tomás en el costado y le susurra que no diga nada, su madre no sabe nada de lo acontecido y no quiere preocuparla para que no se agrave su enfermedad.

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