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9 min
VALE LA PENA
Reales |
31.03.12
  • 5
  • 1
  • 2023
Sinopsis

"Lloraba mientras sus dedos acariciaban la recién afeitada piel..."

El Hermoso entró corriendo en la caravana. No necesitaba girarse para saber que la habían perseguido y ante la imposibilidad de desaparecer, cerró la puerta con tal violencia que el marco de arriba cayó al suelo. Sólo después de correr el pestillo pudo coger aliento. Al mirar desolada al suelo comprobó el origen de la desgracia y su consecuencia. Tenía un rasguño en uno de sus pechos, que sudoroso se balanceaba al son de la respiración. Intento colocárselo de nuevo dentro del sujetador pero el aro estaba roto y apenas si se mantenía a cobijo. Se miró la mano hinchada. Aún quedaban restos de sangre pero bien sabía que no era suya, es más, se sorprendió no encontrar ningún diente incrustado en los nudillos. Por supuesto no se arrepentía. Estaba acostumbrada en su trabajo a encontrarse cerdos de cualquier tipo que acudían borrachos y con crisis existencial a dilapidar el jornal del trabajo en el circo, tal vez huyendo de sus esposas por tener que dar la cara diariamente. El mal sentimiento le surgía de más adentro, tal vez la desgraciada vida había tocado fondo, y el camino por el que la dirigía no tenía destino. Poco a poco, la gravedad y el volumen del cuelgue obraron sin temor, rompiendo definitivamente el sujetador y dejando de nuevo al descubierto aquel enorme pecho. El Hermoso gimoteaba. Todo se desmorona, pensó, y no sólo mi vida. Se llevo las manos a la cara y rompió a llorar. Segundos después unos puñetazos tambalearon de nuevo la puerta.

 

-¡Sé que estás ahí! ¡Abre!-

-Déjame en paz- respondió balbuciendo mientras vaciaba los restos de una botella de ginebra.

-Por Dios... estaban borrachos. No les hagas caso-

-Déjame sola-

-¡Tienes que volver a salir!- de nuevo puñetazos – La gente te quiere ver a ti. Gastan los malditos ahorros sólo para verte, no les defraudes Sally. Por favor, hazlo por mí. Sabes bien que el negocio depende de ti. No conviertas este malentendido en mi ruina-

-Sólo te preocupa tú maldito negocio. Yo no te importo una mierda-

-No digas eso. Eres la única por la que estoy todavía en esto. Ya sabes que es una mala época, el negocio no marcha bien. Dependemos de tú espectáculo... eres la razón por la que esta gente pague dinero cuando apenas tienen lo que comer-

-Pagan cuatro monedas de mierda para reírse de mí, no para verme. Me tratan como un bicho. Y tú... para ti sólo soy una fotografía de la que enorgulleces mostrar a tus amigos borrachos. Estoy cansada de esto. Déjame en paz-

-¡Sal de una puta vez! ¡Para eso te pago!... Todos tenemos problemas... Yo te pago para que te olvides de tus problemas y ellos me pagan para olvidarse de los suyos... me escuchas... Sally... ¡Sally, marimacho del demonio. Tienes diez minutos! Si no sales considérate despedida. ¡Me oyes, despedida! ¡Tú y tus prejuicios y... y tus pelos a la puta calle!- de nuevo emprendió con puñetazos y patadas con la puerta, entreabriéndola a cada golpe. El Hermoso se acercó corriendo y respondió con los mismos golpes, simbolizando un extraño combate de boxeo. Golpeaba y gritaba descontrolada. Cuando quedaron sin fuerzas, la rabia por un lado y el rencor por otro cejaron en su empeño. Su contrincante bajo los brazos derrotado y mientras ya pensaba en el fiasco y en las deudas y en los bancos del parque se fue alejando de la caravana mientras dejó escapar el último aliento de esperanza, amenazando de nuevo aunque sin ninguna convicción- ¡Diez minutos cariño! ¡O a la puta calle engendro del diablo!-

Sally apoyó su espalda con la puerta y fue resbalando hasta quedar sentada en el suelo. Enfrente, descolgado por uno de los lados, un enorme póster de sus actuaciones felices, aquellas que le dieron la fama por todo el mundo, aquellas que el paso del tiempo han ido borrando. Posaba sin sujetador, y aunque el pelo lo tenía recogido dentro de una gran pamela blanca, la larga y rizada barba tapaba estratégicamente ambos pezones. Acabo de un sorbo lo que quedaba en la botella y la arrojo con fuerza contra su juventud. La juventud de Sally no se inmuto, siguió posando a pesar del golpe con la misma sonrisa, con el mismo descaro. Sally se levanto y se acerco a una mesa repleta de productos de maquillaje e higiene. Sé sentó en la silla y fijo la mirada en la suya, reflejada en un espejo sujetado con pinzas que colgaba de una cuerda que a su vez, servía de tendedero. Miraba sus ojos. El color azul de sus ojos, el color lloroso de sus ojos, las bolsas y las ojeras, las pestañas postizas, las arrugas, la madurez y el pesar de sus ojos. Miro su nariz y sus orejas y su frente. Es cierto, pensó Sally, el tiempo pasa. La carne prieta de sus brazos y muslos había desaparecido para dejar paso a la flaccidez. El culo se había vuelto enorme y plano. En el cuello habían aparecido pecas. Las piernas se torcían lentamente hacía adentro. Pero Sally sonrió a pesar de todo, aún conservaba la turgencia de sus pechos. Sus enormes globos tenían todavía mucho que decir y estaba convencida de ello. Miró de nuevo su cara. No era excesivamente guapa pero bien sabía que sus facciones alargadas y suaves, sus gruesos labios, sus finas y cuidadas cejas y sus marcadas mejillas y barbilla aun estaban allí presentes. Sólo tenía que mostrarlas al mundo. Y se decidió a hacerlo. En una pequeña zafa vertió agua caliente. Busco jabón, unas tijeras y descolgó un reloj de pared. De su interior apareció una navaja. Con un lazo se hizo un moño y se despejó la nuca y la frente. Con otro estirón se deshizo del sujetador. Y sumergió la cara dentro del agua caliente durante todo el tiempo que pudo aguantar la respiración. Sally se encontraba rebosante por los nervios y la adrenalina. Pensaba en el futuro que iba a aparecer delante de ella, reflejado en aquel espejo. Restregó con fuerza el jabón por su cara hasta que poco a poco fue apareciendo una pasta espumosa y blanca, iluminando aquella oscuridad que tantos años la habían escondido. Cogió la navaja y con la pericia y la experiencia, comenzó a afeitarse. Lo hacía con esmero, con dedicación. Sólo tenía que recordar como lo hacía antes, hace años, cuando la gente la miraba con temor primero, con obsesión después. Sólo tenia que recordar como lo hacía su padre. Sólo recordar como le enseño su padre. De arriba abajo en la cara. De abajo arriba en el cuello. Al principio con calma, con miedo, con respeto. Luego aparece la confianza, el final del camino. Poco a poco la barba fue desapareciendo, y en su lugar brotaron de nuevo aquellos sonrosados mofletes que ella siempre supo que allí estaban. El recipiente se llenaba de pelo con la rapidez que la nueva criatura renacía. La perilla desapareció y recordó que sí, sí tenía un pequeño hoyuelo en la barbilla. Como la Gardner. Estiro el labio con la otra mano y el bigote dejo de serlo, mostrando el fulgor de la boca. Lentamente la indiferencia fue desapareciendo. Sally acabo de afeitarse. Sally la mujer había matado a la Sally monstruosa. El Hermoso desaparece para siempre para dejar paso a la mujer normal. Dejas de ser famoso y extravagante para vivir como alguien mundano. Pierde la fama para vivir la normalidad. El cambio vale la pena. Para Sally, sí. Miro el reloj y aun tenía tiempo. Miro de nuevo su cara y ahora empezaba su tiempo. Lloraba mientras sus dedos acariciaban la recién afeitada piel, por primera vez en años sin rasparse o entrelazar los dedos con el pelo de la perilla. Lloraba de felicidad por la decisión de tener su cara, la que merece cualquier mujer. Suave y hermosa piel había aparecido, dejando al descubierto lo que nadie se había detenido a pensar que se escondía debajo de aquella pelambrera. Sally busco otra botella a medio acabar y después de echarse un buen trago, derramo un poco de bebida en sus manos y lo utilizo como bálsamo, taponando algún pequeño corte que se había hecho. El alcohol reaccionó rápido, floreciendo la cara de la mujer, dándole color y vida, iluminando el alma. Con el pintalabios más subido realzo sus labios, pintó después sus ojos y párpados. Mirando el reloj se desnudo quedando sólo una braga de lycra en su cuerpo repleto de moratones. Deshizo el lazo del moño y su pelo cayo plomizo por la espalda. Sally, delante del antiguo póster, desplegó dos grandes mechones y tapó sus pechos. Era igual de hermosa que antaño, sólo que ahora era otro pelo el que tapaba los pezones. Rió y grito de rabia. Cogió del tendedero el velo verde, se lo colocó en la cara y fue corriendo al escenario para sorprender al público con su último número.

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