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4 min
Vení Tonto
Drama |
01.06.15
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Sinopsis

Si esperamos lo suficiente, el tiempo se encargara de todo.

Estoy mirando el mar, sucio y gris, llegar hasta la playa desierta. Un perro oscuro corre alguna gaviota salpicándose con la espuma.

Llovizna. La arena parda, pesada, áspera como una lengua. Como víscera atiborrada, exuda su grumosa sangre, espesa y salobre.

Cuando vuelva a casa, ella estará allí. Sentada en su sillón floreado, puesto junto a la ventana a medias velada por la cortina azul claro. Llevara puesto el pulóver verde ingles y la pollera negra. Concentrada en el ir y venir de las agujas en sus manos.

Levantara la cabeza de sus lanas para verme llegar, como cuando la importuna el gato.  Aspirare el aroma de la crema humectante, ligeramente empalagosa, que humedece sus manos ligeras, frías. Y la saludare con un beso en la frente.

Su pelo rozará sus pestañas cuando me mire. Le sonreiré. Ella abrirá aun más sus ojos negrísimos. Con sorpresa, dirá alguna cosa que terminara siendo una tontería, idéntica a mi respuesta.

Yo en la puerta de la habitación volveré a sonreírle, sintiendo como mansamente se pulveriza mi corazón.

Tendré el sonido del mar en mi cabeza cuando camine hacia la botella, cuando vuelva a mirarla tejiendo. Ella volverá a sus agujas. Sobre su pollera de paño, la manta de alpaca que usa para calentar unas piernas duras, finas como alambres, monstruosas y definitivamente muertas.

Ella levantara su cabeza de la labor y dirá algo sobre el clima, absurdo para la época, y lo mal que le sienta a sus piernas aquella humedad malsana. Y tendrá razón.

Mirare algún chirimbolo sobre la mesa del comedor, aspire el vaho levemente mentolado de la habitación, y asegurare firmemente que mañana, que probablemente mañana, que es posible que mañana, y ella asentirá, segura en su alma que el porvenir es una estación por la que no pasaremos. Luego volverá a su tejido satisfecha.

 

Bajó los escalones hacia la playa. El viento arrachado se entretiene con mi cara, va y viene entre mi ropa húmeda. Prendo un cigarrillo con dificultad, dando espaldas al mar. Y la veo. Abrigada con un gabán exageradamente grande. El pelo caobarojizo aletea en su cabeza pequeña. Me paralizo, observando como se agacha a recoger un guijarro y lanzarlo al océano furioso.

Sola, primordial.

Alarga su brazo y llama al perro oscuro, que encantado corre hacia ella. Acaricia al animal, lo rasca suavemente, deslizando sus dedos por el ancho lomo.

Ríe, levanta su cabeza y ríe. Cierra sus ojos negros y alarga su cuello, que presiento tibio con un suave murmullo de vainilla, para absorber cada gota de humedad del aire, como si le fuera indispensable para la vida. El perro ladra feliz, se encabrita y baila a su alrededor. De pronto se lanza hacia el agua y ella corre tras él, se eleva el abrigo como un ala, y corre dejando la estela caobarojiza de su pelo en el aire. Llovizna.

El perro, vigoroso, salta sobre las olas. Ella a un palmo del agua le grita:

             Vení Tonto, vení…no te mojes.

Y vuelve a reír fragmentando los cristales del aire en mil millones de pedazos.

El cielo es una barra de acero que pesa sobre el horizonte. Aspiro como puedo el aire electrizado y tiro el cigarrillo húmedo en los dedos fríos.

No he dejado de mirarla un instante y sin embargo, ya no esta. El perro también ha desaparecido. No me sorprendo. Camino hacia la escollera. Trato de conservar la cabeza inclinada.

Aunque fue hace trescientos años, su voz sigue disolviendo mi cerebro, lo resquebraja fundiéndolo: Vení Tonto, vení.

Me sacudo convulso, enfermo. Respiro apenas. Lloro suave y continuamente.

 

© 13-02- 1992

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