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22 min
Vía muerta
Suspense |
06.10.18
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Sinopsis

Ahora que ya pasó todo o, al menos, eso quiero creer, me dispongo a poner por escrito los singulares acontecimientos que me tocó vivir el pasado 27 de noviembre, hace hoy exactamente dos semana...

 

Ahora que ya pasó todo o, al menos, eso quiero creer, me dispongo a poner por escrito los singulares acontecimientos que me tocó vivir el pasado 27 de noviembre, hace hoy exactamente dos semanas.

Hago esto a petición de mi médico de cabecera, como terapia recomendable para superar el estado de nervios e insomnio, combinado con alguna que otra perturbadora pesadilla, en que el insólito episodio me sumió desde esa infausta jornada.

Pero, sobre todo, lo hago, para convencerme a mi mismo de que todo ocurrió realmente, no fue un mal sueño o el producto de una alucinación pasajera, así como para recuperar en la medida de lo posible la tranquilidad vital y la confianza en mi salud mental de la que, en más de una ocasión, desde entonces, he llegado a dudar seriamente.

Espero que la memoria no me traicione, al menos, no demasiado, y me sea lo suficientemente leal para reconstruir con la mayor fidelidad posible la fantástica aventura, sin traicionar su esencia estructural ni la secuencia cronológica de la misma.

Y ya, sin más dilación, doy comienzo a mi relato. Trataré, en la medida de lo posible, de no implicarme emocionalmente. Me limitaré a relatarlo de la forma más fría y escueta posible, tal como lo haría un observador imparcial y privilegiado que se hubiera hallado presente en el lugar de los hechos.

Hechos…ésa es la palabra clave…a eso me limitaré, a ofrecer una descripción de los hechos, en el orden que acontecieron, en la medida, como ya dije, que mi memoria me lo permita.

No pretendo, pues, escribir un texto literario, sino más bien una crónica de sucesos, aséptica, dejando de lado los sentimientos, las impresiones, y, sobre todo, las posibles interpretaciones.

Las interpretaciones posibles, las explicaciones de lo que me ocurrió, se las dejo a ustedes, avezados y avispados lectores, y para ello me propongo proporcionarles todas las claves del enigma, para que sus mentes clarividentes sean capaces de resolver el misterio, discerniendo, ojalá, las causas naturales o racionales que pudieron desencadenar las circunstancias del mismo.

Créanme, si les digo, que, si eso llegara a ocurrir, si alguien consigue explicarme satisfactoriamente lo acontecido, mi gratitud sería eterna.

Todo comenzó, como dije, en la jornada del 27 de noviembre, tal día como hoy, sábado, hace exactamente una semana.

Alrededor de las 4 de la tarde, regresaba a mi domicilio en tierras de los Oscos después de haber visitado la Feria de Antigüedades en el pueblo de Castropol. Se trataba de un día especialmente ventoso, con grandes masas de nubes que surgían tras las lomas gallegas, al suroeste, y cruzaban velozmente el cielo sobre mi cabeza. Mientras transitaba una zona boscosa entre Vilanova y San Martín, miraba con alarma las gruesas ramas de los robles doblarse hacia la carretera.

Después de atravesar el lugar conocido como Carballo del Fole, la vía comarcal traza una amplia curva en pendiente sobre un pequeño riachuelo que corre entre una decena de fornidos robles. A esa altura, me encuentro con la carretera cortada por una rama del grosor de un buzón de correos. Ni corto ni perezoso, decido tomar el ramal de la carretera vieja que serpentea entre los robles, para sortear el inesperado obstáculo.

El tramo de medio kilómetro correspondiente al trazado original por dónde circulaba el tráfico hasta hace unos 40 años, sólo es utilizado desde entonces por los cazadores y ganaderos, así como por algún turista ocasional.

La maleza se ha ido apoderando del asfalto haciéndolo desaparecer en algunos lugares, de tal forma que el camino se intuye más que se ve. Aun así, mi Range Rover lo transita con facilidad, sin más problema que los continuos roces en los laterales contra las silvas, los arbustos y los pequeños arbolitos.

 A la altura del puente primitivo, justo antes de girar a la derecha para retornar a la carretera actual unos metros más arriba del fastidioso obstáculo, el motor comienza a fallar y el vehículo se cala estremeciéndose con violencia. Intento arrancarlo, pero mis esfuerzos resultan baldíos. El potente motor no da señales de vida como si la batería se hubiera descargado de golpe. Debo decir que el Rover sólo tiene 4 años y siempre ha funcionado a la perfección, jamás he tenido que visitar el taller por una avería.

Vaya por Dios, pienso, parece que hoy los elementos se han confabulado en mi contra.  Desciendo del vehículo y lo contemplo con pesar. Se me antoja un extraño cachalote varado, inútil e indefenso en mitad del viejo puente.  No intento nada por mi cuenta, la mecánica es un absoluto misterio para mí, seguramente agravaría el percance. Me dispongo a llamar al taller.

El móvil, un IPhone de última generación, tampoco responde. Recuerdo haberlo utilizado al salir de Castropol, hace menos de una hora, y entonces no sólo funcionó a la perfección, sino que tenía la batería a tope. Ahora está muerto. Mis intentos por revivirlo tienen el mismo éxito que los que hice con el coche.  

No me queda más remedio que recorrer a pie el trecho de carretera vieja que me falta para acceder a la carretera en servicio, y eso es lo que hago.

En ese momento, mientras camino entre los robles, reparo en un hecho anómalo o, cuanto menos, desconcertante. El número de árboles parece haber aumentado considerablemente. Cuanto enfilé la vía muerta, como ya comenté, apenas una docena de robles crecían alrededor del riachuelo, en el espacio delimitado por la curva cortada de la carretera actual y el amplio y enrevesado arco que dibuja la carretera vieja. Ahora, en cambio, me encontraba en medio de un bosque respetable con varias decenas de ejemplares, los cuales conforman un techo vegetal lo suficientemente frondoso como para ocultar la luz del sol.

Instintivamente, miré hacia lo alto, escudriñando a través de las pobladas ramas y, de repente, detecto otros cambios absolutamente inexplicables. Me estremezco involuntariamente, a pesar de lo caluroso del día. En efecto, la temperatura había aumentado varios grados de golpe, el viento había cesado y el cielo estaba limpio de nubes. Además, el astro rey, reverberante a través del espeso follaje, se encontraba casi en el cénit sobre mi cabeza, lo cual no podía suceder de ninguna manera a finales del mes de noviembre. Su posición en el cielo, a una altura de 90 grados sobre el horizonte, se correspondía más bien con la hora del mediodía a finales de mayo o principios de junio. El espeso follaje de un verde intenso concordaba perfectamente con esas fechas estacionales. Unos minutos antes, el puñado de árboles apenas lucían unas pocas hojas, ocres o rojizas, con las horas contadas.

Ni entro, ni salgo. Como dije al principio, me limito a exponer los hechos en el orden en que sucedieron.

Además, la carretera vieja se estaba regenerando, resucitando, a ojos vistas. Se había ensanchado considerablemente, al desaparecer la maleza que la ocultaba, así como los arbustos y pequeños árboles que mencioné antes. En algunos tramos, incluso, eran visibles las cunetas, limpias y cuidadas. El casi inexistente asfalto de antes, alguna que otra placa plagada de grietas, a través de las cuales emergía la vegetación invasora, había sufrido una espectacular transformación. Ahora, la masa alquitranada aparecía inmaculada, en perfecto estado de revista, exceptuando algún pequeño desconchón que otro. Tanto era así que incluso la línea discontinua era perfectamente reconocible en la mayor parte del trayecto.

En una escasa media hora, la carretera parecía haber rejuvenecido varias décadas, retornando al tiempo en que se encontraba operativa como la única vía transitable en aquel paraje.

Sonámbulo, como flotando, seguí caminando en dirección a la carretera cortada. Me pellizqué, claro, varias veces, me corté hasta sangrar. El dolor agudo me hizo gritar. Desde luego, estaba bien despierto. De eso estaba seguro. Creo que, en ese momento, eso era lo único sobre lo que tenía absoluta certeza: aquello no era una pesadilla; fuera lo que fuese, estaba pasando realmente.

Alcancé un claro y contemplé mi sombra en el suelo. Apenas se veía. Nada de finales de mayo. Todo apuntaba, más bien, hacia mediados de junio, alrededor de San Antonio, aventuré ya lanzado, o incluso más adelante, muy cerca del comienzo del verano. Decidí que ésa era, con escaso margen de duda, la fecha en la que ahora me encontraba… ¿y la hora? Alrededor de las dos de la tarde, supuse…Para confirmarlo, consulté mi cronómetro Casio.

Se había detenido a las 16:25.

Recordé que, al atravesar el pueblo de Vilanova, unos 4 km antes, el reloj de la pantalla del GPS marcaba las 16: 22. Así que, casi con toda seguridad, el Casio se había parado al penetrar en la carretera vieja haciendo causa común con el Range Rover y el IPhone de última generación. Parece que los artilugios modernos tenían poco que hacer allí. No eran capaces de sobrevivir. En aquel medio hostil se comportaban como astronautas sin escafandra o peces fuera del agua. Artilugios modernos…repetí…y entonces se me ocurrió algo…una inspiración súbita. A ver…dónde demonio lo había metido…me palpé la ropa, localizándolo en el bolsillo interior de la cazadora. Lo extraje con dedos temblorosos y lo contemplé con intensa emoción.

No me había equivocado. El reloj de bolsillo, idéntico al que poseía el abuelo, seguía marchando a la perfección. Lo había adquirido por la mañana, en la feria de Antigüedades.

Marcaba las 14.10. En el fondo, no me sorprendió demasiado. Ya me estaba empezando a acostumbrar. Al igual que las golondrinas en mayo y los estorninos en enero, los relojes de bolsillo parecían encontrarse en su época habitual, en un tiempo que parecía acogerlos con naturalidad. Digamos que hacían juego con el resto del decorado escénico, no desentonaban; por eso funcionaban.

El sol calentaba cada vez con más fuerza. Calculé cerca de 30 grados a la sombra. No soplaba la menor brisa. El ambiente estaba enrarecido, cargado de humedad, provocando un sofocante bochorno. Lo cual, unido a la tremenda tensión emocional en la que me debatía, hacía que estuviera sudando a mares. El aire, denso, casi parecía vibrar, cargado de electricidad estática. Se daban todos los requisitos necesarios para que acabara descargando una tormenta de verano. En ese momento, retumbó un trueno en la lejanía, hacia el suroeste, confirmando mis temores. Levanté la vista y miré el cielo. Grandes masas de cumulonimbos crecían con rapidez, amenazando con engullir en cualquier momento al astro rey.

Recorrí el último tramo de la carretera vieja, ahora rejuvenecida, por lo que debería haber salido ya a la carretera actual, pero allí no había rastro de la misma. La vieja carretera continuaba surcando el monte abriéndose paso entre una densa espesura de tojos floridos, allí dónde deberían encontrarse pastizales y rebaños de vacas pastando; la vía pretérita, ahora retornada, desaparecía en una curva cerrada, para volver a reaparecer unos metros más allá, antes de remontar la loma y comenzar el descenso hacia San Martín.

En ese preciso instante, asoma un vehículo en lo alto de la colina y comienza a avanzar hacia mi posición. Un minuto después, me sobrepasa, ignorándome totalmente, y se interna en el bosque de robles. Presa de violenta emoción, observo que se trata de un Seat 850 especial, rojo granate, en el que viajan una pareja de adultos y dos niños. Ahí va una familia feliz, me dije, estrenando su flamante auto; seguramente, la última novedad, recién salido del mercado en aquella época.

Inesperadamente, se detienen con un chirrido de frenos a unos 30 metros de mi posición. Juraría que están discutiendo, a lo mejor no son tan felices después de todo, aunque a esa distancia tampoco estoy totalmente seguro. Un momento después, oigo gritar al padre, iracundo, amonestando a los chicos, que parecen estar peleándose entre ellos. Por sus voces, diría que se trata de un niño y una niña de unos 10 u 11 años. La madre, por su parte, trata de mediar con un tono de voz más tranquilo que el de su cabreado marido. Finalmente, el cabeza de familia zanja la disputa con un furibundo juramento y se hace el silencio en el interior del vehículo.

El hombre arroja algo a través de la ventanilla, suelta un par de voces más en un tono que no admite réplica, y reanuda la marcha. Enseguida el 850 especial, rojo granate, cruza el antiguo puentecillo sobre el riachuelo y se pierde entre los robles recorriendo, en sentido inverso, el camino que yo había transitado hasta que mi Range Rover me dejara tirado, por primera vez en cuatro años.

Me acerqué, con más curiosidad que temor, hasta el lugar dónde se había detenido la familia feliz que solía discutir de vez en cuando.

Una vez allí, no me costó mucho localizar el objeto que había arrojado el irritado progenitor, yaciendo al pie del roble contra el que lo había estrellado.

Ya lo había identificado antes, cuanto el congestionado padre lo había sostenido en alto, durante unos segundos, fuera de la ventanilla, antes de arrojarlo contra el árbol.

Se trataba de un álbum de cromos de fútbol. Aunque lógicamente manoseado, además de arrugado en la reciente trifulca, parecía lo suficientemente nuevo como para poder afirmar, sin lugar a duda, que había salido de la imprenta hacía menos de un año.

El álbum en cuestión mostraba en la portada a todo color la foto de un delantero centro en dura pugna con el guardameta mientras el balón, blanco y negro, pende sobre sus cabezas. Y sobreimpresionada, en la parte inferior, sobre el embarrado césped, la siguiente leyenda con grandes letras en relieve:

           Campeonato Nacional de Liga de Primera División

                           TEMPORADA 1971-1972

 

Hojee el álbum. No estaba completo. Había unos cuantos huecos vacíos. Aun así, allí aparecían los cromos de la mayoría de los futbolistas que habían competido durante esa temporada. Y digo “habían” porque si estábamos a mediados de junio, la última jornada se había jugado unos 15 días antes. Sí, aquello parecía encajar. Digamos que tenía su lógica, dentro de lo ilógico que resultaba todo. Dentro, encontré un sobre de cromos aún sin abrir.

Estaba pegado con los restos de un chicle en la hoja correspondiente al At. de Bilbao. Por eso no se había caído en el fragor de la refriega.

Me disponía a despegarlo con el mayor cuidado posible, cuando un relámpago gigantesco cruzó el cielo sobre mi cabeza. Casi sin transición, retumbó un fortísimo trueno. Tenía la tormenta encima de mí. Recordando los consejos básicos sobre como actuar en estos casos, corrí a guarecerme dentro del coche. Abrí la puerta y arrojé el álbum al asiento del copiloto. Me dispongo a subir cuando reparo en que he perdido el móvil. Miro a mi alrededor y lo localizo a unos pocos metros, cerca del roble dónde hallara el álbum. Se ve que lo llevaba en el bolsillo y se me cayó al recoger la revista. En ese momento, sin duda obnubilado y emocionado por el valioso hallazgo, había abandonado mi IPhone a su suerte.

Raudo, me dispongo a recogerlo, cuando un estruendo formidable parece sacudir el bosque entero al tiempo que una explosión luminosa me deslumbra dejándome aturdido. Un roble cercano ha sido alcanzado por un rayo. Siento troncharse las ramas sobre mi cabeza, trato de huir…y ya no recuerdo más.

Cuando recupero la consciencia, al menos en parte, me hallo tirado al lado del Range Rover, cuyo flanco izquierdo ha sufrido serios desperfectos alcanzado por una gruesa rama, de la cual nacen una decena de menor grosor; sin duda, una de estas era la que debía haberme golpeado a mí; de refilón, supongo, porque si no dudo que viviera para contarlo.

Tengo un terrible dolor de cabeza. Me palpo la nuca y noto el pelo apelmazado y pegajoso. Nada, lo dicho, que estoy vivo de puro milagro.

Poco a poco comienzo a recordar: la carretera cortada, el desvío por la carretera vieja, el coche que se para, el móvil que no funciona, los insólitos cambios en el bosque y la vía en desuso, el calendario que enloquece, el 850 especial con la familia feliz que discute…creo que tiraron algo por la ventanilla, pero en ese momento soy incapaz de concretar más…aunque estoy seguro de olvidar un detalle muy importante…

A duras penas, logro sentarme, recostándome contra el vehículo. Vuelvo a mirar la rama, valoro con profundo disgusto los desperfectos sufridos por el Rover, me palpo de nuevo la nuca y trato de explicarme lo sucedido.

Razonando trabajosamente consigo recordar cómo el vendaval retorcía las ramas de los robles. Discurro que debí salir del coche cuando este se paró, para localizar la avería, y entonces me alcanzó la rama. De resultas del golpe, me desmayé, y en lugar de soñar con los angelitos, viví la singular pesadilla de un insólito viaje en el tiempo.

Al fin consigo ponerme de pie, me mareo y debo aferrarme a las ramas para no caer. Miro a mi alrededor y compruebo, no sin profunda satisfacción que, al menos, dentro de lo malo, he retornado al año 2018. La carretera vieja vuelve a estar invadida por la maleza, en muchos tramos ha desaparecido el asfalto por completo. El frondoso bosque de robles ha quedado reducido a una decena de ejemplares desperdigados aquí y allá. Subo al coche y le doy al contacto. Arranca sin problemas con un reconfortante ronroneo. Compruebo que mi IPhone está encendido y a tope de cobertura. Aprovecho para llamar al taller, indicándoles que no dejen de traer una motosierra. Mi Casio también ha revivido y marca las 17 : 30.  Miro el cielo, ahora se ve mucho mejor, las nubes siguen pasando velozmente y comienzan a caer gotas. El sol está a punto de ocultarse tras las lejanas lomas del oeste. En ese momento, un camión de gran tonelaje atraviesa el puente allí donde estaba la rama caída. Lo veo pasar a través de los robles. Como dirían en el telediario, el tráfico se ha restablecido. Sí, todo está en su sitio, en el cielo y en la tierra, todo está como estaba, como tiene que estar.

Siempre he sido aficionado a construir puzles. Es uno de mis pasatiempos favoritos. El orden que surge del caos: es una actividad gratificante que me relaja y me hace sentir bien.

Organizar las piezas de mi aventura en el estado en que me encontraba me ayudó a sentirme más animado. Prefiero controlar las circunstancias de mi vida, antes de que ellas me gobiernen a mí. En ese momento, aun encontrándome dolorido y consternado, reconstruir el puzle de mi singular peripecia, colocar cada pieza en su lugar correspondiente, me hizo encarar el asunto con más optimismo tratando de valorar lo positivo: estaba vivo y tenía una bonita historia que contar.

Sin embargo, no estaba contento del todo. Tenía la desagradable sensación de que se me olvidaba algo. En mi puzle faltaba una pieza, había algo que no cuadraba…

En ese preciso instante varios destellos sucesivos me revelaron la pieza rebelde. Una mano arrojando una revista a través de la ventanilla. Yo, recogiendo el álbum al pie del roble. Un relámpago seguido de un trueno. Abriendo el coche y arrojando el álbum al asiento del copiloto…

Raudo, penetro en el Range Rover… y ahí está el álbum de cromos, donde lo había dejado, debajo de mi cazadora, por eso no lo vi antes.

         Campeonato Nacional de Liga de Primera División

                  TEMPORADA 1971-1972

 

Con mano temblorosa lo cojo y comienzo a hojearlo. Se abre por la página del At. de Bilbao. Allí sigue el sobre de cromos, cerrado, pegado con chicle. Recuerdo que había comenzado a abrirlo justo antes de que el cielo se desplomara sobre mi cabeza. Si el álbum fuera una persona, diría que ha sufrido alguna intensa experiencia traumática porque ha envejecido varias décadas de golpe. Cómo si hubiera visto un fantasma. El papel se ha vuelto amarillento y huele a viejo. Desde hace unos cuantos años, siento cierta predilección, fascinación, por los libros y las revistas antiguas. Conozco bien ese olor. Por lo demás, presenta un aceptable estado de conservación.

Mi puzle se rompió en mil pedazos. Recostado en el cómodo asiento, trato de reconstruirlo.

¿Cómo demonio llegó el álbum hasta allí?

La explicación más lógica, por no decir la única, es que yo lo hubiera adquirido en la Feria de Antigüedades que mencioné antes. Pero, por fuerza, tendría que recordarlo, no podía haberlo olvidado alegremente. Me estrujé la memoria en vano llegando a una desalentadora conclusión: en la Feria sólo había comprado el reloj de bolsillo porque me recordó el que poseía el abuelo. Nada más. Esta es otra certeza irrefutable.

En estas estaba, cuando llegó, finalmente, el mecánico armado con la motosierra. Aparte los desperfectos en la chapa y la ventanilla izquierda, el coche no había sufrido más daños. Nada importante.  Media hora más tarde surcaba veloz una larga recta, entre pastizales con rebaños de vacas roxas pastando, ansioso por alejarme de aquel escenario de pesadilla.

Y ya está. Esto es todo. Estos son los hechos. Ni entro ni salgo. Juzguen ustedes. Ayúdenme a terminar el rompecabezas.

El rompecabezas real, quiero decir, porque en el fantástico todo encaja perfectamente, especialmente la pieza rebelde del álbum.

Pero claro, como dijo aquél, lo que no puede ser, no puede ser, y, además, es imposible. A menos que, descartadas todas las explicaciones racionales, la imposible que queda sea la única posible.

…………………………………………………………………………

Ha pasado otra semana. Se acercan las navidades. Han anunciado nieve, a ver si es verdad. Me encantaría tener un invierno de los buenos, un invierno como los de antes.

Ayer abrí el sobre de cromos, el que estaba pegado con chicle.

Traía 6 cromos: Amancio, Gárate, Marcial, Quini, Violeta y Claramunt. Tuve mucha suerte. No me salió ninguno “repe”. Me apresuré a pegarlos en el álbum. Tenía la absurda sensación de que podían desaparecer en cualquier momento.

Sigo con las pesadillas. Acostumbro a despertarme gritando y empapado en sudor. En esos angustiosos momentos, maldigo la rama de roble que me obligó a desviarme de mi camino.

…………………………………………………………………………..

Son las 4 de la madrugada y aún no he conseguido dormirme. No dejo de darle vueltas a una idea inquietante que se me acaba de ocurrir y en la que, sorprendentemente, nunca había pensado.

Me pregunto que habrá sido de la familia feliz del Seat 850 especial que discutía de cuando en cuando. ¿Vivirán aún? Bueno, eso es bastante probable, al menos el niño y la niña. Serán más o menos de mi edad, supongo.

¿Regresarían al lugar en busca del álbum? Es posible, incluso puede que volvieran ese mismo día. A lo mejor, los niños habían pedido perdón y convencieron a papá de que diera media vuelta…a lo mejor….

Pues se llevaron una desagradable sorpresa. Ya estoy oyendo los reproches que los niños y la mujer dirigen al cabeza de familia recriminándole su conducta impulsiva. Alguien se ha largado con su preciado álbum, el que fueron completando con arduo trabajo a lo largo de varios meses, pegando, contentos y emocionados, los cromos que habían conseguido por su buena conducta y las excelentes notas en los exámenes del colegio. Durante mucho tiempo se preguntarían quién fue el desalmado sin conciencia que les birló su tesoro.

……………………………………………………………………….

¿Y si vuelven cualquier día a buscarlo? O peor, cualquier noche, esta noche, por ejemplo…

… ¿Eso que oigo son ruidos de pasos? ... ¿Hay alguien subiendo las escaleras?...

………………………………………………………………………

…Sí, no hay duda…ahí vienen… ¿no oís sus risas? Bueno, al fin saldremos de dudas: cuando se trata de terminar un puzle, no hay nada mejor que un par de niños para ayudarte…¿No os parece…?

 

 

                                                                       FIN

 

 

 

 

 

 

 

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  • Un placer leerte. Me gustó mucho
    Hola Paco, tener una hora de transporte público diaria me permite degustar en los trayectos pequeñas joyas como ésta. Has conseguido engancharme una vez más con este misterioso viaje en el tiempo que nos propones. Dominas muy bien la descripción de los escenarios y sabes dosificar muy bien la tensión, haciendo de cada parrafo un microcapitulo que te impulsa a leer el siguiente. Respecto al cierre me ha parecido ingenioso, cuando parece que has terminado la historia, introduces nuevos elementos alargando la tensión narrativa... Un excelente relato, 22 minutos muy bien aprovechados...excelente
    Qué pena que ya no tenga el mismo tiempo para leer. Apenas escribo, así que imagina la espinita de ya no ser una constante en la web para disfrutar de vuestros textos.
    Ese álbum da mucho miedo. Una historia magistral con posos de buena novela, domina usted la prosa y los tiempos. Simplemente bárbaro
    Excelente historia, muy bien narrada. Saludos Paco
    Una extensa historia, me pareció interesante y entretenida. Me gustó mucho la manera tan detallada cómo la que contaste. Saludos Paco Castelao :-*
  • 42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

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