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9 min
IX El despertar de Loira
Varios |
16.09.21
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Sinopsis

Transitaba el mes de Agosto y el viaje de Loira Cifuentes y Don Roberto De la Fuente desde Caracas ha sido largo. Pero avanzado el día llegaron. Bajando del vehículo en dirección a la vivienda de la Hacienda Paraíso,  miraban como el sol penetraba el follaje cuando su radiación seducía la arboleda que circundaba la vivienda. El calor era insoportable para ellos. La noche anterior la Hacienda Paraíso fue embestida por una tormentosa lluvia. El aguacero estuvo aullando y causó estragos tanto en cimientos de la Casa Grande como en los cultivos e instalaciones de la Hacienda. Pero la mañana amaneció acompañada de un bravo sol. Desde temprano, Luigi acompañó al abuelo Carlo en la distribución y dirección de las cuadrillas que estaban reparando los daños causados por la lluvia. Horas más tarde y de regreso, revisaron otras labranzas y criaderos cercanos a la vivienda. Pararon el trote de los caballos para atender a Casilda que hacía señas. Gritaba que el señor Roberto y la señora Loira, habían llegado. Cambiaron el rumbo y llevaron los animales al establo y se acercaron al patio de la Casa Grande. 

—Loira es de una familia emparentada con tu madre.  Era una niña cuando la escogieron para ser tu  madrina. Se resistió a asistir al acto de obediencia.

Loira miraba hacia el palenque del establo donde aparcaron los caballos. A la distancia los rostros se mostraban indistintos para Ella. Cuando se acercaron, el nono Carlo tendió su mano y con un  «Benvenuto» saludó a Don Roberto y luego estampó un par de besos en las mejillas de Loira. Luigi imitó el saludo. Don Roberto saludó con afectos mientras saboreaba otro whisky mañanero. Luego se alejó para conversar con el abuelo. Loira retuvo a Luigi y le sentó sus manos  en los hombros —Eres todo un hombre apuesto. Me contenta volver a verte después de tantos años. Aún me apena no haberte atendido en tu bautismo. Era una niña sin conciencia de lo que significaba un compromiso—decía, mientras lo abrazaba,

Con timidez Luigi llevó una mano a su cintura.

De la cena de esa noche se encargó un restaurante italiano no muy cercano a la Hacienda. Con una botella de Primitivo di Manduria brindaron. Don Roberto se decidió por una ingesta de comida, frutos secos y mucho whisky. Era evidente el maltrato psicológico que Don Roberto le aplicaba a Loira. En ciertos momentos de la conversación, la contradecía, dando a entender que era ignorante del tema tratado. Ahora Luigi veía a su madrina Loira escondida en un vacío femenino de soledad nostálgica y entendía la tristeza reflejada en su mirada azul. Don Roberto la ofendía delante de nosotros y quizás hacía lo mismo ante otras personas. Loira era una mujer joven y atractiva, veintiséis años y le criaba dos monstruitos a Don Roberto. Su marido, andaba por cumplir los cincuenta años.  Estaba en esa peligrosa  coyuntura de vida sentimental y expresión física del amor, que representa la conveniencia de tener una pareja más joven y no una relación lo más parecida a paterno-filial. Tal vez consciente de ello, Don Roberto bebe con exageración  sobre todo en las noches, antes de ir a lagrimear en alcohol su impotencia.  Era una confidencia que recibió el abuelo Carlo de Don Roberto. Sin darle importancia se la comentó días después a su nieto Luigi. «Ma cosa dici mio nonno Carlo?  È vero?»

Esa noche de su llegada, la Hacienda fue cobijada de nuevo por la lluvia. Esta vez por una pertinaz y friolenta llovizna de llanto contenido. La tristeza que generaba al arañar sin auxilio las ventanas del cuarto, me permite arroparme y dormir con placidez, pensando que en la mañana acompañaría a mi madrina Loira a recorrer la Hacienda. La llevaría al bosque para mostrarle la cueva y luego la cabaña, sitios para soñar despierto a la luz de la lectura de un buen libro.

En la mañana, el ambiente estaba colmado de una inexpresiva neblina. Juan Carlo hijo del guardián del bosque y mejor amigo, los acompañaba. Tras el caballo que montaba, arreaba una mula con sacos para aprovisionar la cabaña que utilizaba Luigi para alejarse del mundo y adentrarse en la lectura. Loira se elevó para montar de lado su cabalgadura y Luigi le sugirió montar a horcajadas, para transitar sin peligro los caminos pedregosos del cerro que conducían al bosque. Con ella a su lado, guiaban la salida de la caravana. En determinado paraje, Juan Carlos continuó para esperarlos en el ascenso a la colina que marca la entrada al bosque. Ellos harían un fugaz recorrido por los sembradíos e instalaciones de la Hacienda, bajo una brisa muerta de frío. Más tarde, a galope tendido atravesaron un sendero y toparon con Juan Carlos para ascender una ligera colina y bajar a un valle con dirección al bosque. En esa zona hacía  menos frío porque las manos de los árboles detienen las ráfagas del viento. 

Faltando poco para llegar a la cima, la yegua que conducía Loira se encabrita bajando la cabeza se negaba  a seguir con peso encima. Desmontamos y Juan Carlos enlazó la yegua al caballo de Luigi y Loira miraba sorprendida por el ¿qué iba hacer? Le explicaron con ciertas reservas de su parte y Luigi doblo el cuerpo para ayudarla a subir a la silla del caballo. Le pasó un brazo por la cintura para estabilizar su posición y proseguir la marcha que acompañó con una conversación trivial para bajar la presión. Mientras, Los rubios cabellos de Loira revoloteaban  la cara de Luigi, hormigueando sus labios. Pronto alcanzaron la cima y desmontaron para descender el camino llevando los animales de las bridas. Le mostraron el punto en que el descenso se bifurca en dos direcciones, una hacia el bosque y otra hacia el río.

Al llegar, Juan Carlos se adelantó para abrir el portón que marcaba la entrada a la parte del bosque administrada por los Bounicelli. Justo en ese momento  el padre de Juan Carlo, escopeta en mano se acercaba para saludar.  Ambos  llevaban los animales y aparejos, al tiempo que Loira y yo nos colocabamos unas prendas contra el frío y la humedad para caminar por el otro lado del bosque.

Al adentrarnos, empezábamos a percibir la embriagante fragancia sensual que brota de la madera y la tierra mojada, los murmullos que producían el roce de las ramas y el correr de las aguas del cercano río. Loira estaba maravilla con el cálido rumor de los brotes de las flores, del aire que serpenteaba entre las ramas de los árboles, del bel canto de los pájaros y del invisible vapor de agua que atraído por las nubes emanaba de la tierra y los árboles.

Ese vivir del silencio y la soledad entre la frescura de los árboles, hacían que Loira se veía más hermosa al desprenderse sus ojos de esa madeja de tristeza y resaltar el azul de sus ojos. Las entradas y salidas del sol entre los árboles hacían cambiar la tonalidad de sus cabellos que bailaban sobre los hombros. Una danza de pájaros sobre las ramas producía la caída sorpresiva de gotas de agua y hojas húmedas, que iban formando esa colorida alfombra que cubría la senda.

Loira estaba contagiada, hablaba en susurros y para evitar el ruido de las pisadas al tropezar con raíces o hundirse en la tierra húmeda, se situaba de rodillas y colocaba sus manos en la tierra para platicar en bajo tono con insectos, pájaros y … Tenía para ese momento el candor de una niña, de una joven quinceañera.

Se adentraron más y llegaron a una cueva formada por un seto de matorrales y arbustos. Estaba acondicionada como punto de descanso  y protección contra la lluvia. Entraron gateando e hicieron luz para acostarse a leer poesías. Ella leía Azul de Rubén Darío una edición de la editorial Mundo Latino y Luigi recordaron la frase de Victor Hugo “L’art c’est l’azur”. Luigi leía una Antología de crítica comentada sobre “Poesía de la Generación del 27” de Víctor de Lama, un regalo de cumpleaños de Flaviana, a quien le debía un comentario sobre su contenido.  “Para Luigi por todo el amor cuando me envuelve con sus brazos de amante, su alma de poeta y voz de cantor”

Ahora, hacía algo de calor y ella descalza su cazadora y Luigi sin malicia desnuda el cuerpo torácico. Ha transcurrido un tiempo y de repente Loira dejó de leer y se volteó hacia Luigi. Tendió la mirada en sus pectorales e ingenuamente o con instinto maternal, le trazaba con los dedos, líneas imaginarias entre los pectorales. Sus azules inocentes lo miran y  sonreían. De repente: 

—Hemos terminado el paseo y la lectura por hoy— se levantó y sacudió su vestimenta. Tendió la mano a Luigi para alentar a seguirla—Comemos en la cabaña y regresamos.

De manos tomadas retomaron el tour de regreso. Mientras Luigi hablaba con frases y situaciones divertidas, la sonrisa de Loira se dibujaba no solo en sus rosados labios,  sino también en el azul cielo de sus ojos. No dejaba de sonreír y Luigi la pensaba feliz por la excursión.

Esa segunda noche Luigi volvió a idealizarla con pureza y con la brevedad se vio obligado a besar su sonrisa. La sorpresa ondeó en el rostro de Loira al separarse. Tomó a Luigi de una mano para conminar a seguirla en su carrera camino del bosque. Al llegar al pie de la colina lo soltó y subió hasta llegar a loma, levantó sus brazos con las manos clamando hacia el cielo y  voló perdiéndose en la inmensidad para dejarlo solo en medio de un vacío.

 

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  • Un relato tremendamente sugerente, con una sensualidad desbordante. La humillación de Loira por su pareja,es algo que se da mucho, tanto en mujeres como hombres.
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