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5 min
Vileza
Drama |
07.10.14
  • 4
  • 3
  • 1135
Sinopsis

Cualidad de vil, bajeza.

 

Te observa desde el espejo. La derrota última. O la penúltima, cabría matizar; pues no dudas de que seguirá habiéndolas. A pesar de tus reiterados -y sistemáticamente incumplidos - propósitos de enmienda.

 

El ojo morado, tumefacta firma de tu agresor. Lo mismo que la brecha supurante, medio abierta todavía junto a la ceja izquierda. Y la mandíbula condolida. Excelente pegador, todo sea dicho. Suerte tuviste, ahora lo piensas –ahora -, de encajar sólo uno de entre las decenas de puñetazos que lanzara en tu busca. Puede que, de lo contrario, no lo hubieses contado. O que te asaltasen estas mismas reflexiones en la cama de un hospital -sepultado bajo kilómetros de vendas, alimentado por una sonda nasogástrica. En fin, hecho bicarbonato.

 

La noche había ido bien, empezó mejor y, no sabes cuándo ni qué, algo en el engranaje de la misma saltó. Con las consecuencias evidenciadas en el espejo, y alguna más que preferirías no imaginar.

 

Cenasteis en tu casa, unos amigos y tú. Tomasteis las primeras copas, y un par de taxis hasta un bar de moda. Allí bebisteis, reísteis. Charlasteis con algunas chicas. Francamente cómodo, te desenvolvías con la soltura acostumbrada. Todo parecía indicar que de nuevo regresarías acompañado, o que dormirías -unas horas, pocas, apenas si alguna -en el apartamento de soltera, funcional y minimalista, de cualquiera de aquellas escotadas interlocutoras.

O no necesariamente  -decidiste cuando, para decepción tuya, se marcharon.

De todos modos, en la discoteca a la que os encaminasteis, allí cerca, las habría a espuertas.

 

Una vez dentro, la dinámica acostumbrada. No te cuesta acercarte y entablar conversación, resultar encantador. Naciste con un don y, durante años, lo has venido cultivando con –casi - profesional dedicación. El primer empujón, de hecho, no te mereció más que una fugaz mirada levemente desdeñosa, embebido como estabas del parloteo risueño de una morenita de apariencia muy poco inocente.

 

Un imbécil con gorra. Reparaste en él cuando el segundo empellón. Al parecer, la había tomado contigo. De nuevo arremetió contra ti, por tercera vez en muy pocos minutos. Evidentemente, no era accidental. Y le resultaba divertido, a tenor de la sonrisa burlona, dibujada en el rostro rubio de surfista californiano que te observaba sin recato. Tu reacción fue, ahora te consta –ahora -, un tanto precipitada. De haber medido mejor los tiempos, probablemente habrías podido hacer un cálculo aproximado del abismo de peso -y, por ende, de punch - entre vosotros. En cuyo caso, es también muy posible que en este momento el espejo no estuviera devolviéndote una imagen tan deplorable. Porque tu tentativa de cabezazo al puente de la nariz resultó de todo punto inofensiva. Además, vio frenado su ímpetu - en sí ya escaso - por la rígida visera de la gorra. Respuesta de aquel tipejo: la tormenta de golpes arriba descrita, sólo alcanzada a refrenar por media docena de voluntariosos escudos humanos y, quizá -por qué no -, la humanitaria visión del chirlo sangrante junto a tu ceja.

Una pareja de fornidos porteros letones pusieron en la calle a aquel matón mientras la encantadora morenita aplicaba hielo a tu ojo vapuleado. Lástima que, a los pocos minutos, aquellos mismos dos forzudos vinieran a invitarte -con inusitada cortesía, eso sí - a abandonar el local.

 

Durante horas deambulaste bajo la noche marrada. Solo. Habías perdido de vista a tus amigos apenas iniciadas las prometedoras negociaciones con la morenita -llegados a aquel punto, sencillamente no los necesitabas -. Y ella tampoco tuvo a bien acompañarte al destierro -cosa que, por otra parte, ni le pediste ni le reprochas.

 

Rompía el amanecer cuando, algo aturdido todavía por el alcohol y, sobretodo, por el soberano guantazo -plenamente consciente, sin embargo, de tu decisión - te has visto llamando a la puerta de un tabuco miserable del que alguien –recuerdas bien quien, pero, por discreción, conservarás su anonimato - te había hablado alguna vez.

La vulgar madame de ultramar te ha conducido a lo largo de un penumbroso corredor tras acordar precio y minutos -20 y 15, respectivamente -. Al fondo, a la izquierda, la sórdida cámara que albergará el intercambio convenido. Un jergón bajo el moroso titilar de un neón exhausto. Y al minuto ha hecho su aparición en la vil escena la encargada de proporcionar satisfacción a tu cuerpo vapuleado y a tu espíritu humillado. Ni una cosa ni la otra. Se trata de una monstruosa amalgama de encallecida carne negra, incapaz siquiera -o desprovista, probablemente, de todo interés en ello- de fingir no ya un placer que, es evidente, difícilmente debe de sentir, sino alguna traza –mínima, primaria incluso- de humanidad. Has acabado con tu degradación tan pronto como el aturdimiento y la náusea te lo han permitido –rayando en los 15 minutos estipulados, tal como unos leves golpes en la puerta han venido a recalcar.

Cuando al fin te retiras de… eso, te horroriza descubrir el enorme jirón en la goma barata que, con suma apatía, habían desenroscado sobre tu miembro casi fláccido aquellas manos escamosas. Te has arrojado a la calle, el temor a una decena larga de contagios posibles acompañándote en tu camino de regreso a casa.

 

Te observa desde el espejo. La derrota última. O la penúltima

 

El teléfono móvil vibra en tu bolsillo justo antes de atronar en el silencio devastado del cuarto de baño. Es tu novia. Sólo recordarte que coméis con su familia.

Y ¿qué tal anoche?   

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