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15 min
VINO BARATO
Suspense |
07.07.15
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Sinopsis

.

La noticia del crimen de Peralta me sorprendió en la costa. Aquella era mi primera semana libre del año y había viajado hacia aquellas latitudes para disfrutar del sol persistente del sur y del refrescante viento de poniente, una delicia climática con la que pretendía someterme a una  exigente limpieza mental y olvidar así aquellas últimas cincuenta y tres semanas de mi existencia.

Y sin embargo, allí estaba la noticia. No pudo ocultarse a mis ojos, por más fugaz que pasara la vista por los titulares de la prensa del quiosco. Allí se erguió sólida y poderosa, sobre un legajo de periódicos aún calientes de la mañana, casi a pie de página, esperando a que yo y sólo yo la descubriera para quedar ipso facto abrumado.

No me costó entender el motivo por el qué me había sobrecogido el escueto titular, y era que mis días de asueto se veían de inmediato amenazados por alguna inoportuna llamada. El caso se antojaba importante. Peralta era un reputado personaje de la zona, no sólo por ser el mayor constructor de la ciudad, sino por sus nada ocultas relaciones con el hampa. Digamos que, para nosotros, era uno de esos personajes intocables. Conocía a todos los agentes. Sus relaciones con el cuerpo eran tales que se había convertido en uno más de la familia, como lo refrendaba el hecho de ser un invitado permanente en las cenas que el alcalde nos brindaba antes de Navidad. En aquellas veladas prenavideñas, antes de entregarse a un estado de lujuriosa verborrea y al ostentoso compadreo con la comitiva consistorial, Peralta siempre hacía gala de su pasión por el vino y nos daba lecciones de cata probando este o aquel vino que el camarero traía para la ocasión. Al cabo, obsequiaba a cada uno de los agentes con un lote de aquellos caros vinos de excelentes cosechas, como “reconocimiento” a nuestras magníficas relaciones. Así se manejaba Peralta, regalando confianzas, extendiendo sus tentáculos por todo su entorno, minando las suspicacias de los más recelosos. 

Su muerte fue, pues, un suceso sonado y sentido en comisaría. Dos días después del suceso, recibí una llamada del comisario del Distrito. Reconozco que quedé sumamente sorprendido de aquella llamada, no porque el comisario interrumpiera mis jornadas vacacionales, algo que esperaba desde que supe la noticia, sino por la urgencia que noté en todo su discurso, a la vez que insistía fervorosamente en que yo, y nadie más, debía hacerme cargo de este caso. Habló atropelladamente durante diez minutos señalándome los detalles del caso, después de lo cual tan sólo dos ideas quedaron claras en mi cabeza: que alguien había intentado saldar alguna cuenta pendiente con Peralta, y que había un detenido, al parecer un individuo que un testigo vio rondando la vivienda unas horas antes del suceso. De modo que, una vez hecho el silencio al otro lado del auricular, el deseo de seguir disfrutando de mis dulces vacaciones se trocó por la conveniencia de no impacientar al comisario, pues nada valía menos que dos días de vacaciones cuando te ronda la mente la idea de que a la vuelta te esperan los trabajos más inmundos que puede inventar una mente terca como la del comisario. Así que accedí a satisfacer aquella premura, y acepté el caso, con la ingenua esperanza de conseguir pruebas definitivas para encerrar al tipo que había en aquellos momentos en el calabozo, terminar rápido el trabajo y retomar mis días de asueto.

 

“Delincuente común”. Así figuraba en la ficha de aquel individuo: un tipo de piel cetrina, rostro impenetrable y espeso bigote. El interrogatorio no duró más de quince minutos, pues el acusado no abrió la boca más que un par de veces, ambas para pronunciar con una voz seca y firme la misma rotunda frase: “Soy inocente”, sabiendo quizá que tan sólo unas horas más tarde, sin prueba incriminatoria alguna, estaría de nuevo en la calle.

De modo que no me quedaba más remedio que ir al lugar del crimen para intentar conseguir alguna información con la que poder comenzar a trabajar. Los peritos de criminología habían analizado algunas pertenencias que llevaba el difunto en el momento de su muerte y otros objetos de la casa, pero no habían obtenido ningún dato que levantara alguna hipótesis. Así que acudí al lugar del crimen sin demasiada esperanza, un poco por curiosidad y otro tanto por confianza en algún golpe de suerte que me ofreciera algo valioso que a ellos les hubiera pasado por alto.

Me acompañó un agente judicial, un joven nervioso dotado de una incontinencia verbal agotadora. La casa de Peralta se encontraba en una urbanización de lujo a unos quince kilómetros de la ciudad. Cuando llegamos, ya hacía un rato que había dejado de escuchar al agente y mi mente había volado hacia otros paraderos. Aparcamos el vehículo en la parte frontal de la casa. El chalé estaba circundado por una alta valla formada por un espeso seto de tuyas perfectamente recortado. El joven agente me indicó que debíamos entrar por un acceso que había en la parte posterior de la propiedad, y señaló un camino que rodeaba el chalé. Llegamos a la zona trasera, un estrecho pasaje que separaba la propiedad de Peralta de otra propiedad vecina. El agente se detuvo y me indicó una puerta oculta entre los setos. Abrió. Franqueamos la valla y ocupamos el cuidado césped del interior. En aquel momento, algo atrajo nuestra atención. Nos miramos en silencio para confirmar con la mirada que era real lo que habíamos escuchado. De la parte delantera de la casa nos habían llegado varias voces y ruidos de puertas que se cerraban, luego unos pasos rápidos que corrían hacia la puerta y huían. Entonces nos pegamos a la valla para no dejarnos ver y avanzamos con precaución hacia la vivienda con la intención de descubrir quiénes eran aquellos intrusos. De repente escuchamos el rugido de un coche que se aproximaba a la casa, luego unos portazos, y el mismo coche en huida. En aquel momento nos dimos cuenta de que habíamos perdido una oportunidad. Sin esperanza alguna de encontrar rastro de los asaltantes, salimos por la puerta principal e hicimos una ligera inspección por los alrededores. La tarde estaba cayendo y la oscuridad acechaba nuestro trabajo.

Encontramos la vivienda completamente revuelta: todos los cajones volcados sobre el suelo, los muebles despegados de las paredes, los sofás rajados; había sido una búsqueda nerviosa y agitada, con prisas, todo lo cual nos hizo pensar en la importancia de lo que aquellos hombres habían estado buscando. Así que nos movimos por entre aquel caos con tacto, sin salir de nuestro asombro. Ojeamos todas las habitaciones, y en todas habían hecho el mismo destrozo. Los dormitorios habían sido repasados palmo a palmo, y montañas de ropa se elevaban sobre los rincones. En el salón el agente se entretuvo con varias botellas de vino que habían salido de un pequeño mueble bar cuya cerradura había sido forzada. Con una sonrisa complaciente en el rostro, examinaba las etiquetas de las botellas con curiosidad. “¿Usted entiende de vinos?”, me preguntó. Me acerqué y las observé una a una. Parecían vinos raros, sin valor, con grafías orientales y colores llamativos. Me llamaban poderosamente la atención, tratándose como se trataba en aquel caso de un curtido enólogo como Peralta. De modo que no pude resistirme a abrir uno de ellos. Un fuerte olor a alcohol dio en mis narices, lo que no fue impedimento para que en un acto de valentía llevara aquella botella a mi boca y tomara un largo trago. De pronto, una ráfaga de fuego demoníaco atravesó mi garganta, mi vista se obnubiló y no pude hacer más que correr como un poseído a expulsar aquel veneno que acababa de tomar. El agente me siguió hasta el baño, asombrado por mi reacción. Me encontró agarrado al lavabo, con la cabeza metida en su seno. En aquella posición permanecí varios minutos, recomponiéndome con agua. Finalmente levanté la cabeza y con los ojos encendidos lo miré con serenidad. “Demonios”, dije, y me abstraje de oír las risas jocosas y las bromas que el joven comenzó a repetir una y otra vez. Invadido por una curiosidad nada profesional, volví sobre los vinos y los abrí uno a uno, para comprobar que todos desprendían el mismo hediondo olor a alcohol que me destrozó la garganta. Una idea confusa comenzó a inquietarme, una idea extraña que comenzaba a forcejear contra la lógica de las cosas. Seguí reconociendo aquellas botellas. El agente se entretenía hablando vanamente de algunos objetos que había encontrado sobre el mueble-bar. Miré hacia él, parecía hablarle a los objetos. Entonces bajé los ojos y vi los espejos del interior del mueble, donde se encontraban las botellas y el efecto óptico que producían. Al fin, la lógica había terminado venciendo a la confusión. En aquel momento anuncié, no sin el alegre nerviosismo de mi descubrimiento, que debíamos terminar aquella visita.

De vuelta en el coche, entre la brumosa verborrea del agente, no podía dejar de pensar en lo repugnante que era aquel líquido: lo más asqueroso que había bebido en mi vida. Y sin embargo, aquel trago me había iluminado como nunca antes ningún otro líquido lo había hecho. Poco a poco, fui impacientándome por llegar. La oscuridad en la carretera era total. La luna no se atisbaba en el cielo. Todo parecía que se había ordenado para que aquella noche fuera un hito en mi vida.

Llegamos a la ciudad. Paré en la esquina de la calle Miguel Hernández, donde se encontraba la comisaría. El agente me indicó que vivía justo a la mitad de la calle y se despidió con una sonrisa y el deseo de pasar otra aventura juntos. No sonreí a su propuesta. Giré el coche dos calles más abajo, y me dirigí a casa. Con el coche encendido en la puerta, subí rápidamente para recoger una linterna y unos guantes. Luego emprendí el viaje por la misma carretera que acabábamos de dejar.

Ahora el tiempo me pareció que corría más deprisa. Los árboles eran fugaces en la noche, las luces que venían en dirección contraria volaban como pájaros por encima de mi atención concentrada en un punto fijo al fondo de la carretera. Quería llegar cuanto antes, no deseaba que la noche profunda me sorprendiera en aquel lugar. Al llegar, rodeé con el coche la manzana donde vivía Peralta y aparqué en una zona concurrida de vehículos. Me adentré por la zona trasera del chalé y abrí la puerta que había fingido cerrar al salir. Entonces me coloqué los guantes y me puse manos a la obra. La ventana seguía abierta y accedí sin ningún problema al interior. Con cuidado de no tropezar y hacer demasiado ruido, llegué hasta el mueble bar y comencé a sacar la parte trasera con el destornillador. No era una premonición, era una certeza. Había golpeado una y otra vez y sabía que aquel hueco estaba ocupado por algo mullido e insonoro. Tras el primer panel había otro, pero este no estaba atornillado. Lo aparté con facilidad y extraje un paquete rectangular con la forma del hueco entre los dos paneles que había apartado. Palpé y me sonreí. Entonces una prisa nerviosa se apoderó de mí. Coloqué el primer panel y enseguida comencé a atornillar el segundo. Sin embargo, cuando tan solo me quedaba un tornillo, un ruido en el exterior de la casa me paralizó. Quedé completamente quieto, mis pulsaciones se dispararon, el corazón me palpitaba veloz y mis oídos se hacían eco del bombeo de la sangre a todas las partes de mi cuerpo. Estuve dos minutos completamente inerte, sin moverme de la postura con que me disponía a apretar el último tornillo. Los pensamientos comenzaron a correr por mi cabeza uno tras otro, y el miedo me había desatado un sudor frío. No oí nada más en los siguientes minutos, de modo que terminé el trabajo, cogí el paquete y me dirigí a la ventana por la que había entrado. Dejé el paquete en el alféizar y salté hacia el exterior, luego lo tomé y me dispuse a salir rápidamente hacia la puerta trasera, antes de que al destino se le ocurriera jugarme alguna mala pasada. Y entonces ocurrió lo que nunca pude imaginar. Allí, bloqueando con su cuerpo oscuro y negruzco la trayectoria que yo debía seguir para alcanzar mi objetivo, se encontraba la figura de un hombre. Al verlo quedé paralizado y entendí que había llegado la hora de defenderme en lo que podía ser un desenlace fatal que acabaría con mi carrera y quién sabía si con mi vida. Pero de pronto un pequeño movimiento inconsciente de mi mano colocó el foco de luz en su rostro, y una voz conocida me derrumbó tras aquel momento de tensión. “Sabía que tú no fallarías”, dijo el comisario, aún sumergido en la oscuridad y sin moverse de la posición hierática con que me había descompuesto los nervios. Entonces me tomó del brazo y, con una ligereza inusitada en él, me condujo hacia su coche a través de varios pasajes que se formaban entre los chalés oscuros de aquella urbanización.

Huimos de aquel lugar. Aún con el espasmo nervioso contraído por la tensión de aquella aventura, escuché las razones del comisario. Según me contó, Peralta había sido encontrado con signos de tortura: al parecer su piel había sido calada con punzones y había sido sometido a otras ominosas crueldades que me despertaron unas náuseas impulsivas. El comisario detuvo el coche y, después de expulsar toda la carga tensional de la noche, me encontré mucho mejor.

Nunca pudimos saber si Peralta había entregado su vida a cambio mantener en el fondo de un mueble bar un paquete de varios miles de billetes de quinientos para que los ratones los royeran algún día en el fondo de un anticuario, o fueran quemados en alguna pira fúnebre, pero lo que sí sabíamos es que en aquel momento nuestra vida iba a cambiar como de la noche al día y que pocas eran las horas que nos quedaban en esta profesión ingrata. Aparcamos al borde de la carretera y, entre una oscuridad opaca, en el fondo del maletero iluminado con la tenue luz de la linterna, dividimos los paquetes. Luego el comisario me miró y me abrazó en una larga despedida. Sin embargo, no quiso que nos separáramos sin que antes le explicara cómo había conseguido encontrarlo. El fondo de espejos del mueble bar creaba un efecto de profundidad, le dije, a medida que sacaba las botellas me había dado cuenta de que eran menos de las que me habían parecido en un principio. Entonces me percaté de que la profundidad no correspondía al fondo exterior del mueble. La cara del comisario se había encendido alcanzando una especie de clímax intelectual:

- Pero por qué, por qué demonios te fijaste en aquel dichoso mueble al que nadie había prestado la menor atención.

- Ya sabes que yo también conocía a Peralta. Nada me habría dejado más perplejo en el mundo que saber que un sibarita del vino guardaba bajo llave unas botellas de vino barato.

El comisario me abrazó de nuevo y me dijo que me llamaría en un par de semanas, desde un destino desconocido.

Yo me había prometido no descolgar el teléfono, desde allá en el sur, donde volvería a seguir disfrutando de mi más merecido descanso, y donde celebraría con un gran reserva haber perdido de vista para siempre al maldito comisario.

 

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