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7 min
VIVIENDO LO NUESTRO VIII (Vs Serendipity y Gamusino)
Amor |
24.09.19
  • 3
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Sinopsis

Y cuando estaba entrando en rojo mi temperatura por esa boca ansiosamente dulce y caliente... por ese cuerpo duro y flexible que se pegaba a mí como una lapa... por esa gloriosa pierna cuyo muslo abría brecha restregando en lo más íntimo de mi entrepierna ... por esos pechos que se aplastaban contra los míos... 

 

Pues Angy se apartó. Balbuceó:

 

—Yo... Sara... no quería, si bueno, pero... lo siento.

 

Y salió corriendo en dirección a la playa como una niña asustada, dejándome en la más absurda de las confusiones.

 

— Ángela!!! Espera...  Angy...

 

Paul abre la puerta, imagino que al oír mis voces.

 

—¿Qué ha pasado? ¿Y Ángela?

 

Hace ademán de seguirla pero lo detengo.

 

— Paul, no. Dejalá. Necesita estar sola un rato.

 

— ¿Y eso?— pregunta extrañado. No le faltan motivos. Este finde se está complicando y casi ni ha empezado.

 

— Anda, ayúdame a meter la compra dentro y te lo explico.

 

Como no está muy convencido, insisto — Hazme caso, estará bien.

 

Entramos las bolsas y distribuimos la compra. No sé si por el incidente, haber dormido mal o qué, pero la espalda empieza a dolerme. Y me pongo quejica.

 

— La que estoy mal soy yo.

 

— ¿Por?

 

— He dormido fatal esta noche. No quería deciros nada para no preocuparos pero he estado a punto de anular el fin de semana

 

— Me has asustado. Pensaba que era algo peor. Con eso te puedo ayudar.

 

— Pues te lo agradecería.

 

Y empieza un toma y daca de bromas que terminan con que Paul une a sus virtudes una más: masajista, que termina con un — Quítate la ropa y vamos al sofá.

 

Y va a por una toalla que extiende para que me tienda. Me desprendo del vestidito, desabrocho el sujetador del bikini, y me pongo larga. Paul se quita su camiseta y extiende crema sobre mi espalda. Como sé que me voy a quedar traspuesta le voy a contar la verdad de lo sucedido. ¿Para qué ir con eufemismos de “que te lo cuente ella”? El fin de semana está ya muy perjudicado y tiene pocas posibilidades de arreglarse.

 

 — Ángela me ha soltado un buen besazo antes de entrar.

 

— Te refieres a besazo... besazo.

 

— En toda regla. Uy...

 

— ¿Y a cuento de qué?

 

— Pues yo diría que tiene que ver contigo y a tu relación conmigo— Se lo digo a sabiendas de que no estoy realmente segura.

 

— Está celosa entonces.

 

— Sí no lo habéis hablado entre vosotros todavía...

 

— Pues no.

 

Me incorporo y le suelto — ¿Pero a ti te gusta Angy?

 

— Digamos que me ha empezado a gustar, aunque no sé si llego tarde.

 

¿Tarde... tarde para qué? Pienso. ¿Acaso cree que bebo los vientos por ella y se la voy a disputar? ¿ o... la lucha es por él? Sigamos el juego con una pregunta ridícula.

 

— ¿Te pone más que yo?

 

Se ríe. No es para menos.

 

— No puedo compararos, lo sabes. Espera, espera...

 

Y me da un repreton que me hace ver la estrellas. Y me suelta a bocajarro:

 

— ¿A ti te pone Ángela, Sara?

 

Respuesta simplona — Yo ya la he probado. No besa mal, y está libre.

 

— Ahora te capto. No dejas de sorprenderme chica. Aunque me parece que ella es más hetero.

— Las mujeres siempre te vamos a sorprender Paul, me lo acabas de decir. Ha empezado a experimentar conmigo. Lo que hagas me tiene sin cuidado, eres un tío, y los tíos sois muy previsibles y frágiles.

 

Es una contestación que no va con lo que realmente pienso. Si me apuras, Angy solo me interesa como un polvo intrascendente. Pero se está tan bien aquí debajo mientras te soban las carnes que ya no sé ni lo que digo. Además, Paul mete sus dedos hacia mi vientre y lo oprime. Sabe que es mi punto débil, y va a conseguir cualquier cosa si sigue por ahí.

 

— Entonces... El trabajo literario y el fin de semana aqui ha sido una excusa.

 

— Esa cuestión te la dejo a tu parecer. Todo depende— le contesto casi susurrando bajo los efectos del placer.

 

- Entiendo. Bueno... ya casi estoy.

 

Qué pena... ahora que empezaba a atreverse de verdad. Seguro que tiene miedo a que aparezca Ángela y nos pille.

 

— Por mi puedes seguir un poco más— le digo con muy poca convicción.

 

 Oigo abrirse la puerta. Debe ser Ángela. Pues vaya impresión que le debemos de dar. Sube las escaleras y abre y cierra una puerta. Se ha metido en el baño.

 

— Disculpa— me dice Paul, y va escaleras arriba metiendose también en el baño.

 

Vale Sarita, me digo, aquí estás de más... ¿o no? Y me da el arrebato, me incorporo, me anudo la toalla por encima de mis tetas y voy de caza. Abro la puerta sin llamar, y los pillo encaramelados.

 

— ¿Estás bien Ángela?

 

Ni me miran. Chek to chek sonriendo como pazguatos. Parece una película alemana de domingo por la tarde.

 

— sí, tranquila . Ahora salgo.

 

Me retiro entornando la puerta, avergonzada, y me quedo quieta. Qué situación más lamentable. Soy una estúpida, me digo... qué mal pinta este fin de semana.

 

Pasan unos segundos que se me hacen eternos y salen cogiditos de las manos como dos adolescentes.

 

— Sara, quiero disculparme contigo por mi atrevimiento— me dice. No sé cómo tomármelo.

 

  No tienes porqué, querida... Estás cosas pasan y punto. Ya le he dicho a Paul que ha sido agradable. No descartes repetirlo si te apetece.

 

— Bueno, todo aclarado ¿Os apetece un pica pica? Se me ha abierto el apetito. Acompañarme a la cocina, lo tengo medio preparado.

 

— no Paul. Nunca tomo nada antes de comer. Me voy a la playa— contesto.

 

Y me largué de allí dejando vía libre.

 

El sol había hecho su aparición. Hacía calor para la época en que estábamos, y aparte de una familia, que no perdía detalle de dos chicos presumiblemente gays que estaban desnudos, y de una servidora, no había ni un alma. Me quedé en topless y me tumbé boca abajo a disfrutar de paz y sosiego por primera vez.

 

No pasó mucho tiempo sin que alguien conocido apareciera, rompiendo mi estado de placidez. Sin mirar supe quien era.

 

— hola.

 

Me volví hacia ella. También se había quitado el cuerpo del bikini y estaba sentada con los brazos abrazando sus rodillas. Me fijé en sus pechos, claro. Y a pesar de sus grandes gafas de sol su cara denotaba bienestar. Me senté. Presentí que se avecinaba una interesante conversación.

 

— qué bien se está— dijo.

 

— una vez, en una película francesa, la prota le decía a Yves Montand: “los hombres deberíais estar celosos del sol”— comenté.

 

— muy francés. Oye, ¿quien es el montan ese?

 

Ignorante, pensé — no te gusta el cine ¿verdad? Un actor del siglo pasado. — ah... contestó.

 

Pasaron unos minutos.

 

— oye Sara...

 

— dime.

 

— Siento mucho lo que ha ocurrido, de veras.

 

En esos momentos miraba hacia el mar. Me giré hacia ella.

 

— ¿qué sientes  exactamente... haberme besado... haber salido corriendo... haber provocado a Paul? Si me lo explicas... ¿o no lo sabes?

 
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