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6 min
VIVIENDO LO NUESTRO XI (Vs Serendipity y Gamusino)
Amor |
29.10.19
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Sinopsis

De nuevo mi mente y mi cuerpo se enmarañan en una alquimia de plácida quietud y algo parecido a felicidad. Mis dos amantes yacen conmigo en cómoda intimidad, en un ambiente cálido propiciado por nuestra propia desnudez y los recuerdos vividos, pieles sensibilizadas por un sexo compartido, iniciático y sorprendente, al menos para mí. Entre la tibia neblina nuestros tres rostros confluyen acompañados de frases hechas y sonrisas fáciles. Un acrobático y dulce beso sella nuestra comunidad. Y caemos abrazados en un sueño reparador.

 

Oigo algo moverse pero mi estado de nirvana impide hacer otra cosa que acariciar la piel más cercana y volver a gozar de mi estado durmiente.

 

Despierto, esta vez sí, y me incorporo a medias. Ya las tinieblas reinan en el altillo. Aún así veo a Paul, también en estado de extrema laxitud. La cama despide un aroma a sudor y sexo, que en absoluto me resulta incómodo o repulsivo. Sonrío y acaricio su espalda, lentamente, hasta llegar a su prolongación convexa, donde maliciosamente introduzco mis dedos buscando ese lugar tan especial y querido para mí, y cuyos tratos con él deseo mantener en secreto... todavia. Mi afición a ciertas prácticas sexuales que quizás a mis actuales compañeros de cama podrían  resultarles extravagantes cuando no pecaminosas y deleznables, me impiden darles publicidad.

 

Pero no veo a la tierna Ángela.

 

— ¿Ángela?

 

Silencio por respuesta. Mi voz despeja al durmiente Paul.

 

— Paul, despierta. Angy se ha ido... ¿Qué le has hecho?

 

 Inmediatamente me arrepiento de tan infundada acusación. ¿Porqué demonios esa salida de tiesto? ¿Porqué... porqué seré tan raspa y tan imbécil, me pregunto? Menos mal que Paul no ha debido captar mi tono de voz, ya que balbucea un — ¿como?, más propio de la sorpresa y aturdimiento que de reproche. Mientras se despeja aprovecho para bajar al espacio inferior a buscar a Angy, donde veo la mesa preparada, con una ensalada, un plato de butifarras y huevos fritos.

 

— ha preparado cena— digo para tranquilizarlo.

 

— Vale. Me doy una ducha rápida y bajo— dice Paul.

 

Yo también la necesito, pero solo hay un baño, así que subo y me siento en la cama esperando mi turno mientras procuro despejar mi mal humor recordando los buenos momentos vividos. Paul tarda muy poco, y sale con una sonrisa. Entro atropelladamente, preguntándome ¿qué me pasa? Ni se me ha ocurrido entrar a la ducha con él. Mi cabeza empieza a traicionarme de nuevo. Mientras el agua fría me acaricia la piel y siento mi pelusilla rubia pidiendo paz, me pregunto porqué puedo pasar del karma celestial al infierno existencial en breves minutos. Termino rápido y salgo envuelta en una toalla.

 

Cuando bajo, Paul está esperándome.

 

— vamos a buscar a Ángela— dice.

 

Salimos rumbo a la playa. Sigo descalza con el pelo mojado y la toalla cubriendo a medias mi generosa anatomía. La noche es tibia y agradable, con una luna en fase creciente en un cielo limpio y sin nubes. Mientras paseo hacia la orilla localizó la estrella polar, y una asociación de ideas me transporta a una de las más bellas películas de barcos y mares, con un increíble final mezclando a Boccherini y el toque a zafarrancho, dentro de un travelling apoteósico. La sombra oscura de esa belleza de caramelo gustoso sentada cerca de la orilla, cercena el inicio de mis recuerdos de esa otra gran película de ambiente marino protagonizada por “El hombre de Boston”.

 

Nos ha presentido. No ha necesitado volverse para saber que de nuevo estamos los tres juntos. Paul se sienta a su lado, comentando en voz baja el momento que estamos viviendo. Yo también lo hago, pero ser mujer lleva consigo comprender más a otra mujer, así que pregunto a Angy si desea estar sola, pero niega con la cabeza, invitándonos a escuchar el sonido de las olas. Su mano busca la mía, agarrándola con fuerza. De nuevo se cierra el triángulo al ver que su otra mano  ha tomado la de Paul.

 

Y con ese sencillo gesto me siento querida, y mis obsesiones se disuelven como un azucarillo.

 

Las horas siguientes fueron una continuación del buen ambiente en que nos encontrábamos: buena pitanza, una botella de juvé i camps de la reserva familiar que se fue en un santiamén, risas, juegos, roces y caricias mal disimuladas.... Yo seguía desnuda, o sea, objeto preferente de tocamientos y caricias manuales y bucales. Y así hasta caer rendidos y manoseados en el sofá, una amalgama de cuerpos y suspiros contenidos... de momento.

 

Y de nuevo me dejo llevar por mi estúpida racionalidad.

 

— deberíamos dejar terminado el relato esta noche, ¿no creéis?

 

Y va, y esta vez hay unanimidad:

 

— Deberíamos— dice Paul.

 

— Creo que estoy inspirada—  corrobora Angy.

 

Y Paul se levanta y busca su portátil, anunciando una larga noche de sueños de letras. Aprovechando el impasse voy a cubrirme. La desnudez me excita y parece que tocan tiempos de contención. Tengo la ropa arriba y subo las escaleras. Estoy inclinada buscando sobre mi troley y una mano conocida acaricia mis nalgas. Me giro. Es la sirena de dulces efluvios que se ha desprendido del top, ofreciéndome sus dos coronas con fresas. La besó con avaricia, primero su boca, y después sus pitones. En unos segundos ha conseguido excitarme hasta el paroxismo, y le entrego un secreto escondido apartándola:

 

— muerde mis pechos Angy... muérdelos 

 

No se hace de rogar y sus dientes se ensañan con mis pezones. La dejo hacer hasta que el dolor quiebra mi vista.

 

— vale, vale... amor.

 

— ¿lo he hecho bien?— pregunta.

 

No respondo. La abrazo y beso... Suelto mi presa y sonreímos. Un beso que sella ese lapsus entre chicas. Me ayuda a ponerme la camiseta de los Lakers, una especie de talismán que siempre llevo encima.

 

— te quiero sin bragas— me dice, al advertir que las agarro.

 

— lo que Vos queráis, Señora...

 

Una especie de complicidad parece nacer entre ella y yo.

 

— ¿¿querrás seguir jugando conmigo?— pregunta.

 

Y bajamos entre risas. Paul ya está sentado esperándonos.

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