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6 min
VIVIENDO LO NUESTRO XIII (vs Gabrielle y Gamusino)
Amor |
27.12.19
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Sinopsis

Guardo la redacción, cierro el portátil y me dispongo a buscar mi saco de dormir.

Escribir me relaja. Y me da perspectiva sobre la realidad. Mientras busco el puñetero saco voy meditando sobre lo ocurrido en el día, en las nuevas e intensas sensaciones que me han proporcionado mis amigos. Si, Sara es ya mi amiga, siento con ella ese afecto que hace conocida a una persona desconocida, pese a que hace un rato no he podido encauzar mis emociones, pero, los sentimientos son difíciles de controlar... como los míos hacia Paul. Sara es Sara y Paul es Paul. Y creo que tengo claro lo que quiero. A Paul. No es algo nuevo, recién nacido. 

Paul. Les he enviado a dormir juntos. Eso me está bien por impulsiva. Pero acepto que sea libre para expresarse, así es él, así me gusta, no quiero cambiarle.

Quizá el saco esté arriba. Pienso que estarán ya dormidos, así que sin intención de despertarles, me dirijo hacia la planta superior a echar un vistazo por si el trasto queda a mano para bajarlo al salón.

Lo veo empezando a desatar a Sara del cabecero de la cama, ella postrada desnuda boca abajo. Me quedo cortada y casi tartamudeo por todo lo que mis ojos me describen.

 

- Subía a buscar... mi saco. No lo encuentro.

 

- Pensaba que tal vez hacía frio ahí fuera y querrías dormir... con nosotros - me dice Paul acabando de desligar a Sara de la cama.

 

Esta se incorpora, se sienta, y extiende sus manos, ofreciéndome un lugar junto a ellos.

 

- Ven aquí por favor - me pide sin rubores.

 

Todo gira demasiado aprisa, no me veo capaz de afrontar la situación. Es demasiado complicado en ese momento.

Desciendo la escalera bien agarrada del pasamanos, porque no siento ni las piernas. 

No quiero pensar en nada, porque como voy de salto en salto, me temo que acabaré abajo y no volveré a subir.

Llego hasta el sofá, me tumbo y fijo mi mirada en el techo. Siento un frío intenso y me cubro con un par de cojines que hay a mano, pero hubiera deseado una montaña de ellos y desaparecer.

 No le he escuchado bajar, pero pasa poco rato cuando siento las manos de Paul asirme por los hombros.

 

- ¿De verdad te vas a quedar a dormir sola aquí abajo? -me pregunta en voz muy baja.

 

- Por supuesto - admito, sin desviar mi mirada del techo. 

 

Al sentir su contacto, un par de inoportunas lágrimas se escapan de mis ojos. Mi máscara continúa inmutable.

Y entonces besa mi cuello, añadiendo:

 

- Sabes que no voy a permitir eso...

 

- Pero tú y Sara ahí arriba ... - encojo el hombro que succiona con sus labios. 

 

- ¡Paul! - doblo mis rodillas encogiéndome sobre mí misma. 

 

- ¿Qué? Te necesito. Necesito dormirme abrazado a ti. 

 

Se escucha la voz de Sara hablando por teléfono con alguien desde el altillo.

 

Paul cubre mis labios con un profundo beso y rompe mis defensas, lo abrazo muy fuerte, yo también lo necesito a él. Pasa por encima del respaldo hasta echarse encima de mi y se acurruca junto a mi cuerpo tenso, me arropa con su abrazo, cerramos la luz, los ojos, y nos quedamos allí dormidos.

Me despierta el timbre de un movil. No recuerdo cómo llegué a la cama. Imagino que Paul debió subirme tras dormir un rato bastante incómodamente en el sofá.

Abro los ojos y veo a Sara en el extremo más alejado de la cama, me dedica una sonrisa y se la devuelvo. A la luz del día vuelve a ser mi apreciada Sara.

Paul sube de nuevo con cara de irritación.

 

-¿Qué pasa, Paul? -pregunta Sara.

 

-Me reclaman del hospital.

 

Entendiendo que es una urgencia, me levanto de la cama  y me ofrezco a acompañarlo.

 

-Sara, ¿vienes? -le pregunto al ver que no hace intención de vestirse.

 

-Voy a quedarme, no te preocupes, Ángela, viene una amiga a pasar el día y volveré con ella.

 

Creo entender lo que pasa por su cabeza y asiento. Sara estará bien. Es una mujer fuerte. Y ella también me entiende a mi. Nos ve marchar y una punzada de melancolía me hace desear que no sea la última vez que nos vemos.

 

Le ofrezco las llaves a Paul. Si conduzco yo, llegamos tarde.

 

Observo su rostro, está concentrado en algo y no quiero romper el silencio. Erróneamente interpreta que no tengo nada que decirle y pasado un rato en blanco me pregunta:

 

-¿Vas a estar callada todo el viaje de vuelta? Si es así, dímelo y te abandonaré en la próxima estación de servicio.

 

Nos miramos, yo con cara de incredulidad, él con una sonrisa y guiñándome un ojo y las risas nos recomponen otra vez. Este es mi Paul. Siempre me saca una sonrisa.

Por fin hace la pregunta.

 

-¿Cómo te sientes hoy?

 

Giro la cabeza y miro el paisaje que se desliza por mi ventanilla. Árboles, letreros, casas... Sonrisas, besos, caricias...

 

-Estaba tan bien, me sentía eufórica... Tantas sensaciones de golpe... Joder, Paul! 

 

-Vamos, date tiempo, mi niña. 

 

-¿Porqué callaste anoche? Veías mi apuro, pero callaste y yo había creído que había surgido algo entre nosotros... -mi tono no le recrimina nada, sólo quiero entender.

 

-No podía entrar, era un reto entre vosotras. No hubiera sabido qué decir, tampoco.

 

-Tú no sabes nada -respondo en voz muy baja, solo para mi.

 

Me entretengo otra vez en contemplar el paisaje. Ahora ya es conocido, entramos en la ciudad. 

 

-¿Te gustó el striptease? Puedo repetirlo, si te apetece... en cualquier playa que quieras... 

 

Me vuelve a hacer reír. Aunque preferiría repetir otras actividades con él. Quizá... pero dejo de darle vueltas, mejor estar a lo que surja, sin compromisos.

 

El coche enfila la entrada de urgencias del hospital. Paul detiene el vehículo, recoge el portátil y su bolsa y con un pequeño beso en los labios nos despedimos hasta el día siguiente.

No es hasta la noche, tarde, cuando me entra un whatsapp de Paul: -en la próxima clase podremos entregar el trabajo...  Sara ha llegado bien, me ha escrito; por cierto, ¿te quedan días de vacaciones?

 

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