cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

11 min
Viviendo lo nuestro XIII (vs Gabrielle y Seren)
Fantasía |
03.12.19
  • 4
  • 2
  • 355
Sinopsis

La observa con deseo y baja la mirada a sus muslos e interviene sin miedo, sin prejuicios. Su mano juguetona incide levantando levemente la camiseta de Ángela. No rechista.

- Sí, escribo lo que más desearía en estos momentos.

- ¡Joder! - exclamo.

- Sí, joder. Exactamente.

- Sigue - se reclina sobre el respaldo Angy provocativa.

¡Qué poder poseen algunas mujeres para ponerme carioca!

Sara teclea con soltura, uniendo palabras que relatan nuestra peculiar aventura a seis manos. A modo de guión, resume todo lo acontecido bajo su punto de vista, dejando una continuación abierta a la expectativa de Angy, con la idea de que ellas dos tengan un tórrido encuentro a solas, ests vez sin mi presencia, con una frase final con la que quiere poner las cartas sobre la mesa.

" ...soy tuya, hágase en mí tu palabra."

Se separa del teclado. Ha concluido su actuación. Más directa no puede ser este pedazo de mujer. Posa sus ojos en la atractiva Angy, que no osa pronunciarse.

- Sí os parece muy fuerte lo dejamos - nos comenta dudosa.

Se me escapa un silbido de locura.

- ¿Qué dices Angy? - insiste ella.

- ¿Cómo piensas continuar? - responde calmosa con otra pregunta.

Está claro que no quiere mojarse en el asunto a pesar de notarse excitada por la fantasía literaria de Sara.

- Pues... No estoy muy segura. Pero a ver... colaboración. Paul, ¿cual sería para ti un acto de posesión?

Piensa Paul, piensa. Apoyo el codo en mi pierna y la mano en la barbilla.

- No sé... ¿atarla?

- Un buen comienzo, pero insuficiente. ¿Angy?

- Dímelo tú - hace asomar descarada su ombligo.

Se está montando una escena digna de inmortalizar. Y no puedo entrar, no entraré de momento hasta comprobar a dónde quieren llegar.

- ¿Qué has deseado hacer o que te hagan, sexualmente hablando, y no te has atrevido a pedir, y a lo que no podrías negarte aunque quisieras?

Sella sus labios. Sara insiste.

- ¿Vas a contestar Ángela?

Ahora mismo su cabeza debe parecer una olla exprés. Me mira como pidiendo que le eche un cable, pero yo me mantengo al margen. Es ella quien debería continuar el juego al que ha estado intentando con Sara desde que llegamos. Es tan simple como decir si o no. En el peor de los casos seguro que si lo expusiera la comprenderíamos.

De repente reacciona. Se levanta como un resorte, brava ella, estirándose de la camiseta para esconder sus nalgas, no puede ocultar su rabia, tal vez por no saber que contestar, y decide volver a huir de nosotros saliendo a la terraza para tomarse un respiro y serenarse. La noto agobiada.

Miro a Sara, ambos desconcertados nos encogemos de hombros y quedamos a la expectativa. Si lo pienso bien, lo que está experimentando no es fácil de digerir, lleva su tiempo, y es lo que ahora necesita.

Tras unos instantes regresa al interior de la casa y le arrebata mi portátil con cierta intolerancia a Sara.

- Voy con mi parte. Os agradeceré que para cuando la termine ya os hayáis retirado a vuestro cuarto. Yo dormiré en el saco aquí. Buenas noches. Sale de nuevo al exterior y corre la puerta de cristal. A través de la transparente pared vemos como se acomoda de espaldas a nosotros.

- ¿Y ahora, qué hacemos Sara? - indago en sus pupilas que emiten destellos incontrolados.

- Tú no lo sé, pero yo no me voy a quedar así, Paul.

Su voz está encendida, y reclama mi atención.

- Y yo tampoco puedo permitirlo...

Creo que sé lo que necesita. Necesita jugar. Necesita a Angy, pero como ahora no está, voy a intentar probar algo que he visto antes entre ellas. Alguna vez he osado practicarlo aunque puntualmente. No recuerdo como lo llaman, pero algunas mujeres sienten pasión por el sexo a mordiscos.

Muchas veces se tiende a confundir esta práctica con el masoquismo pero en realidad no tiene nada que ver, ya que un ligero mordisco no es lo mismo que el gusto por la dominación sexual.

Y yo no puedo dejar que mi excitada Sara explote a solas. No quiero.

Me acerco sin prisas a su boca, que me está pidiendo que le dé guerra.

La beso y hago que mi doble formación de marfil atrape su labio inferior. Lo estiro con precaución y lo suelto para que vuelva a su posición. Le extraigo un quejido de satisfacción. Me separo y admiro su semblante rogando otro abordaje. No me retengo pero quiero controlar mis ataques bucales. Dirijo otra dentellada a la tierna carne de su labio superior. Después un abrazo y un buen y apretado beso con el que la succiono. Luego ella me lo devuelve.

Pero no, en el sofá no voy a continuar, así que me levanto y con las manos la invito a seguirme. He logrado excitarla y en silencio aceptamos iniciar un juego, en el cual se deja llevar y yo debo intuir los lugares donde desea ser atacada. Sé que no soy Ángela, y tal vez no pueda sustituir las ansias que tiene de ella, pero a pesar de todo trataré de complacer a mi febril anfitriona.

Me agacho y la recojo en brazos. La transporto por las escaleras al piso superior. Me detengo frente al gran lecho y la poso en el suelo de madera, de pie. Le quito la camiseta de los Lakers, respira con profundidad, su cálido aliento en mi nuca, mientras muerdo a pellizquitos el lóbulo de su oreja, con lo que provoco un calambre que recorre su brazo erizando su vello y vulcanizando los poros de su piel. Echo mano a su sexo, su aroma a lava de Venus asciende hasta mi nariz. Mis dedos se mojan y resbalan por su carnoso y prominente apéndice. Lo atormento haciendo circular la yema. Gime, ronronea, y yo desciendo mi boca, engancho mi dentadura a una de sus aureolas que libo y lamo para enardecerla. Y la muerdo con valentía y pasión. Sin dar tregua a mis dedos en su sexo, calco mi acción en su otro pecho. Se le escapa un ahogado y agudo grito. Me separa.

- Paul...

- Avisame si me paso - le musito.

- Me encantas - murmura.

Sonrío complaciente.

- Túmbate boca abajo - le ordeno más que propongo.

La luz del salón llega débil a la buhardilla y al obedecer puedo verla tan femenina y atractiva que no puedo escapar a su voluntad.

Saco las fundas de ambas almohadas, son largas, y ato las muñecas de sus brazos en cruz a la estuctura del somier.

Sus curvas me alteran la líbido y es imposible no abalanzarme y cubrir tu torso, primero con mi sombra y segundo con mi pecho. Su piel me abrasa y fustiga la orden de proseguir marcando el camino de su lujuria.

Arrastro mis dientes por su hombro dibujando un sendero de alternados besos en pos de su asimetría. Salgo y me pierdo entre la penumbra de sus cabellos. Inspira y expira con los ojos cerrados, me nombra agradecida por minarla de aquel modo. Combino mis besos y la movilidad inquieta de mi lengua acechando su norte, imaginando el sur.

Luego, me dedico a desgranar la piel de su nuca, perturbando su cintura a pequeñas dentelladas, sucumbo a sus gloriosas nalgas que acaparo con mi boca mordiendo y estirando sus sabrosos glúteos. Le hago sentir mis dedo anular deslizandose por su canalillo trasero, hurgando en su jugoso humedal, cuyas puertas se abren a mi paso. La penetro y masturbo dejando al mismo tiempo las marcas del marfil por todo su poderío. Se mueve y respira con profundidad, contoneando sus caderas, se eleva y frota contra mi mano. Le regalo un azote, espoleo sus nalgas y la oigo sufrir de placer. Veo anillos rojos, rotos, sobre su cuero. Su orgasmo se precipita y bajo a beber de ella. Mis labios exprimen los suyos y también hago que tenga presente mis incisivos, mi lengua, mi entrega, para que su locura sea completa.

Los espasmos y los gemidos se suceden y vacía su climax, concentrada en sentir, en sentirme. Al llegar su calma me estiro sobre su espalda sin llegar a aplastarla, para que no cortar su recuperación.

Después de unos instantes de sosiego, oigo que alguien asciende por las escaleras. Por descarte solo puede ser Angy. Me giro e incorporo. Me ve empezando a desatar a Sara, postrada desnuda boca abajo. Se queda cortada y casi tartamudea por lo que sus ojos le describen.

- Subía a buscar... mi saco. No lo encuentro.

- Pensaba que tal vez hacía frio ahí fuera y querrías dormir... con nosotros - le digo acabando de desligar a Sara de la cama.

Esta se incorpora, se sienta, y como un ángel lleno de pureza, extiende sus manos, aceptándola y ofreciéndole un lugar junto a nosotros.

- Ven aquí por favor - le pide sin rubores.

Pero Angy no está por la labor de enterrar sus principios y regresa sobre sus pasos. Todo gira demasiado aprisa para ella, sin que se vea capaz de encontrar equilibrio en nuestra vivencia.

Cariacontecido, indago en la mirada de Sara, que asiente y me permite que baje a hacer lo que tenga que hacer.

La beso en los labios con ternura. Su tibia mano en mi cara salva cualquier duda.

Angy ya está acomodada en el sofá, con las piernas estiradas sobre el tramo largo. Su cabellera sobresale y me acerco en silencio por la espalda. Dos enormes cojines la cubren. Una lámpara de pie la ilumina y mi portátil calla sobre la mesita, pero no oso interesarme de entrada por lo que haya podido escribir, pues no es lo que me prima. Ya lo haré mañana.

La abrazo deslizando mis manos y colgandome de sus hombros le susurro una pregunta, sin que se altere lo más mínimo.

- ¿De verdad te vas a quedar a dormir sola aquí abajo?

- Por supuesto - admite con sequedad.

Le beso su perfumado y gentil cuello. Le obligo a sentirme suyo.

- Sabes que no voy a permitir eso...

- Pero tú y Sara ahí arriba ... - la interrumpo y encoge su hombro herido por mi mordisco labial que la succiona. Conozco ya su punto débil.

- ¡Paul! - se queja ella y dobla sus rodillas hacia arriba en un gesto de huída.

- ¿Qué? Te necesito. Necesito dormirme abrazado a ti.

Entre tanto percibo que Sara habla por teléfono con alguien desde el altillo.

Torturo sus labios con un profundo beso y nuestras lenguas retozan. Su mano en mi nuca suplica que no la suelte. Me escurro por encima del respaldo hasta derramarme encima de su cuerpo, de mi volátil Ángela. No quiero que vuelva a escaparse. Me acurruco junto a ella, la envuelvo con mi ser, cerramos la luz, los ojos, y nos quedamos allí dormidos.

Entre sueños de madrugada, siento el calor y la presencia de Sara, que bajo una cálida colcha de cariño y humanidad, nos arropa a los tres.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 62
  • 4.58
  • 36

No penseis que mis dedos valen más que cualquiera de los vuestros. Grito a los vientos que si por vos pierdo la razón mis dedos dejarán de ser eso, dedos. Porque aunque haya nacido con dedos en la mano derecha y en la izquierda, entre todos no sumarán más.

Tienda

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta