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4 min
Volvoreta
Reales |
14.08.15
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Sinopsis

Todas esas cosas que solían hacer los demás niños eran los pasatiempos más aburridos que se le solían ocurrir. A la pequeña Volvoreta le divertía mucho más observar cómo otros se divertían, la organización de los equipos, las normas del juego, el nivel de intolerancia ante las posibles trampas, el líder. Desde fuera se podían captar todo tipo de sensaciones que internamente la hacían crecer, ella así lo sentía.

Todas esas cosas que solían hacer los demás niños eran los pasatiempos más aburridos que se le solían ocurrir. A la pequeña Volvoreta le divertía mucho más observar cómo otros se divertían, la organización de los equipos, las normas del juego, el nivel de intolerancia ante las posibles trampas, el líder. Desde fuera se podían captar todo tipo de sensaciones que internamente la hacían crecer, ella así lo sentía. 

Sus dibujos y algunos de sus relatos no eran dignos de alguien de su corta edad. Con tan solo seis años era capaz de transmitir pensamientos o incluso vivencias ficticias de alguien con los bien superados treinta o treinta y cinco años.

Volvoreta era alegre y un poco tímida, pues al no compartir demasiados intereses con sus compañeros se hacía más complicada la labor de, como dirían los mayores, coger confianza. Algo que sólo ella comprendía. Algunos pensarían que era rara, pues poco más se puede discurrir a esas edades. Otros, quizás más imaginativos, que sus padres no le dejaban jugar con otros niños. Quizás en otras familias con hijos más problemáticos, pero no en la de Volvo. Atípica era como sus profesores la identificaban.

Su hermano mayor estaba en la Universidad y ya sólo pasaba cortas temporadas en casa durante fechas especiales o Navidad, pues en verano solía viajar, su gran pasión. La mamá trabajaba en casa diseñando joyas y tocados para fiestas, una gran profesional que además se ocupaba de las labores del hogar como la limpieza y la alimentación. Voloreta era muy ordenada, su cuarto, su ropita y sus libros estaban siempre colocados adecuadamente en su lugar, de esta manera era rápido y cómodo encontrarlos en el preciso momento en que eran necesitados. Díselo tú a otro pequeño. Su padre viajaba mucho. Era músico y formaba parte un grupo, con bastante éxito nacional, del cual era el principal compositor. También pintaba y alguna que otra escultura había conseguido ejecutar con sus manos. A Volvoreta le encantaba disfrutar de los momentos en los que su padre se encontraba solo ante el piano y la guitarra. Probablemente creando nuevas melodías, a veces letras... mucho más que disfrutar de un concierto en directo desde un palco de los más prestigiosos de cierto reputado auditorio del país. En cada gira no se perdían, al menos, dos de los espectáculos más importantes: el del Rey, al que asistían numerosas celebridades, y el del barrio alargándose durante horas donde no faltaban las improvisaciones, rememoraciones de antiguos temas o incluso coreando las más famosas canciones de gran éxito mundial.

Ellos eran los únicos capaces de crear interés en la todavía demasiado joven mujercita que soñaba con libros. Libros de texto, libros de ilustraciones, cuentos, novelas, algún que otro cómic. Todos eran de su agrado. Aprendía rápido, llevando una clara ventaja sobre sus compañeros. Lo primero que realizaba cada día al regresar a casa eran los ejercicios con los que su maestra le retaba como repaso. Era indiferente si debieran estar hechos para mañana o para dentro de una semana, Volvoreta los desarrollaba en el primer instante que encontraba libre. Los favoritos los de lengua, aunque tanto le gustaban que el entusiasmo duraba casi más que el tiempo que podía emplear en el transcurso de su confección. Así es que buscaba más libros, más tareas, escribía semanalmente cartas a su hermano, en forma de email, muchas veces relatanto cuentos para transmitirle los acontecimientos y vivencias que se estaba perdiendo en el barrio. Y si algún día no sentía la inspiración de escribir, dibujaba.

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  • La paciencia la vendo. La envuelvo en gasas y después la regalo. Porque quiero deshacerme de ella. Porque no me trae nada inesperado y lo que espero, con paciencia, ya no lo quiero.

    Me encontraba perdida. Sabía dónde estaba pero no qué hacía. O qué debía hacer, ni por qué debería hacer algo. ¿Era esto la vida? Debía buscarlo. Me adentré en aquel barrio de casas y parcelas, de familias y cuidadores, de bicicletas y rastrillos.

    ¿Cómo es despertarse a su lado? Cuéntame cómo es por las mañanas. Dime si te besa o si cita sus primeros versos. Dime si puede contener sus ganas de hacer el amor. Dime si te mira o si continúa soñando. Dime si es conmigo con quien sueña.

    No me pidas que te haga el desayuno. No me pidas que aparezca cuando no estoy. No me pidas que firme lo que yo no he escrito. No me pidas soñar. No te esperaré cual perra obediente, ni te escucharé cuando me ignoras. No me pidas sinceridad.

    Tan pronto un día desvistió la necesidad de justificación que en general se le exigía en gran parte de los ámbitos en los que se relacionaba, por no decir en todos y cada uno.

    Miro a mi alrededor y los veo a todos. Como si mi situación fuese privilegiada.

    Esta noche no te voy a retener. Esta noche no vamos a cenar, no pondré velas, ni siquiera música. Esta noche te desearé como a otras.

    La mitad de una tarde y a lo sumo media noche.

    No sabía como hacerlo pero lo hizo. Parecía imposible pero lo consiguió. Un presente que ni el futuro hubiera imaginado.

    Miro a mi alrededor y los veo a todos. Como si mi situación fuese privilegiada. Como si mi cuerpo no estuviese allí sentado. Conversaban en pareja, en grupos de tres y alguno se dedica a sí mismo. Nos habíamos conocido hace años cuando aún estudiábamos, unos más y otros menos, no todos, pues asistía también quien llegó de la mano, por supuesto bien recibido y felizmente acogido.

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