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9 min
X y X
Amor |
12.08.18
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Sinopsis

Mis disculpas a los primeros lectores de este cuento. Un error de publicación les presentó un solo párrafo de mil palabras o más.

X era especial para mí, pero jamás seríamos felices juntos. Lo supe desde la primera tarde cuando las cortinas cerradas, la televisión apagada y mucha pasión acumulada no completaron la experiencia sexual que yo imaginaba. Lo recordé, también, la última tarde en que me visitó allá por el centro, durante mis últimas vacaciones. Aún así ambos X, yo otro X, fuimos uno de vez en cuando, de cuando en cuando e intensos siempre y cuando se podía.

 

Pero yo X, escribo esto, porque se lo prometí a X. No tendrá las palabras que pensé porque quiero ir de frente al grano, no necesito dar rodeos. Ya no más. Además que X lee poco y solo lo necesario (si es que llega a leer esto, claro: un beso grande y un abrazo enorme).

 

La primera tarde fui a recogerla, lucía un vestido negro de tiras y el cabello marrón oscuro en moño. Los colores algo góticos se remarcaban contra su piel clara y sus mejillas rojas por el calor. Salía del ensayo con su banda, banda que también abandonó algunos meses después por un trabajo de tiempo completo (y creo que, ahora, un nuevo amor).

 

A minutos de vernos, llamó, le contesté apenas y algo nervioso. Quedamos que ella saldría rápido y yo caminaría despacio a su encuentro. Nos hallamos en mitad de una calle desolada y si esa escena hubiese tenido música de fondo, de seguro que no era romántica.

 

Es que mi historia con X nunca fue de amor, aunque yo lo pensé por unos días cuando todo iniciaba, sobre todo después del catorce de febrero de ese año, día en que también nos vimos. Era una amistad rara: con rasgos de cariño (público-privado), horas de pasión (privado) y constantes roces de caracteres (público).

 

X era preciosa y su sonrisa perfecta me seducía, su voz me excitaba y su aroma me esposaban a la cama de turno. Así que, sin duda, mi primera vez con ella no terminó bien, por mí culpa, por mi grandísima culpa.

 

Abordamos un taxi, yo pagué, ella miró mi billetera. La abracé como a mi novia, pero me sentí extraño. No la podía besar, no la podía acariciar, no la podía morder en las mejillas… siempre que estemos en la calle. En eso quedamos desde el inicio y hasta el final. Le di la dirección al chófer, llegamos mucho antes de lo esperado y bajamos y se quedó con el cambio. Me puse unos lentes para sol y caminaba temblando a su lado. De ella solo oía sus sandalias raspando suavemente la vereda de esa esquina del distrito de M en la costa de M.

 

En el edificio, de la ventanilla salió una mujer con lentes gruesos, nos miró y al pedirnos documentos, la vio y le exigió el DNI. No creía que era mayor de edad (aunque tiene más que yo). Lo vio y asintió la cabeza: 23 de febrero del 199.... Al subir las escaleras, la empecé a manosear. No había nadie, tampoco cámaras de seguridad. Le di muchas palmadas, además de abrazos por detrás que terminaban con besos en el cuello y subían hasta la nuca. Aunque el rubor de sus mejillas se esfumó casi por completo al subir al auto, reaparecieron y esta vez, se quedaron hasta cuando la acompañé al paradero.



 

En las escaleras que recorrimos, hasta el tercer piso, escuchábamos el eco de los amores limeños de media tarde. Gemidos, “aplausos” y resortes funcionando al 100% de su capacidad. Creí, por un segundo, que detrás de esa puerta había conejos apareandose.

La puerta que abrimos, además de grande y de tener bisagras chillonas, no tenía una  numeración como las otras: quinientos uno, quinientos dos, quinientos tres. Así que primero toqué con los nudillos. Otras particularidades de la habitación: por estar al final del pasillo, en el lado más oscuro del piso,  no tenía ventana a la calle y existía dentro una mesa, pero no sillas. Al parecer, nadie que se hospedaría ahí las necesitaba.

 

Y, después de acomodar las cosas, nos sentamos a hablar de nuestros sentimientos. De cómo su mirada me encandilaba cada vez que la veía y la forma loca en que ella me miraba los labios… ¡JA!

 

Y, después de acomodar las cosas, acomodar visiblemente los condones a un costado de la almohada, nos abalanzamos como fieras. A contraluz, su figura vestida lucía como de una niña queriendo ser mujer. Que se desvirgó a los 22. Que no cedió a la lujuria en la adolescencia, no sé si por miedo al embarazo o la estricta formación católica. Nunca lo confesó. Pero desnuda, era una hembra deseosa y sudorosa con varios meses de abstinencia encima. No había más.

 

Fue la primera vez que besé a una mujer que no tenía una relación sentimental conmigo, la primera amiga con derechos que tuve, la única fémina mayor con que yo había llegado a más que besos, la muchacha más simpática que tuve entre mis brazos hasta ese momento y … ¿para qué seguir? Fue una primera tarde de muchas primeras veces y este texto lo prueba.  Lo escribo y no es desde una distancia madura y fría, sino de nervios, sintiendo su piel cálida y brazos suaves.

 

No había jacuzzi y yo quería hacerlo ahí algún día (hasta ahora no puedo, no hubo oportunidad). Me contuve de comentar esto, yo estaba feliz (y más nervioso a cada segundo. Experiencia no me faltaba, pero mis ganas por hacerlo bien eran más grandes). Lo primero que ella me pidió era sexo oral, amaba mamarla. Se notaba y días antes me lo había comentado, escrito y hasta avisado por audio. Me senté al borde, que daba hacia la ventana, para que yo no vea el reflejo de sus nalgas desnudas en el espejo incrustado en el muro. Tenía un rostro angelical, pero se transfiguraba en mi mente, no la reconocía del placer y morbo que me producía verla. Con una mano cogía mi pene y con la otra apretaba mis piernas. X usaba la lengua para el glande y cuando se cansaba, mordisqueaba el falo. Devoraba las bolas y acercaba mi miembro entre sus ojos. Lo miraba de cerca con deseo y empezaba de nuevo. Varió el ritmo, las velocidades al percibir que yo, como un loco… solo quería que siga y se lo gritaba. Pero acabó cuando le acaricié los cabellos para que introdujera todo el miembro en su boca. No pudo. No le gustaba que le toquen la cabeza mientras hacía eso.

 

Se puso de malas y con ese gesto, se recostó sobre las sábanas. Los brazos juntos y yo encima, desnudo y con el miembro goteando saliva, preguntándole con calma qué había pasado. No respondía y le besé el cuello, de nuevo, para ‘el misionero’. Su expresión cambió y la distancia que su mirada me exigía se convirtió en deseos de tenerme cerca, lo más cerca posible.

--Quiero sentirte, X. Hazlo así nomás...



 

Como yo no sé qué sintió ella, más allá de su rostro y palabras (explícitas e implícitas): Acerqué la ‘punta’ y la introduje poco a poco, el calor jugoso de su entrepierna me hizo ver estrellitas. Se mordía los labios y cerraba los ojos. Gemía, se retorcía y jalaba las sábanas. Una vez que empecé, no quise detenerme.

 

Eso iba contra lo que siempre creí por miedo a los embarazos no deseados: Con mi primera novia, nunca hubo penetración, pero tenía condones a la mano. Con la segunda y última, siempre hubo coito, pero nunca faltó el preservativo. Ni siquiera en los ‘rapiditos’. ¿Y con esta mujer, nueva y atractiva para mí, lo haría así?

 

Bueno sí, me arriesgué a mucho. ¡Pero sí que lo disfrute! Por primera vez disfrutaba sin miedo a lo que vendría.

 

Sin embargo, ese éxtasis mutuo duró unos minutos hasta que X me dijo: Póntelo, lo haces bien y me gusta sentirte. Pero estoy en medio mes y es peligroso.

 

Yo no pensaba en ese instante. No entendí nada de lo que dijo. Me contuve, me puse le condón y le propuse varias posiciones. Le pedí de perrito, 69 o que vayamos a la mesa. Su negativa a cada una de las proposiciones me hizo dudar. La duda me llevó a pensar en cómo contentarme con ‘el misionero’ y esa reflexión me nubló. Yo siempre decía y se hacía. Yo nunca recibía un no por respuesta.

 

Para rematar, sin querer, sin saber, X dijo algo que siempre vi como un gran defecto:

--Pensé que serías más flaco. Toda tu panza te la hace ver más chiquita.

Con la mente dispersa en alguna luna, me senté a ver cómo mi miembro languidecía. Mientras yo intentaba reanimarlo.

 

Yo me masturbaba viendo su cuerpo ceder ante las sombras, cada vez más oscuras. Ella hablaba de su necesidad por satisfacer.

 

Yo le pedí que me tocara, que lo agitara como me gusta, a la velocidad que me gusta. Ella hablaba de lo rico que estuvo el sexo hace unas minutos.

 

Yo le cogía los pechos y se los besaba. Ella gemía y continuaba con mi faena, intentaba revivir el muerto.

 

No lo pudo levantar más. No pude acabar. Ella, para animarme o eso creo, me dijo que se había corrido una vez, “cuando los ojos se le pusieron vidriosos”. Nos vestimos, la abracé por detrás, frente al espejo y le pregunté si se repetiría:

-Déjame ver. Si no me enamoro… Puede que sí.

 

Y no lo supe en ese momento, pero cuando habló de enamorar. Nunca se refirió a mí, si no a otros.

 
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