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15 min
¿Y si existiera la magia?
Amor |
14.12.14
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Sinopsis

Este es mi humilde homenaje a las películas románticas de los años cuarenta y cincuenta y mi pequeño regalo de navidad a los que me vais a leer.. Sólo pretendo con este relatillo haceros pasar un rato agradable Espero que os guste

 

I

El día en que Ángela cumplió dieciocho años, su amiga Macarena la sorprendió con el regalo con el que la obsequió. No se trataba, como el año anterior, de un jersey de cachemir, de esos que nada más verlos te enamoran y te hacen ir una vez tras otra al armario sólo para contemplarlo. Tampoco fue un CD de la película "Jerry Maguire", que habían visto juntas tres veces. No era un regalo convencional como los que le hicieron su madre o sus otras amigas del colegio. No. Macarena le hizo entrega de un sobre de papel grueso color manila con la palabra "Magia" en su parte frontal. Ángela le estuvo dando vueltas, se lo llevó a la nariz para deleitarse con su aroma a vainilla y lo acarició antes de decidirse a abrirlo, demorando el gozo de conocer lo que escondía. ¿Sería la entrada para asistir al concierto de las Spices Girls?, ¿tal vez un vale para Zara?, ¿la promesa de un viaje juntas? Tardó en sobreponerse a la sorpresa que le causó su contenido. Eran dos entradas, sí, pero no para ver y oír a ningún grupo musical. En ellas se leía: "Una sesión con Madame Clochette, pitonisa de altos vuelos".

 

—¿No te apetece conocer tu futuro? —le preguntó sonriente Macarena ante la mirada de incredulidad de Ángela —. Vamos, será divertido.

 

El sábado siguiente, las dos amigas se arreglaron como si tuvieran una cita con un príncipe. Entre divertidas y nerviosas, se dirigieron a la casa de Madame, que estaba escondida detrás de una librería esotérica en una callejuela tan pequeña que más parecía el hueco entre dos casas por el que se persiguen los gatos. No les decepcionó el aspecto de Madame Clochette a las jóvenes románticas. Se trataba de una mujer de unos cuarenta años de imponente apariencia, tocada con un turbante del mismo color carmesí que las largas uñas en las que terminaban sus dedos largos y delgados. Las condujo a una sala también a la altura de sus expectativas. Iluminada tan sólo por la luz de unas velas, se mantenía casi en penumbra y el aroma del incienso que la inundaba era tan penetrante que se diría un ser vivo. En el centro de la habitación, una mesa cubierta con un tapete adamascado con una gran bola de cristal parecía estar esperándolas. Las hizo sentar en unas sillas de alto respaldo y, tras preguntarles quién de las dos iba a hacer la consulta, tomó la mano de Ángela y la posó sobre la bola de cristal.

 

Salieron de la casa de Madame Clochette una hora después, entre asustadas y felices. Ángela apenas dormiría aquella noche excitada al recordar una y otra vez las palabras de la adivina:

 

—Harás un largo viaje hacia un país lejano y, cuando llegues al final del camino, encontrarás un amor que ni huracanes ni tormentas, ni hombres ni mujeres, ni niños ni niñas romperán jamás.

 

Pasó años intentando convencer a sus padres para hacer viajes a lugares exóticos. Cogía el globo terráqueo del despacho de su abuelo y le daba miles y miles de vueltas. Después, lo paraba posando su dedo índice en puntos donde, creía ella, la aguardaba su destino: La Patagonia, Indochina, Sarmancanda... Mas nunca logró visitar aquellos lugares que parecían rondarla.

 

II

Ángela y Macarena se veían cada vez menos: la universidad alejó a una de la otra. Ángela permaneció en la misma ciudad que la vio nacer, viendo como las flores de la primavera daban paso a los calores del estío. Al verano le seguía la añoranza que le traía el otoño, tras el cual, las nieves cubrían los tejados de las casas y los campos que circundaban la ciudad; hasta que una florecilla asomaba entre el albo manto para anunciar la llegada de una nueva primavera.

 

Cuando Ángela finalizó sus estudios de psicología, hacía tiempo que había olvidado el vaticinio que un día le hiciera la pitonisa. Por ello, al subir al avión con sus compañeros de clase destino a Salzburgo para emprender el viaje de fin de carrera, no pensó que al otro lado pudiese encontrar sino la bella ciudad en la que nació Mozart.

 

Durante cinco días, se acostó a altas horas de la noche con los pies doloridos después de recorrer las calles de la ciudad austriaca. Volvió a la niñez en el Palacio de Hellbrunn, mojándose con los juegos del agua, escondiéndose entre sus estatuas, ocultándose en sus grutas; en la Abadía de Nonnberg, creyó ver a María entre sus sonrisas y lágrimas; se deleitó en un parque con un cuarteto de cuerda de música diecochesca… En el hotel, las veladas se prolongaban hasta las primeras luces de la Aurora, entre risas y alguna que otra borrachera con aquellos jóvenes con los que había compartido los cinco años de carrera. Y las noches en las que subía a la habitación cuando aún era de noche, la luz de Selene la invitaba a abandonarse, entre susurros, en sabrosas confidencias con Esther, que dormía en la cama que había junto a la suya.

 

Dejó para el último día el encargo que le había hecho su padre. En un anticuario situado en una calle adyacente a Greteidegasse, tenían unas cartas manuscritas de Goethe a Charlotte von Stein que nunca fueron publicadas. El padre de Ángela se había puesto en contacto con el dueño de la tienda, quien prometió guardárselas hasta que la joven fuera a recogerlas. Y ella se acercó a la tienda de antigüedades la última mañana de su estancia en la ciudad austriaca, mientras sus compañeros de clase se preparaban para ir al aeropuerto de regreso a España.

 

Se entretuvo rebuscando entre el revoltijo de objetos que ofrecía la almoneda. Sus manos acariciaron terciopelos que en otro tiempo cubrieron lechos de altos doseles; con leves golpecitos liberó la música de copas de bohemio cristal; abrió cajas de exóticas maderas que guardaban alhajas de damas de tiempos pretéritos... Y en ese entretenimiento no se dio cuenta de la velocidad con la que se perseguían las agujas del reloj. Un cuco la sobresaltó cuando anunció la llegada del mediodía. Salió apresurada de la tienda temerosa de perder el avión. Entró y salió de distintas calles: le parecía verlas por vez primera. A veces se encontraba ante alguna casa, alguna tienda, que le resultaba conocida; mas, tras media hora de andar sin estar segura del rumbo que tomaban sus pasos, se convenció de que se había perdido. Por un momento, se sintió presa del pánico. Echó mano de su balbuciente inglés y preguntó a varios transeúntes por el camino que llevaba al hotel. Sin entender muy bien las indicaciones que le daban, siguió dando vueltas y más vueltas, hasta que un joven pareció percatarse de su extravío y se acercó a ella en el momento en que la campana de una iglesia lejana daba la una.

 

La suerte quiso que el joven que vino en su ayuda fuese español. La acompañó hasta el hotel, mas cuando llegaron, hacía tiempo que sus compañeros de viaje volaban de vuelta a casa. Ángela no fue capaz de esconder su desolación. ¿Qué iba a hacer ella sola en un país extraño, sin conocer a nadie, sin saber el idioma? Fernando, que así dijo llamarse el joven, se ofreció a comer con ella y a ayudarla después a comprar un nuevo billete de avión. Prometió con una pícara sonrisa tratarla cual si fuera una princesa y hacerle pasar una tarde que, por muchos años que transcurrieran, no podría olvidar.

 

Debió cumplir con creces su promesa, pues, hasta tres días después, Ángela no partió hacia España. La llevó a pequeños restaurantes, ocultos en recónditos lugares, allí donde no llegaban los turistas; con él fue a pasear por los bosques; callejearon por travesías poco transitadas; pasearon a la orilla del Salach y se deleitaron hasta el empacho con tarta Sacher.

 

Ángela se quedaba extasiada escuchando el verbo fácil de Fernando. Su mirada volaba tras los ojos del joven que intentaba seducirla con melosas palabras.

 

Fernando era un joven ingeniero de telecomunicaciones que, al finalizar los estudios, le habían acuciado las dudas sobre su futuro. Perdió las ilusiones por el trabajo que encontró nada más salir de la Escuela de Ingeniería y en el que estuvo trabajando tres años. La tristeza llamó a su puerta: todo lo que, hasta entonces, le daba contento dejó de hacerle soñar. Ni siquiera el amor de su novia de juventud logró arrancarle de la melancolía. Y un día, metió en una mochila unos cuantos pantalones, varias camisas y los jerséis que más le gustaban; cerró la puerta de su casa y puso el pie en el estribo de un tren que lo llevó a los parajes más bellos de Europa. Hacía dos años, ya, que estaba viajando sin más equipaje que su antigua mochila, un puñado de monedas ganadas dando clases de español y un montón de recuerdos. Allí donde iba, encontraba personas amables dispuestas a hacerle la vida feliz y, cuando dejaba los pueblos y ciudades por él visitados, con lágrimas de pena le despedían.

 

Al menos, ésta fue la historia con la que a Ángela encandiló.

 

Cual un trovador errante por los caminos del orbe, sus palabras eran dulce ambrosía para el paladar de la joven. Le buscó alojamiento en un hotelito de las afueras de la ciudad que recogió el último aliento de Haydn, donde la dejaba cada noche suspirando por quien le había robado el sosiego. Y cuando oía su voz al recogerla por las mañanas, su corazón revoloteaba en su pecho cual un pajarillo en busca de la libertad.

 

La última noche, anduvieron vagando por las calles de la ciudad, huyendo del momento de la despedida. Sin ellos darse cuenta, sus manos se enlazaron y sus pasos se encaminaron a la habitación del hotel donde Ángela se alojaba. Un lecho con el perfume de las rosas de mayo les esperaba y, cuando se dieron el primer beso, el tintineo de unas campanillas lejanas trajo el viento por la ventana abierta de la habitación.

 

Era mediodía cuando se dijeron adiós al pie de la escalera del avión. Ángela le dio su teléfono; Fernando prometió buscarla en otoño, cuando regresara, de vuelta a España. Mas...

 

Mas, nunca cumplió su promesa. Las hojas de los álamos se cubrieron de rojo, cual si de un incendio se tratara. Ángela esperaba impaciente una llamada que no llegaba: cada vez que se oía el sonido del teléfono o el timbre de la puerta de su casa, su corazón la golpeaba en el pecho con latidos acelerados. Las hojas del calendario volaban una tras otra; su rostro se cubrió de un velo de tristeza. Un año dio paso a otro y la joven dejó de esperar.

 

III

Ángela puso un gabinete de psicología clínica con Esther y otros dos antiguos compañeros de clase. Se especializó en atención temprana y cada día veía a niños y niñas que no habían cumplido tres años y nececesitaban que estimulasen sus dones dormidos. Aunque disfrutaba con los juegos y las caricias que le regalaban sus pequeños, notaba un vacío en lo más hondo de su corazón. Durante un tiempo, salió con un joven cariñoso y atento amigo de su hermano, mas lo dejó al cabo de unos meses: le faltaba la magia que en otro tiempo creyó vivir junto a Fernando.

 

El domingo de una mañana de abril, se asomó a la ventana de su habitación y vio, jubilosa, que el Sol había hecho acto de presencia tras varias semanas de pertinaz lluvia. Cogió la cámara de fotos que le regalara su padre al cumplir veinticinco años y salió en busca de una imagen que la enamorase. Las calles de la ciudad estaban repletas de gente: niños con globos de colores, jóvenes que entraban y salían de las tiendas cargados de bolsas y paquetes, parejas de enamorados que hacían guiños al Sol. Siguiendo a la multitud llegó al Parque de los Suspiros. La cámara de fotos no paraba de inmortalizar la alegría que veía en derredor: vendedores ambulantes, mimos que atraían a los niños, músicos que competían con los trinos de los pájaros… Ángela entró por la puerta del Norte y salió por la más próxima a la calle Mayor. Una nube negra cubrió el cielo, amenazando, de nuevo lluvia. Echó a correr a lo largo de la calle hacia el viejo caserón en el que se encontraba su apartamento: una buhardilla que, en otro tiempo, fue el trastero de una de las viviendas del inmueble.

 

En el mismo caserón tenía su estudio, Gemma, la joven fotógrafa con la que solía quedar algún que otro sábado por la noche para salir. A ella le llevó los negativos para que le revelase las fotografías tomadas aquella mañana. A Gemma, no le gustaba tener espectadores mientras trabajaba, por lo que preparó una bebida para Ángela y le dejó unas cuantas revistas de viajes en tanto ella entraba en el cuarto oscuro. No fue hasta el día siguiente cuando abrió el sobre amarillo que le diera Gemma. Su corazón se paró un instante para volver a latir galopando cual corcel desbocado al ver la imagen que asomaba en la esquina de una de las fotos. Él estaba junto al estanque de los cisnes dándoles de comer lo que parecían unas miguitas de pan.

 

Durante días y días, Ángela perdió la quietud que, hasta entonces, la había acompañado. Buscó a Fernando por calles y avenidas; regresó al Parque de los Suspiros, donde hasta a los cisnes preguntó; escudriñó los rostros de los viandantes, mas ninguno le devolvió la mirada amada. Y la presencia del joven desapareció de la ciudad cual si se hubiese tratado de un espejismo.

 

IV

Diciembre. La ciudad se había engalanado con luces de colores. Los árboles lucían guirnaldas que los niños contemplaban extasiados. En la plaza, una mujer con más años que el reloj de la Torre deleitaba a los transeúntes con las castañas asadas que, tímidamente, les ofrecía. En la puerta de una tienda los emisarios de los Reyes Magos recogían las cartas de los más rezagados. Un mercadillo de Navidad exponía en sus tenderetes figuras del Belén, mazapanes, manzanas de caramelo y confetis.

 

Paseando entre la gente, Ángela se dejaba invadir por el espíritu de la Navidad. Hacía tiempo que se habían borrado las facciones de Fernando de su memoria. No, no es cierto. Su amado la visitaba en la noche, cuando Morfeo velaba sus sueños. Se paró en el tenderete de un orfebre atraída por sus pendientes de filigrana. Rebuscó y rebuscó entre las alhajas que el tendero guardaba en una caja. Y en esta tarea estaba entretenida cuando se oyeron unas campanillas de algún puesto cercano y a su espalda una voz que, al instante, reconoció, la interpeló:

 

—Llevo años y años buscándote, mas, cuando creía hallarte, tu imagen se escabullía. Ángela, ángel mío, el día que nos despedimos, la alegría voló de mi corazón. Dejé de transitar por esos mundos lejanos y regresé a España siguiendo tu estela; mas, al llegar a esta ciudad en la que abriste los ojos a la luz por vez primera, descubrí que el papel que me diste al pie del avión que te alejó de mí se había extraviado.

 

Con temor se giró Ángela, siguiendo la música de la voz que la llamaba. Sus ojos tropezaron con una mirada pícara, la misma que en otro tiempo la enamoró. Las manos volaron hacia otras manos; los labios se buscaron impacientes para encontrarse en un beso de pasión.

 

Cuando se deshicieron de tan tierno abrazo, Ángela vio una extraña figura que caminaba entre los tenderetes de aquel mercadillo navideño. Una mujer alta, delgada, tocada con un turbante rojo, despertaba la admiración a su paso. Entonces, la memoria le trajo a la joven el recuerdo de una voz lejana que le decía:

 

—Harás un largo viaje hacia un país lejano y, cuando llegues al final del camino, encontrarás un amor que ni huracanes ni tormentas, ni hombres ni mujeres, ni niños ni niñas romperán jamás.

 

Y, al cruzar una mirada cómplice con ella, supo que había llegado al final del viaje.

 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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