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5 min
YA ES NAVIDAD EN EL CENTRO COMERCIAL
Suspense |
22.11.12
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Sinopsis

YA ES NAVIDAD EN EL CENTRO COMERCIAL.

YA ES NAVIDAD EN EL CENTRO COMERCIAL

 

Vestía pantalones oscuros, americana, camisa y corbata a juego. Era temprano y llevaba diez minutos en una de las plantas del centro comercial, mirando estanterías y observando de reojo los accesos al lavabo de señoras. No había entrado nadie, hasta que una atractiva mujer se dirigió a la puerta. Con naturalidad, la siguió y entró tras de ella sin que se diera cuenta. Nadie lo vio. Pasado un tiempo, no demasiado largo, y tras comprobar con cuidado que la zona estaba despejada, salió tranquilamente y se marchó.

Apenas transcurrida una hora, la policía había acordonado los alrededores de aquel mismo lavabo. En su interior, un agente tomaba fotografías mientras otro hacía acopio de apuntes en una pequeña libreta. Nombre, apellidos y  domicilio. Mujer de treinta y cinco años. Todo ello según la documentación hallada en un bolso junto al cadáver. Presentaba signos de estrangulación y los pies amputados por encima de los tobillos, seguramente con una sierra quirúrgica. Dichos miembros se encontraban también al lado de la víctima. Del cuello de la misma colgaba una bola roja de tamaño mediano, de las que se utilizan como ornamento en los árboles navideños.

Al cabo de un rato llegó un inspector. ¿Han tomado huellas?, preguntó. Sí señor, dijo el agente que escribía notas. Las hemos enviado a analizar. Bien, quiero el resultado en cuanto esté listo.

El inspector observó el  cuerpo sin vida de la mujer. Las marcas en el cuello eran intensas hasta la deformidad, motivo por el cual sospechaban que eran obra de un hombre. Este cabrón es fuerte, comentó como siempre refiriéndose al desconocido asesino. En ese momento alguien le llamó a su teléfono móvil. “Inspector, esta vez tampoco hay huellas distintas a las de la muerta en ninguno de los objetos personales disponibles. Y no hemos encontrado ninguna en la bola que lleva colgada. Ya sabe, ese tipo debe usar guantes”. De acuerdo, voy a desayunar. Manténgame informado.

Era el sexto año consecutivo en que, el día de Nochebuena, se repetía una escena parecida. Otras veces había ocurrido en otros lugares de la población, pero el crimen siempre era el mismo. Víctima femenina, estrangulación, amputación de los pies y esa maldita bola roja como macabro remate del cuadro. El autor nunca dejaba el más mínimo resquicio que pudiera delatarlo. Jamás nadie había visto nada sospechoso antes de cometerse los asesinatos. La policía comenzaba a ponerse nerviosa, de manera habitual, por aquéllas fechas. Navidad tras Navidad. Aquel día, una vez más, resultó desconcertante.

Muchas horas después, ya entrada la noche, al otro extremo de la ciudad, el asesino había tenido tiempo de comprar los últimos regalos y el pavo más grande del supermercado. En apariencia, era una persona corriente. Vivía con su abuela, su única familia, quien a pesar de su avanzada edad lo cuidaba con dedicación. Además, todavía era una excelente cocinera, de modo que preparó la cena con esmero y destreza.

Una vez sentados a la mesa, decorada vistosamente para la ocasión, él trinchó personalmente el asado con extrema habilidad y sirvió una tierna porción a la abuela. Luego puso la suya en otro plato y escanció el vino. Brindaron, y antes de comenzar a cenar dejó perder su mirada dirigiéndola al grande y bonito árbol de su comedor. Otro año más, no pudo evitar revivir en  su memoria un recuerdo lejano.

Tenía once años. Era Nochebuena y sus padres estaban enzarzados en una acalorada discusión, como de costumbre. Él, asustado, se había refugiado debajo de la mesa de la misma estancia en la que ahora se hallaba. Desde su escondite, con los faldones del mantel a la altura de sus ojos, tan sólo podía ver los pies de sus padres, que se movían agitados dando nerviosos pasos cortos de un lado para  otro, y las brillantes bolas rojas del árbol de Navidad. En medio de una tormenta de insultos proferidos por su madre, el cuerpo del padre se desplomó súbitamente. Su hijo ahora podía verlo tendido e inerte delante de él, y en seguida se dio cuenta de que estaba muerto. Escuchó un golpe seco sobre la mesa inmediatamente antes de que llegara al suelo, empujado por su propia mujer. Los reflejos de los adornos rojos se apoderaron de la mirada atónita del niño. Ni siquiera una lágrima pudo resbalar por su rostro espantado y perplejo. Algún tiempo después su madre también murió, deprimida y trastornada, pero él, sin olvidar aquel empujón que jamás pudo ver, se mostró indiferente.

-       ¿Te ocurre algo, cariño?, le preguntó la abuela.

-       No, nada, nada, no te preocupes. Es que hoy ha vuelto a ocurrir. Esta mañana han encontrado otra mujer asesinada. Como todos los años.

-       Sí, lo he escuchado por la radio. Y habrás estado allí ¿verdad?. ¿Has tenido que hacerlo?. No sé cómo puedes soportarlo, hijo. Esos crímenes, los cadáveres, la sangre…  ¿No estás cansado de todo eso? ¿Por qué no lo dejas?

No puedo abuela, respondió él. Es mi trabajo. Soy inspector de policía, ¿recuerdas?.

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