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5 min
yo, mi, me, conmigo.
Poesía |
06.01.21
  • 5
  • 1
  • 374
Sinopsis

He hecho limpieza
en un día lluvioso,
en un día frío como los de antes
de un invierno que nunca viviste,
he sacado cada caja 
de debajo de la cama
y pensado que sería de ti 
si las dejase huérfanas en la tormenta
bajo la ventana 
y las rejas
de mi habitación,
¿nuestra habitación?,
quizá no seamos las dueñas 
de ese espacio de gotelé
si nunca te sentiste parte
de sus rincones
ni en los momentos
incorrectos.
Podría enviarte cada carta
que arranqué de los cuadernos
que te regalaban por Navidad
desde que cumpliste doce
y que luego quisiste tirar
por no ser capaz de escribir en papel,
siempre tuviste 
una muñeca vaga
y una fuente que cambiaba
de humor
con mucha impaciencia
por ser algo que leerían
en una biblioteca
mal y pronto.

Podría enviarte los pósters
de las Bratz y todos los iconos
que tuviste agujereados
en corchos
y paredes con plastilina,
o los cuadernos llenos de dictados
que te aburrían
por repetir siempre la misma historia
junto a las matemáticas fallidas
que te hicieron replantearte
la inteligencia que sabes
que adoras ocultar;
nunca entendí el masoquismo
de tu cuerpo al aceptar
los insultos de tu cabeza.

Podría no abrir esas cajas
con DVDs de Barrio Sésamo
que dejaban cada seis de enero
a diez minutos de tu salón
y tu desayuno,
llena de canciones 
de El Oso de la Casa Azul
y del único vestido de princesa
que tuviste
y te hizo sentir como algo que nunca
volviste a ser
y de lo que dejabas constancia
en cada pasillo de parqué.

Podría enviar el pupitre blanco y rosa
y roto e infantil
(cómo eres tú),
y los paquetes de natillas
de marca blanca
que dibujaban cada folio
y muñeca que pintabas
y despeinabas por diversión,
ser madre nunca fue lo tuyo
si no se trataba 
de esos muñecos de trapo
con ojos desgastados
y miembros descosidos
de un amor tan posesivo
impulsado por el miedo
a un trauma tan precioso
y difícil de superar.

Podría contar cada pegatina
en los álbumes del bazar
o cada foto en la que ya no te reconoces,
cada figura que te robaron
en el recreo del colegio
y todas las excusas que ponías
a las ocho de la mañana
para no volver;
podría narrar todas los viernes tarde
en los que ibas allí
donde creías que tenías un hogar
a sesiones de catequesis,
donde ya no veías rostros
en los que una vez fueron
sombras inseparables
durante los descansos
entre clase y clase
y con sólo seis años.

Podría pensar en las mudanzas
y los quirófanos 
de los que solo recuerdas la luz
del techo
y una canción de Coti
por la ventana
de alguna enfermera distraída,
del perro que te esperaba en casa
para dormir
o jugar a los disfraces,
o en el garaje al que llegabas
al cruzar la esquina de noche
y después de un día leyendo
a la Pobre Antonieta
no poner huevos
en un Barco de Vapor;
en todos los sábados a la nueve
y las comidas de después,
en Fito y los juegos piratas
en la PlayStation
en el cariño que ahora repudias
y el espíritu festivo
que se fue con las galletas
y el licor
del último año que creíste
en la magia.

Podría escribir sobre las tardes
viendo iCarly
o Disney Channel 
después de una semana
de comedor
y salidas a las cuatro,
cantando las sintonías
que ahora te hacen suspirar
y llorar por no poder volver
a la primera vez
de una felicidad
tan básica
que ahora resulta trivial
y poco lúcida,
podría recordar esas noches 
yendo a un Corte Inglés
con luces rosas
que ahora no sabes si fue real
o un espejismo,
o esos días en los que
vivías en tus musicales
rodeada de vampiros,
cómo las primeras historias
que escribiste
de amor
e inmortalidad.

Podría ser mejor
y recordar los uniformes,
las misas y los rezos
que te aprendiste moviendo los labios
bajo el escepticismo de tu ateísmo,
de las peleas con el cura
en las clases de Religión
o la presión por no ser suficientemente
buena para el mundo
que te merecía
y te cambió
y del cual desapareciste 
por falta de atención
o personalidad,
no tuya 
ni de los libros y películas
que viste los miércoles por complacer,
sino del resto por conformarse 
con tan poco;
podría ser peor
y ponerte nerviosa recordando
los primeros amores
y los remordimientos con malas decisiones,
cómo Fernando
o Teresa
o cualquier persona que te resultase
interesante
o una causa perdida,
¿por qué no se lo dijiste a ella
si lo hiciste con él?,
nunca entenderé tu lógica.

Podría enviarte cartas,
sí,
pero ambas sabemos
que la poesía resultó
ser el único amante
fiel que tendrás
y al que mostrarás 
los miedos físicos
que podrá tocar cuando quiera;
sueñas con un Madrid
que solo existe en la pantalla,
seguido por actores
que salen de series del 2008
o de bares
con neón que te darían mucha calle
y menos vergüenza
y al que nunca irás
por falta de ganas.
Por moderte las uñas,
por desgranar cada mora de gominola
o preferir los regalices rojos,
por vestir de la forma que tú sabes
y nadie más entiende,
por mandar mensajes con siete horas
de diferencia y trasnochar
si es necesario.
Por llevar el pelo de un azul
diferente en cada estación
de autobús y del año
y por la vida que creas
alrededor de todos los libros
que consigues leer en dos semanas
y que nadie más conoce,
por ser tan única
que da rabia
no haberte mirado más
en el espejo.

Yo, mi, me, conmigo,
podría enviarte cartas,
pero no conjugaría
de forma apropiada
y ya sabemos lo que Bécquer
y la literatura significó
para tus tardes en soledad;
yo, mi, me, conmigo,
contigo
o las dos
si somos una
aunque a veces no lo parezca.

 

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