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3 min
Yo no estoy loco
Amor |
27.05.18
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Sinopsis

Una vez se me ocurrió una idea genial...

​Me escapé del manicomio porque yo no estoy loco. Esperé a que el celador nos deseara buenas noches y apagara la luz. Entonces até a la pata de la cama, la sábana, la colcha y la cortina de flores. Salté del tercer piso y, en menos que canta un gallo, ya estaba en la calle.

Había oído decir a un interno --que pertenecía al narcotráfico, y se hacía pasar por loco para no ir a la cárcel--, dónde tenía escondido el dinero de la droga. Como yo conozco el lugar como la palma de mi mano, fui directo a un viejo almacén de empaquetado de plátanos. Crucé la nave pegado al muro, y en el sótano encontré el zulu. Aunque estaba  cerrado con tres candados, lo abrí en un parpadeo.  Encontré cuatro grandes sacas repletas de billetes de cincuenta, cien y quinientos euros. Me eché al bolsillo un fajo de cien, y me marché rápidamente. Regresé un par de horas más tarde en un parapente a motor. Hace años fui instructor de vuelo. Cargué las cuatro sacas de manera que no entorpeciera las maniobras del paracaídas, y, volando, me dirigí a la Calle Mayor.

Sabía por la tele que hoy había una gran manifestación. Los obreros pedían mejores sueldos. Los alimentos, la vivienda y la electricidad están subiendo sin parar. Mi genial idea era la de repartir el dinero del narco entre los más pobres del lugar. Sobrevolé la manifestación, y, con gran ilusión, dejé caer la primera lluvia de billetes. Hubo un rápido movimiento de gente. Con la segunda saca se formó una maravillosa cascada llena de colorido. Todos miraban al cielo, agradecidos, y, con los brazos en alto, perseguían el dinero que se mecía en el aire. Cuando vacié la tercera, aún sonreía, feliz. Pero cuando volcaba la última saca de dinero sobre la gente, descubrí, con horror, cómo se peleaban, se empujaban, se herían. Había sangre, gritos, terror. También la policía perseguía el dinero dando porrazos a diestro y siniestro. La gente pasaba por encima de la gente que caía. La manifestación se había roto. Todo se convirtió en un caos. Algunos hombres habían muerto, pisoteados. Se habían vuelto locos.

Un helicóptero me hizo señas para que descendiera y tomara tierra. En una incontrolada avalancha, la gente se abalanzó sobre el parapente, y casi me matan. Viví un momento trágico.  Dolorido, confuso y apenado, me ingresaron de nuevo en el centro psiquiátrico.

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