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3 min
Yo, tu asesino
Reales |
10.03.15
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Sinopsis

Hipótesis sobre la misteriosa muerte del fiscal Nissman en la República Argentina

          Transcurre una calurosa noche de enero en la ciudad de Buenos Aires. Un domingo que, sin embargo, no es uno más. Es la antesala del día más importante de su carrera, tal vez de su vida, y el fiscal repasa una y otra vez su estrategia y sus notas. Garabatea, con trazos estirados, comentarios junto a cada punto de los documentos que veré después. Pensaré que esos trazos evidenciaban nerviosismo. O desesperación. Los ansiolíticos que me había enviado a comprar el día anterior no le hicieron efecto alguno.  Hay que reivindicarse, debió pensar él.

      Toco a su puerta, tres golpes secos y algo espaciados; eran el santo y seña convenidos. Escucho algunos ruidos, quizá una silla al ser arrastrada sobre el piso. Luego unos pasos, los cerrojos de la puerta chirriando.

        —Hola —me dice a secas al abrir la puerta, como siempre—, ¿trajiste lo que te encargué?

       —Si —le respondo, al tiempo que me da la espalda, confiado, dejando que me encargue de cerrar la puerta luego de entrar.

            —Pasá. Preparé café. Servite si querés —me dice mientras da unos pasos hacia el living.

            Cierro la puerta, mientras extraigo su encargue de mi bolsillo; retiro sigilosamente el seguro y acerco el silenciador de la 22 a pocos centímetros de su cabeza, ligeramente arriba y por detrás de su hombro derecho. Disparo. Se desploma. La bala atravesó el frágil hueso de su cráneo haciéndolo trizas, como si fuera cristal. No hay orificio de salida. El plomo probablemente ha deshecho su masa encefálica.

            Su cuerpo es más pesado de lo que imaginé. Lo arrastro hasta el baño. Hay mucho por hacer: limpiar, desvestirlo, acomodar la escena.

            Unos minutos después me encuentro cómodamente sentado en un sillón del living. Sobre la mesa, al frente, hay una cafetera aun humeante y dos tazas solitarias. Lleno una. Saboreo tranquilo el café importado. Me levanto, tomo los documentos que están desparramados sobre la mesa de cenar. Distribuyo otros en su lugar, intentando copiar fielmente la disposición de los originales.

            Antes de salir, ya estando a un paso de la puerta de servicio, hecho una última mirada hacia atrás; siento una especie de orgullo, como un escenógrafo que contempla la perfección del  proscenio que ha imaginado previamente. Sonrío, satisfecho. Y me largo.

 

Carlos Sebastián Dailoff. Goya. 8-3-15 

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