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60 min
Yog-Sothoth no es tu amigo
Suspense |
02.10.18
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Sinopsis

Dos jóvenes sectarios de pueblo, cansados del ninguneo al que son sometidos por su líder, planean vengarse llevando a cabo el robo del mismísimo Necronomicon.

PRIMERA PARTE

Desde hacía tiempo, muchos se quejaban por la localización de la discoteca del pueblo. Era la única discoteca, claro, y suerte que había una, ya que en esos enclaves rurales, más aldeas que pueblos, no hay mucho que hacer salvo ir a tirar piedras a la carretera, reventar cardos borriqueros con la escopeta de aire comprimido, quedarse en casa mirando al suelo... O fundar una secta. Otra secta, en realidad, ya que disponían de una iglesia y varios curas, y era tradición pasear tronos procesionales a lo largo de las estrechas calles del pueblo. De modo que la secta recién fundada era, en realidad, la segunda secta enquistada en Las Minas, que así se llamaba el pueblo.

      Se trataba de una secta maligna, pero maligna en el buen sentido porque no ocultaba sus intenciones satánicas. Ningún integrante consideraba que sacrificar seres humanos en un altar fuese un acto bondadoso, pero lo hacían porque eran malvados, lo admitían y les gustaba. No necesitaban justificarse, pues iban con la honestidad por bandera.

      La secta estaba formada por nueve integrantes y un líder que rebosaba carisma y exhibía una labia entrenada durante años en el arte de embaucar.

      Hugo y Jorge eran los nuevos miembros. Creyeron que tras superar las pruebas de iniciación los convertirían en miembros y les entregarían a cada uno de ellos una túnica y una pistola o, en el peor de los casos, un cuchillo ceremonial con sus iniciales grabadas en la hoja.

      No ocurrió nada de eso, excepto lo de las pruebas. Pruebas sí que hubo, abundantes y desagradables. Casi todas ellas tenían como objetivo tragar algo asqueroso o meter el pene en algo asqueroso. Pese a todo, los novatos las superaron, y una noche de luna llena en mitad de un rastrojo, el líder los nombró miembros oficiales.

      No hubo túnica ni pistola, tan sólo una palmada en la espalda y un primer encargo. Como no podía ser de otra forma, trabajo sucio que nadie más quería.

      Pero volvamos a la discoteca. El local se encontraba en las afueras del pueblo, a medio kilómetro, ubicado en pleno campo. Para llegar hasta allí (si es que no se iba en coche, en cuyo caso el viaje resultaba más cómodo y rápido), había que cruzar la vía del tren y acto seguido atravesar un camino sin asfaltar bordeado por cañaverales y tierras de labranza. Era un recorrido relativamente sencillo si se hacía durante el día, pero en plena madrugada y con dos copas de más entre pecho y espalda, no resultaba nada recomendable. A los jóvenes les daba igual, pues se creían capaces de cualquier cosa, invulnerables al peligro, pero sus padres no se sentían cómodos ni tranquilos con el recorrido que sus vástagos llevaban a cabo cada fin de semana de verano. Temían accidentes, violaciones y raptos. La sombra de Alcácer y otros casos de similar índole era imborrable para la generación de aquellos progenitores que ahora temían las andanzas nocturnas de sus hijos.

      Sin embargo, nadie imaginaba que el peligro era tan real y cercano.

      Hugo y Jorge se encontraban ocultos en el cañaveral, junto a una acequia, esperando fuera del coche para aprovechar la brisa nocturna de verano, ya que el interior del vehículo era un horno incluso de noche.

      Hastiados, acribillados por hordas de mosquitos despiadados y a la espera de que alguna joven solitaria y borracha pasase por allí de camino a casa tras la memorable juerga. Era complicado, pues todas iban acompañadas por amigas o sus respectivos novios, pero con paciencia podía llegar la chica adecuada, ésa que reuniese la combinación perfecta de propiedades deseadas por los sectarios para cometer el rapto: soledad y embriaguez.

      —Ahora entiendo por qué nos han enviado a nosotros –gruñó Jorge.

      —Porque somos los nuevos y nadie más quiere hacer esta mierda. No hay que ser un genio para saberlo, macho, es el orden natural –respondió Hugo, sentado en el capó­-. En todos los trabajos hacen lo mismo, da igual que sea la CIA o el McDonald´s. Es normal. Aprovechan que los nuevos se tragan lo que sea con tal de causar buena impresión para endiñarles lo que nadie más quiere hacer: fregar retretes, limpiar vómitos, cambiarle el pañal al abuelo, cargar sacos, secuestrar chicas de madrugada.... Y lo siguen haciendo hasta que el nuevo deja de ser nuevo, se espabila y aprende a decir «hazlo tú».

      —Creía que superar las pruebas de iniciación era suficiente para ganarse el respeto de esos pirados.

      Hugo lanzó una brusca mirada de asombro a su compañero.

      —¿Pirados? Lo dices como si tú no formases parte del mismo grupo.

      —Pero yo no soy un pirado. Lo único que tengo en común con esa gente es la creencia en el mal como elemento de poder y purificación. Ellos –dijo, señalando a un punto indefinido de la oscuridad rural que les rodeaba- son una pandilla de ricachones aburridos que ya no saben qué coño hacer con sus vidas. Y el líder, el tal Arturo Castellanos, es el más mamón de todos.   

      Hugo soltó una carcajada, pero rápidamente se puso las manos en la boca para autosilenciarse. No convenía revelar su posición, ni siquiera su presencia. 

      —Alucio contigo, Jorge –dijo Hugo en voz baja-. Si todo te parece tan absurdo, ¿por qué pasaste el calvario de las pruebas? ¿Eres tonto o qué?

      Jorge no respondió. Se limitó a cruzarse de brazos y mirar al cielo con gesto dramático, resoplando y negando con la cabeza.

      —No seas hipócrita –añadió Hugo.

      —Calla –ordenó Jorge con un enérgico susurro-, viene alguien.

      Se levantó del capó y, caminando con cuidado de no hacer ruido, asomó la cabeza a través de la cortina de cañas verdes que les separaban del camino. A unos veinte metros, sumidos en una penumbra rota únicamente por las luces de los teléfonos móviles reflejadas en sus caras, un grupo de tres jóvenes –dos chicos y una chica- se acercaban entre risas y vaivenes provocados por el alcohol y, quizá, algo más fuerte. En cualquier caso, a Hugo y Jorge no les servían.

      —Son tres, me cago en la puta –susurró Jorge, y acto seguido sacó la cabeza de las cañas y volvió al coche junto a su compañero.

      Hugo resopló. Hasta él, que era el más positivo de los dos, se estaba cansando. Eso fue lo que le hizo decir:

      —Se acabó, nos vamos. Son las tres de la madrugada y mañana a las siete tengo que estar en pie para ir a las aceitunas.

      Hugo, al igual que un alto porcentaje de los habitantes del pueblo, trabajaba como jornalero recogiendo aceitunas junto a una cuadrilla con la que poco o nada tenía en común. Él era el único que leía, lo cual le hacía tener una forma de hablar rara a oídos de sus compañeros, quienes lo tildaban de friki y amanerado sólo por saber construir correctamente una frase y vocalizar de forma entendible.   También podía decirse que, al contrario que los otros, Hugo se preocupaba por cuidar su imagen. Era, de hecho, un tipo muy atractivo; ojos azules, abundante mata de pelo castaño peinado en forma de tupé, gruesas patillas dignas de los años 70 y una piel tersa, hidratada y suave gracias a los numerosos productos estéticos que se aplicaba a diario. Durante una breve temporada probó suerte en el mundo de la moda, pero abandonó pronto. La mitad de los fotógrafos con los que trabajó intentaron seducirlo y bajarle los calzoncillos, algo a lo que Hugo no sólo no estaba dispuesto, sino que odiaba con todas su fuerzas. No se cortaba en decir a voz en grito que detestaba a los homosexuales, y que si un maricón osaba posar la mirada en él más de dos segundos, con gusto le partía la cara.

      El mundo de la moda no era compatible con su mentalidad, y eso que durante su corto devaneo ganó lo suficiente para comprarse un coche.

      Jorge era muy distinto. Sus rasgos eran los propios de un hombre de campo: piel oscura y castigada por las horas a pleno sol trabajando en la recolecta de patatas, ajos o habas, según la temporada. Su personalidad, mucho más débil, le castigaba con una autoestima baja y de carácter achantado. Si estaba en la secta, no era por iniciativa propia, sino porque Hugo lo había arrastrado con su labia letal.

      Jorge, con los ojos muy abiertos, comprobó la hora en su reloj. Lo peor no era que fuesen las tres de la mañana, sino que llevaban allí plantados desde las once.

      El plan, en principio, era sencillo. Se mantendrían apostados hasta que una joven, a ser posible borracha, pasase por el camino de vuelta a casa. Entonces irían a por ella, la meterían en el maletero y se la llevarían a casa de Hugo, donde la mantendrían maniatada y amordazada en el sótano hasta la noche siguiente, que es para cuando se había organizado el sacrificio.

      Pero nada salió bien, empezando por la base de todo: no pasó ninguna chica solitaria.

      —Pues algo habrá que decirle a Castellanos –caviló Jorge. 

      —Le diremos la verdad, y punto.

      Pero a Castellanos no le iba a hacer ninguna gracia que el encargo encomendado no fuese realizado por sus dos lacayos. Necesitaba una chica para la siguiente noche de luna llena, es decir, para la noche del día siguiente. Sin ella, cuyo sacrificio era la piedra angular del ritual, no podría llevarse a cabo la ofrenda.

      Arturo Castellanos, perteneciente a una larga dinastía de terratenientes y empresarios, lideraba la secta por motivos muy distintos a los de sus servidores.   Él creía con firmeza que ofrendar sacrificios a Satán le otorgaba poder y fortuna, y que su vida se dulcificaría con Belcebú de su parte. El objetivo no era otro que mantener y ampliar el imperio que había forjado primero con las herencias familiares, y luego, según él, con la ayuda del Diablo.

      Ganarse la vida con el sudor de su frente era algo que le resultaba desagradable y vulgar hasta límites indescriptibles. Cosa de pobres, decía.

 

      A la mañana siguiente, bien temprano y antes de ir al trabajo, Hugo telefoneó a Arturo Castellanos y le explicó la situación. No tenían ofrenda porque no se había presentado la situación propicia para secuestrar a nadie. ¿Qué podía hacer él? Apenas durmió, y lo último que le apetecía era coger el teléfono para informar a su líder de malas noticias, pero tampoco podía dejar tamaña responsabilidad en manos de Jorge. Le faltaba vocabulario y confianza en sí mismo, y si la llamada la hubiera realizado él, no habría parado de tartamudear, sudar y suplicar perdón hasta cabrear –más- a Castellanos.  

      —¿Tan difícil era asaltar a un grupito de borrachos y llevaros a una muchacha, Huguito? Era de noche, estaban cansados y borrachos, y vosotros sobrios y frescos. ¿De verdad no podíais? –preguntó Castellanos con falsa cordialidad paternal desde el otro lado del auricular.

      Hugo puso los ojos en blanco y se mordió el labio aprovechando que su líder no estaba allí para verle poner caras de irritación y mala uva.

      —Señor Castellanos, entiendo lo que dice…

      —No, Hugo, cállate –interrumpió con pésimos modales y evidente enfado-.  El ritual se tenía que realizar la primera noche de luna llena, y esa es la noche de hoy. Mañana ya no será la primera, sino la segunda, y eso no me sirve. Por vuestra culpa tendremos que posponer el asunto hasta el mes que viene.

      Hugo no dijo nada. Prefirió darle la razón mediante un silencio a continuar discutiendo y terminar siendo él mismo la ofrenda de sangre… O peor aún, continuar escuchando a aquél indeseable a esa hora del día. Ni siquiera había tomado el primer café.

      —De acuerdo –prosiguió Castellanos tras unos largos segundos de silencio-, celebraremos la reunión igualmente. Tengo algo que anunciaros a todos.

      Después de eso, colgó sin más.

      Hugo no tenía la menor idea de a qué se refería Arturo Castellanos con eso del anuncio que pensaba hacer. ¿Iba a disolver la secta? ¿Habría nuevos acólitos?     ¿Les iba a pagar un sueldo?

 

 

      A las ocho de la mañana sonó el teléfono móvil de Jorge. Éste abrió los ojos y se incorporó con las pulsaciones aceleradas porque, en décimas de segundos,  comprendió lo que estaba ocurriendo. Aún no se había despertado del todo, pero ya se encontraba en estado de pánico.

      La persona que llamaba era don Ricardo, el dueño del taller mecánico donde trabajaba Jorge. ¿El motivo de la llamada? Que Jorge tendría que haber estado trabajando desde hacía cuarenta minutos, y sin embargo allí estaba, durmiendo, pagando las consecuencias de trasnochar. La alarma del móvil había sonado, pero Jorge tenía tal acumulación de sueño encima, que sin darse cuenta silenció la alarma y pensó «en cinco minutos me levanto».

      No se levantó.

      Con la voz pastosa y el cerebro funcionando al 40%, Jorge respondió compungido:

      —Don Ricardo, lo siento, me he dormido… Voy para allá ahora mismo. No tardo nada.

      —Jorge, por Dios y por la Virgen, no me hagas estas cosas, que me cago en la puta madre que parió a Paneque –contestó Ricardo, más dramático que enfadado, con su voz cascada de señor cincuentón rural que habitúa a beber whisky barato y fumar tabaco Celtas-. Si supieras la faena que hay no te quedas dormido, hijo. Es que ya van tres veces este mes, me cago en Dios, Jorge. Me cago en Dios, que ya van tres veces este mes, ¿a ti te parece eso bien?

      Jorge ya se imaginaba a Ricardo como siempre que se alteraba más de lo normal: sudando a chorros, con la enorme papada inflándose y desinflándose igual que el cuello de un sapo, y limpiándose el sudor de la rojiza cara con un pañuelo mugriento lleno de mocos del día anterior y grasa de motor.

      —Don Ricardo, perdone, de verdad, que voy para allá –dijo Jorge sujetando el móvil entre la cabeza y el hombro, mientras se ponía la ropa como podía.

      —Niño, vas a tener que ser más formal con las cosillas del trabajo, ¿eh? Mira que hay mucha gente en paro y no están las cosas para tontear, ¿eh?

      —Para allá voy, don Ricardo –concluyó Jorge, y colgó; por la vía educada no existía forma de salir del bucle ricardiano. Cuando el hombre cogía carrerilla, había que echarse a temblar y armarse de paciencia. Eso, o cortar por lo sano.

 

 

      Esa misma noche, una templada madrugada de luna llena, el grupo se reunió en el olivar de Arturo Castellanos, lejos de curiosos e infieles, en mitad de una zona despoblada de árboles ubicada en el centro del amplio terreno. Allí,  Castellanos y sus acólitos convocaban a Satanás en busca de poder y riqueza, y también era allí donde descansaban a dos metros bajo tierra los cadáveres de aquellos desdichados que corrieron la mala suerte de ser elegidos para un sacrificio ritual; cuellos cortados hasta el hueso, corazones arrancados de entre las costillas rotas y rostros desollados como un pie al que se le quita el calcetín.     No era agradable para nadie, pero la deidad venerada demandaba ese tipo de encargos, y si se quería gozar de su favor y simpatía era imprescindible pasar por el aro y ensuciarse las manos.

      Y luego estaba el tema de vivir en un pueblo tan pequeño donde todo, hasta la nimiedad más insignificante, termina convirtiéndose en el componente principal de los chismorreos difundidos a lo largo y ancho de las escasas calles.  Desde que empezaron las desapariciones –y muertes, aunque eso no se sabía todavía-, en el pueblo no se hablaba de otra cosa. Era, literalmente, el único tema de conversación. Si fulano se acostaba con la esposa de mengano, a nadie le importaba. Si la guardia civil encontraba un alijo de marihuana en alguna azotea, causaba indiferencia. Si el panadero se paseaba con un coche de lujo, nadie le prestaba atención. El cien por cien de los cotilleos y habladurías más o menos contrastadas iban en la misma dirección: las desapariciones. Podía decirse que el pueblo estaba sumido en una opresiva y tensa ola de pánico, y es que era de todo menos normal que en un lugar así, donde nunca ocurría nada que de verdad mereciese la pena ser mencionado, estuviesen sucediendo unos hechos tan horribles.

      La indumentaria vestida por los acólitos y el líder –con la única diferencia de que la del líder era roja y la del resto blanca- consistía en una pesada y ancha túnica con capucha, así como una máscara de caluroso látex con aperturas para ojos, fosas nasales y boca.

      De esa guisa, Castellanos anunció a los miembros del grupo que, por culpa de un imprevisto –no quiso señalar a nadie por educación, aunque no le faltaron ganas-, no podría llevarse a cabo el sacrificio. La noticia cayó especialmente mal, pues Castellanos prometió días atrás que esa noche, por fin, tras innumerables intentos y ofrendas, Baphomet, el blasfemo macho cabrío, se materializaría ante la congregación para recibir el respeto de sus seguidores.

      Uno de los sectarios se cruzó de brazos en actitud impropia, infantil, ridícula.  Hugo y Jorge lo miraron al unísono con desprecio. Suerte que sus rostros estaban ocultos. ¿Nadie más se ha dado cuenta de lo patético que es ese tío?, se preguntó Hugo.

      —Supongo que deseáis saber para qué os he hecho venir –continuó Castellanos.

      —Hoy toca sacrificio e invocación –dijo un encapuchado.

      —Pero si acaba de decir que se ha cancelado, subnormal –respondió otro con tono desagradable. El acólito despistado, tras escuchar eso, miró a su alrededor, al resto de compañeros, sorprendido de ser el único que no se había enterado de nada.

      Después de unos segundos, Castellanos prosiguió.

      —No habrá sacrificio, pero si habrá noticias. Y noticias maravillosas, no sólo para mí, sino para todos los aquí presentes. Mirad, hermanos míos –elevó los brazos en actitud ceremonial, como un sacerdote dispuesto a dar la eucaristía-, a veces la vida nos brinda oportunidades que no podemos ignorar. En ocasiones, nos movemos en el lugar y el momento exactos que nos llevan directos hasta ese punto que ni siquiera creíamos a nuestro alcance. Nos movemos, en definitiva, en sintonía con el universo.

      Entonces, Castellanos se agachó y abrió un maletín que descansaba a sus pies, y en el que todos los acólitos habían reparado sin decir nada. De él sacó un pesado libro de apariencia vieja, esquinas chapadas y cubierta de cuero sin texto alguno, sólo un símbolo central desconocido para los  presentes. Un símbolo a medio camino entre una estrella de seis puntas y un pentagrama satánico. Castellanos lo sujetó con el mismo cuidado con que una madre toma entre sus manos a un hijo recién nacido, y lo levantó, en actitud triunfal, sobre su cabeza.  La luna llena arrojaba suficiente luz plateada como para que todos los miembros del culto pudiesen ver el extraño volumen.

      —El Necronomicon, amados hermanos –anunció el líder-. El auténtico Necronomicon está ahora en nuestro poder. Todas las puertas se han abierto para nosotros.

      Lo cierto era que, salvo Castellanos y Hugo, nadie más sabía qué era eso del Necronomicon, pero disimulaban asintiendo y emitiendo algunos «ooohh». Incluso hubo un sectario que elevó las manos hacia el cielo nocturno y las agitó en signo de éxtasis absoluto, como un negro en una intensa misa gospel. Jorge lo miró con desprecio y pensó « lameculos».

      Hugo, pese a conocer el poder del libro escrito por el árabe loco Abdul Alhazred, no estaba del todo emocionado con la noticia del hallazgo. Para empezar, no entendía cómo era posible que semejante reliquia maligna hubiese caído en manos de un simple señorito aburguesado y cortijero, y tampoco le convencía la idea de que aquél ejemplar fuese auténtico. De hecho, tenía serias dudas acerca de que el libro, el verdadero, existiera. Arturo Castellanos, como todos los de su clase, tenía contactos y se movía en círculos selectos, pero de ahí a poder adquirir el Necronomicon había un trecho insondable.

      —¿Cómo sabe que es el auténtico? –preguntó Hugo sin demasiado tacto, aunque tratando de no resultar desafiante.  

Castellanos dedicó unos segundos a buscar entre sus acólitos al que había osado preguntar e interrumpir la presentación del libro. Debido a las máscaras, era imposible identificar al tipo de la pregunta.

      —Yo, he preguntado yo, líder –aclaró Hugo, señalándose la cara con el índice.

      —Muy bien. ¿Cómo sabes que El jardín de las delicias, de El Bosco, es auténtico?

      Hugo miró a los lados, como esperando que algún compañero le chivase la respuesta. Después se encogió de hombros.

      —Puede ser porque está en un museo, ¿no? –dijo Hugo por decir algo.

      —Pues por ese mismo motivo sé que este Necronomicon es auténtico.

      —¿Porque estaba en un museo?

      —No, porque estaba en el lugar que debía estar. Se acabó, no voy a dar más explicaciones –hizo un gesto cortante con la mano para zanjar el tema, y continuó-. Hasta el momento nos ha ido bien con el padre Satanás de nuestro lado, pero es hora de dar un paso más y abrazarnos a otras fuerzas, unas muy superiores. Este libro nos permitirá contactar con entidades cósmicas que están por encima del tiempo, el espacio, la materia… Si alguien creó a Satanás, esos fueron los dioses primigenios de los que el Necronomicon habla, así que creedme si os digo que es a ellos a quienes hay que complacer.

      Arturo Castellanos no se daba cuenta, pero hablaba del tema como quien comenta que va a cambiar de compañía telefónica porque le ofrecen una factura menos abultada y, además, regalan un smartphone de última generación.

      —Yog-Sothoth –anunció Castellanos- será nuestro nuevo rey. He estado hojeando el libro durante estos últimos días, y he llegado a la conclusión de que  Yog-Sothoth es el más conveniente para caminar a nuestro lado. Él es el poder total, el conocimiento íntegro, el barón del tiempo… Le traeremos a nuestro mundo y seremos sus fieles servidores. Él hará de nuestro universo un lugar mejor, más ordenado, más razonable; y a nosotros nos colmará de poder, riqueza y un nivel de conciencia superior. La recompensa, hermanos, va a ser colosal.

      Los acólitos no recordaban haber estado más confusos en sus vidas que esa noche. Cada palabra pronunciada por Castellanos les sonaba a chino. El único que sabía de qué hablaba el líder era Hugo, razón por la cual estaba preocupado.

      La reunión terminó tras otros veinte insufribles minutos de discurso y una demostración de que el libro era auténtico. Dicha prueba consistió en resucitar, frente a los encandilados presentes, una rata que dos días antes había muerto envenenada por raticida en el cortijo de Arturo Castellanos. Tras leer un largo texto en un idioma parecido al latín, la rata, que el líder llevó hasta allí metida en una fiambrera, comenzó a agitarse con espasmos y a emitir unos chillidos impropios de un roedor de tan pequeño tamaño. Sonaba con una potencia desmesurada y una ronquera que la hacía parecer, más que devuelta a la vida, poseída por un demonio. En cualquier caso, la exhibición fue suficientemente impactante para disipar toda duda referente a la legitimidad del libro. Tras el siniestro espectáculo, Castellanos devolvió a la rata al mundo de los muertos mediante un pisotón que sonó crujiente y húmedo. 

      Antes de despedirse, el líder explicó que la invocación a Yog-Sothoth se realizaría al cabo de diez días, ya que, según las escrituras del Necronomicon, la persona encargada del ritual, es decir, él, debía someterse a una preparación física y mental antes de ponerse manos a la obra. Si se ignoraba dicho paso, se corría el riesgo de enloquecer y reventar como un grano de maíz al fuego. Todo a la vez; destrucción simultánea y literal de mente y cuerpo. El líder no quiso dar detalles, pero una de las instrucciones que aportaba el libro para llevar a cabo la preparación consistía en mantener relaciones sexuales con un pariente de consanguinidad cercana. Eso significaba que tendría que visitar a su hermana, y llevar a  la cita cloroformo en lugar de vino.

      Después de que Castellanos diese por finalizada la reunión, todos se marcharon a casa, dispuestos a reunirse dentro de diez días.

      Hugo y Jorge montaron en el coche del primero, quien se veía taciturno y preocupado mientras conducía por el oscuro y polvoriento camino que llevaba al pueblo.

      —Menudo alucine, chaval –comentó Jorge, emocionado-. En mi puta vida he escuchado hablar de ese libro, pero parece algo muy gordo. Al final va a resultar que vale la pena formar parte de esta hermandad. La rata, tío, ¡la rata!

      Hugo se limitó a mirar al copiloto, sonreír y asentir con desgana.

      —¿Qué te pasa? –preguntó Jorge, dándole un golpecito en el muslo.

      Tardó un poco en responder, dudando de si debía o no manifestar su preocupación. Al final se decidió a hacerlo.

      —Jorge, ese libro es muy peligroso. No sé cómo coño ha llegado a manos de ese gañán, pero lo mejor para todos es que lo pierda.

      —¿Por qué?

      —Porque quiere invocar monstruos que ni son buenos ni pretenden ayudarnos… ¡Yog-Sothoth, por los clavos de Cristo! Castellanos debe pensar que esa entidad es un amiguito en plan Guizmo, una entrañable mascota o algo así. Pero no; es caos, es muerte, es destrucción, y no hay nada más.

      Jorge miraba a su amigo con extrañeza, confuso, sin apenas entender nada. Él, al contrario que Hugo, nunca sintió curiosidad por estudiar e investigar todo lo que había tras el Necronomicon, pieza clave en el terreno ocultista, por eso desconocía los peligros que entrañaba permitir que la persona inadecuada jugase a los hechiceros con el libro.

      —No sabía que estabas tan informado –dijo Jorge.

      —Pues lo estoy. Por eso sé que el Necronomicon es peligroso… y caro.

      —¿Nos afecta que sea caro?

      Hugo meneó la cabeza, dudoso y con la vista fija en el camino. Al cabo de un momento miró de reojo a Jorge y respondió:

      —Verás, Jorge, se trata de que podemos matar dos pájaros de un tiro. He pensado que sería buena idea robarle el libro a Arturo. Le robamos el libro y así conseguimos dos cosas: por un lado evitamos que su mala cabeza provoque el Apocalipsis, y por otro nos sacamos un par de millones de euros revendiendo el   Necronomicon a cualquier anticuario o coleccionista sensato.

      Al escuchar «un par de millones de euros», Jorge abrió los ojos como platos.

      —Loco, ¿cómo va a ser tan caro un libro?

      —Un libro no, el Necronomicon. Como tú no lees ni haces nada, no sabes de lo que uno es capaz cuando posee ese libro, pero créeme si te digo que el valor del Necronomicon es incalculable.

      —Ya, bueno, sí. Yo no soy tan culto ni tan listo como tú, pero hace un momento has dicho que quieres quitarle el libro a Castellanos porque es peligroso, pero al mismo tiempo estás pensando en revendérselo a otro pavo que seguramente estará tan chalado como el líder. Nadie cuerdo paga dos millonazos por un montón de papel viejo.

      Hugo fulminó a Jorge con la mirada. Le dieron ganas de tirarlo del coche en marcha, pero se contuvo. En lugar de eso, una advertencia:

      —De ahora en adelante, si quieres participar en esto y llevarte la tajada correspondiente, que viene a ser la mitad, te pido que te calles, que no cuestiones y que me dejes organizar a mí el asunto, ¿de acuerdo?

      —Hugo, no te calientes, macho… Castellanos es un tío peligroso. No hagas tonterías.

      —¿Quieres participar o no?

      —Tío…

      —¿Quieres participar o no? –volvió a preguntar Hugo, remarcando cada sílaba, cada palabra. Su paciencia se agotaba.

      Jorge sopesó la respuesta, y tras unos segundos de deliberación en los que imaginó todo lo que podría hacer con un millón de euros, dijo:

      —Me apunto, pero no hagas el loco.

 

 

      Al día siguiente, a eso de las siete de la tarde, Jorge y Hugo se reunieron en el bar más concurrido y ruidoso del pueblo, el lugar perfecto para organizar un robo sin que nadie les prestase atención ni arrimase la oreja. Los parroquianos, en su mayoría achispados tras cuatro o cinco cervezas, estaban entretenidos vociferando a una pantalla de televisión en la que se emitía un partido de fútbol.  El camarero, con cara de tristeza por no haberse decidido a estudiar algo para evitar verse en la situación de tener que ganarse la vida sirviendo copas a gente que olía a sudor y cabra, atendía los rebuznos que demandaban más cañas, más jamonsito de ese güeno y más aceitunas.

      Hugo y Jorge se encontraban sentados a una mesa ubicada al fondo del anticuado local –daba la impresión de no haber sido redecorado desde 1992. Una cápsula del tiempo patria-, en una esquina mal iluminada. Con sendas jarras de cerveza y raciones de sangre de pollo encebollada ante sus narices, planeaban el robo del Necronomicon. En realidad, el único que planeaba era Hugo. Jorge escuchaba con atención.

      Pinchó un trozo de sangre frita con el tenedor, se lo llevó a la boca y, mientras masticaba, Hugo dijo:

      —No sé si has visto Ocean´s eleven o Mátalos suavemente. ¿Has visto alguna?

      Jorge torció los labios hasta convertirlos en una «U» invertida, puso cara de no saber qué era eso y negó con la cabeza.

      —Son dos películas de robos muy diferentes con un único punto en común: ambas están protagonizadas por Brad Pitt. En la primera, los ladrones son sofisticados de cojones, planean el robo al milímetro, con todo calculado, sin dejar nada al azar. En la segunda, dos muertos de hambre sin luces entran en una timba de póquer con medias en la cabeza y un par de escopetas, roban la pasta, se suben en el coche y se piran a toda polla.

      —¿Se supone que esas películas van a ser nuestra referencia?

      —Jorge, no te voy a engañar. Sólo aspiramos a imitar a los ladrones de Mátalos suavemente. La otra nos viene tan grande que ni siquiera sé para qué la he mencionado. En fin, da igual –con aire melancólico, se terminó la cerveza de un trago-. Hazte el cuerpo a que tendremos que usar escopetas para esto. Nada de elegancia, sigilo o buenos modales.

      —¿Insinúas que tendremos que usar escopetas para robar el libro ese?

      —No insinúo nada, lo estoy diciendo clarísimo, tronco.

      —Pero no tenemos escopetas.

      —Las tendremos. Mi abuelo es cazador. Debe de tener tres o cuatro armas de fuego entre escopetas y rifles.

      Jorge negó con la cabeza, nada conforme con el plan que Hugo estaba proponiendo. Levantó el brazo mirando al camarero, y con un fugaz gesto de mano pidió otra jarra.

      —No te veo convencido, Jorge.

      —No, no estoy convencido porque dudo que tu abuelo esté dispuesto a prestarnos las escopetas. ¿Pero tú te crees que eso se presta así como así, como si fuese un bolígrafo o un sombrero?

      El camarero con cara de pocas ganas de vivir llegó a la mesa, retiró las jarras vacías y las cambió por unas llenas. Hugo y Jorge pausaron la conversación mientras el chico hacía su trabajo. Cuando volvió tras la barra, retomaron la planificación del robo.

      —A mi abuelo le suda la polla todo eso, tío –dijo Hugo bajando la voz hasta convertirla en un susurro-. Mira, una noche me hizo falta una pala. Me presenté en casa de mi abuelo a las dos de la madrugada, le pedí la pala y ¿sabes qué me dijo?

      —No

      —Me dijo «está en el patio. Déjala en su sitio cuando acabes, chiquito». Podría haber necesitado la pala para enterrar un puto cadáver, ¡y ni una sola pregunta por parte de mi abuelo!

      Jorge se rió con fuerza, soltando por la boca una fumigada de cerveza.

      —¿Y para qué necesitabas una pala a esas horas?

      —Un amigo mío, que es un flipado de la arqueología, me comentó, después de cuatro cubatas, que había leído una movida rara en no sé qué libro de historia sobre el Imperio Romano. Total, que había llegado a la conclusión de que en la loma junto al chalet de Francisquillo el chorreones, estaban enterradas las ruinas de una hacienda romana. Nos tomamos dos cubatas más y me dijo «vamos a desenterrarla. Mañana salimos en las noticias, te lo juro». Como íbamos creciditos por culpa del alcohol, nos creíamos capaces de cualquier cosa… Y por eso fuimos a casa de mi abuelo en busca de una pala a las dos de la madrugada.

      —¿Y luego? ¿Qué pasó con las ruinas esas?

      —Dimos un par de paladas, vomitamos y nos volvimos a casa.

 

 

 

SEGUNDA PARTE

      La casa de Gregorio, el abuelo de Hugo, era el domicilio típico de un señor rústico entrado en años: humilde, con fotos en blanco y negro de su difunta esposa, una chimenea sucia, muebles sobrecargados con anticuadas figuras de porcelana y juegos de tazas y vasos que ni habían servido ni servirían jamás, y un desagradable olor a medio camino entre patatas en mal estado y cocido de garbanzos. En el salón, un televisor de tubo colocado delante de un sofá, y entre medias una mesa camilla redonda y sin ropa –hasta la llegada del frío-, con estampitas de santos bajo el cristal.

      —Me pilláis cenando. ¿Queréis comer algo? –preguntó el anciano, despeinado y en calzoncillos. En su rasposa barba de cuatro o cinco días había migas de pan enganchadas.

      —No te preocupes, abuelo. Tenemos prisa –respondió Hugo. Jorge se limitó a negar con la cabeza y sonreír de forma cordial.

      —Yo hoy no tenía mucha hambre, ¿sabes? Me he hecho un bocadillo de atún y un tomate aliñao, y ya con eso tiro hasta mañana.

      Al pasar por el salón y echar un vistazo a las viandas sobre la mesa camilla,  Hugo se percató de que el bocadillo no estaba hecho con un trozo de pan, sino con toda una barra, y el tomate, a juzgar por el contenido del plato, debían de ser tres, no uno. También había una botella de gazpacho medio vacía.

      —Así que poca hambre, ¿eh? –dijo Hugo risueño, dándole palmadas a Gregorio en la espalda.

      —Es que he merendado fuerte, niño.

      —Ya ves, dí que sí.

      En la televisión daban una antigua película del oeste a través del canal autonómico de la comarca, cuya señal llegaba a duras penas. Tras la película, una reposición de noventa minutos con los mejores momentos de la Semana Santa del año anterior, comentada por el joven homosexual capillita encargado de todos los espacios religiosos del canal, temática que compartía la mayor parte de la programación.

      Hugo conocía de sobra el pasotismo de su abuelo, pero incluso así sentía algo de temor por su reacción después de que le pidiese lo que tenía pensado pedirle.    Un par de palas a las dos de la madrugada era algo extraño, aunque digerible si se hacía un esfuerzo… Pero un par de escopetas quizá iba a ser pedir demasiado, y esperar que Gregorio no reaccionara con sospecha, una utopía.

      —Abuelo –empezó por fin a decir Hugo, tras varias vueltas en las que reflexionó sobre cómo entrarle al anciano para que todo sonase natural e inocente-, ¿me podrías prestar las dos escopetas? –al instante se arrepintió de haber soltado la bomba de un modo tan súbito. Si Gregorio no se asustaba con eso, es que no se asustaba con nada.

      Jorge se mantuvo atento a la respuesta del abuelo. Esperaba que el hombre se riese de ellos y los mandase a hacer puñetas para seguir cenando tranquilo, sin embargo:

      —Claro, hombre. Pero quedan pocos cartuchos –contestó el abuelo con la misma tranquilidad que si le hubiesen preguntado por la hora.

      Hugo se sintió aliviado al escuchar la respuesta de Gregorio. Aliviado y aterrorizado… ¿Cómo podía ser que el buen hombre no se molestase ni en preguntar para qué quería su nieto una escopeta a esas horas? En cualquier caso, mejor para Hugo y Jorge, quienes zanjaron el asunto sin dar incómodas explicaciones.

      Gregorio volvió a sentarse en su sillón, empuñó el bocadillo y le asestó un tremendo mordisco lleno de hambre –aunque él dijera lo contrario-. Soltó la barra de pan y, mientras masticaba a dos carrillos como una trituradora industrial, rebuscó en uno de los bolsillos de su pantalón. Sacó una llave pequeña y se la entregó a su nieto.

      —Toma, están en el armario del patio. Coge los tres o cuatro cartuchos que quedan, y cuídalas. No se te olvide traerlas mañana o pasado, chiquito, que quiero ir a echar unas perdices.

      Hugo sonrió, incrédulo todavía, y fue a por las armas. Después, ambos se despidieron de Gregorio y lo dejaron en paz con su bocadillo de kilo y medio y su película del oeste.

      —Tu abuelo es mi ídolo, colega –dijo Jorge entre risas nada más salir de la casa-. Qué huevazos tiene el tío.

      Cuando llegaron al coche de Hugo, aparcado a pocos metros de la casa del abuelo, guardaron las escopetas en el maletero y subieron al vehículo.

      —¿Ya tienes comprador? –preguntó Jorge, algo inquieto. No le interesaba la idea de cometer un delito para después no poder obtener la recompensa buscada.

      —Tengo un comprador. Es un anticuario dispuesto a pagar un millón de euros.

      —Dijiste dos –reprochó Jorge con mala cara.

      —Dije dos porque me flipé. Aún así, es un millonazo, Jorge. Quinientos mil pavos por cabeza. Con eso tenemos para marcharnos del pueblo y empezar de nuevo donde nos dé la gana. 

      —Ya, no está mal, pero me había hecho a la idea de ser millonario.

      —Pues serás mediomillonario, que no es poco. Di adiós a ese taller y a don  Ricardo, a este pueblucho y a esa cuadra en la que vives.

      Más convencido por las palabras de Hugo, Jorge volvió la cabeza y, a través de la ventanilla, vio pasar las casas del pueblo con sus ventanas iluminadas en la noche, las mismas casas que perdería de vista para siempre si todo marchaba según lo planeado.

 

 

      Esa noche, Hugo y Jorge tuvieron el mismo sueño a la misma hora: las cuatro de la madrugada. Que dos personas compartiesen sueño durante la misma noche era algo inaudito, pero que ambos sueños sucediesen a la misma hora entraba en el terreno de lo sobrenatural. Sin embargo, ninguno le comentó nada al otro, principalmente porque tenían la cabeza ocupada con otro asunto –el robo- y porque al despertar no recordaban nada.

      En el sueño, caminaban en solitario por una ciudad enorme y desconocida, sin monumentos ni construcciones que permitiesen su identificación. El lugar se encontraba en estado de devastación, con todas las cristaleras rotas, muros derruidos y pequeñas zonas en llamas desperdigadas por el terreno, el cual estaba bañado por una horrorosa tonalidad naranja procedente del cielo, cuyo color era el del atardecer, sólo que en vez de concentrarse en el horizonte, se extendía a través de toda la bóveda. Y no había nubes ahí arriba, sino burbujas, burbujas de infinitos matices cromáticos en constante cambio que parecían rodear al planeta como si de millones de malévolos ojos se tratase, vigilando en todas direcciones desde la altura.

      Hacía un calor tórrido, como si se tratase del peor verano de la raza humana, y el silencio era tal que resultaba incómodo, inquietante.

      ¿Estuvieron esa noche Jorge y Hugo bajo la influencia de Yog-Sothoth? El sueño podía ser muchas cosas; una amenaza, o quizá una advertencia cósmica: «esto es lo que os espera». Fuera lo que fuese, se trataba de una anomalía inexplicable según los criterios racionales.

      Ambos amanecieron bañados en sudor y con una triste sensación de desasosiego en el alma, pero no tardaron en quitarse de encima tan tóxicas impresiones, porque esa noche tocaba robar el Necronomicon.

 

 

      A eso de las once de la noche, Hugo condujo hasta la plaza principal para recoger a Jorge. Salieron del pueblo, se adentraron en un abrupto camino rural y se dirigieron hacia el cortijo de Arturo Castellanos, situado a unos dos kilómetros.

      Para el robo, los asaltantes habían elegido la clásica y efectiva indumentaria oscura: camiseta negra, guantes negros, pantalón negro y pasamontañas negro.

      Estaban nerviosos, haciéndose muchas preguntas a sí mismos, pero no exteriorizaban sentimiento alguno. Trataban de concentrarse en el momento de pasar a la acción fríos, con los cinco sentidos puestos en el trabajo que iban a llevar a cabo esa noche. Lo que estaba en juego era demasiado grande como para permitirse el lujo de fracasar; no sólo iban a salvar el mundo, sino también a hacerse ricos.

      —¿Has pensado en cómo hacerlo? –preguntó Jorge con voz monótona, gélida, como si mientras hablara estuviese pensando en otras mil cosas.

      —Sólo hay una forma de hacerlo: nos presentamos en el cortijo, encañonamos a Castellanos nada más abrir la puerta, le obligamos a darnos el libro y nos largamos a toda hostia.

      Condujeron en silencio hasta la residencia de Arturo Castellanos. Las escopetas en el asiento trasero, y los pasamontañas en el regazo.

      El cortijo, como todas las casas y chalets ubicados en las afueras del pueblo, estaba inevitablemente rodeado por tierras de labranza y olivos, terrenos que se extendían hasta donde la vista era capaz de abarcar. Las luces de la casa estaban encendidas, lo que significaba que Castellanos seguía despierto.

      Hugo aparcó muy cerca del cortijo, como si pretendiesen hacer una visita formal a un viejo amigo. Después, cogieron las escopetas, comprobaron que los cartuchos estaban dentro y se enfundaron los pasamontañas de tela.

      —Vamos –dijo Hugo, y ambos abandonaron el coche.

      —¿No sería mejor que uno se quedase en el coche? Ya sabes, para la huida.

      —Prefiero que vayamos los dos, no sé qué nos vamos a encontrar ahí dentro.  Y si después de coger el libro alguien nos sigue hasta el coche, dispara a las rodillas. Que no apunten la matrícula.

      A Jorge le parecía que aquello iba a salir mal, que apestaba a faena medio improvisada, pero no dijo nada. Caminó junto a Hugo, empuñando la escopeta con fuerza. Una de las cosas que más temía era que, en mitad del robo, con tanta confusión y tensión, se le cayese el arma y una muchedumbre enfurecida arremetiera contra él. Sus temores parecían fuera de lugar -¿una muchedumbre?-, sin embargo no iba mal encaminado.

      Hugo llamó a la puerta con la culata del arma, y a los pocos segundos apareció Arturo Castellanos. El rostro sonriente y desinhibido con el que se presentó al abrir la puerta, se transformó en uno a medio camino entra la sorpresa y el miedo.

      —¿Qué es esto? –preguntó con tono firme y serio, pero nada temeroso.

      Ambos ladrones elevaron los cañones de sus armas y los coloran frente a las narices de Castellanos.

      —Queremos el Necronomicon –indicó Hugo, al tiempo que él y Jorge pasaban al interior de la casa.

      Una vez allí, se encontraron en el enorme salón principal, ornamentado con cabezas de venado y jabalíes disecadas que vigilaban desde las paredes con sus ojos muertos de cristal, muebles propios de otra época y una mesa central de gran tamaño y bien surtida de suculentos manjares: carnes asadas, caviar, cigalas, fuentes rebosantes de hielo y ostras… La cubertería y vajilla se intuían caras y lujosas, pero pasadas de moda, como si Castellanos las hubiese heredado de su abuela. 

      Y si la mesa estaba cargada de manjares, era porque allí se estaba celebrando una fiesta con más de veinte invitados, quienes, con ojos como platos y bocas entreabiertas, sosteniendo en sus manos el marisco que pretendían engullir o la copa de champán que pensaban tragar, observaron a los ladrones sin saber cómo reaccionar.

      —Tranquilos, se irán ahora mismo –aseguró Castellanos para calmar a sus invitados, todos ellos vestidos de la misma forma que la mesa central: con desfasada elegancia, oliendo a perfume antiguo y luciendo joyas poco discretas, como collares de perlas y anillos con gruesas piedras preciosas incrustadas.  Parecía gente de la alta sociedad española que había conseguido viajar en el tiempo desde 1975 hasta el presente.   

      A Jorge le dio un vuelco el corazón cuando se topó con ese gentío que, por algún motivo, presagió un momento antes. Agarró la escopeta con más fuerza, temiendo la posibilidad de que toda esa gente se abalanzase sobre ellos.

      Castellanos, con las manos en alto a la altura del pecho, se giró y dijo a Hugo:

      —Entenderéis que no os puedo dar el libro, ¿verdad? Por lo demás, coged lo que queráis. Esas ostras –señaló una de las muchas bandejas dispuestas en la mesa- no son ostras cualesquiera. Son ostras Gillardeau. Si queréis, podéis serviros.

      —¡Métete esas almejas por culo y danos el libro! –gritó Hugo, acercando el cañón hasta tocar la mejilla de Castellanos.

      Mientras, Jorge se encargaba de vigilar a los invitados, dispuesto a abrir fuego si la situación lo requería. Sin embargo, aquella gente permanecía indiferente. Incluso hubo un tipo que, sin apartar la vista de Castellanos y el tiro que parecía estar a punto de recibir por negarse a cumplir las exigencias de los asaltantes, descabezó una gamba y la devoró con cáscara y todo.

      Castellanos cerró los ojos y dibujó una apenas perceptible sonrisa en sus labios, como quien lo tiene todo bajo control aunque no lo parezca ni lo mencione.

      —Os daré el libro, pero sabed que esto no quedará así. Ya me enteraré de quiénes sois, y entonces vendrán los lamentos, las disculpas y lo llantos. Y no os servirán de nada.

      —Coge el libro y vámonos ya, joder –ordenó Jorge, nervioso.

      Arturo Castellanos subió las escaleras que llevaban a la segunda planta de la casa. Hugo iba detrás, apuntándole con el arma, y mientras subía los primeros peldaños dijo a Jorge:

      —No tardo. Mantén a raya a esos maricas.

      Ya arriba, Castellanos y Hugo entraron en el despacho del primero, una estancia amplia, de suelo enmoquetado, lienzos que representaban monterías y escenas rurales, y muebles de aspecto antiguo y caro. 

Junto al escritorio repleto de libros amontonados y documentos, una caja fuerte frente a la cual se postró Castellanos para girar la rueda y desbloquear así la cerradura. Pese a que sabía la combinación de memoria, pues raro era el día en que no la usaba, se quedó en blanco momentáneamente. Tener el cañón de una escopeta apoyado en la sien no ayuda a templar los nervios.

      Le fueron necesarios tres intentos hasta conseguir introducir la combinación correcta. Tuvo suerte, porque Hugo ya había amenazado con volarle un pie si tardaba un segundo más.

      Castellanos ardía de impotencia mientras extraía el libro de la caja fuerte. El volumen estaba cubierto por un paño negro, y pesaba más de lo que podía adivinarse por su tamaño, que no era excesivo. Tratando de disimular la rabia y conteniendo el impulso animal de tirarse al cuello del ladrón y desgarrarlo a mordiscos, se lo entregó a Hugo, no sin antes repetir su amenaza:

      —En menos de una semana volverá a estar en la caja fuerte, y tú y tu amigo estaréis muertos. Os voy a enterrar personalmente.

      Hugo ignoró las palabras de Castellanos, pero no se las tomó a broma. Ya pensaría en ellas después, cuando estuviese lejos y a salvo. Sabía que ese hombre era capaz de matar con tal de recuperar el libro; era bien sabido por todos sus íntimos y conocidos que el terrateniente era perverso cuando le tocaban lo suyo, y lo suyo eran muchas cosas. En concreto, todo lo que a él se le antojaba.

      Hugo se guardó el libró bajo el brazo y asestó un fuerte golpe a Castellanos con la culata. Cayó inconsciente, con un delgado hilo de sangre deslizándose desde el pelo hasta su cara.

      El ladrón, ya con el botín en su poder, bajó las escaleras corriendo. Los alborotados y rápidos pasos llamaron la atención de Jorge, que seguía atento a esos invitados que parecían estar deseando que los bandidos se marchasen, pero no para sentirse a salvo, sino para continuar la fiesta, el exceso y la orgía de drogas, alcohol y sexo que se intuían en ese ambiente tan… despreocupado.

      —Ya lo tenemos –informó Hugo entre jadeos-. ¡Vámonos!

      Jorge corrió hacia la puerta y, pese a la excitación y la borrachera de adrenalina, llegó a advertir algo por el rabillo del ojo cuando, en su frenético camino hasta la salida, pasó junto a una sala ubicada al lado del salón principal donde los invitados se encontraban reunidos. Era una pequeña estancia abovedada con cortinas en vez de puerta; cortinas que, al estar descorridas, permitieron al frenético Jorge ver lo que se cocía en su interior: tres personas arrodilladas, con los brazos en alto, frente a un trono ocupado por un hombre engalanado con un barroco traje de especto papal, incluyendo mitra y báculo. De esas tres personas no alcanzó a distinguir gran cosa -salvo que vestían túnicas doradas-, pues estaban de espaldas y además iba corriendo, por lo que no tuvo tiempo de detenerse a mirar con detenimiento. Pero la escena era verdaderamente llamativa, entre otros motivos porque aquellas personas permanecían al margen del robo, tan ensimismadas en su tarea que no habían reparado en lo que estaba sucediendo, y si lo habían hecho les importaba poco.

      Pero sí hubo algo que captó su atención por encima de todo lo demás. A pesar de no poderse detener un solo segundo para examinar el extraño panorama, consiguió quedarse con un detalle que le iba a perturbar y desvelar mientras se acordase: el rostro del venerado hombre vestido de papa era inexistente. En su lugar, una boca de dimensiones desmedidas ocupaba toda el área de la cara.

      Fue un vistazo fugaz, tanto que dudó de lo que sus ojos le aseguraban haber presenciado, pero suficiente para quitarle las ganas de hablar y aumentarle las de apresurarse y salir del cortijo.

      Corriendo, Hugo y Jorge abandonaron el caserío, montaron en el coche, tiraron las escopetas y el libro en el asiento trasero y pisaron el acelerador hasta dejar la finca bien atrás, fuera de la vista.

      Hugo estaba sobreexcitado, borracho de adrenalina. Un frenesí eléctrico recorría su cuerpo; carcajeaba de forma histérica y golpeaba el volante con las palmas de las manos. 

      En cambo, Jorge permanecía inexpresivo, con la mirada fija en la guantera.  Algún vistazo fugaz al espejo retrovisor para asegurarse de que nadie les seguía, y nada más. Ni una palabra.

      —¡De puta madre, tío, de puta madre! –gritaba Hugo, frenético. Parecía que acababa de aterrizar tras un primer salto en paracaídas-. Ha sido coser y cantar.  Al principio el subnormal de Castellanos se puso tonto, pero le he bajado los humos.

      —Ya –fue lo único que alcanzó a decir Jorge.

      —Nos ha amenazado que te cagas, ¿sabes? Que si nos va a encontrar, que si nos va a enterrar… En fin, tonterías. Cuando eche mano a buscarnos, estaremos en Cuba.

      Hugo, al no recibir respuesta, se percató de que Jorge, además de tener cara de haber visto a su bisabuelo muerto hace cincuenta años, estaba pálido.

      —¿Qué te pasa, macho? Ya puedes relajarte, la cosa ha salido bien.

      Jorge le miró en silencio, sopesando si debía o no contarle lo que había visto.   Era demencial y terrorífico lo que se estaba cociendo en aquella fiesta, y si se lo callaba no era por temor a ser tomado por loco, puesto que ya presenciaron un fenómeno paranormal cuando Castellanos resucitó a la rata. No conocía con exactitud el motivo de su silencio, pero prefirió dejarlo pasar y digerirlo. Ni siquiera estaba seguro de haber visto lo que creía que había visto. Demasiadas emociones para una noche. No era necesario añadir que acababa de cruzarse con un acto de adoración a un supuesto Anticristo.

      —Nada, que aún me dura el miedo –respondió con un hilo de voz poco convincente.

      —Pues calma, que ya hemos terminado. Ahora vamos a mi casa, llamo al anticuario y mañana mismo tendremos la pasta a primera hora.

      Hugo aparcó el coche frente a su casa, en la que vivía solo desde que rompió la relación con su última novia. Aprovechando la soledad que las calles del pueblo ofrecían a esas horas de la noche, cogieron las escopetas y las guardaron en el maletero, ocultas de ojos curiosos que pudieran sospechar de la presencia de dos armas.

      Custodiando el libro como la valiosa reliquia que era, entraron en el domicilio, no sin antes mirar calle arriba y calle abajo en busca de posibles seguidores hostiles, y subieron a la azotea. Allí, se sentaron en el suelo y resoplaron aliviados. Era el primer momento de calma, sin tensiones, desde que asaltaron el cortijo de Arturo Castellanos.

      Hugo se tumbó boca arriba, contemplando el cielo despejado y la resplandeciente luna llena que lucía esa noche. El Necronomicon descansaba junto a él, y aunque estaba deseando abrirlo y perderse entre sus páginas –hasta que el anticuario se hiciese cargo de él-, antes necesitaba recobrar el aliento y el sosiego.

      Jorge seguía dándole vueltas a la perturbadora imagen que presenció en el cortijo, por eso alargó el brazo, cogió el libro y lo empezó a hojear. Tal vez no fuese la lectura más apropiada para despejar la mente de pensamientos turbios, pero era lo único que tenía a mano.

      —Ten cuidado con eso –advirtió Hugo, todavía tumbado en el duro y frío suelo-, no leas nada.

      —Tranquilo, no entiendo ni una palabra.

      —Da igual que no lo entiendas; para que una invocación o conjuro funcionen, basta con leer el texto.

      Jorge pasaba las páginas sin prestar mucha atención a nada, excepto a las ilustraciones, toscas, inquietantes y deterioradas; en ellas había representadas criaturas de aspecto demoníaco, monstruos tentaculares, muestras de lo que parecían ser complejos mapas cósmicos y símbolos arcanos tan desconocidos para Jorge como la composición de la cola de un cometa. A los textos ni se molestaba en prestarles atención.

      Hugo le quitó el libro y lo hojeó con sumo interés, ya que él sí alcanzaba a comprender el poder del volumen que sostenían sus manos.

      —No juegues con él.  

      —Ya te he dicho que no pienso leer nada. Además, cada conjuro ocupa cerca de una página completa. Debieron de hacerlos así de largos para que nadie meta la pata y lea uno por accidente.

      —Es posible –contestó Hugo, absorto en la exploración del libro, atendiendo a la tinta, el grosor y la textura de las páginas, y acto seguido se lo devolvió. Se alejó un poco, sacó el teléfono móvil y marcó el número del anticuario. Al tercer tonó, respondió.

      —Dime, Hugo –su voz, ronca, se fundía con una melosa pieza de música clásica como telón de fondo.

      —Tengo el libro.

      —Mañana estaré ahí a primera hora con el dinero.

      Hugo iba a concretar la hora exacta cuando un breve pero intenso temblor de tierra le hizo caer al suelo, provocando que el teléfono cayese también; carcasa por un lado, batería por otro y pantalla rota.

      —¡Me cago en Dios! –exclamó mientras se incorporaba. Al notar que su amigo no hacía el menor comentario sobre lo ocurrido, le miró. Seguía sentado, con las piernas cruzadas en posición de meditar, y el libro abierto sobre las rodillas, igual que un niño leyendo un cuento junto a la chimenea.

      —Creo que he hecho algo –dijo Jorge con la boca diminuta, temiendo la reacción de Hugo.

      —¿Crees que has hecho algo? Si te refieres a que tú has provocado el temblor, entonces desde luego que has hecho algo, subnormal –respondió Hugo ardiendo en cólera, al tiempo que se dirigía hacia Jorge, cojeando porque se había hecho daño en la rodilla. De un manotazo le quitó el libro, aun temiendo romper alguna de sus viejas, desgastadas y valiosas páginas. No pudo controlarse. 

      —Ha sido un accidente, tío. De repente me he encontrado con un conjuro corto… ¡Cinco palabras! Lo he leído sin darme cuenta… Hay que ser imbécil para escribir eso –parecía que Jorge iba a echarse a llorar.

      Hugo echó un vistazo al conjuro que mencionaba su amigo. Tal y como aseguraba, era corto, muchísimo más corto que los demás, lo que hacía difícil no leerlo si se bajaba la guardia. Hugo apartó la vista rápidamente, pues temía las consecuencias de leerlo una segunda vez. De momento parecía que todo iba bien; el conjuro, en apariencia, no servía más que para generar un pequeño temblor de tierra, lo cual no era grave.

      El pequeño terremoto había provocado un apagón general en el pueblo, además de hacer saltar casi todas las alarmas de los coches. Al momento hubo vecinos que, linterna –o vela- en mano, se asomaron a sus ventanas para ver qué pasaba.

      —Haz el favor de irte –ordenó Hugo sin disimular el enfado-. Mañana temprano he quedado con al anticuario. Volveré a llamarlo para concretar. Luego te mando un WhatsApp con la hora.  

      Jorge se marchó a casa, y Hugo, después de intentar llamar en repetidas ocasiones al anticuario hasta desistir –la cobertura estaba a cero-, se acostó dando gracias por la suerte que habían tenido. Si el conjuro hubiese tenido otra finalidad, tal vez en ese momento el planeta estaría siendo invadido por una palpitante aberración cósmica. Pero no, sólo tuvieron que sufrir un pequeño temblor, una rodilla raspada y un incómodo apagón que ya arreglarían los técnicos por la mañana.

      Sin embargo, Hugo no veía más que la punta del iceberg, de ahí que su sueño fuese plácido e imperturbable. Las verdaderas consecuencias de aquella breve lectura iban mucho más allá de un simple y momentáneo terremoto.

      La luna había desaparecido.

 

      Hugo se despertó a las ocho de la mañana. Lo primero que hizo fue coger el móvil para intentar llamar al anticuario otra vez, pero la cobertura seguía siendo inexistente. Dedujo entonces que el teléfono debía de haberse roto al caer al suelo.

      Es igual, pensó, llamaré con el viejo Domo.

      Salió de la cama y sintió un frío impropio de esa época. Era agosto, se suponía que tenía que amanecer sudando, no tiritando ni exhalando vaho.  

      Fue hasta su teléfono Domo, situado en una mesita junto a la entrada de la casa. Durante el trayecto notó que algo más no encajaba: tuvo que encender la luz para ver, lo cual, en situaciones normales y a esa hora, tendría que ser del todo innecesario. Pero no tuvo nada de eso demasiado en cuenta porque su cerebro, recién levantado, funcionaba a la mitad de su capacidad, costándole procesar lo que ocurría alrededor. Como él mismo solía decir, su cuerpo se levantaba a una hora y su alma a otra.

      Descolgó el auricular y se lo colocó en la oreja. Un monótono pitido le indicó que no había señal. Hugo soltó un fuerte resoplido furioso, colgó bruscamente y abandonó el intento de ponerse en contacto con el anticuario.

      Hugo fue a ponerse algo más de ropa que los calzoncillos. Entonces, al entrar de nuevo en su dormitorio y toparse de frente con la ventana de la habitación, supo con certeza que algo iba mal, muy mal. Que los teléfonos no funcionasen podía achacarse a una simple avería general, pero que a las ocho y cuarto de la mañana no hubiese salido aún el sol, era más preocupante. Al asomarse a la ventana para comprobar de cerca el inexplicable fenómeno, vio a más gente en la calle mirando al cielo, todos con cara de miedo, cuchicheando, preguntándose qué estaba sucediendo. Era noche cerrada, y la temperatura no superaba los cuatro grados.

      Hugo dio un paso atrás, alejándose de la ventana como si ésta fuese un aterrador portal hacia una dimensión paralela a la que no quería pertenecer; una dimensión en la que todo había salido mal.  

      No entendía nada, pero entonces un recuerdo le vino a la cabeza: ¿era el conjuro que Jorge leyó por error el causante de aquello? ¿Y qué era aquello, acaso la desaparición del sol, o tal vez una invernal noche perpetua? Necesitaba saber más, así que corrió a encender la televisión para echar un vistazo a las noticias, pero entonces cayó en la cuenta de que, si los teléfonos no funcionaban, ¿por qué iba a hacerlo la televisión? Aún así, lo comprobó: nada, sin señal. No le sorprendió.

      Era como estar dentro de una pesadilla, vivir en una de esas películas de terror que presentan situaciones tan demenciales y espeluznantes, que nadie cree que pueda llegar sufrir en cuerpo y alma. Y sin embargo allí estaba él, hundido de lleno en una circunstancia imposible de asimilar.

      Unos minutos después, el anticuario llegó a casa de Hugo. Era un hombre alto, profusamente barbado, y vestía con sombrero y abrigo que, de no ser por las extraordinarias consecuencias, no tendría que haberse puesto hasta Octubre.

      Entró en el domicilio sin esperar a ser invitado. No estaba de humor para cortesía.

      —¿Qué habéis hecho? –preguntó, hosco, mientras paseaba la vista en todas direcciones buscando el Necronomicon. Tenía que recuperar el libro antes de que los errores de sus inexpertos custodios terminasen por destruir el planeta.

      Hugo no esperó a que le pidiese el libro; se lo entregó de forma sumisa y voluntaria. No quería saber nada más de aquel monstruo de papel.

      —Fue mi socio… Un accidente –admitió. Su voz temblaba como la de quien está a punto de romper a llorar.  

      El anticuario tomó el libro y lo guardó con sumo cuidado en la bandolera de cuero que colgaba de su hombro.

      —Accidentes que pueden llevarnos al Apocalipsis.

      Hugo estuvo tentado por explicar que robaron el libro a alguien peligroso y desquiciado en pos del bien común. Pero al instante se dio cuenta de que eso no justificaba el error cometido. Habían evitado que otro provocase el hundimiento del mundo para, al final, provocarlo ellos.

      —¿Puede revertir el efecto?

      Sin responder, el anticuario se volvió hacia la ventana más cercana del salón, la abrió y se asomó. Miró al cielo, negro y estrellado, y observó constelaciones desconocidas que no se parecían a nada que hubiese visto con anterioridad en el firmamento.

      Sabía que para deshacer el efecto de algunos hechizos, no bastaba con volver a leerlos. En ocasiones, hacerlo suponía agravar el problema. Por eso, antes de nada era necesario estudiar la situación y averiguar si existía un remedio, porque cabía la posibilidad de que todo aquello fuese irreversible.  

      —Más nos vale –musitó a la gélida noche.

      Los vecinos del pueblo, unos aterrorizados, lloriqueando entre rezos, y otros entusiasmados con el inusual fenómeno que podrían grabar y fotografiar para sus respectivas redes sociales –si es que algún día volvían a funcionar-, seguían allí fuera, mirando hacia arriba en busca de una explicación razonable.

      En los grandes núcleos de población, a los que la situación había sumido en un caos mucho mayor que el de los pueblos, el saqueo y los actos vandálicos habían comenzado.

      Y mientras a Hugo le era entregado el millón de euros en una bolsa de viaje, aun a pesar de no saber con certeza si podría disfrutar de su recién adquirida fortuna, Jorge, más débil de espíritu que su confiado amigo, decidía poner fin a su existencia mediante un cóctel letal de pastillas y anís. Murió en el patio de su casa, con la mirada, ya vacía de vida, clavada en el cielo, convencido de que su incompetencia había provocado el fin del mundo.

      —Espero que puedas gastarlo –dijo el anticuario al entregar el dinero. Luego, se abrochó el abrigo hasta arriba y se marchó en silencio, dejando a Hugo derrotado y con la cabeza llena de dudas y miedos.

 

      Esa misma mañana, la Agencia Espacial Europea hizo pública una confirmación rotunda: la Luna no había desaparecido. El Sol no había desaparecido. Era la Tierra la que se había movido de sitio, abandonando su sistema solar para instalarse en una región remota, fría y oscura del universo.

      Todo era tan insólito e inconcebible, que ni siquiera se molestaron en poner hipótesis sobre la mesa para tratar de explicar o arrojar una mínima luz sobre el fenómeno. Había sucedido, y eso era lo único que podían decir.

      Pero de algo sí estaban convencidos: la vida en la Tierra no resistiría en aquellas nuevas condiciones por mucho tiempo.

 

FIN

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Lo mío son los cómics, el cine, leer y escribir. No soy mucho más que eso.

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