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7 min
YUMEI
Suspense |
01.02.19
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Sinopsis

Yumei toma, con una mano, una botella de licor destilado con resinas e hierbas que él mismo recolecta y, con la otra, una cabeza de varón adulto medio putrefacta. La deja en la mecedora del porche, se sienta junto a ella en la otra mecedora y comienza a beber...

YUMEI

Yumei toma, con una mano, una botella de licor destilado con resinas e hierbas que él mismo recolecta y, con la otra, una cabeza de varón adulto medio putrefacta. La deja en la mecedora del porche, se sienta junto a ella en la otra mecedora y comienza a beber.

Vive solo en una ruinosa cabaña en mitad de un bosque en Montana. Ha sido leñador, cazador, trampero, carpintero y pintor. Ha sido todo eso, pero ahora no es nada. Ahora dedica casi todo su tiempo a ahogar los recuerdos con el veneno de su propio licor.

Lejos quedan esos años en los que salía a cazar con su padre y su hermano. Disfrutaban de la naturaleza y subsistían con lo que ésta les aportaba. Algunos lugareños consideraban ese estilo de vida demasiado extremo. Llegaban a pasar semanas, incluso meses, sin verles ni hablar con ninguno de ellos y poco a poco fueron dejando de aparecer por sus vidas hasta el punto de pensar que ya habrían muerto.

Y en efecto, el primero fue su hermano. Un resbalón en el borde de una cortada muy pronunciada y después de rodar decenas de metros se partió varios huesos. Intentaron trasladarlo al pueblo más cercano, pero no llegó y lo enterraron en la rivera de un arroyo. Luego fue su padre. Un fuerte catarro derivó en neumonía y sin tratar en una parada cardiorespiratoria una semana después. La madre de Vincent murió cuando él tenía solo cinco años. Una noche se fue a dormir y ya no volvió a despertar o al menos eso fue lo que le contaron. La historia real por desgracia fue bastante distinta.

Escucha los pájaros agitarse entre los árboles que rodean la cabaña. Piensa que no debe preocuparse, que puede deberse al alcohol, que ya está afectándole a la cabeza, pero vuelve a ocurrir y una bandada se eleva y vuela lejos de él. Agudiza el oído aún más y ahora sí los oye acercarse. Ya llegan. Lleva días esperándolos.

Después de perder a su familia, Yumei mantuvo una cierta rutina en su vida. Salía de caza, mantenía en orden la cabaña, jugaba con un perro que acogió perdido de una cacería. Pero poco a poco, un vacío atroz, una profunda tristeza paralizante fue haciéndole mella y se apoderó de su voluntad. Un buen día su perro desapareció. Tal como llegó a su vida se fue de ella. Y entonces quedó en la más absoluta soledad.

Esta vez el trago es más largo y acaba con la botella. Se levanta y coge la escopeta. Una jauría de perros se oye acercarse y un rumor de voces les acompaña. Se desnuda el torso y tomando cenizas de la chimenea se pinta la cara y el pecho como ya lo hicieran sus ancestros cuando sonaban los tambores de guerra.

Yumei cumplió los quince años el mes pasado. No hubo tarta, ni felicitaciones, ni alegría, solo licor y lágrimas. Bailó danzando alrededor de una fogata, rezó por las almas de sus seres perdidos y bebió y bebió hasta bien entrada la madrugada y despertó con resaca una vez ya había amanecido.

El estruendo de un disparo hace volar a todos los pájaros que aún quedan ocultos en la arboleda. Un perro cae abatido. Ha sido a quemarropa y tiene las tripas esparcidas. Otro perro salta sobre él, logra zafarse y de otro disparo consigue reventarle la cabeza que queda como una masa roja informe del que destacan restos de lo que poco antes era un cerebro. Carga la escopeta con dos nuevos cartuchos y espera agazapado.

Yumei, o dientes de castor, como le llamaban entre bromas su padre y su hermano, recibió hace unos días la visita de una unidad de atención al menor después de que unos cazadores lo encontraran, de manera fortuita, medio desnudo corriendo por el bosque. Se trataban de un trabajador social, un psicólogo y un par de agentes de la ley. Ninguno pudo explicarle lo que querían de él. Ninguno volvió ya a la ciudad. Todos descansan decapitados en una fosa común junto a su padre. Una superstición de su tribu obligaba a decapitar a los enemigos caídos para evitar que vuelvan a molestarle en forma de malos sueños. Y luego usó sus cabezas para atenuar la falta de compañía.

Un agente federal, de escaso cabello ya canoso, parece ser quien dirige la batida. Da instrucciones para que rodeen la cabaña y ordena que suelten los perros restantes. Yumei vuelve a eliminarlos con facilidad y los agentes consternados con el desenlace comienzan a disparar a discreción, rabiosos y también temerosos de aquella alimaña. Dentro de la cabaña vuelan astillas, se abren agujeros por todos lados y un ruido ensordecedor inunda la estancia.

Cuando Yumei era aún pequeño, la familia al completo solía bajar al pueblo con cierta frecuencia para reponer algunos víveres, herramientas y otros enseres. Pernoctaban una noche y volvían cargados en una ranchera destartalada que usaban como transporte. Sin embargo, una de aquellas noches la familia se encontró con una cuadrilla de leñadores borrachos. El cabecilla comenzó a insultarlos. ‘Iros de aquí, indios de mierda’. A escupirles y se produjo un altercado. Su padre y su hermano mayor fueron apaleados y arrojados a un callejón, Yumei se ocultó bajo la ranchera, pero la madre fue golpeada y luego violada por todos y cada uno de aquellos hombres. El cabecilla alegando no querer ver un mestizo, con sangre blanca, salir de aquellas entrañas, la apuñaló en el vientre hasta que soltó su último aliento. Las autoridades hicieron la vista gorda. Fueron condenados a penas equiparables a hurtos con violencia y obviaron el asesinato usando como atenuante la embriaguez de los causantes y una provocación previa inexistente de aquellos indios de la tribu de los Crow, antaño con fama de ser muy beligerantes. Desde entonces los miembros de aquella familia quedaron marcados para la comunidad y la comunidad quedó marcada para ellos.

Toma el último sorbo de licor que contiene la única botella que aún permanece íntegra y al grito de ‘venid a por mí’ sale corriendo de la cabaña y salta sobre la cabeza de uno de los sorprendidos agentes que apostado entre las piedras solo tiene tiempo de ver como se pierde entre la maleza.

El joven crow corre y corre entre los árboles, entre las aguas, entre las almas de sus antepasados que le empujan hacia su libertad. No mira atrás, no siente ya esa tristeza, ese vacío, siente que se ha reencontrado con la esencia de su condición indígena. Siente que pertenece a algo más puro y real que los restos del mundo que abandona.

Años después, a pesar de los esfuerzos por encontrarlo y por darle caza, nadie ha vuelto a verlo con vida. No obstante, algunos cazadores cuentan entre suspiros de alivio y sorbos de whisky que aún sienten en ocasiones como una sombra esquiva se desliza entre los árboles del bosque acechándolos como si fueran ellos la presa.

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