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9 min
Zancadillas
Drama |
07.10.09
  • 4
  • 5
  • 2471
Sinopsis

Las cinco en punto. Los niños se arremolinan junto a la puerta; un jolgorio de gritos y golpes da por terminadas las clases. Yo me quedo atrás, recogiendo los libros lentamente. No me he podido concentrar en lo que explicaba la profesora, pues mi mente estaba amedrentada por las miradas furtivas de dos de mis compañeros. Los dos peores que he visto en mi vida escolar y que ahora han unido fuerzas; las han unido contra mí. ¿Qué daño puedo causarles yo? ¿Qué méritos puedo robarles? No, no hay nada lucrativo en sus actos, sólo el humillarme por… ¿diversión?

Hago de tripas corazón, ya no hay más libros que guardar ni mesas que ordenar; salgo de la clase. El pasillo desierto es un soplo de aire fresco para mi sofocante tormento. Limpio el sudor de mi frente y aprieto el paso cuando cruzo los servicios. No sería la primera vez que me esperan escondidos allí. Afuera el cielo está despejado, las nubes, que durante toda la semana han estado ocupando el cielo como si de una visita alargada y molesta se tratara, han huido sin dejar el mínimo rastro, como si algo las hubiese espantado. Me encojo en mi anorak, manchado de tinta por recuerdo de uno de mis agresores, y comienzo el camino a casa. Aún quedan algunos rezagados en la calle. Pienso qué será lo que los retiene todavía en la calle. Seguramente, unos padres que desfogan su frustración contra ellos; un hermano que acapara todo su espacio; un hogar desatendido, o, qué se yo, quizás ellos sí tienen amigos y pueden disfrutar libremente de la calle.

Mis parpados se alarman e intentan huir de mi cara, mis ojos me gritan: ¡peligro, huye! Pero no hago más que vacilar el paso; si corro, esas dos figuras que gritan y juegan con sus paraguas se echaran sobre mí como le hiena sobre la liebre. ¿Qué digo liebre? Yo no corro tanto. Más bien sobre el ratón. Uno de ellos avisa al otro, me miran con vacilación y siguen con su juego. ¿Pasan de mí? No, no puedo creerlo. Van despacio; me esperan. Disimulan su agresividad, intentan camuflar sus intenciones como el niño que intenta atrapar un gato. Decelero el paso; no me puedo pegar más a la pared sin subirme a ella. Los rezagados han desaparecido, quizás han huido como las nubes.

Por favor, que venga alguien. Por favor, que venga alguien…

Me agacho para desatarme y atarme los cordones. No me atrevo a levantar la vista del suelo. Igual que con aquellas películas que me ponen mis hermanos sobre monstruos y asesinos; cierro los ojos, no quiero mirar como ese hombre de uñas afiladas se lanza sobre la pobre muchacha haciéndole sanguinolentos tajos por todo el cuerpo. Pero aunque no lo veo, lo oigo. Y oigo como se detienen y murmuran.

Por favor, que venga alguien….

Me levanto, también levanto la cabeza, pero no lo suficiente como para verlos a ellos –no quiero-, arranco a andar y ellos vuelven con sus baladros. Por esta altura debe haber un callejón, que aunque me desvíe un poco de mi recorrido, me ayudara a despistarlos. Mi corazón me amartilla en los oídos; no viene nadie, no hay callejón. ¿Lo he pasado ya? No, imposible ¡No! Si le rezo a Dios quizás me eche una mano. O tal vez no, seguramente me dirá que aprenda a librar mis propias batallas. Pero yo… yo no puedo contra ellos. ¿Y si llamase a una puerta? No, no podría. Qué vergüenza.

Por favor, que vengan alguien…

A mi izquierda se abre la pared y da paso a un estrecho callejón que pronto me llevará hasta una calle más holgada y transitada. Es lo que esperaba. Giro bruscamente y aprieto el paso. No quiero correr, aún no. No quiero que oigan mis pasos. Acelero un poco más, un poco más…

Por favor, por favor…

Algo traba mi siguiente paso y casi caigo al suelo. Me doy la vuelta y siento como se me encogen los testículos al verlos riendo y agarrando los paraguas del revés. De repente, mi mayor temor es orinarme. Eso sería sentenciarme a cadena perpetua. Me doy la vuelta fingiendo indiferencia pero vuelven a zancadillearme con sus paraguas. No ha sido buena idea el meterme en este callejón. Tengo miedo.

-¿Por qué huyes?
-No huyo, no os creáis tan temibles. –La frase me cuesta toda la saliva de la boca. Uno mira al otro con cara de indignación. Le he ofendido, no sé por qué eso le indigna tanto. Ni que hubiese mentado a su madre.
-¿Has oído? –Le dice a su amigo- Que no somos… -contrae los labios por la ira, ahora da mucho más miedo. Me empuja contra la pared; duele.
-Joder… dejadme ya. –Entrecierro los ojos, igual que un pez globo llenándose de aire para espantar a un tiburón. Lo único que consigo es que aumente su hambre.
-Mira adefesio, yo te voy a dejar cuando….

No lo soporto más, mi enfado comienza a rivalizar con mi miedo. Me abro paso entre ellos y continuo mi camino. Unas fuertes manos apresan mi brazo derecho, otras aún más fuertes el izquierdo. Comienzan las risas. Se alejan lo más que pueden sin soltarme los brazos, un dolor agudo corre desde mis extremidades hasta mi columna. No lloro, me enfado. Comienzo a girar sobre mí igual que me enseñó un día un conocido que practicaba karate. Ellos empiezan a desestabilizarse por la inercia de sus propios pesos. No lo puedo creer, ¿estoy ganando? Me sueltan y trastabillan unos segundos mientras yo intento serenar mi cabeza. Uno de ellos me amenaza con la mirada, me levanta un dedo acusatorio, pero agarro su mano y aprieto los puntos más sensibles de ésta. Nunca conseguí encontrar esos puntos, pero por fortuna o milagro, da resultado. Se retuerce de dolor y me decreta que le suelte. No obedezco, miro a su amigo, pero éste está apoyado contra la pared. No sé si está mareado o se está divirtiendo. De repente, un dolor cruza mi abdomen y se extiende por todo mi cuerpo de tal manera que me contraigo en el suelo. Mi cabeza me lacera, mis manos se aferran a mi entrepierna. Una patada en los huevos, ya casi había olvidado cuánto duele. Supongo que será lo más cercano que estará el hombre a experimentar el dolor del parto. Mis lágrimas ahora fruyen por mis mejillas, se unen en mis labios, donde su salado saborcillo me distrae fugazmente de mi dolor.

Ellos están de pie mirándome. El que me ha dado la patada está furioso; puede que también asustado, aunque no logro deducir si es por mi rebeldía o por si me chivaré mañana a la profesora. Le dice a su amigo que se vayan de ahí, como si yo fuese un mendigo apestoso que los ha estado molestando, y no al contrario. Da un paso para alejarse, pero su amigo, al que más temo, me mira con una media sonrisa, y aprovechando mi parálisis me escupe en la cara. No puedo limpiarme, tengo las manos atenazas en mi entrepierna, pero por lo menos ya se largan. Permanezco un momento en posición fetal en el suelo a la espera de que se vaya disipando un poco el dolor.

Por favor, que no venga nadie ahora. Por favor…

Poco a poco voy recobrando el uso de mi cuerpo. Me limpio la cara con la manga de mi chaqueta. Ojala hiciera caso a mi madre y trajera pañuelos a la escuela. Me levanto, me siento un momento en un escalón. Todavía cojeo y tengo los ojos hinchados. Tengo que esperar que se me pase, no puedo decir nada en casa. No, no quiero preocuparlos. Ya son demasiadas humillaciones por un día.

Cuando me recobro llego a casa, mi hermano me pregunta dónde he estado; le contesto que hablando en la puerta del colegio con unos amigos. Se lo cree. Vuelve con el resto de mis hermanos. Hay visita, sus amigos están viendo la tele y parece que se divierten. Me siento un rato con ellos. No tengo ganas de sonreír, pero sonrío. Fuera empieza a oscurecer. Es lo que menos me gusta del invierno, oscurece a media tarde. Pero hay algo que me hace ilusión. Salgo de la habitación y subo a la terraza. El cielo a esas horas se vuelve generoso y comparte los colores. Me gusta esta hora quimérica en la que el mundo le hace guiños a tus fantasías. En el cuento de Pinocho, Geppetto busca una estrella y le pide un deseo; éste le es concedido. Busco las primeras estrellas, hay unas pocas. Cada una un deseo; no creo que se cumplan, aquello sólo es un cuento. Pero la ilusión me deleita, hace aflorar mis sonrisas. Me apoyo en la barandilla, satisfecho. Soy feliz.
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  • "Me gusta esta hora quimérica en la que el mundo le hace guiños a tus fantasías." (Sin palabras..)
    Con que poco nos contentamos a veces. Pedir un deseo a una estrella, aunque no se cumpla, hace feliz a cualquiera. Gracias, Ikabol, me lo he leído sin pestañear. Besos
    a mi tambien me ha encantado, aunque como ya te han dicho es la cruda realidad, un saludo
    Si, parece que la crueldad no conozca edades.
    Ay esas peleas de niños al salir de colegio... creo que han existido siempre y existiran... me encantan los relatos, que terminan diciendo... Soy féliz, parece que necesitamos contarlo a los cuatro vientos... y eso es bueno, muy bueno. Me ha gustado tu aventura amigo Ikabol, no nos dejes tanto tiempo sin tu compañía... un beso.
  • Y otra vez...

    Reflexión mañanera.

    Bajo la luna había una laguna, y su luz espectral de plata cubrió la superficie. Pero bajo su opalescencia, un abismo inescrutable permanece, y ay del incauto que se guie solo por la ilusión que refleje.

    Habrá que limpiar estas telarañas.

    Breve narración sobre el lince ibérico.

    Ahhh, es secreto.

    Pese al bloqueo constante al que estoy sometido desde hace ya y la desidia que me causa la mortal primavera con su nocivo polen, dejo un pequeño escrito que logré supurar en un efímero momento de lucidez. Espero no se os indigeste :)

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