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8 min
Zozobra de un cuarzo citrino
Amor |
21.08.15
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Sinopsis

Un joven tímido y un amor no correspondido equivalen a?...

Una álgida mañana de octubre la temperatura arreciaba de manera negativa, otoño bailaba con una canción de frescura sobre la flora que pululaba cual mosca en boñiga, los rayos crepusculares se portaban cual lámpara estelar, gigante y rebosante en el sistema solar, lo que rendía un rayo en la canícula, hoy, aquel rayo, solo es el atavío iluminativo más bello que jamás se ha posado en el planeta. Tanta es la importancia de ese rayo que en aquella mañana de octubre, que el pequeño productor de energía estelar hendió la pecera postrada en su ventana, alcanzando la mirada inerte de Enzo, un joven timorato, de piel blanca en épocas donde el frío reinaba en su habitación, de piel roja cuando el calor abrazaba su interior, cuando el calor liberaba su miel de escorpión.

 Enzo siempre se aferró a un collar de ópalo que intentaba no exponer con frecuencia aun que eran más los elogios que le declaraba a su collar que su propia exhibición.

Todo cambiaría en esa misma aurora.

Enzo acarició sutilmente su cuello, como hacía todas las mañanas para sentir su predilecto collar. Cual fue la sorpresa de Enzo al darse cuenta que su bello collar de ópalo no estaba, se había fugado, o eso era lo que pensaba, añadiéndole vida a aquel artefacto.

Sus colores interiores así como su infinita belleza ya no estaban más para él. Era su esperanza y de cierta forma radiaba una virtud y una pureza inexpugnable. La primer impresión de Enzo fue plañir abrazando su almohada, incluso antes de buscar en su cama, por debajo o en los alrededores de su cuarto y de su casa, él solo gimoteo y se lamentó por la perdida, no sin antes gritar con ternura y con la devoción de que su collar regresaría, como si se tratase de un ser vivo. — ¡Mi ópalo! — Gritaba en repetidas ocasiones.

Enzo entumecido por lo sucedido, continúo así toda la mañana, todo el día y parte de la tarde, hasta que nuestros amigos, los rayos solares se escondieron en un ocaso poco armonioso para aquel triste muchacho. Finalmente y gracias a las fuerzas biológicas deseosas de ir a expresarse en forma netamente liquida, Enzo sacó sus pies de la cama, con sus dos muñecas limpió las lagañas y los residuos de lágrimas y se acaudillo per se hacía el baño. Sin titubear un segundo, caminó por un angosto y frio pasillo que se veía alumbrado por un pequeño foco que producía una luz tenue muy amarillenta que no iluminaba ni aquel pequeño rincón del baño, el cual la mayoría del tiempo era la gran fuente de luz de aquel flaco y largo pasillo.

De súbita manera los ojos de Enzo enfocaron la luz, ¡era su ópalo! Los ojos de Enzo parecían chamuscados de la impresión, el corazón de Enzo se llenó de regocijo al otear su amado y preciado collar de ópalo. Bastaron milésimas de segundos para que Enzo pasara de la alegría al miedo, de su algazara interna a un tremendo recelo, de su amor tan incomprensible a un odio sorpresivo, era aquella mirada estrellada y perdida del ópalo, inspirada en la naturaleza, en el cosmos, en un vergel radiante de estrellas en la mirada que sin señal se convirtiera en aquel monstruo carnoso con un barniz similar al petróleo, brillantez oscura,  penumbra radiante; los ojos de aquel monstruo se asemejaban a un par de esferas de sangre o de dos burbujas de magma, ardientes cual volcán, vistosos tal vísceras frescas.

Enzo no daba crédito, la infamia tuvo prisionero a su persona.

Enzo muy tenso, tensó sus músculos y lanzo un grito interno. — ¡¿Quién eres?!— Había menoscabado.

Aquel monstruo carnoso no respondió a la pregunta, solo caminó recto atravesando a Enzo; aquella cosa no era un ser físico. En el instante de la penetración, el muchacho afligido experimentó la más suave de las caricias y con el rabillo del ojo vio a su collar de ópalo escaparse de él, sintió la pesadez que todo ser humano vive cuando pierde un ser querido, porque para él, su ópalo era como el padre que nunca lo cobijó por las noches, el padre que nunca le contó el cuento con el que cualquier infante dormía sosegado por la fantasía de aquellas narraciones, los príncipes valientes y las princesas desamparadas por el amor que su futuro rey le brindaría para la eternidad, los paisajes verdes que participaban en un contraste azulado brindado por un cielo pasivo, un paisaje adornado por un castillo de piedra gris en aquella comarca donde los habitantes no necesitaban y claudicaban ante un rey orondo, el cual les brindaba la infalible protección de miles de caballeros armados con armaduras de acero y espadas filosas y relucientes; para Enzo no existía fantasía capaz de pormenorizar lo que él, de niño sentía con su hermoso collar de ópalo.

 Un arrebato espasmódico abrazó a Enzo por la espalda y él volteó de manera rauda no sin antes imaginar que clase de sorpresa se llevaría; pero lo incomodo que le resultaba compartir casa con esa figura que asimilaba a un ser descrito por Lovecraft le atemorizaba pero a la vez creaba la incertidumbre más extraña que jamás haya sentido, sabía en su interior que ese monstruo era el monstruo que amaba, su preciado ópalo.

No era nada.

Regresó a su sagrado aposento. Tristemente caminaba, pensante, aprisionado por pensamientos de amor; el amor que tenía por su collar y que aunque el collar, siendo solo un objeto y no un ser con vida ¡aun sabiendo que no era un amor reciproco! ¡Enzo lo amaba con su fuerza juvenil! No había exégesis para los miles de poemas y palabras tan tiernas y apasionadas que el muchacho enunciaba diariamente para su ópalo, su bonito ópalo.

El ópalo solo observaba a su amante, no había forma de que una piedra le regresara ese amor.

Enzo abrió su puerta con enigma, imaginando que estaría su amado ópalo, o lo que era, un monstruo pese a que él pensara lo contrario. Afirmativamente, allí, yacente, se veía el ópalo pero ahora con la metamorfosis de la representación de una esfera luminosa, brillante como nuestro sol ya antes descrito. El ser brilloso expulsaba sonidos extraños, y de sonidos extraños paso a cantos angelicales, de cantos gregorianos a una voz que dijo. —Acércate.

—Entre más cerca estés, mayor es tu estupefacción. — Añadió la esfera.

Enzo fue expugnado por la voz de la luz, y artífice de su excitación no fluctuó y se apoyó en su cama, recostándose con la luz.

— ¡Haz marrado nuevamente! —Señaló una voz grave y demoniaca.

Pronto la penumbra prolifero y la luz se transformó en una silueta gris que se paseaba por el ambiente oscuro, Enzo estaba atrapado, pero no tenía el más mínimo conocimiento de donde se encontraba, solo la humareda gris que bailaba al ritmo de ruido blanco guiaba a nuestro desconcertado amigo. — ¿Quién… eres? —Preguntó Enzo haciendo una larga pausa entre las dos palabras, el “quién” le fue fácil, pero encontrar el “eres” en su vocabulario fue la tarea más ardua que jamás haya realizado.

Pronto la nube gris se paró en frente de él, y de la nube salió el monstruo que lo había espetado en el pasillo de su casa.

“—Do you still wondering who i am?” —Respondió en perfecto ingles.

 “Avez-vous demandez encore qui je suis? Haben Sie immer noch fragen, wer ich bin? —Añadió en los dos idiomas.

— ¿Entendiste? Porque yo no entiendo como sigues aferrado a tu pasado, al ayer, a aquel ópalo que solía ser, hoy solo soy una horrible representación de lo que eres, soy tu fobia, tus miedos, tus placeres y tus engaños, por que vives engañado por ti mismo, y aun teniendo el conocimiento de todo esto, sigues amando a tu “amado collar de ópalo”, que ser tan incoherente, amar y no ser amado. ¡Idiota! Nunca pensé tener un dueño tan aberrante, tan despreciable y sumamente ingenuo, no me explico cómo puede existir un humano tan falto de capacidad pensativa, ¡De lógica! Como lo eres tú, el verdadero monstruo eres tú. — Expreso el ópalo con una verdad de Perogrullo.

Enzo sin mueca alguna y sin responder, más que para sí, para el mismo, para su interior, había aprendido y reflexionado el corto discurso del ser; fríamente sonrío al monstruo, dirigiendo su mirada y reflejándose en el barniz que asimilaba a chorros de petróleo, ahí vio su persona.

Se había enamorado del monstruo. 

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