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Humberto González

Autor desde 17-05-12

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Reseñas
  • Mendicidad, ceguera, Navidad, una buena acción y marketing todo en un mismo relato breve.

    Dice la leyenda, que ningún hombre que lleve la ufanía de una estrella en el pecho y por horizonte tenga el lucero de la justicia, caerá en Navidad.

    Se encontraron por Internet sin buscarse. La literatura los unió.

    Todo es cíclico; todo se reanuda como una partida de ajedrez suspendida por una jugada secreta.

    Todo es cíclico; todo se reanuda como una partida de ajedrez suspendida por una jugada secreta.

    Todo es cíciclo; todo se reanuda como una partida de ajedrez suspendida por una jugada secreta

    Todo es cíclico; todo se reanuda como una partida de ajedrez suspendida por una jugada secreta

    Un hombre, que cree haber perdido cualquier razón para vivir, buscará la muerte antes que suicidarse.

    Un hombre, que cree haber perdido cualquier razón para vivir, buscará la muerte antes que suicidarse.

    La soledad interior, la orfandad y la nieve como telón de fondo.

  • La historia fenomenal, como siempre. El drama tiene un gusto, un no sé qué de cine en blanco y negro, de Sesión de Tarde y palomitas. Casi que he visto Bogart interpretando el papel de escritor encubridor. Un inciso, Ana María, en los años cuarenta y cincuenta, e inclusive hasta los sesenta y setenta y parte de los ochenta, el funcionario policial que en España (Madrid) daba a firmar una declaración, era el Inspector (del CSP), no el Teniente (de la Policía Armada). Concretamente dos inspectores: Instructor y Secretario. Un saludo.
    Sí, Antonio, como el músico afina el instrumento y ensaya con la partitura para lograr lo excelso, así el escritor debe hacer con su narración: elegir las palabras y revisar y corregir lo escrito. Todo importa pensando en el lector, una palabra mal acentuada o una coma indebida cambian el sentido literal de la frase. Lleva apenas un par de minutos, corregirlo, los que me ha llevado a mí: «No recuerdo su nombre pero si la sensación cuando la cogí por la cintura y la aferré a mi cuerpo, me pareció estar desnudo porque noté todas sus formas que, hasta ese momento, sólo había intuido bajo su escasa ropa. Ella me respondió con un dulce abrazo mientras nos besábamos en un rincón, cerca de la salida, entre las cortinas y la puerta. Le pedí que gritase mi nombre porque a mí el suyo me golpeaba en el pecho. Parecíamos dos jóvenes escondiéndose de las miradas, esas que no sienten o no entienden. Nos despedimos como si nos fuéramos a ver mañana, pero no fue así. La busco por bares nocturnos de luz tenue y llenos de humo. Y no recuerdo su nombre…» Un saludo.
    Te levantas como todos los días, tú, una mujer, en apariencia al menos, exactamente igual que las demás, nada te diferencia, salvo un pequeño detalle tal vez: Eres puta. Te preparas un café con leche, como casi siempre, y te comes dos tostadas con mermelada de albaricoque y mantequilla. Bebes y comes, pausada, mientras hojeas el periódico, simplemente por informarme del mundo en el que vives, aunque el mundo deteste a las personas que, como tú, os ganáis el pan de ese modo. Tienes hijos, dos. Son pequeños, de cinco y tres años, una edad preciosa pero muy frágil, te das cuenta de ello, por eso les mientes, no quieres que sepan que en realidad son unos hijos de puta, en el sentido real de la palabra. Te vistes rápidamente, y sales a «fichar». En realidad, no te queda otra, no tienes «un trabajo» y has de alimentar a los pequeños, pero eso a los clientes les da igual, los que te pagan no quieren follarte pensando en la cara de nadie, ni la de tus hijos ni, mucho menos, la de los suyos. Normalmente te follan por detrás, sin mirarte a los ojos, contra la pared o haciéndote morder la almohada, te penetran tantas veces que tienes el cuerpo y el alma perforadas de por vida. ¿Quién podría amarte?, te preguntas muchas veces, si en vez de lágrimas en tu cara sólo hay semen. Vuelves a casa rendida, medio muerta, usada como un pañuelo y tirada como basura. Te sientes tan desdichada, con el dinero justo para pagar el colegio y el alquiler, la comida y poco más. Hay días en los que tienes que tirarte a diez clientes, todos diferentes, extraños, manos que te tocan lascivamente mientras tu mente desconecta e intenta no pensar, no sentir. Cuando te preguntan a qué te dedicas siempre dudas al contestar, podrías decir muchas cosas, demasiadas, y cualquier opción sería más digna que la verdadera respuesta. Eres joven, pero te sientes tan vieja que, a veces, al mirarte al espejo ves a la muerte, aparecerse, como en un mal sueño, mientras tus labios se mueven para formar palabras, palabras de odio hacia ti misma: Puta, zorra, guarra. Lo que te llaman todos los días.
    Hola, leire. Me ha parecido interesante, sin embargo ¿Has pensado la posibilidad de escribirla en segunda persona? Ganaría un montón.
    Un relato magníficamente narrado, y de una extraordinaria ilación argumental. Como suelen ser en todo lo que escribes, y que te leo. Enhorabuena. PD: Me he fijado, que utilizas muchísimo el “mas”, a mí me encanta ese sonido pretérito muy propio de tiempos de Galdós, válido por supuesto. Como recomendación, si se me permite la inmodestia, te diría que de vez en cuando añadieras algún “pero”, “sin embargo”, “no obstante”, etc. Ya sabes, por aquello de que «palabra repetida…» Un saludo
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    La poesía, el agua...Cantar siempre el mismo verso pero con distinta agua.
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    Buen ritmo narrativo
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